CAPÍTULO 8
Caminaba a pasitos rápidos por la cubierta ocho, con la carpeta de piel bajo el brazo y los dientes apretados, sin que ni la brisa de la tarde lograra enfriarme el enfado.
Necesitaba perder de vista a Víctor Rodríguez durante un par de horas si no quería acabar arrojando su valioso imperio del aceite por la borda.
Mi cabeza era un hervidero tras la conversación sobre el rumor y su pragmática indiferencia.
Encontré el salón Boreal casi por casualidad.
Era un espacio amplio, con ventanales de suelo a techo que mostraban la inmensidad azul del Mediterráneo.
Había cuatro personas repartidas en sofás de piel clara.
El silencio solo lo rompía el murmullo del motor y el tintineo tenue de las tazas de porcelana.
Me senté en una mesa rincón, pedí un café solo y me dispuse a revisar las notas del día siguiente.
No fui capaz de concentrarme. Abría la libreta, leía dos líneas sobre los ponentes de la mañana y la volvía a cerrar. La imagen de Víctor diciéndome que el rumor no le perjudicaba me quemaba por dentro.
—Tienes exactamente la misma cara que ponía yo cuando llevaba tres días trabajando para esta clase de gente —dijo una voz a mi izquierda.
Alcé la vista. Una mujer de unos cincuenta y tantos años me miraba desde el sofá contiguo.
Tenía el pelo cano cortado en un estilo impecable, un traje de lino beige de excelente corte sin una sola marca ostentosa de diseñador y una taza de té suspendida a mitad de camino de la boca.
Me observaba con unos ojos grises divertidos y despiertos.
Solté un bufido que pretendía ser una risa.
—¿Tan evidente es?
—Rotundamente sí —respondió ella, dejando la taza sobre el plato con un chasquido suave—. La tensión en los hombros te llega hasta las orejas y miras esa libreta como si fuera a morderte. ¿Puedo sentarme?
—Por favor. Necesito una voz humana que no hable de polímeros.
Se trasladó a mi mesa con soltura. Emanaba esa clase de seguridad que solo dan los años de oficio, alguien que ha visto pasar a docenas de directivos sin despeinarse.
—Me llamo Helga —dijo, extendiendo una mano firme—. Secretaria ejecutiva de la delegación del Grupo Holger.
—Jota. Asistente de... Víctor Rodríguez.
Helga arqueó una ceja y soltó una carcajada limpia.
—Pobre chica. Te ha tocado el premio gordo.
—Ni te imaginas cuánto —murmuré, dándole vueltas a la cucharilla dentro de la taza—. Hasta me han alojado puerta con puerta con él. Suite compartida, dos habitaciones, un salón de por medio.
Helga soltó un silbido bajo, nada disimulado.
—Eso sí que es jugar fuerte por parte de Víctor. ¿Y cómo llevas la convivencia?
—Sobrevivible, de momento —contesté, encogiéndome de hombros con más aplomo del que sentía—. Hemos puesto normas. Nada de trabajo dentro de la suite, privacidad sagrada, y bocadillos de madrugada sin preguntas.
—¿Cuánto tiempo dices que llevas en la empresa? —preguntó Helga tras darle un sorbo a su té.
—Tres días. Concretamente, tres días y medio.
La mujer estuvo a punto de atragantarse. Me miró fijamente para comprobar si bromeaba y terminó riendo con ganas, negando con la cabeza.
—¿Me estás diciendo que te han recogido de la nada y te han plantado en un crucero de superlujo rodeada de tiburones del sector primario en menos de noventa y seis horas?
—Más o menos. Hubo un lío con unos pasaportes en el puerto, le resolví el problema en dos minutos porque el gestor era conocido de mi barrio y Víctor decidió que me necesitaba a su lado. Me ofreció triplicar el sueldo y aquí estoy.
—Un clásico de Rodríguez —comentó Helga con ironía—. Si ve algo que funciona, lo compra. Lo que me extraña es que no te hayas tirado ya por la borda. Víctor es un huracán.
