CAPÍTULO 6
En solo tres horas, el equipo de montaje había conseguido que el Gran Salón del puente cuatro pareciera otro lugar.
La iluminación sobria de las conferencias había dado paso a una penumbra cálida, salpicada por focos dorados que rebotaban en las cristalerías.
Una banda de jazz suave tocaba cerca del escenario principal.
Los camareros circulaban con bandejas de champán, esquivando a ejecutivos que reían demasiado alto y a científicas que parecían desear estar en cualquier otra parte del planeta.
Yo andaba pegada a la pared, libreta fina en mano, comprobando que las mesas VIP mantuvieran el protocolo dictado por Víctor.
Mi trabajo consistía en ser invisible pero eficaz.
Cuando el director de una multinacional alemana se derramó media copa de tinto en la solapa, tardé cuatro segundos en aparecer con una servilleta humedecida en agua con sal y una sonrisa amable.
—Sin frotar, caballero. Solo golpecitos secos. En diez minutos ni se nota —le dije en su idioma, guiñándole un ojo para quitarle hierro al asunto.
El hombre suspendió el pánico, suspiró aliviado y me dio las gracias casi haciendo una reverencia.
Seguí mi camino. No me imponían los trajes de tres mil euros ni las joyas de brillantes.
Criarse en la calle te enseña una verdad universal: bajo la seda y el perfume caro, todo el mundo se asusta por las mismas minucias.
El teléfono me vibró en el bolsillo del pantalón, justo cuando estaba comprobando que las flores de la mesa doce no taparan la vista al escenario. Miré la pantalla de reojo, casi por acto reflejo, esperando ver el nombre de algún compañero de turno.
Era mi hermano. Mi hermano, que llevaba sin llamarme desde que embarqué, elegía precisamente ese momento —en mitad de un cóctel con media industria del aceite de Europa mirando— para necesitarme con urgencia.
Me escondí detrás de una columna para contestar en voz baja.
—Dime que no has vuelto a prender fuego a la cocina —susurré, a modo de saludo.
—Casi peor —contestó él, con ese tono de quien lleva media hora ensayando cómo contarlo—. Se me ha averiado el coche otra vez, el de la transmisión que ya te pagué el otro arreglo, y necesito que me digas dónde guardaste el papel del seguro, porque la grúa no se mueve sin él.
Cerré los ojos un segundo, agradeciendo en silencio que nadie a mi alrededor conociera mi vida tal y como era en realidad.
—Segundo cajón del mueble de la entrada, debajo de las facturas del gas —dije, vigilando de reojo que ningún invitado necesitara nada—. Y no, no te voy a pagar otro arreglo. Búscate un mecánico de confianza y dile que te haga precio.
—Eres la mejor hermana del mundo —dijo él, ya aliviado, sin escuchar del todo la segunda parte.
—Soy la única hermana que tienes —contesté, sonriendo a pesar de todo—. Tengo que colgar, estoy trabajando. No prendas fuego a nada más esta semana.
Colgué, me guardé el teléfono en el bolsillo y volví a mi ronda como si no acabara de resolver, en noventa segundos y a seis mil kilómetros de casa, un problema doméstico completamente ajeno a polímeros y patentes.
Me detuve junto a la columna central para revisar la lista del cóctel secundario. Fue entonces cuando lo vi bajar la escalinata principal.
Marcelo llevaba un esmoquin negro ajustado al milímetro, camisa blanca impecable y la pajarita perfectamente recta. La postura erguida le daba un aire distinguido, de corte clásico. Sin embargo, en la tensión imperceptible de su mandíbula se le notaba la pereza absoluta que le daba la noche.
«Verlo así es casi un pecado», pensé antes de poder frenar el impulso. Parecía un modelo sacado de una revista de lujo. Inmediatamente desvié la vista hacia mis folios, riéndome para mis adentros. Un verdadero niño rico en su hábitat natural, disfrazado de gala para complacer a papá.
Él avanzó entre la multitud y, al pasar cerca de mi zona, frenó el paso.
Me miró de arriba abajo, sorprendida y sin disimular la curiosidad.
Yo llevaba el uniforme corporativo de representación que la naviera nos asignaba para los eventos nocturnos: una falda tubo oscura, entallada pero funcional, y una blusa azul de tela caída que me permitía moverme sin rigidez.
—Vaya —murmuró Marcelo, acercándose un par de pasos—. Por un segundo no te he reconocido fuera de la chaqueta azul de batalla. Te sienta bien la ropa de gala, Jota.
—Gracias —contesté, levantando una ceja—. Es el uniforme oficial de la empresa para no desentonar entre la aristocracia del aceite. Si te soy sincera, prefiero la otra chaqueta. Esta tela no me deja respirar si tengo que correr detrás de tu padre.
Marcelo dejó escapar una leve sonrisa.
—A mí la pajarita me está estrangulando poco a poco, así que te entiendo perfectamente.
—Pues disimulas muy bien, heredero —bromeé, ajustándome la libreta bajo el brazo—. Pareces sacado de un catálogo. Ahora ve a hacer lo tuyo, que veo a tres inversores americanos fichándote desde el bar.
Él giró la vista hacia donde señalaba, suspiró ruidosamente y asintió.
—Deséame suerte.
