Crucero puerta con puerta CAPÍTULO 1
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Crucero puerta con puerta

Crucero puerta con puerta

Por Olivia Hopp

© inepub.com

CAPÍTULO 1

Hay tres cosas que aprendes rápido cuando trabajas para Ocean Events: la primera, que el azul marino del uniforme corporativo destruye cualquier atisbo de dignidad estética.

La segunda, que los cruceros de super lujo huelen a cera cara, moqueta recién aspirada y ambición mal gestionada.

Y la tercera, que la gente rica pierde el sentido común exactamente en el mismo instante en que pone un pie sobre la pasarela de embarque.

Llevaba tres días en la empresa. Tres. Y ahí estaba yo, de pie junto a la cristalera principal del vestíbulo de acceso, sosteniendo una tableta electrónica que pesaba como un remordimiento y viendo cómo el pasaje no venía a tomar caipirinhas a la piscina.

Venían a salvar el mundo con aceite de oliva. O a venderlo al mejor postor.

A mi derecha, dos azafatas de la plantilla veterana repasaban la lista de invitados con el pelo recogido en moños tan tirantes que les estiraban las cejas hasta la frente.

Yo, por mi parte, llevaba el pelo sujeto en la nuca con un bolígrafo azul de plástico de los sencillos, de los que compras en packs de diez.

No daba la talla en la foto oficial de la naviera, pero me mantenía la nuca despejada mientras el aire acondicionado del puerto fallaba a rachas.

—A ver, Jota, concéntrate —me dije en voz muy baja, ajustándome la solapa de la chaqueta azul marino que nos obligaban a vestir—.

El Simposio Internacional del Polímero Olivar no es tan complicado.

Científicos que inventan cosas, ejecutivos que ponen pasta y tú sonriendo para que nadie tire nada al mar.

Sonaba fácil. Hasta que la puerta de cristal se abrió sin que nadie llamara, y entró el ciclón.

Víctor Rodríguez no caminaba, arrollaba.

Era un hombre cincuentón, de espaldas anchas, traje a medida de un tono gris metálico y la cara roja de una rabia casi teatral.

Detrás de él, una comitiva de cuatro personas intentaba mantener el paso.

Tres ejecutivos cargados con carpetas y una mujer de unos cuarenta años, pálida como un folio, sosteniendo un teléfono contra la oreja con dedos temblorosos.

—¡Es una incomprensible incompetencia! —bramó la voz de Víctor, rebotando en el techo de mármol del vestíbulo—. ¡Pagamos doscientos mil euros por este flete y mis redactores están tirados en la terminal porque un empleado de esta naviera no sabe hacer su trabajo!

Todo el vestíbulo se congeló. Los científicos de gafas de pasta se giraron.

Dos camareros con bandejas de copa de bienvenida frenaron en seco.

Mi supervisor, un tipo aprensivo llamado Mario que solía esconderse en la trastienda cuando surgían problemas, palideció al instante y desapareció detrás de una columna ornamental.

Suspiré. Me tocó.

Avancé un par de pasos hacia el grupo. Mientras caminaba, noté que justo detrás de Víctor venía alguien más.

Un chico de unos treinta años, alto, de hombros relajados y chaqueta azul marino sin corbata.

No traía prisa. No traía papeles. Llevaba una libreta de bocetos de lomo de tela metida bajo el brazo y una mirada tranquila, curiosa, que contrastaba brutalmente con el histerismo de su padre.

Supuse al instante que era Marcelo. La ficha VIP decía que no le interesaba demasiado la biotecnología, y su postura lo confirmaba.

—Señor Rodríguez, buenas tardes —intervine con voz serena, colocándome a un metro de él pero fuera de su radio de alcance por si decidía bracear—. Soy Josefa, de Ocean Events. Bienvenido a bordo. ¿En qué podemos ayudarle?

Víctor se giró hacia mí como si acabara de descubrir una mosca en su copa de champán.

—¿En qué puede ayudarme? ¡En nada! ¡Su departamento de accesos ha denegado la entrada al equipo de comunicación de Rodríguez Olives! Dicen que la acreditación de prensa no consta en el sistema del puerto. —Se giró bruscamente hacia la mujer pálida—. ¡Elena! ¿Se puede saber qué demonios has hecho?

La mujer dio un paso atrás. Tenía los ojos desorbitados por el pánico.

—Señor Rodríguez, yo mandé las acreditaciones el lunes temprano... Lo juro. Tengo el correo enviado a la autoridad portuaria... —su voz era un hilo.

—¡Pues no están! ¡Han dejado fuera a tres fotógrafos y a la jefa de redacción! ¡Es usted un desastre, Elena! —gritó el hombre, golpeando el aire con la mano—. ¡Cuando volvamos a Madrid está usted en la calle! ¡No pienso tolerar esta falta de profesionalidad ni un minuto más!

La mujer bajó la cabeza. Un par de lágrimas le resbalaron por la mejilla. Los tres ejecutivos de al lado miraron hacia el suelo, cobardes, esperando a que escampara.

Marcelo, el hijo, dio un paso adelante. No levantó la voz. Se limitó a decir con tono bajo:

—Papá, la gente nos está mirando. Cálmate un poco.

—¡No me pidas que me calme! —replicó Víctor—. ¡Nos jugamos la presentación del polímero esta tarde!

