Crucero puerta con puerta CAPÍTULO 4
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CAPÍTULO 4

El primer cóctel oficial del Simposio estaba en pleno apogeo, y el Gran Salón del puente cuatro había dejado de parecer el interior de un barco.

Camareros de guante blanco, música de jazz en directo, murmullos en cinco idiomas y, al fondo, unas cristaleras inmensas que daban al Mediterráneo bajo una constelación de lámparas de cristal.

Mi uniforme de gala azul marino me quedaba un poco holgado en los hombros. No era alta costura, pero cumplía su función. Yo estaba allí para trabajar. Llevaba tres días en Ocean Events y mi vida había dado un giro drástico. Ahora era la sombra de Víctor Rodríguez.

El magnate del aceite de oliva repasaba la sala con ojo crítico. Su presencia llenaba el espacio. Daba órdenes breves, secas, pero sin crueldad. Era un hombre de negocios en su terreno natural.

—Jota —dijo Víctor sin mirarme, alzando apenas la mano.

Le puse un vaso de agua con hielo en los dedos antes de que terminara el gesto. Me miró de reojo, sorprendido pero satisfecho.

—El embajador llega en diez minutos, señor Rodríguez —me adelanté a su pregunta—. Elena está en la recepción esperándole. Le acompañará a su mesa.

Víctor asintió despacio y bebió un sorbo.

—Bien. Asegúrate de que nadie le moleste con el tema de las patentes hasta los postres. Quiero que coma tranquilo.

—Hecho.

Víctor se alejó hacia el siguiente corrillo de inversores y yo aproveché el hueco para revisar las últimas acreditaciones pendientes de imprimir, apoyada en un rincón de la barra.

Casi todas llevaban el sello del departamento de protocolo de Rodríguez Olives.

Una me hizo detenerme un segundo: la del doctor Kessler, el consultor independiente que Víctor acababa de contratar para auditar los ensayos del polímero, venía con los gastos de viaje y alojamiento ya abonados por una empresa que no me sonaba de nada, Biotec Sur, en vez de por la propia naviera.

Raro, pensé, pero no lo bastante raro como para molestar a nadie con ello un día de cóctel.

Archivé el dato en algún cajón de la cabeza y seguí con la lista.

A pocos metros, el ambiente era muy distinto. Un centenar de personas con fortunas incalculables hablaban sobre biotecnología, rondas de financiación y valoraciones de mercado. Había ejecutivos nerviosos, científicos con trajes alquilados y herederos aburridos.

El evento giraba en torno a un polímero derivado de la cáscara de aceituna. La promesa era un material ecológico capaz de sustituir al plástico en la industria alimentaria. Si funcionaba, cambiaría el mundo. Y Víctor Rodríguez lideraba la inversión.

Mientras repasaba la lista de invitados en mi tablet, vi a Marcelo.

Estaba rodeado por un grupo de jóvenes de su edad.

Todos llevaban esmóquines carísimos y relojes que costaban más que mi casa.

Marcelo también vestía un esmoquin negro que le sentaba de maravilla, pero su postura lo delataba.

Tenía los hombros rígidos. Sostenía un vaso de agua con gas y limón, intacto.

No bebía alcohol. No reía las gracias pesadas de los demás.

Su mirada se escapaba a menudo hacia el ventanal, buscando la calma del mar.

Uno de los jóvenes, un tal Rodrigo cuya familia poseía embotelladoras en Italia, le dio un golpe amistoso en el hombro. Hablaba demasiado alto.

—Vamos, Marcelo, no pongas esa cara de luto. Tu viejo ha financiado el proyecto del siglo. Cuando la patente se apruebe, os vais a forrar el doble. ¡Pide un whisky de verdad!

—Estoy bien así, Rodrigo —contestó Marcelo con voz pausada. Fue amable, pero impenetrable.

Se notaba a leguas que no encajaba allí. No le interesaba presumir del apellido Rodríguez. Tampoco quería medir el tamaño de su ego contra el de los demás. Era como un cuadro clásico expuesto en una galería de neones. Estaba fuera de lugar, pero era imposible ignorarlo.

De pronto, un murmullo tenso rompió mi observación. Un hombre alto, rubio y con la cara roja de indignación caminaba directo hacia Víctor. Era el consejero delegado de una firma química alemana. Lo reconocí por la foto del dossier: Marcus Hoffmann.

—Rodríguez, esto es inaceptable —protestó el hombre en un inglés cerrado y brusco.

Víctor frunció el ceño. Sus nudillos se pusieron blancos alrededor del vaso.