—El problema no es Víctor trabajando —admití, cruzando los brazos sobre la mesa—. El problema es todo lo demás. La gente de este barco.
—Ah —Helga recostó la espalda en el sillón y me examinó con detenimiento—. El rumor.
Me tensé de inmediato.
—¿Ya ha llegado a tu delegación?
—Hija, en este barco las noticias vuelan más rápido que el internet satelital. Dicen que eres el nuevo capricho del viejo Rodríguez.
—Es indignante —protesté en voz baja, inclinándome hacia adelante—. Trabajo doce horas al día, le llevo la agenda al milímetro y no he tenido un minuto de descanso desde que subí a este trasto. ¿Por qué la primera conclusión de todo el mundo es que me acuesto con él?
Helga no se escandalizó. De hecho, su expresión se volvió compasiva, aunque mantuvo un matiz pragmático.
—No te enfades conmigo, pero es la norma no escrita de este círculo.
Una mujer joven, de físico llamativo, sin un apellido de alcurnia ni un currículum conocido en el sector financiero, que aparece de repente pegada al brazo de un magnate...
La gente mediocre prefiere inventar una historia simple antes que admitir que eres mil veces más lista que ellos.
—Es absurdo —mascullé—. ¿Tan difícil es entender que hago bien mi trabajo?
—Para ellos, sí. En este mundo, las jerarquías son sólidas como el hormigón. Cuando alguien se las salta sin pedir permiso, descoloca al personal.
—¿Y qué piensas hacer? —inquirió Helga, tamborileando los dedos sobre la mesa de madera.
—Seguir trabajando —respondí de inmediato—. No voy a perder el tiempo dando explicaciones a gente que no me importa. Mis tareas están hechas y la agenda de mañana está pulida. Si quieren hablar, que hablen.
Helga sonrió con aprobación sincera.
—Bien dicho. Esa es la única postura inteligente.
Pero te daré un consejo de vieja perra del oficio: no dejes que Víctor use tu silencio para proteger su propio orgullo.
Él pertenece a una generación que cree que ignorar los murmullos es síntoma de clase.
Para él es fácil porque es millonario. A ti te afecta de otra manera.
—Lo he comprobado esta tarde. Me ha dicho literalmente que no le perjudica comercialmente.
—Es un pragmático frío —asintió Helga—. No es un mal hombre, he tratado con él en varios congresos, pero ve a las personas como piezas de un tablero. Tienes que marcar tus límites antes de que te extinga la personalidad.
—¿Tú siempre has trabajado para directivos? —le pregunté, sintiendo una curiosidad genuina.
—Llevo treinta años en esto. Empecé en una gestoría de barrio en Hamburgo, archivando papeles en un sótano sin ventilación.
Aprendí el negocio desde abajo, observando cómo funcionaba la trastienda.
Al final te das cuenta de que estos magnates se mean encima igual que el resto cuando se asustan.
Si aprendes a verlos sin el brillo del dinero, no te intimidan jamás.
Escucharla me alivió un peso enorme del pecho. Helga era el espejo en el que me apetecía mirarme: alguien que respetaba su propio trabajo sin rendir pleitesía a los apellidos.
—Al menos Marcelo se enfadó por el asunto —comenté sin pensarlo, moviendo la cucharilla del café.
—¿Marcelo? —la mirada de Helga se afiló en un segundo.
—El hijo. Estaba furioso. Quería ir a encararse con los que empezaron el chisme.
—Interesante —murmuró Helga, esbozando una sonrisa enigmática—. El heredero reservado saliendo a dar la cara. Eso sí que es novedad.
—Solo le parecía una injusticia —aclaré rápidamente, sintiendo un calor repentino en las mejillas—. Marcelo es... diferente a su padre.
—Ya veo —dijo ella, observándome con una fijeza que me hizo removerme en el asiento.
Pasamos una hora más hablando. Me contó anécdotas desternillantes sobre crisis diplomáticas en anteriores cruceros y cómo resolver líos de protocolo con un par de llamadas bien tiradas.
