Crucero puerta con puerta CAPÍTULO 2
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CAPÍTULO 2

El chasquido de la puerta al cerrarse detrás de mí todavía resonaba en el salón cuando até cabos: aquella sonrisa de Marcelo no era la primera reacción de un extraño. Era la de alguien que acababa de confirmar algo que ya sospechaba.

Me quedé plantada con la maleta en la mano, sin saber muy bien qué hacer con las piernas.

—Tu cara dice que esto tampoco te lo esperabas —comenté, señalando el salón con la barbilla.

—Ni remotamente —contestó él, todavía con el vaso de agua a medio camino de la mesa—. La suite presidencial se reserva siempre para la alta directiva o para los inversores principales. No para el personal de protocolo. Sin ánimo de ofender.

—No me ofendes. Tu padre ha decidido que sea su asistente personal durante los doce días de crucero, con subida de sueldo y este apartamento flotante incluido en el paquete. Yo tampoco me veía a mí misma aquí hace media hora, créeme.

Eché un vistazo rápido a mi alrededor mientras hablaba.

El lugar no era un camarote, era un piso entero flotante.

Suelo de madera noble combinado con alfombras donde los pies se hundían sin remedio.

Un sofá modular de lino blanco rodeado de mesas de cristal y metal dorado.

Al fondo, unas cristaleras de suelo a techo enmarcaban un Mediterráneo azul casi negro a esas horas.

En la terraza privada, una mesa de teca y un jacuzzi individual dejaban subir volutas de vapor perezosas.

El barco entero rezumaba un lujo casi obsceno, diseñado para recordarte en cada esquina que estar allí costaba más de lo que gana una persona normal en varios años. Pero yo venía de tres días a destajo resolviendo acreditaciones y ejecutivos nerviosos. Mi lema siempre había sido adaptarse o morir.

—Víctor no suele dar puntada sin hilo —comentó Marcelo, dando un par de pasos lentos hacia el centro de la estancia—. Que te haya puesto aquí significa algo. Mi padre no regala nada a nadie.

—Pues al maletero casi le da un ataque cuando ha visto mi maleta de lona en medio de tanto mármol —dije, dejando el equipaje junto a la puerta, entre las dos habitaciones de roble.

Marcelo echó una ojeada rápida al bulto de tela y volvió a fijar la mirada en mí. Tenía unos ojos oscuros, tranquilos, nada agresivos.

—No le hagas mucho caso a la tripulación.

Se toman demasiado en serio el protocolo —dijo.

Su voz era pausada, profunda, con un tono amable que no encajaba con el aura distante que había mostrado abajo, en la recepción—.

Supongo que la habitación de la derecha es la tuya.

Es idéntica a la mía. Baño propio, cama extragrande y un armario vestidor donde podrías meter mi piso entero.

—Me sobra con un enchufe para cargar el móvil y una percha donde colgar el traje de gala —respondí con sinceridad.

—No seas modesta. Si Víctor te ha traído aquí es porque ha visto algo en ti que le ha parecido imprescindible.

Me acerqué un par de pasos hacia el sofá, manteniendo una distancia prudencial.

Marcelo vestía de forma ridículamente sencilla para estar en la suite más cara del buque: pantalones de chándal oscuros y una camiseta gris.

Sin la chaqueta ajustada ni la corbata, parecía más joven.

Quizá menos inalcanzable, aunque mantenía esa postura erguida de la gente que ha crecido sin preocuparse por la cuenta del banco.

Dejó el vaso sobre la mesa de centro. Su sonrisa se amansó, pero la chispa de curiosidad permaneció en sus ojos oscuros.

—Supongo que deberíamos fijar un par de normas de convivencia —propuso, apoyando una mano en el respaldo del sofá—. Vamos a compartir muchos metros cuadrados durante doce días.

—Me parece justo —asentí, inclinando ligeramente la cabeza—. Primera norma: la privacidad no se negocia. Las puertas de los dormitorios cerradas significan que no se entra sin llamar antes.