Entendí la situación al instante. No hacía falta ser inspectora de policía.

Elena llevaba tres carpetas bajo el brazo, una agenda de piel llena de pestañas de colores y un temblor en las manos que denotaba que llevaba cuarenta y ocho horas sin dormir para que todo saliera bien.

La gente que comete errores por desidia no lleva las carpetas organizadas por colores.

—Perdone que me meta, señor Rodríguez —dije, elevando lo justo el tono de voz para cortar la disputa sin gritar—. Elena, ¿a qué dirección enviaste la documentación del puerto?

La secretaria parpadeó, sorprendida por mi interrupción, y miró la pantalla de su teléfono.

—A... a [email protected]. Como todos los años.

Sonreí despacio. No una sonrisa burlona, sino la sonrisa de quien encuentra la pieza que faltaba en el rompecabezas.

—Ahí está la cuestión —dije con calma—. Manolo Gómez se jubiló el viernes pasado.

Se fue con una fiesta de despedida en el bar de la lonja que duró hasta las cuatro de la madrugada.

El correo electrónico corporativo lo cerraron el lunes por la mañana y el nuevo gestor, que se llama Santi, todavía no ha terminado de configurar el reenvío automático.

Víctor me miró con el ceño fruncido.

—¿Y a mí qué me importa la fiesta de despedida de ese señor? Mis periodistas siguen abajo.

—Lo que quiero decir, señor Rodríguez —añadí, dando un paso más hacia Elena y rozándole el brazo con un gesto cálido para tranquilizarla—, es que el error no ha sido de Elena.

Ha sido un cambio administrativo del puerto del que no han avisado a nadie.

Cualquiera habría enviado el archivo a la dirección de siempre.

Es un fallo tonto de comunicación externa, nada más.

Saqué mi teléfono personal del bolsillo de la chaqueta. Marqué el número de marcación rápida de la garita de control. Me puse el aparato en el oído mientras miraba directamente a Víctor.

—¿Santi? Soy Jota. Oye, hazme un favor. Comprueba el buzón general de recepción del puerto.

Tienes ahí un correo con el pase del equipo de comunicación de Rodríguez Olives.

Sí, el del polímero. Pásalos arriba con el pase de cortesía de la naviera y luego ajustamos el papeleo nosotros.

Gracias majo, te debo un café. En realidad eran muchos más, después de haberme conseguido este trabajo en el puerto, pero empezaremos por uno.

Colgué. Guardé el móvil. La llamada había durado exactamente catorce segundos.

—Asunto resuelto —dije, mirando a la secretaria con una guiñada de ojo—. Su equipo estará subiendo en el ascensor de servicio número dos en cinco minutos.

Elena suspiró con tanta fuerza que pareció encogerse diez centímetros, dedicándome una mirada de gratitud infinita. Víctor, por su parte, se quedó con la boca a medio abrir. Pasó la mirada de mi teléfono a mi cara, luego a su secretaria y finalmente a su hijo.

Marcelo no se había movido del sitio. Tenía la cabeza ligeramente inclinada hacia un lado.

Sus ojos oscuros estaban fijos en mí, analizando la escena, sorprendido, sin molestarse en disimularlo.

Me miró la cara, me miró la chaqueta holgada del uniforme y se detuvo un instante en el bolígrafo de plástico que me sujetaba el pelo en la nuca.

Sonrió apenas un milímetro. Una sonrisa imperceptible, pero clara.

Le llamó la atención. Lo vi en su postura. En este mundo de ejecutivos de moqueta y trajes de dos mil euros, nadie se jugaba el pescuezo para defender a una secretaria a la que no conocía de nada.

Víctor se aclaró la garganta. El rubor de rabia de su rostro fue dejando paso a una expresión muy distinta: la de un hombre de negocios que acaba de descubrir un recurso valioso donde solo esperaba encontrar personal de relleno.

—¿Cómo te llamas? —preguntó Víctor, dando un paso hacia mí.

—Jota. Bueno, Josefa, pero todo el mundo me llama Jota.

—¿Llevas mucho tiempo en esta naviera, Jota?

—Tres días —respondí con total sinceridad—. Aunque siento que llevo aquí desde la época de los fenicios.

Marcelo dejó escapar una breve risotada que apagó en seguida disimulando con una tos falsa. Su padre no le hizo caso. Siguió mirándome, evaluándome.

—Tienes iniciativa. Y no te asustas cuando te chillan —observó Víctor, cruzándose de brazos—.

Mi equipo de protocolo es un desastre. Me pasan agendas desactualizadas, pierden los horarios de las ponencias y no son capaces de coordinar a los inversores alemanes con los ponentes americanos.

Necesito a alguien a mi lado durante estos doce días de crucero.

Alguien con sangre en las venas y sentido común.

—Señor Rodríguez, mi contrato con Ocean Events es para la atención general de la escala VIP —expliqué suavemente.

—A tomar por saco Ocean Events —zanjó Víctor con un ademán tajante—.

Hablaré con el capitán ahora mismo. Te quiero como mi asistente personal durante el simposio.

Te encargarás de coordinar mi agenda, la presencia de los patrocinadores principales y los horarios de las presentaciones.

Disponibilidad total mientras dura la travesía.

Y te triplico el sueldo que te esté pagando esta empresa de medio pelo.