CAPÍTULO 7
Eran las siete y diez. Llevaba diez minutos repasando las fichas de los tres científicos ponentes de la mañana.
Me había levantado con la cabeza ligera y los pies pesados.
Normal, considerando que la noche anterior había terminado compartiendo un silencio electrizante sobre un cuaderno de bocetos con el hijo del jefe.
Escuché la puerta del dormitorio de la izquierda. Marcelo salió con una camisa blanca ajustada y los puños remangados. Tenía ojeras marcadas, pero el rostro fresco.
—Buenos días —dijo, deteniéndose a medio camino hacia la cafetera.
—Buenos días —respondí sin levantar la vista del papel—. Veo que el mar ya no intenta matarte.
—He sobrevivido. Gracias a las galletas saladas y a tu diplomacia medicinal.
Se sirvió café en una taza de cerámica. La escena era limpia, sencilla, pero el espacio entre los dos pesaba como si el aire se hubiera vuelto de mercurio.
La noche anterior flotaba en la estancia.
Sus dibujos de acuarela, la mirada atenta, el calor repentino cuando nuestras manos estuvieron demasiado cerca.
Ninguno mencionó el tema. Era un pacto tácito de supervivencia profesional.
—¿Has dormido bien? —preguntó él, apoyándose en la isla de la cocina.
—A la perfección. Duermo como una piedra desde que no tengo que aguantar el ruido del tráfico de Madrid.
—Mentira. Tienes cara de haber estado dando vueltas.
Le dediqué mi mejor sonrisa de amabilidad corporativa.
—Es el maquillaje corporativo, Marcelo. Oculta el cansancio y las ganas de discutir a primera hora.
Sonrió de lado, llevando la taza a sus labios. Se notaba la tensión bajo la superficie, una conciencia absoluta de los gestos del otro. Me levanté, recogí mis carpetas y ajusté la chaqueta azul marino del uniforme.
—Me voy abajo. Tu padre quiere la síntesis de la ponencia de las nueve antes de las ocho y media.
—Nos vemos en el almuerzo entonces —comentó él.
Bajé al puente cuatro. El barco bullía con el ajetreo habitual. Científicos vestidos con trajes de lino arrugado conversaban cerca de los paneles informativos. Ejecutivos de la naviera revisaban agendas en sus tabletas.
Sin embargo, algo no encajaba.
A las diez de la mañana, mientras organizaba las tarjetas de identificación en el mostrador del vestíbulo principal, noté las primeras señales.
Dos mujeres del equipo de comunicación de un fondo de inversión francés pasaron a mi lado.
Cuchuchearon, se giraron a mirarme y soltaron una risita sofocada.
Un poco más tarde, un consejero delegado de la filial italiana me pidió unos folletos. Cuando se los entregué en la mano, me miró con una ceja elevada y una sonrisa de suficiencia que no tenía nada que ver con el polímero olivar.
—Gracias, signorina —dijo con un tono arrastrado—. Es usted... de gran utilidad para el señor Rodríguez.
Parpadeé. El ingenio me funciona por intuición, y mi intuición me estaba gritando que algo se me escapaba.
No era paranoia. Llevaba años tratando con gente de todo tipo en la calle y en puestos de atención al público.
Sabía distinguir la prisa, el desprecio, la condescendencia y la curiosidad morbosamente cómplice. Aquello era esto último.
A las doce del mediodía, bajé a la sala de repuestos de material, un pasillo reservado cerca de la zona administrativa de la cubierta tres.
El lugar estaba en silencio, flanqueado por armarios de aluminio.
Cuando estaba a punto de doblar la esquina hacia el almacén de papelería, escuché dos voces femeninas.
—Te digo que es verdad. Lo dijo la secretaria del grupo alemán —decía una, con voz agachada pero clara.
—¿Pero no era la asistente de agenda? —contestó la otra—. La trajeron a última hora.
—Por favor, mírale la cara. ¿Tú has visto a alguna administrativa de la naviera vestir así o mirar con esa chulería?
La metieron en el pasaje a última hora porque Víctor no viaja sin compañía femenina.
Dicen que cobra una fortuna por semana solo por pasearse de su brazo y hacer como que le lleva los papeles.
—¿Y el hijo?
—Marcelo ni la mira. Debe de estar muerto de vergüenza. Menudo espectáculo para un simposio serio. Una acompañante de lujo cobrando con presupuesto del evento.
Me quedé helada.
Mi primer impulso no fue llorar. Fue una ráfaga de calor abrasador en el estómago, un enfado purísimo y concentrado.
¿Acompañante de lujo? ¿Yo? ¿La misma persona que se había leído doscientas páginas de informes técnicos sobre biotecnología en una sola noche para no meter la pata con las traducciones?
