CAPÍTULO 3
El gran salón bullía ya de esmóquines y vestidos de gala cuando llegamos, con Víctor Rodríguez en el centro exacto del espacio, copa de champán en mano, riendo fuerte con el ministro de Industria.
Marcelo se quedó atrás, interceptado por un grupo de inversores nada más cruzar la puerta, y yo aproveché para hacer una última ronda de comprobación: las tarjetas con los nombres de los científicos principales en su sitio, los arreglos florales sin tapar la visibilidad del escenario, los micrófonos inalámbricos con batería. Todo bajo control.
—¿Has visto a Marcelo? —me preguntó Víctor al pasar a mi lado, sin detenerse.
—Estaba con usted hace un momento, señor Rodríguez.
—Ya no. Dile que se dé prisa si lo encuentras. Los de la gestora alemana quieren hablar con él antes de sentarse a cenar.
Recorrí el gran salón con la mirada. Nada.
Fui hacia las terrazas exteriores de la cubierta cuatro, donde el viento soplaba con más ganas y la niebla de alta mar empezaba a pegarse a las barandillas.
El barco cabeceaba ligeramente, un balanceo pausado que a mí me parecía casi un acunamiento benigno.
Al fondo del pasillo exterior de estribor, en la zona más oscura cerca de los botes de salvamento, vi una figura encorvada.
Me acerqué despacio. La sombra apoyaba ambas manos contra la teca húmeda del pasamanos. La espalda, ancha bajo el corte perfecto de la chaqueta de esmoquin, se elevaba y caía con respiraciones entrecortadas.
—¿Marcelo? —pregunté suavemente.
Se giró en redondo. Tenía la cara del color de la cera virgen. Las ojeras marcadas como dos sombras violetas y los labios muy apretados. Tenía una gota de sudor frío recorriéndole la sien.
—Jota —susurró. La voz le salió rasposa, casi sin aire—. No... no me pasa nada. Solo tomaba el aire.
Solté una carcajada corta antes de poder frenarme. El contraste entre su esmoquin de mil euros y esa carita de miseria era demasiado.
—Madre mía —dije, dando un paso más—. Estás verde. Pero verde lechuga, de verdad.
—No estoy verde —protestó. Se irguió intentando mantener la compostura, pero el barco dio un pequeño tumbo y él tuvo que agarrarse al pasamanos con las dos manos, cerrando los ojos con fuerza—. Es solo... una indigestión.
—Claro. Una indigestión de alta mar. Anda, ven aquí antes de que te caigas por la borda.
—Tengo que entrar. Mi padre me busca. Los alemanes...
—Los alemanes pueden esperar diez minutos. Tu padre se sobrevivirá sin ti un rato. Si entras así al salón, van a pensar que el polímero del aceite es tóxico.
Le tomé del brazo. Sentí la tensión de sus músculos bajo la tela fina del esmoquin. Lo guié hacia un banco de madera protegido del viento directo por la pared de la superestructura. Se dejó caer en el asiento como si le hubieran quitado los huesos.
—Quédate ahí —le ordené.
Fui corriendo a la barra de servicio del pasillo interior.
Le pedí al camarero dos cosas sencillas: una lata de tónica a temperatura ambiente, un par de galletas saladas de agua y una servilleta de tela limpia empapada en agua helada.
Sin milagros ni pociones mágicas. Cosas de sentido común que mi abuela me enseñó para cuando se viaja en autobús por carreteras de montaña.
Regresé al banco en un minuto. Marcelo tenía la cabeza inclinada entre las rodillas.
—Toma —dije, sentándome a su lado.
Le pasé la servilleta fría por la nuca. Marcelo dio un respingo ligero por el contraste, pero enseguida exhaló un suspiro largo y dejó caer la cabeza hacia atrás, apoyándola en la pared. Le puse la servilleta sobre la frente.
—Abre la boca y muerde esto —le dije, ofreciéndole una galleta salada.
—No puedo comer nada, Jota. Si como algo...
—Come. Es sal pura y harina seca. Te va a asentar el estómago y va a absorber el exceso de jugo. Confía en mí, no vas a vomitar.
Me miró con los ojos entrecerrados, vulnerables, lejos de la distancia fría que solía poner con todo el mundo. Cogió la galleta con dedos temblorosos y le dio un mordisco pequeño. Se la masticó despacio, tragando con dificultad.
—Ahora un sorbo de esto —le entregué la lata de tónica abierta—. A pequeños tragos. Nada de beber de golpe.
Hizo lo que le decía sin protestar más. El carbónico suave y el amargor de la quinina parecían hacer efecto casi al instante. El color empezó a volverle a las mejillas poco a poco, sustituyendo aquel tono cetrino tan dramático.
—Nunca he estado en un crucero —confesó con un hilo de voz, mirando al suelo—. En Estados Unidos solo cogía aviones o trenes. Odio perder el control.
—El mar no se deja controlar por nadie, Marcelo. Si te peleas contra el balanceo, pierdes siempre. Tienes que dejarte llevar por el movimiento, no tensar el cuerpo.
—Es ridículo. Tengo treinta años y me estoy muriendo por tres olas de nada.
—No te estás muriendo —sonreí, mirándole de perfil—. Solo eres humano. Aunque a tu padre le guste pensar que los Rodríguez estáis hechos de titanio.
Marcelo soltó una risita breve, la primera que le oía en tres días. Se quitó la servilleta de la frente y me miró directamente.