—Los paneles de nuestro equipo sobre biodegradabilidad están mal ubicados —continuó Hoffmann, alzando la voz—. Los han puesto detrás de una columna en el vestíbulo VIP. Nadie los ve. Mis científicos no pueden exponer ante los inversores. Exijo un cambio ahora mismo.

Víctor tomó aire, a punto de saltar. Un choque de trenes entre esos dos podía arruinar la noche. Intervine antes de que la tensión fuera a más. Di un paso al frente y me interpuse con una sonrisa serena.

—Herr Hoffmann, Guten Abend —dije en un alemán fluido, claro y pausado.

El alemán se detuvo en seco. Parpadeó, descolocado al escuchar su idioma materno en medio de aquel barco.

—Discúlpenos —continué en alemán—. El espacio del vestíbulo se reconfiguró hace una hora por razones de aforo. Entiendo su malestar. Sus paneles son cruciales para el simposio.

Hoffmann suavizó el rictus al instante. La familiaridad del idioma funcionó como un calmante.

—Así es. Mis investigadores han trabajado meses en esos datos.

—Si me permite dos minutos, hablaré con el jefe de sala. Trasladaremos sus paneles a la galería este. Es el pasillo obligatorio hacia el comedor principal. La luz es fantástica y todo inversor pasará por delante de sus científicos antes de cenar.

El enfado del alemán desapareció. Analizó la propuesta y asintió, satisfecho.

—Ah... vielen Dank. Eso sería muy adecuado, señorita.

—Queda hecho. Les enviaremos café y agua a sus investigadores mientras hacemos el traslado —rematé, volviendo al español con naturalidad—. Disfrute del cóctel.

Hoffmann hizo una leve inclinación de cabeza hacia Víctor y se marchó a buscar una copa. Víctor me miró de reojo. Alzó una ceja con aprobación contenida.

—Buen trabajo, Jota.

—Gracias, señor. Voy a avisar a mantenimiento para que muevan los paneles.

Me alejé hacia el pasillo lateral, buscando un rincón tranquilo para hacer la llamada. Encontré un pequeño hueco junto a una mesa alta, cerca del buffet de postres. Saqué la emisora de mi bolsillo, contacté con el equipo de montaje y les di las instrucciones. El problema era simple geografía.

Mientras esperaba la confirmación por radio, el flequillo empezó a molestarme. Hacía calor en el salón. Sin pensarlo, saqué el bolígrafo azul que llevaba en el bolsillo de la chaqueta, me recogí el pelo negro en un moño rápido y lo atravesé con el plástico para fijarlo.

Sentí una presencia cerca. Al levantar la vista, me encontré con Marcelo.

Se había escapado del grupo de herederos. Caminaba despacio hacia mi posición, dejando su vaso intacto sobre la bandeja de un camarero. Parecía aliviado de haber dejado atrás a Rodrigo y sus amigos.

—Hablas alemán —dijo, apoyando un brazo en la mesa alta.

—Un poco. Lo suficiente para que no haya una guerra diplomática en el puente cuatro —respondí, bloqueando la tablet.

—Has manejado a Hoffmann sin despeinarte. Literalmente. —Señaló con la barbilla el bolígrafo en mi pelo.

Sonreí, restándole importancia.

—Aprendí escuchando audiolibros y trabajando un verano en la recepción de un hotel en Mallorca. La gente se entiende mejor cuando le hablas en su idioma. Sobre todo si está enfadada.

Marcelo me miró con atención. Sus ojos oscuros brillaban con un interés genuino.

—La mayoría de la gente se achanta cuando alguien agita un fajo de billetes o un cargo importante en su cara. Tú no.

—El dinero compra barcos de superlujo, Marcelo. Pero no da la razón. —Me encogí de hombros—. Al final, todos los que están aquí quieren lo mismo. Quieren que les escuchen y que les resuelvan los problemas pequeños. Hoffmann solo temía hacer el ridículo ante su jefe.

Marcelo dejó escapar una sonrisa sincera. Fue la primera vez que lo vi relajado en toda la noche. La tirantez de su mandíbula desapareció. De pronto, parecía un chico normal, no el heredero de un imperio.

—Tienes razón. A veces olvido que hay vida real fuera de este acuario de tiburones.

Se quedó a mi lado en silencio. No era un silencio incómodo. Compartíamos la visión periférica de la sala, observando a la multitud como si viéramos una obra de teatro desde bambalinas.

Marcelo bajó la vista hacia el folleto técnico del simposio que descansaba sobre la mesa. En la portada destacaba el esquema químico del famoso polímero. Era un laberinto de hexágonos y enlaces de carbono.