—De acuerdo. Segunda regla: el simposio y el polímero derivado de la aceituna se quedan fuera de la puerta principal. Si mi padre viene a cenar o a revisar documentos, vale, pero en nuestro tiempo libre me niego rotundamente a hablar de biotecnología.

—Trato hecho —sonreí—. Y agrego una tercera: si a la una de la madrugada me entra hambre y pido un bocadillo de jamón al servicio de habitaciones, no quiero miradas juzgadoras.

Marcelo soltó una carcajada limpia. Fue un sonido espontáneo que se llevó por delante cualquier atisbo de tensión que quedara en la sala.

—Prometido. Es más, si pides a esa hora, exige que traigan ración doble. Yo suelo quedarme despierto hasta tarde dibujando y el aire del mar da hambre.

—¿Dibujando? —pregunté antes de poder frenarme.

Él pareció dudar un segundo, rozándose la nuca con la mano en un gesto casi infantil.

—Pinto un poco. Cuadernos de viaje, acuarelas... Nada que ver con el aceite ni los negocios familiares.

—El arte siempre me ha parecido mucho más interesante que los balances de cuentas —comenté con sinceridad.

Se quedó mirándome un instante en silencio. No había condescendencia en sus ojos, ni esa típica actitud de superioridad que solía detectar en los empresarios maduros cuando hablaban con las chicas de recepción. Había un interés auténtico, sin pretensiones.

—Lo que dijiste hace un rato en la cubierta... —retomó él, cruzándose de brazos—. Lo de Elena. Nadie le habla así a mi padre. Ni los directores de banco ni los científicos que buscan su financiación.

—No le hablé mal —rectifiqué al instante—. Simplemente le recordé que trabajar bien no exige tratar mal a la gente que tienes alrededor. Elena estaba al borde del colapso por un error de coordinación que ni siquiera era suyo.

—Ya. Pero la mayoría prefiere agachar la cabeza y dejar que el vendaval pase. Tú te pusiste en medio.

—Tengo poco que perder y mucho sentido de la justicia —dije sonriendo de lado—. Además, la gente que trabaja asustada comete el doble de fallos. Es pura lógica.

—O pura valentía —apuntó él en voz baja.

—A veces la línea entre ser valiente y ser una inconsciente es bastante fina.

—Me da la impresión de que tú sabes muy bien dónde está esa línea —respondió Marcelo.

Hizo una pausa y señaló con la cabeza hacia mi habitación—.

Te dejo desempacar tranquila. La cena de bienvenida es a las nueve en el gran comedor del puente cuatro.

Mi padre querrá tenerte cerca por si surge cualquier imprevisto con las mesas de los inversores.

—Allí estaré. Uniforme perfecto y libreta en mano.

Caminé hacia la puerta de la derecha cargando mi maleta.

Antes de cruzar la puerta, me giré para mirarlo una última vez.

Marcelo continuaba junto al sofá, observando la escena con una calma casi meditativa.

Parecía un hombre fuera de sitio, alguien atrapado entre las aspiraciones empresariales de un padre arrollador y su propio mundo interior.

Era educado, guapo de una forma sobria, ridículamente rico y demasiado correcto para que yo pudiera sentirme del todo cómoda a su lado, pero tenía algo en la mirada que despertaba mi curiosidad.

—Nos vemos abajo, Marcelo.

—Hasta luego, Jota.

Cerré la puerta de mi nueva estancia. El dormitorio era soberbio: una cama de matrimonio vestida con sábanas de hilo blanco, un ventanal que daba directamente al mar y un baño de mármol gris con una ducha en la que habrían cabido tres personas holgadamente.

Dejé la maleta sobre el banco de madera al pie de la cama y me dejé caer de espaldas sobre el colchón.

La suavidad del tejido me envolvió al instante.

Había pasado de buscar un hueco para dormir en el camarote compartido de la tripulación a tener una suite con jacuzzi en menos de dos horas. La vida tenía unos giros extraños.

Mientras buscaba las horquillas en el fondo del neceser, oí la voz de Marcelo al otro lado de la pared, amortiguada pero tensa, hablando por teléfono. No pillé la conversación entera, solo fragmentos sueltos entre el ruido del extractor del baño.

