¿Qué haces cuando doce días bastan para desmontarte la vida entera?

Josefa «Jota» sabe lo que es resolver cualquier crisis en tres idiomas con media hora de margen, y lo que es que la miren por encima del hombro por no tener un título colgado en la pared.

Su única regla es simple: hacer bien su trabajo, no encariñarse con un lujo que no es suyo, y recordar que en doce días vuelve a su vida de siempre.

Marcelo Rodríguez es el heredero de un imperio del aceite de oliva, un pintor que esconde sus cuadros como si fueran una vergüenza, y el hijo que su padre lleva treinta años moldeando a su antojo.

Cuando Víctor Rodríguez decide, sin preguntar, que Jota va a ser su nueva asistente personal durante el crucero...

y que va a alojarse puerta con puerta con su hijo, ninguno de los dos lo ha pedido. Ninguno de los dos puede negarse.

Doce días de crucero. Una suite compartida. Un padre que ya ha decidido con quién debe casarse su hijo.

Y una atracción que ninguno de los dos había firmado, que crece un poco más cada vez que se cruzan puerta con puerta.

Marcelo no debería mirarla así. Jota sabe que enamorarse de él es la única regla que no puede permitirse romper.

Pero cuando el barco empiece a acercarse a puerto, los dos van a descubrir que hay puertas que, por mucho que separen dos mundos distintos, no siempre consiguen mantener a dos personas alejadas.

Si devoras las novelas con estas temáticas, este libro es para ti:

Slow burn con convivencia forzada : una suite, dos puertas, y una tensión que sube cada día que pasa.

Diferencia de clase y de mundos : ella cuenta cada euro; él no sabe lo que es no tenerlos.

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