—¿Qué te parece todo esto? —preguntó, señalando el papel—. El famoso plástico de aceituna.

—Honestamente, el concepto es brillante —comenté.

—Mi padre está convencido de que cambiará la industria. Los científicos del laboratorio prometen resistencia industrial y coste cero en materia prima.

Cogí el folleto y lo miré un segundo. Había leído el resumen ejecutivo de su padre la tarde anterior.

—Utilizar los residuos del prensado de la aceituna, el alperujo, para crear un sustituto del plástico es ecológico y rentable. Tienen razón en eso. Pero la clave del éxito no está en la fórmula química que tanto defienden ahí dentro.

Marcelo me miró fijamente. La curiosidad encendió sus facciones.

—¿Ah, no? ¿Y dónde está el problema?

—En el campo, no en el laboratorio —expliqué, apoyando las manos en la mesa—. El problema es la materia prima. Si no logran estandarizar el proceso de extracción según la variedad de la aceituna, el invento fracasará.

Marcelo frunció el ceño levemente, procesando la información.

—No te sigo, Jota.

—Piensa en ello con sentido común —le animé—. Una aceituna picual de Jaén no tiene la misma cantidad de grasa, ni la misma humedad que una arbequina catalana. Si el residuo cambia cada vez que llega un camión distinto a la almazara, la resistencia del polímero variará en cada lote.

Me incliné un poco hacia él, bajando la voz en un tono confidencial.

—Un inversor no comprará un lote de envases que hoy aguanta diez kilos de peso, y mañana se rompe con cinco porque ha llovido más en el sur. Necesitan homogeneizar el residuo antes de sintetizar el plástico. Si no, no es escalable a nivel industrial.

Marcelo se quedó mudo. Me observó detenidamente. Parecía estar encajando las piezas de un rompecabezas que no terminaba de cuadrar en su cabeza.

Sabía perfectamente que en mi expediente solo constaba educación secundaria. Mi currículum hablaba de hostelería, organización de eventos y atención al cliente. No había títulos de ingeniería ni másteres en biotecnología.

—Eso no venía en el dossier ejecutivo de presentación —dijo en voz baja. Dio un paso hacia mí, tan pequeño que casi no contaba como paso—. Ninguno de los consultores de traje que han cobrado miles de euros ha mencionado la variabilidad de la materia prima. ¿Cómo sabes eso?

No aparté la mirada. Su cercanía me puso los nervios un poco a flor de piel, pero mantuve la calma.

—Leo rápido —contesté con sencillez—. Tengo buena memoria. Y en el fondo, el aceite de oliva no deja de ser fruta exprimida. Mi abuelo tenía un pequeño huerto. Si entiendes cómo funciona la base de las cosas, la tierra, entiendes el resto. No hace falta un doctorado para sumar dos y dos.

Marcelo inclinó ligeramente la cabeza. Sus ojos recorrieron mi rostro, desde el bolígrafo improvisado en mi pelo hasta mis ojos verdes. Había fascinación en su mirada. No era la mirada de un jefe, ni la de un compañero de cuarto. Era la mirada de un hombre que acababa de descubrir un misterio.

—Eres un enigma, Jota.

La forma en que pronunció mi nombre hizo que algo vibrara en mi estómago. Fue suave, casi íntimo, aislado del ruido del Gran Salón. Por un segundo, el cóctel desapareció. Solo estábamos él y yo, apoyados en una mesa alta, hablando de aceitunas como si fuera el tema más apasionante del mundo.

La radio de mi bolsillo emitió un chasquido estático. Rompió la burbuja.

—Jota, aquí mantenimiento. Los paneles del alemán ya están en la galería este. Todo en orden.

Pulsé el botón para responder.

—Recibido, gracias chicos.

Guardé la radio y le regalé a Marcelo una sonrisa amplia y sincera.

—Solo soy práctica, Marcelo. Y ahora, si me disculpas, tengo que confirmarle al señor Hoffmann que su crisis está resuelta. Si le dejo esperando más tiempo, a tu padre le dará una subida de tensión.

Me separé de la mesa. Le guiñé un ojo de forma espontánea, guiada por el buen humor, y me di la vuelta.

Mientras caminaba por el pasillo decorado con maderas nobles, sentí un calor extraño en la nuca. Sabía que Marcelo seguía allí de pie, sin moverse, con los ojos clavados en mi espalda. No me giré. Pero sonreí para mis adentros durante el resto del trayecto.