Cuando el sol empezó a esconderse por el horizonte tejiendo tonos anaranjados sobre el agua, nos levantamos del salón.
—Me has salvado la tarde, Helga —le dije mientras caminábamos hacia el distribuidor de los ascensores.
—Cuando quieras huir de la fauna corporativa, ya sabes dónde encontrarme —respondió ella—. Siempre tengo una taza de té lista y ganas de criticar a los ejecutivos.
Al llegar al descansillo del puente seis, la puerta del ascensor se abrió y apareció Marcelo.
Venía con el cuello de la camisa ligeramente abierto y la chaqueta del traje en la mano.
Parecía haber recorrido medio barco a marchas forzadas.
Al verme, su rostro se relajó de forma evidente, aunque intentó disimularlo al instante componiendo un gesto serio.
—Jota. Te estaba buscando —dijo, dando un paso hacia nosotras—. Necesitaba revisar unos detalles de la presentación de mañana por la mañana.
—Buenas tardes a ti también, Marcelo —saludé con un deje de guasa.
Él se aclaró la garganta, sintiéndose acorralado por mi tono, y miró a mi acompañante.
—Buenas tardes. Perdón por la interrupción.
—No hay problema —intervino Helga, dando un paso al frente con elegancia—. Soy Helga Weber, de la firma Holger. Un placer, señor Rodríguez.
—Marcelo, por favor —la saludó él estrechándole la mano con cortesía—. Conozco su trabajo con el equipo alemán. Mi padre habla muy bien de su eficacia.
—Su padre exagera —contestó Helga con humor. Luego me miró a mí y de nuevo a Marcelo, deteniendo los ojos en el espacio mínimo que quedaba entre los dos—. Bueno, os dejo con vuestras gestiones. Jota, nos vemos mañana para desayunar si te apetece.
—Cuenta con ello.
Helga se inclinó un poco hacia mí antes de alejarse y murmuró con tono divertido, aunque lo bastante claro para que resonara en el descansillo:
—Creo que tienes al señor Rodríguez preocupado.
—No diga bobadas, Helga —respondí entre dientes, manteniendo la sonrisa—. Marcelo solo está preocupado porque yo organizo su agenda bastante mejor que él.
Helga se alejó por el pasillo soltando una risita baja. Me quedé a solas con Marcelo. Él me miró con atención, ignorando mi comentario sobre la agenda.
—¿Estás bien? —preguntó con voz suave, dando un paso más hacia mí.
—Perfectamente. Una charla con Helga cura cualquier amargura.
Empezamos a caminar juntos hacia los ascensores, de vuelta hacia la suite 902. El barco avanzaba con lentitud sobre un mar tranquilo. La tensión acumulada durante la tarde se había disipado casi por completo, sustituida por una extraña familiaridad.
Las puertas del ascensor se cerraron y, con el vaivén del barco, perdí el equilibrio un segundo. La mano de Marcelo me sujetó del codo antes de que terminara de tambalearme, y no la retiró tan rápido como habría sido estrictamente necesario.
—¿De qué la conoces? —preguntó él mientras subíamos en el ascensor privado.
—De nada. La he visto en la cafetería y nos hemos puesto a hablar. Me cae mejor que el noventa por ciento de la gente que viaja en este sitio.
Marcelo sonrió de lado, mirando al frente.
—Eso no es difícil. La competencia es bastante baja.
Solté una carcajada corta que resonó en el habitáculo. Cruzamos el pasillo de la novena planta en silencio, un silencio cómodo que ya no necesitaba ser rellenado con disculpas ni explicaciones. Al llegar a la puerta de la suite, Marcelo sacó su tarjeta, pero se detuvo un segundo antes de abrir.
—Me alegro de que estés mejor —dijo mirándome a los ojos.
—Gracias, Marcelo. Mañana será otro día.
Entramos en el salón diáfano y cada uno se encaminó a su respectivo dormitorio, dejando la puerta entornada mientras el murmullo constante del océano nos velaba la noche.