Apreté los carpetones contra el pecho. La reacción inmediata de mi cerebro fue buscar el chiste rápido, la burla interna para quitarle hierro al asunto.
“Si cobrara de acompañante de lujo, al menos llevaría ropa de marca y no este chaleco azul que me hace parecer un azafato de autobús regional”, me dije.
Pero el humor esta vez no amortiguó la picadura.
Cuando las dos mujeres se alejaron y el pasillo quedó vacío, me apoyé contra la pared metálica.
Había una fisura por la que dolía. No me importaba la opinión de unos desconocidos estirados, pero que borraran de un plumazo mi esfuerzo, mi memoria, mi capacidad y mi trabajo solo por ser una chica joven sin un título universitario pegado en la frente me quemaba por dentro. Me reducían a un adorno pagado.
Respiré hondo tres veces. Me erguí, me coloqué bien el cuello de la camisa y tomé una decisión. Iba a cortar el asunto de raíz.
Entré en el despacho privado de Víctor Rodríguez en la cubierta VIP a las dos de la tarde. El empresario estaba sentado tras un escritorio de caoba, firmando documentos con una estilográfica pesada.
—Pasa, Jota. ¿Tienes el informe de los alemanes? —preguntó sin levantar los ojos.
Dejé la carpeta sobre la mesa con un golpe seco, un poco más fuerte de lo habitual.
—Aquí está. Y también una pregunta, señor Rodríguez.
Víctor levantó la vista. Tenía los ojos oscuros entornados, analíticos.
—Dispara. Tengo cinco minutos antes de la videoconferencia con Sevilla.
—Se está diciendo por el barco que soy su acompañante pagada. Que no trabajo para Ocean Events ni para usted como asistente, sino que formo parte del equipaje de entretenimiento.
Esperaba una mueca de sorpresa, un exabrupto o la rabia típica de su carácter impulsivo. No ocurrió nada de eso. Víctor apoyó la estilográfica en el tintero, se echó hacia atrás en el sillón de cuero y juntó las yemas de los dedos.
—Ah, eso —dijo con total frialdad—. Ya me ha llegado el rumor.
—¿Ya lo sabía? —pregunté, frunciendo el ceño.
—Por supuesto. Un barco es un pueblo pequeño con mucho dinero y demasiado tiempo libre.
—¿Y no va a decir nada? ¿No va a aclararlo?
Víctor soltó un bufido seco que pretendía ser una risa.
—¿Aclarar qué, Jota? ¿Quieres que emita un comunicado oficial para negar los cotilleos de cuatro ejecutivos aburridos? No seas ingenua. En el mundo de los negocios la gente habla. Si no hablan de esto, hablarán de si las acciones del polímero van a caer un dos por ciento.
—Esto afecta a mi reputación profesional —dije, manteniendo la voz firme aunque la rabia me abrasaba la garganta—. Trabajo doce horas al día. Resuelvo sus problemas, traduzco sus reuniones y le organizo la vida. No soy el capricho de nadie.
—Y yo te pago el triple de lo que cobrabas hace cuatro días por hacer exactamente eso —respondió él, volviendo a coger la pluma—.
Míralo de forma práctica. Si los inversores creen que eres mi acompañante personal, no te harán preguntas difíciles sobre la estructura financiera de la empresa.
Te dejarán en paz. A mí me conviene que piensen que tengo todo controlado, incluso mi vida personal.
La frialdad del comentario me dejó muda por un instante. Era pragmatismo puro, desprovisto de la más mínima empatía social.
—Usted me contrató porque valgo para esto, señor Rodríguez —dije con tono helado—. No para ser su escudo contra los chismes ni su adorno de cubierta.
—Te contraté porque eres rápida y eficaz —zanjó él, señalando la puerta—. Ahora ve a buscar los archivos del comité de ética. Y olvídate de las tonterías. La gente olvida los rumores en dos días si les das algo más interesante de qué hablar.
Salí del despacho apretando los dientes para no soltar una burrada que me costara el puesto. La mentalidad de Víctor era un muro de hormigón: el trabajo bien hecho se pagaba, el resto era ruido irrelevante.
Subí a la cubierta superior a tomar aire. El viento marino daba de lleno en la zona de paseo, despejando la niebla de rabia que llevaba encima.
—Te estaba buscando.
Me giré. Marcelo caminaba hacia mí. Había cambiado el traje por un jersey fino de cuello alto. Se detuvo a un metro, observándome con atención.
—¿Pasa algo? Tienes la misma cara que ponías cuando tu jefe en Madrid te pedía imposibles.
