CAPÍTULO 1 #2
Parpadeé. Triplicar mi sueldo significaba liquidar de una vez el alquiler atrasado de mi piso en Madrid y arreglar la transmisión del coche de mi hermano.
—¿Triplicar? —repetí, para asegurarme.
—El triple. Sin discusiones. ¿Aceptas o no?
Miré a Elena, que me hacía señas discretas con la cabeza asentida para que dijera que sí. Miré a Marcelo, que me observaba con los brazos cruzados y una chispa divertida en la mirada, como esperando a ver qué respondía.
—Acepto —dije sin dudarlo—. Pero con una condición, señor Rodríguez.
Víctor alzó una ceja, sorprendido por el atrevimiento.
—¿Una condición?
—Elena se queda en el equipo. Y usted no vuelve a gritarle delante de nadie —dije sin perder la sonrisa, pero sin dejar resquicio para la réplica—. Las cosas salen mejor cuando la gente trabaja sin pánico.
Un silencio tenso flotó en el aire durante tres segundos. Marcelo soltó un leve aire por la nariz, claramente impresionado. Víctor me midió con los ojos entornados, calculando cuánto aguantaría, hasta que de pronto soltó una carcajada sonora que retumbó en la cristalería.
—¡Trato hecho, Jota! Eres una tía espabilada. Me gusta. Elena, dale a Jota la copia de la agenda principal y mi teléfono directo. Nos vemos en la cena de bienvenida a las nueve.
Víctor se giró sobre sus talones y echó a andar a grandes zancadas hacia el pasillo de los camareros de primera clase, seguido por el séquito de ejecutivos que pisaban fuerte para recuperar el terreno perdido.
Elena se acercó un segundo, me apretó la mano con fuerza y me murmuró un “gracias” emocionado antes de correr tras el jefe.
Me quedé sola en medio del vestíbulo. O casi sola.
Marcelo no se había ido. Se quedó a un par de metros, ajustándose la correa de la libreta de bocetos. Me miró a los ojos con esa calma tan suya, tan distinta a la tormenta que acababa de despejarse.
—Buena jugada —dijo. Su voz era grave, pausada y agradable de escuchar—. Mi padre no suele aceptar condiciones de nadie. Y menos en sus primeros tres minutos de conocerlos.
—No era una jugada — respondí —. Es solo que no me gusta ver a la gente pasarlo mal por una tontería. La vida ya es bastante complicada sin que te pisen la manguera.
Marcelo asintió despacio. Había una calidez sincera en su mirada que no encajaba con el aura rígida de la familia Rodríguez.
—Bienvenida al barco, Jota. Mucha suerte. La vas a necesitar con él.
Se dio la vuelta y caminó tranquilamente tras los pasos de su padre. Me quedé mirándolo un momento mientras desaparecía por el pasillo decorado con paneles de madera de nogal.
Una hora después, la sirena del barco retumbó en el aire con un bramido profundo que hizo vibrar el suelo. El crucero comenzaba a soltar amarras. La ciudad portuaria empezó a alejarse lentamente al otro lado de los grandes ventanales, convirtiéndose en una línea lejana de luces y grúas.
Mi supervisor de Ocean Events, deseoso de quitarse de encima la responsabilidad y complacer al gran patrocinador del evento, me entregó la llave electrónica de mi nueva ubicación a bordo.
Al haberme convertido en la asistente personal directa del señor Rodríguez, el protocolo exigía que estuviera ubicada en la zona VIP para atender urgencias a cualquier hora del día o de la noche.
Subí en el ascensor panorámico hasta la novena cubierta.
El moquetado aquí era tan mullido que los pasos no hacían ruido alguno.
Recorrí el pasillo hasta la puerta dorada con el número 902.
Deslicé la tarjeta por la cerradura inteligente.
Un diodo verde parpadeó y la puerta se abrió con un chasquido suave.
Entré. La suite era impresionante. Un amplio salón central decorado en tonos cremas y maderas claras, con un ventanal enorme de suelo a techo que daba directamente al mar abierto. En el centro, una mesa de centro de cristal sobre una alfombra mullida, un sofá de cuero blanco y un minibar de diseño.
A los lados del salón había dos puertas de roble cerradas, correspondientes a dos dormitorios independientes con sus respectivos baños privados.
Dejé mi equipaje —una maleta de lona gastada con mi ropa de trabajo y el uniforme de gala que me había proporcionado la empresa— al lado de la entrada. Me acerqué al ventanal para contemplar la inmensidad del agua azul oscura golpeando contra el casco del navío.
En ese momento, la puerta del dormitorio de la izquierda se abrió.
Marcelo salió al salón. Llevaba una camiseta de algodón gris, descalzo, y sostenía un vaso de agua en la mano. Se detuvo en seco al verme allí de pie con mi maleta.
Nos quedamos mirando durante dos segundos en completo silencio. El rumor sordo de los motores del barco llenaba el espacio.
—¿Jota? —preguntó, alzando las cejas con evidente sorpresa.
Miré la llave electrónica que tenía en la mano y luego miré la estancia.
—Parece que la gestión de camarotes del simposio también la ha llevado el puerto —dije con un hilo de humor en la voz—. Hola de nuevo, compañero de suite.
Marcelo miró hacia las dos puertas de las habitaciones, luego me miró a mí y, por primera vez desde que lo había visto embarcar, se le escapó una sonrisa amplia, franca, de esas que le cambian la cara a alguien entero.