—Gracias —dijo. Su voz ya sonaba más firme—. Eres extrañamente rápida para estas cosas.
—Se llama haber nacido en la calle y haber tenido que apañarme la vida sin manuales. Mi abuela decía que la sal y el aire frío curan el ochenta por ciento de los males tontos.
Se recostó un poco más en el banco. El viento de la noche le despeinaba el pelo negro, quitándole ese aire encorsetado que llevaba siempre.
—¿Y tú? —preguntó él de pronto—. Con todo lo que sabes manejar a la gente... ¿qué estudiaste?
—Nada —respondí con sencillez, mirando al horizonte oscuro donde el agua se juntaba con el cielo—. La educación obligatoria y a correr. No hay títulos colgados en mi habitación.
Marcelo me miró sorprendido.
—Hablas tres idiomas. Sabes qué decir a cada persona para que no se muera de pánico o de rabia. Pensé que tendrías alguna carrera de protocolo o relaciones públicas.
—Aprendí a hablar inglés trabajando en un bar de copas en la costa con turistas borrachos. Y el alemán me lo enseñó un novio que tuve a los diecinueve años, leyendo periódicos viejos y escuchando la radio. Si necesitas aprender para pagar el alquiler al mes siguiente, aprendes rápido.
Se quedó en silencio un momento. Había algo en su mirada que se ablandaba por segundos.
—A mí me obligaron —dijo casi en un susurro, mirando hacia las luces de los ventanales del salón—. El doble grado en Administración y Relaciones Laborales. Cinco años en Boston. Todo elegido al milímetro por mi padre antes de que yo supiera lo que quería comer al día siguiente.
—¿Y tú qué querías? —pregunté, girándome hacia él.
Marcelo dudó. Se pasó los dedos por la mandíbula, tenso otra vez, como si revelar aquello fuera un delito grave.
—Mancharme las manos de algo que no fuera aceite ni papeles de finanzas —respondió con evasivas—. Cosas más... visuales.
—Pintura —dije directo, acordándome de los blocs de bocetos que vi en su lado de la suite.
Se sobresaltó un poco.
—¿Cómo sabes eso?
—Tengo ojos, Marcelo. Y bastante intuición. La gente que mira el mundo como tú lo miras no está pensando en márgenes de beneficio. Estás componiendo cuadros con la cabeza todo el tiempo.
Se le escapó una sonrisa tímida, casi de niño pillado en una travesura.
—Llevo blocs a todas partes. Cuadernos de acuarela. Me gusta el color, la forma en que la luz cambia las superficies. Si le digo a mi padre que cambio un contrato de distribución internacional por un bote de óleo sobre lienzo, le da un ataque al corazón allí mismo.
—El arte no es una tontería —comenté con soltura—. Turner se pasaba horas en la cubierta de los barcos en mitad de las tormentas solo para ver cómo la luz atravesaba la niebla salina. Y mira lo que dejó.
Marcelo se giró del todo hacia mí, frunciendo el ceño, mitad asombrado, mitad fascinado.
—¿Conoces a Turner?
—Claro que conozco a Turner. Y a Sorolla, y a Caravaggio. No tener un título universitario no significa ser analfabeta, señor Rodríguez. Me he recorrido gratis los mejores museos de Madrid en mis días libres solo porque me gustaba mirar las paredes.
Él no contestó inmediatamente. Se me quedó mirando fijamente.
Sus ojos, oscuros y profundos, recorrieron mi cara despacio: los pómulos, los labios, el mechón de pelo negro que se me había escapado del recogido improvisado.
Había una intensidad extraña en su mirada, un calor silencioso que hizo que se me erizara el vello de los brazos.
Sostuve la mirada un par de segundos. El barco volvió a mecerse suavemente sobre una ola más alta.
—¿Qué pasa? —pregunté, bajando un poco la voz—. ¿Te vuelve a dar el mareo?
Marcelo pestañeó rápido, rompiendo la tensión, y dio un sorbo largo a la tónica.
—Sí —dijo con rapidez, aclarándose la garganta y mirando hacia el mar—. Sí, ha sido un mareo repentino. Otra ola.
Sonreí de lado, sin creérmelo del todo, pero dejando pasar la excusa.
—Anda, levántate. Ya tienes color de persona viva. Se nos va a pasar el primer plato y tu padre va a mandar a la guardia civil de alta mar a buscarnos.
Marcelo se puso en pie. Esta vez sus piernas no temblaron. Se colocó la solapa de la chaqueta del esmoquin con la elegancia innata que parecía llevar grabada en la piel.
—Gracias, Jota —dijo antes de dar el primer paso hacia la puerta acristalada del salón—. De verdad.
—Para eso me pagan el triple que en mi anterior puesto, ¿no? —bromeé, caminado a su lado—. Vamos a enfrentarnos a los alemanes.
Entramos en el salón brillante justo cuando el camarero principal empezaba a servir el consomé.
Nadie notó la ausencia de quince minutos.
Víctor nos hizo un gesto con la cabeza desde la mesa presidencial, indicándole a Marcelo que se sentara a su derecha.
Antes de irse, Marcelo me miró de reojo una última vez y me dedicó un asentimiento sutil.
Me quedé junto a la columna lateral, atenta a cualquier necesidad de la sala, sintiendo todavía la brisa fría del mar en las mejillas y la extraña certeza de que tras la fachada rígida de Marcelo Rodríguez había un mundo entero por descubrir.