Crucero puerta con puerta CAPÍTULO 5
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CAPÍTULO 5

Llevaba más de catorce horas sobre unos tacones de etiqueta que empezaban a sentirse como cepos de hierro, y mis pies pedían auxilio a gritos.

A mi alrededor, el murmullo del gran salón del puente cuatro comenzaba a extinguirse entre el tintineo sutil de las copas de cristal que los camareros retiraban con precisión quirúrgica.

La cena de gala de bienvenida había terminado oficialmente hacía veinte minutos, pero los pequeños corrillos de inversores y biotecnólogos se resistían a disolver la velada.

Víctor Rodríguez acababa de retirarse a su camarote tras dejarme una lista mental de cinco llamadas urgentes para las ocho de la mañana.

Crucé la puerta pesada que daba al exterior y la brisa marina me sacudió la cara con violencia limpia.

El barco navegaba a velocidad constante, cortando la negrura del agua que se extendía hasta perderse en el horizonte.

Hacía tan solo cuatro días mi vida transcurría entre la correa transportadora de la caja tres del supermercado del barrio y las ofertas de detergente concentrado.

Ahora vestía un traje corporativo de gala en mitad del Mediterráneo, rodeada de hombres y mujeres que movían millones con la misma naturalidad con la que yo contaba las monedas para el autobús.

No sentía inferioridad hacia ninguno de ellos.

El dinero no añade un gramo de inteligencia a quien no la trae de serie, y eso lo había aprendido bien en la calle.

Tampoco sentía que perteneciera a este circo de sonrisas ensayadas y conversaciones calculadas.

Era simplemente una espectadora privilegiada con un contrato de trabajo en el bolsillo y la necesidad imperiosa de respirar aire puro.

Caminé despacio por la bancada de babor, alejándome del ruido de las zonas comunes.

La cubierta estaba casi a oscuras, iluminada solo por balizas bajas de luz cálida.

Al doblar la esquina que protegía el lateral del buque del viento directo, me detuve en seco.

Una figura recortada contra el mar ocupaba una de las mesas bajas de teca.

Marcelo estaba allí sentado. Vestía el pantalón del esmoquin, pero se había quitado la pajarita y la chaqueta, dejándolas dobladas sobre la silla contigua. Tenía la camisa blanca remangada hasta los codos y sostenía una libreta de bocetos de lomo grueso sobre las rodillas.

Me escondí detrás de la solapa de la columna de ventilación antes de que pudiera notar mi presencia.

No quería interrumpirlo. Su actitud no tenía nada que ver con la pose distante y rígida que mostraba durante las reuniones de su padre.

Estaba inclinado sobre el papel, con la espalda encorvada y los ojos fijos en la mesa, absolutamente ajeno al temblor del motor del crucero o al susurro de las olas.

Movía la mano con una agilidad sorprendente.

Sostenía una barra de grafito entre los dedos, aplicando trazos rápidos, casi agresivos, para luego difuminar el trazo con la yema del pulgar.

Se detuvo un segundo, inclinó la cabeza hacia la izquierda, frunció el ceño en un gesto de concentración absoluta y volvió a cargar el trazo sobre la esquina superior de la lámina.

Borraba poco; prefería corregir la línea superponiendo otra más oscura, aprovechando la sombra del trazo anterior para dar volumen.

Me fijé en la forma en que su rostro cambiaba cuando dibujaba. Había desaparecido el gesto tenso que llevaba dibujado en la boca desde que bajamos a la cena. Se le veía libre, concentrado en una tarea que no exigía discursos ni balances económicos.

Desde la distancia no alcanzaba a ver qué había en el papel, pero la dirección de sus ojos me resultaba extraña.

Miraba al frente, a un punto fijo de la pared de cristal que reflejaba la zona de paso por la que yo acababa de cruzar hacía apenas un minuto.

Tenía en la mente una imagen muy concreta y la estaba trasladando a la hoja con una urgencia casi desesperada.

Sus dedos estaban manchados de sombras grisáceas hasta los nudillos.

Giró la muñeca para trazar una curva suave, continuó hacia abajo con dos líneas paralelas e hizo una pausa para estudiar el conjunto.

Tenía una capacidad de observación formidable.

Era capaz de captar la cadencia de una postura con tres trazos certeros.

Me quedé allí observándolo en silencio durante un par de minutos, fascinada por descubrir que debajo de las capas de contabilidad y deberes familiares habitaba un artista visceral.

Decidí retirarme sin hacer ruido. No era el momento de interrumpir su refugio. Me deslicé de vuelta hacia los ascensores interiores, me puse de nuevo los tacones para cruzar el vestíbulo principal y subí directamente a la novena planta.

La Suite Presidencial 902 estaba en silencio cuando entré. La luz tenue del recibidor dejaba ver el salón central diáfano. Dejé los zapatos junto a la puerta, solté la carpeta con los apuntes de la jornada sobre el mueble auxiliar y me dirigí a mi dormitorio con la intención de ponerme algo cómodo.

Una corriente de aire frío me cortó el paso.

La puerta corredera que daba a la terraza privada del salón se había quedado entreabierta un par de dedos.

El viento que entraba por la rendija hacía oscilar las cortinas de lino y agitaba un montón de papeles dispersos sobre la mesa de centro de roble claro.

Aceleré el paso para cerrar la ventana antes de que el aire desordenara nada importante, pero justo cuando me aproximaba a la mesa, una de las hojas de papel voló e impactó directamente contra mis espinillas. Cayó boca abajo sobre la alfombra.