—No pasa nada. Gestión de agenda.
—Jota, te conozco hace cuatro días, pero sé cuándo estás a punto de morder a alguien. ¿Qué ha ocurrido?
Traté de esquivar la conversación. No quería dar lástima ni involucrarlo en una dinámica ridícula.
—En serio, Marcelo, son tonterías de trabajo. Problemas con la gente del evento.
—Mi padre ha salido de su despacho hecho un mico furioso porque la prensa del sector no ha llegado a tiempo. A ti te ha visto justo antes. ¿Qué te ha dicho?
Suspiré, mirando hacia la inmensidad del agua azul.
—Se está diciendo por el crucero que soy la chica de compañía de tu padre. Que me han pagado el pasaje para hacerle de adorno durante los doce días.
Marcelo se quedó completamente inmóvil. Su expresión cambió de la curiosidad a una incredulidad absoluta, seguida de un rastro instantáneo de indignación.
—¿Qué? —dijo, dando un paso adelante—. ¿Quién dice eso?
—Da igual quién lo diga. Está rodando por todas las mesas de la zona VIP.
—Es una estupidez descarada. Voy a hablar con mi padre ahora mismo para que exija una disculpa pública a la organización.
—No vas a hacer nada —lo atajé de inmediato, poniéndome delante de él.
—¿Cómo que no? No pueden decir eso de ti. Es mentira y es difamatorio.
—Si el hijo del dueño va corriendo a exigir rectificaciones porque han ofendido a la asistente, solo vas a conseguir que el rumor parezca más importante —explicé, mirándolo fijamente a los ojos—.
Van a decir que me proteges porque hay algo más.
No necesito que salgas a defender mi honor como si esto fuera el siglo diecinueve.
—¡Es injusto, Jota! —protestó él, alzando la voz por primera vez desde que lo conocía—. Tú estás aquí dejándote la piel. No tienes por qué aguantar que una panda de idiotas clasistas reduzcan tu trabajo a eso.
—Llevo toda la vida aguantando que la gente asuma cosas sobre mí por no tener un apellido o un título pegado en la pared —respondí con calma forzada—. Sé defenderme sola. Conozco mis herramientas y la rabia no es una de ellas.
Marcelo me miró durante unos segundos en silencio. La ira de su rostro se ablandó lentamente, sustituida por una preocupación abierta, honesta, que me pilló con la guardia baja.
—Mi padre sabe esto, ¿verdad? —preguntó con voz más baja.
—Sí. Me ha dicho que es práctico para el negocio. Que pase del tema.
Marcelo cerró los puños, apretando la mandíbula con verdadera vergüenza.
—Siento mucho que tengas que aguantarlo a él también. A veces piensa que todo el mundo se compra con un cheque o se resuelve con frialdad.
—No es tu culpa. No tienes que pedir perdón por tu padre.
—Aun así —dijo él, dando un paso más hacia mí, tan cerca que pude distinguir el matiz pardo en sus ojos oscuros—, quiero que sepas que yo sé perfectamente por qué estás aquí.
Sé lo lista que eres, lo duro que trabajas y el valor que tienes en este barco.
Nadie con dos dedos de frente que te haya oído hablar cinco minutos cree esa basura.
Me quedé mirándolo. La firmeza de sus palabras no buscaba halagarme ni quedar bien; era una declaración absoluta de respeto. Sentí que el pecho se me encogía, una punzada cálida que amenazaba con desmontar la coraza con la que había empezado el día.
Sonreí despacio, recuperando el control.
—Gracias, Marcelo. Pero no necesito que me creas a mí. Necesito que no me trates diferente solo porque cuatro estirados inventen historias en el salón de fumadores.
—Eso no va a pasar —aseguró, sin dejar hueco para la réplica—. Nunca.
Nos quedamos unos instantes en silencio, con el viento marino revolviéndonos el pelo y el motor del buque zumbando bajo nuestros pies. Él dio un paso atrás, como si de pronto fuera consciente de la proximidad física entre los dos, pero sus ojos permanecieron fijos en los míos.
—Tengo que volver a la mesa de trabajo —dije, rompiendo el hechizo—. Tu padre querrá los papeles del comité listos antes de las tres.
—Te veo en la suite esta noche —respondió él.
Me di la vuelta y eché a andar por la cubierta hacia las escaleras de servicio.
Podía sentir la mirada de Marcelo clavada en mi espalda durante todo el trayecto.
Él se quedó apoyado en la barandilla, observando cómo me alejaba.
Cuando llegué a la puerta y me atreví a mirar atrás, seguía exactamente en el mismo sitio, sin fingir que miraba otra cosa.