CAPÍTULO 6 #2
—Estudiar en una aula me parecía una mezcla insoportable de aburrimiento y tortura —confesé—.
No tengo paciencia para sentarme en una silla a escuchar a alguien leer diapositivas durante cuatro años.
Cuando algo me interesa, me obsesiono. Leo todo lo que pillo, veo documentación, escucho hablar a la gente que sabe y se me queda en la cabeza.
Tengo buena memoria, supongo. Aprendo por necesidad y por curiosidad, no por un diploma.
—Es fascinante —dijo él, mirándome con atención genuina—. Tienes una inteligencia instintiva. No necesitas la teoría para entender cómo funciona el mundo.
—Bueno, tampoco exageres. Sé resolver problemas sencillos, nada más —dije, restándole importancia con la mano—. Pero no me pidas que te haga una derivada.
—A cambio sabes de arte. Ayer demostraste conocer mejor las vanguardias que muchos de los inversores de ahí dentro.
—Eso fue porque estuve saliendo un tiempo con un chico que trabajaba restaurando marcos viejos —admití, sonriendo ante el recuerdo—.
Me llevaba a las galerías gratis y me leía los catálogos mientras cenábamos pipas en el parque.
Me enganché al expresionismo alemán. Me parecía increíble cómo usaban los colores para mostrar el caos de la mente sin pintar las cosas tal como son.
Los ojos de Marcelo se iluminaron por completo.
—El expresionismo es brutal —coincidió, con un entusiasmo que no se molestó en disimular—.
Schiele, Kirchner... La forma en que deformaban las líneas para volcar la angustia.
Yo intento aplicar esa libertad cuando pinto con acuarela, pero me cuesta desprenderme de la simetría.
En la carrera me enseñaron que todo debe ser ordenado y medible.
Se quedó hablando durante un par de minutos, explicándome la técnica de las veladuras y cómo el agua cambiaba el tono del pigmento al secarse. Lo escuché en silencio, admirando la pasión contenida que salía a la luz en cuanto se olvidaba de la empresa de su padre.
El silencio volvió a instalarse entre nosotros, pero ya no era un silencio incómodo. El sonido del mar rompiendo contra el casco llenaba el espacio.
—¿Puedo hacerte una pregunta personal, Jota? —dijo él de pronto, bajando la voz.
—Dispara. Pero si es sobre mi sueldo, te diré que tu padre me paga muy bien.
Marcelo no sonrió esta vez; se mantuvo serio, mirándome a los ojos.
—¿Por qué trabajas de asistente en un crucero si tienes capacidad para hacer cosas mucho más grandes? Podrías estar dirigiendo tu propio equipo en cualquier parte.
Me apoyé de espaldas a la barandilla, cruzando los brazos sobre la blusa.
—Porque la vida real no es como en las películas, Marcelo —respondí con serenidad—.
No todo el mundo tiene la suerte de poder elegir qué hacer con su vida desde los dieciocho años.
Hay que pagar el alquiler, comprar comida y resolver el día a día.
A mí se me da bien tratar con la gente y organizarle la vida a los demás.
No me parece un mal trabajo para empezar.
Él se quedó en silencio, procesando mis palabras. Un matiz de culpa cruzó por su rostro.
—Tienes razón —admitió con voz baja—. Yo he tenido todas las oportunidades del mundo y las he dejado pasar. He hecho lo que mi padre esperaba de mí porque era el camino fácil, aunque me ahogara por dentro.
—Pues estás a tiempo de cambiarlo —le dije muy seria, sin apartar los ojos de los suyos—. Tienes treinta años, no ochenta. Si no te gusta el camino, se cambia de acera. Nadie va a tomar esas decisiones por ti.
Marcelo se me quedó mirando, sorprendido de que no le hubiera suavizado ni una palabra.
Nadie en su entorno le hablaba así, sin rodeos ni complacencias.
Se mantuvo inmóvil, observándome bajo la luz tenue de los faroles de cubierta.
En ese estado de relajación, sin las corazas del protocolo, sus ojos oscuros eran extraordinariamente expresivos, cálidos y directos.
De pronto, Marcelo frunció levemente el ceño y se acercó un poco más de lo necesario.
—Tienes algo aquí... —murmuró, levantando la mano derecha.
Su dedo índice se acercó a mi pómulo izquierdo.
Me quedé helada, con un escalofrío bajándome directo al estómago.
La distancia entre los dos se redujo a unos pocos centímetros.
Podía oler su perfume, una mezcla de madera y cítricos suaves.
Durante dos segundos que se sintieron eternos, su mano dudó en el aire, a punto de tocar la mancha de purpurina dorada que me había caído de la decoración del salón.
Marcelo frenó el gesto justo antes de tocarme la piel. Pestañeó, aturdido, como quien despierta de golpe, y bajó la mano despacio, cerrándola en un puño.
La tensión entre los dos se volvió visible, espesa, casi tangible, sin que ninguno dijera nada para explicarla en medio del aire frío de la noche. Ninguno de los dos dijo nada.
—Debería volver dentro —dijo él, sin terminar de convencerse a sí mismo, todavía con el puño cerrado a un centímetro de mi cara.
El momento se rompió igual, aunque esta vez no tuvo la culpa nadie más que nosotros mismos. Marcelo dio un paso atrás, carraspeó suavemente y se recolocó la chaqueta del esmoquin.
—Gracias por la ayuda, Jota —dijo, todavía sin moverse del todo, con una mirada cargada de algo que no supo expresar con palabras—. Ha sido, con diferencia, la mejor conversación de todo el viaje.
Se dio la vuelta y caminó hacia la luz del salón.
Me quedé sola en la cubierta desierta, agarrándome a la barandilla de teca mientras el viento me despeinaba el flequillo. Me pasé la mano por el pómulo para quitarme el brillo de la purpurina, notando que la cara me quemaba ligeramente.
Suspiré, me coloqué bien la blusa del uniforme y regresé al interior. Mientras cruzaba el salón repleto de gente, me descubrí a mí misma buscando, de manera completamente automática, la silueta alta y oscura de Marcelo entre la multitud.