Me agaché para recogerla y evitar que se doblara. Al darle la vuelta para colocarla junto a las demás, el pulso se me disparó.

Era un dibujo a lápiz, en blanco y negro, con trazos sombreados de una precisión que no esperaba de él.

El papel mostraba mis propias manos. Una de ellas sostenía el bolígrafo con el que había tomado notas durante la presentación del polímero, y la otra reposaba sobre la mesa con los dedos ligeramente curvados, en esa postura habitual que adopto cuando escucho con atención a alguien.

El dibujo captaba la tensión de mis nudillos y la sombra suave que caía sobre la muñeca.

Miré los otros dos folios que descansaban en la mesa. En el segundo estaba mi perfil completo: la inclinación del cuello, la boca a medio abrir en un gesto de réplica inminente y el volumen del pelo recogido de cualquier manera.

—No suelo dejar que la gente vea los borradores —dijo una voz a mi espalda.

Me giré despacio. Marcelo estaba de pie junto al pasillo que conducía a su dormitorio.

Vestía un pantalón de pijama gris y una camiseta blanca básica de algodón.

Llevaba el pelo ligeramente revuelto y la mirada fija en el folio que yo sostenía en la mano.

Parecía atrapado en una falta grave, rígido y con las mejillas ligeramente coloreadas.

—Son solo ejercicios de proporción —añadió rápidamente, dando dos pasos hacia la mesa sin llegar a acortar del todo la distancia—. La luz de la sala de reuniones era muy dura esta tarde. Generaba unas sombras bastante complejas en las manos. Estaba probando la dureza del grafito.

Le sostuve la mirada con una sonrisa de medio lado, dejando que el silencio se alargara un par de segundos para saborear su nerviosismo.

—¿Ejercicios de proporción? —pregunté, levantando la lámina a la altura de la vista—. Vaya, no sabía que mis nudillos tuvieran tanta relevancia académica para el desarrollo del simposio.

Marcelo se pasó la mano por la nuca, un gesto involuntario que delataba su incomodidad.

—Estaba sentado enfrente durante tres horas, Jota. Eres la única persona en esa mesa que no se queda inmóvil como una estatua cuando habla mi padre. Tienes movimientos muy expresivos. Para un dibujante es... práctico.

—Práctico —repetí la palabra saboreándola—. De modo que la asistente del señor Rodríguez ha pasado a ser material de prácticas de campo. ¿Haces esto con todo el equipo de la naviera o tengo que pedir un plus de exclusividad en mi contrato?

Marcelo se mordió el labio inferior, intentando mantener la compostura, aunque el destello de diversión en sus ojos lo traicionó por completo.

—No le pidas un plus a mi padre o te meterá en la partida de gastos de representación —repuso con la voz más grave de lo habitual—. Y no, no dibujo a todo el mundo. Solo a la gente que no me aburre a los cinco minutos de mirarla.

El tono de su respuesta perdió la ligereza de la excusa técnica. Dejó la libreta sobre el borde del sofá y se cruzó de brazos. La tensión en el salón cambió de naturaleza, volviéndose más pausada, más densa.

—Dibujas increíblemente bien, Marcelo —dije con sinceridad, dejando la ironía a un lado mientras miraba de nuevo el boceto de mi perfil—. No es solo que se parezca a mí. Has captado algo que hago con las manos cuando estoy pensando y de lo que ni siquiera yo soy consciente.

—Te tocas el índice izquierdo con el pulgar cuando estás a punto de discutir un punto del orden del día —dijo él en un murmullo plano, casi automático—. Lo has hecho cuatro veces esta tarde ante los inversores alemanes.

Me quedé mirándolo, sorprendida por el nivel de detalle con el que me había observado sin que yo me diera cuenta.

—¿Por qué estudiaste Administración y Relaciones Laborales si sabes hacer esto? —pregunté suavemente, señalando el papel.

Marcelo dirigió la mirada hacia el gran ventanal de la suite, donde el mar nocturno se confundía con el cielo.

—Hay familias donde las aficiones se quedan en el cajón del escritorio y los títulos se cuelgan en la pared del despacho principal —respondió con una sonrisa amarga que duró un instante—.

Mi padre necesitaba un gestor, no un pintor.

Y yo... bueno, yo tardé tiempo en entender que podía hacer ambas cosas sin pedir permiso.

—Es una lástima —dije acercándome un paso para devolverle los folios—. Lo de pedir permiso, quiero decir. Te sale bastante mejor el lápiz que la diplomacia corporativa.

Marcelo cogió las hojas de mi mano. Sus dedos rozaron los míos durante un segundo más largo de lo necesario. Ninguno de los dos retiró la mano inmediatamente. Nos quedamos mirándonos en el centro del salón, con el rumor distante del motor del barco como único fondo.

—Buenas noches, Jota —dijo él finalmente, rompiendo el contacto y dando un paso atrás.

—Buenas noches, Marcelo.

Se retiró hacia su dormitorio sosteniendo los bocetos contra el pecho.

Escuché el chasquido suave de su puerta al cerrarse.

Me quedé unos instantes sola en el salón, mirando el espacio vacío que acababa de dejar, sintiendo un cosquilleo extraño en la punta de los dedos.

Caminé hacia mi habitación, cerré la puerta y me acosté en la oscuridad de la suite, incapaz de quitarme de la cabeza la imagen de mis propias manos trazadas sobre el papel.

Al otro lado de la pared, oí el chasquido suave de un cajón abriéndose y cerrándose, y me quedé dormida preguntándome, sin sacar nada en claro, qué habría hecho con esos tres dibujos.