—No necesito que decidas esto por mí, padre... Ya lo sé, ya sé lo que has firmado, pero podrías haberlo consultado antes de anunciarlo... No, si no confiaras en mi criterio no me habrías traído al barco, así que déjame algo de criterio.

Hubo un silencio, y luego, más bajo, casi resignado:

—Como quieras. Ya hablamos en Madrid.

No supe entonces de qué estaban discutiendo, ni me pareció asunto mío preguntarlo.

Pero archivé el tono de su voz en algún cajón de la cabeza: la misma persona que media hora antes me había preguntado, con genuina curiosidad, si el arte me parecía más interesante que los balances de cuentas, sonaba ahora como alguien acostumbrado a perder todas las discusiones importantes de su vida.

A las ocho de la tarde, el hilo musical del barco empezó a emitir una suave melodía de jazz que anunciaba el inicio de los preparativos para la gran noche. Me levanté de la cama, abrí el armario vestidor y saqué la funda protectora donde la naviera había incluido el uniforme de representación.

Al abrir la cremallera, no pude evitar arquear las cejas.

Era un vestido de cóctel en azul marino oscuro, de corte sobrio pero de una confección exquisita, acompañado por una chaqueta entallada a juego.

Todo estaba pensado para proyectar la imagen de una empresa elegante, eficiente y solvente.

Nada de florituras, pero con un tejido fluido que sentaba ridículamente bien.

Me duché rápidamente, disfrutando del chorro de agua caliente y del olor a lavanda del jabón de cortesía.

Salí del baño con una toalla enrollada en el cuerpo y me vestí frente al espejo de cuerpo entero.

La prenda me ajustaba en la cintura con precisión.

Me peiné frente al espejo; el pelo negro, rebelde por naturaleza, caía en ondas gruesas sobre mis hombros.

Busqué en mi bolso de mano algo para recogérmelo de forma rápida antes de bajar a trabajar, pero no encontré ninguna goma.

Sin pensarlo dos veces, agarré un bolígrafo de plástico azul que tenía sobre la mesilla de noche, me enrosqué el pelo en un moño bajo improvisado y atravesé la cavidad con el plástico para dejarlo firme. Un clásico de la casa.

A las ocho y cuarenta y cinco salí al salón. Marcelo ya estaba allí.

Llevaba un esmoquin negro impecable, ajustado a la perfección en los hombros, con una pajarita oscura y la camisa de un blanco impoluto. Se estaba ajustando los gemelos de plata en las empuñaduras cuando escuchó el ruido de mis tacones sobre la madera.

Al levantarse y mirarme, sus manos se detuvieron un instante sobre los puños de la camisa. Su mirada recorrió el vestido azul marino, se detuvo un segundo en el bolígrafo que sujetaba mi recogido e hizo un ademán de sorpresa que corrigió al instante con su habitual elegancia.

—Vaya —dijo simplemente.

—¿Demasiado corporativa? —bromeé, ajustándome el cuello de la chaqueta.

—En absoluto. El uniforme te queda muy bien —contestó, recuperando la compostura—. Aunque me da la impresión de que el toque del bolígrafo no venía en el manual de estilo de Ocean Events.

—Es un accesorio funcional —respondí con una sonrisa pícara—. Nunca sabes cuándo vas a necesitar anotar un cambio de mesa o el nombre de un magnate del aceite.

Marcelo dejó escapar una sonrisa contenida y recogió su chaqueta de la silla.

—Mi padre ya debe de estar abajo reuniendo a las primeras personalidades. ¿Lista para sobrevivir al primer gran evento del simposio?

—Nací lista, Marcelo —dije, encaminándome hacia la puerta principal—. Vamos a ver qué tal se le da la diplomacia a la biotecnología.

Él abrió la puerta de la suite y me cedió el paso con un gesto amable. Salimos al pasillo moquetado en silencio, sintiendo el leve balanceo del buque que se adentraba definitivamente en la inmensidad del mar abierto.