—Suerte, Rodríguez. Intenta no dormirte de pie.
Veinte minutos después, el ambiente en el salón era sofocante. Las conversaciones cruzadas generaban un rumor atronador sobre la música de fondo. Marcelo estaba atrapado a unos metros del escenario principal. Lo observaba mientras entregaba la bandeja de confirmaciones al maître.
Estaba rodeado por un grupo de cuatro jóvenes, todos de mi edad o poco más, luciendo relojes gigantescos y trajes cruzados.
Hablaban a voces sosteniendo copas de ginebra, gesticulando con exageración sobre no sé qué modelo de coche deportivo y unas vacaciones en Córcega.
Marcelo permanecía en el centro, sosteniendo su copa intacta, asintiendo a destiempo con una sonrisa congelada que no le llegaba a la mirada.
Estaba sufriendo. Se le notaba en el cuello rígido y en cómo cambiaba el peso del cuerpo de un pie a otro cada tres segundos.
Me acerqué a la mesa contigua simulando que recogía una nota del servicio. El grupo apretó el círculo alrededor de Marcelo, bloqueándole cualquier vía de escape. Uno de ellos le dio una palmadita excesiva en la espalda mientras soltaba una carcajada sonora.
Aproveché el momento. Me acerqué con paso firme y expresión seria pero profesional, con la tableta de notas bien sujeta contra el pecho.
—Disculpe, señor Rodríguez —interrumpí con voz clara, colocándome justo entre el chaval del reloj grande y él—.
Lamento interrumpir. Su padre me ha pedido que le avise de inmediato.
El doctor Hoffmann necesita revisar con usted un detalle urgente sobre las tablas de densidad antes de la presentación de mañana. Le espera en el espacio contiguo.
Marcelo pestañeó dos veces, captando la jugada al instante. Su rostro cambió de la apatía a la concentración impecable.
—Por supuesto. Disculpadme, chicos. Los negocios mandan —dijo, ofreciendo una inclinación rápida de cabeza al grupo de herederos.
Nos alejamos a paso ligero hacia el pasillo lateral. En cuanto dejamos atrás el murmullo del grupo, Marcelo dejó caer los hombros con un suspiro de alivio monumental.
—¿El doctor Hoffmann me busca de verdad o te lo has inventado todo? —preguntó en voz baja.
—El doctor Hoffmann está en el bufé comiéndose la tercera tartaleta de salmón —respondí con una sonrisa pícara—. No sabe ni quién eres tú ahora mismo.
Marcelo se detuvo en seco. Me miró fijamente y, de repente, soltó una risa limpia, sonora y absolutamente espontánea. El sonido me tomó por sorpresa; no tenía nada que ver con sus sonrisas de compromiso. Le iluminó la mirada por entero, suavizándole las facciones del rostro.
—Eres increíble —dijo, negando con la cabeza sin dejar de sonreír—. ¿Cómo lo has sabido?
—Llevo tres días trabajando aquí, Marcelo —contesté, encogiéndome de hombros—. Sé distinguir perfectamente a un hombre que necesita ayuda de uno que solo quiere que lo dejen hablando de barcos. Y tú tenías cara de querer saltar por la borda.
—Me has salvado la vida. Esos tipos eran insoportables.
—Para eso me pagan —repuse con un guiño—. Ahora camina, que si nos ven parados aquí parecerá sospechoso.
Acompañé a Marcelo por la galería exterior para evitar el tapón de la entrada principal.
Salimos a una cubierta secundaria del puente cinco, una zona amplia con barandillas de teca y bancos de teca que quedaba al margen del bullicio.
El aire de la noche pegó de golpe, fresco y húmedo, trayendo el olor a sal del Atlántico.
—Uf. Necesitaba esto —murmuró Marcelo, apoyando las manos en la barandilla y contemplando la negrura del mar.
—Yo debería volver dentro —dije, mirando de reojo hacia la puerta acristalada—. Tengo que revisar que no falte hielo en las barras.
—Quédate cinco minutos, por favor —pidió, girándose hacia mí. Su tono no fue una orden, sino una petición sincera—. Solo cinco minutos. Prometo no quitarte más tiempo.
Miré a mi alrededor. El pasillo estaba desierto y el pasaje principal estaba ocupado con el discurso de bienvenida de un patrocinador secundario. Acepté con la cabeza y me acerqué a la barandilla, guardando un espacio prudencial.
—No entiendo cómo la gente aguantaba esas fiestas en la universidad —comentó Marcelo, mirando al horizonte—. Mis compañeros solo hablaban de presupuestos, contactos y eventos exclusivos. Yo intentaba encajar, pero me sentía como un extraterrestre. Nunca me ha gustado exhibirme.
—El dinero no quita lo aburrido —contesté con naturalidad—. A mí las fiestas caras me parecen todas iguales. Mucha copa de cristal y poca conversación real.
Él me miró con curiosidad.
—Tú no encajas mucho en este ambiente, pero te mueves como si llevaras toda la vida entre ellos. Tu padre me dijo que no tienes títulos universitarios, pero hablas tres idiomas y te manejas mejor que la mitad de los graduados de esta nave. ¿Cómo lo haces?
Solté una risa corta, sintiendo el viento frío en la cara.