Crucero puerta con puerta CAPÍTULO 9
32%

CAPÍTULO 9

Era el cuarto día a bordo y, misteriosamente, me desperté sin esa sensación de estar sobre un columpio gigantesco.

El mar amanecía plano, casi estático, pulido como el mármol de las encimeras del bufé de primera clase, y tampoco sentía ya el estigma del rumor rondándome la nuca como una sombra pesada.

El día anterior había pasado casi dos horas hablando con Helga en la cubierta inferior, entre tazas de café amargo y sus sentencias cargadas de una sabiduría pragmática que solo dan los cincuenta años y haber sobrevivido a tres imperios corporativos.

Me había hecho entender que la gente escupe veneno por aburrimiento y que la mejor respuesta es no parpadear.

Tenía razón. Sentarme a su lado me había dado una serenidad que no esperaba encontrar en aquel palacio flotante.

—Buenos días —dijo, levantando la vista cuando aparecí. Me observó un segundo de más, como asegurándose de que seguía entera tras la marea de cotilleos del día anterior—. ¿Has dormido algo?

—Como un tronco —mentí un poco para no darle vueltas al asunto, sirviéndome café—. Aunque Helga me advirtió que el café de a bordo no llega ni a la categoría de agua de fregar.

Marcelo sonrió, dejando la taza sobre el plato con un tintineo suave.

—Helga tiene un estándar demasiado alto para casi todo. Y una capacidad alarmante para desarmar a la gente. A mi padre le da cierto respeto, aunque jamás lo admitiría en voz alta.

—A mí me parece entrañable —me encogí de hombros, sujetándome el pelo rebelde en un moño rápido que fijé con un bolígrafo de plástico azul que saqué del bolsillo del chaleco—. Dice las cosas como son. Y parece capaz de descubrir los trapos sucios de cualquiera en cuestión de cinco minutos.

—Cinco minutos es una estimación generosa —se rio Marcelo, y por primera vez en días noté que su risa no tenía reservas—. Apuesto a que ya sabe cuántos suspensos tuve en el colegio y cuál es mi color favorito.

—No me extrañaría nada.

Había un espacio cómodo entre los dos. Las aristas de los primeros días habían desaparecido.

Ya no nos medíamos al hablar; las bromas fluían sin que tuviéramos que calcular el impacto.

Me gustaba verle así, relajado, estirando las piernas sobre la moqueta mullida, lejos de la postura rígida que adoptaba cuando había cámaras o ejecutivos cerca.

Parecía otro hombre. Un hombre corriente, inteligente y extrañamente cálido.

El teléfono del salón sonó, interrumpiendo el ambiente. Era un timbre seco, corporativo. Marcelo estiró la mano y descolgó.

—¿Sí? —Su voz cambió al instante, apenas escuchó la voz al otro lado—. Hola, papá. Sí, estoy listo. De acuerdo, bajo ahora mismo al salón privado B.

Al colgar, la relajación se le evaporó del cuerpo como el humo.

Las manos se le tensaron, se ajustó los botones de los puños de la camisa y la espalda se le puso recta como una vara.

El cambio fue tan brusco que resultaba casi doloroso de ver.

Se puso en pie, recuperando esa coraza invisible que lo convertía en el heredero distante.

—Tengo que bajar —dijo, mirando hacia la puerta sin llegar a enfocarme del todo—. Mi padre me espera.

—Que vaya bien —le dije suavemente.

Él asintió de manera mecánica, cogió su americana del respaldo de la silla y salió sin añadir nada más. Me quedé sola en el salón, con el aroma del café y la molesta certeza de que Víctor Rodríguez no necesitaba levantar la voz para transformar a su hijo en una estatua.

Marcelo me contaría más tarde, esa misma tarde, cada detalle de lo que pasó a continuación, con esa precisión que solo tienen las conversaciones que a uno le han dolido de verdad.

El salón privado B estaba ubicado en la popa del buque, lejos del tránsito habitual de los congresistas.

Tenía paredes paneladas en madera de nogal y ventanales que ofrecían una vista panorámica de la estela blanca que dejaba el barco en el agua.

Víctor Rodríguez se encontraba de pie junto al cristal, con un cigarro puro apagado entre los dedos, observando el horizonte con la actitud de un conquistador revisando sus dominios.

Marcelo entró y cerró la puerta con un clic preciso.

—Pasa, Marcelo. Siéntate —ordenó Víctor sin girarse inmediatamente. Cuando lo hizo, su mirada fue directa, evaluadora—. Quería hablar contigo a solas, sin el ruido del simposio ni la presencia de tu asistente.

Marcelo se sentó en uno de los sillones de cuero, manteniendo la postura impecable que le habían enseñado desde niño.

—Dime.

—Ayer estuve revisando los números de la expansión del polímero con los inversores alemanes.

Todo va según lo previsto, pero mi tiempo al frente de las negociaciones de primera línea tiene un límite —Víctor caminó hacia la mesa, apoyando las manos sobre la madera pulida—.

Has terminado tus estudios en Estados Unidos, tienes la formación adecuada y es hora de que te involucres de forma definitiva en el núcleo duro de la empresa.

No como un consejero a la sombra, sino como mi sucesor natural.

—He cumplido con todo lo que acordamos sobre la reestructuración del departamento laboral, papá. Estoy preparado para asumir esa parte.

—Eso es el mínimo exigible —interrumpió Víctor, cortante pero sin alzar la voz—. Pero el imperio no solo se sostiene con balances de cuentas. Se sostiene con estabilidad. Y la estabilidad la da la familia.

Marcelo apretó los dientes, casi sin que se le notara.

—¿A qué te refieres?

—A que tienes treinta años, Marcelo. Ha llegado el momento de que pienses seriamente en casarte y formar un hogar —Víctor hablaba con la naturalidad de quien repasa la lista de la compra—.

Hay varias familias dentro del sector agroalimentario y de la biotecnología con las que nos conviene estrechar vínculos.

La hija de los Valenzuela, por ejemplo, terminó su máster en Londres el año pasado.

Educada, de buena cuna, con un patrimonio limpio y un apellido que suma.

Una mujer así es lo que necesitas a tu lado.

—Papá, no voy a elegir a mi esposa en base a una alianza comercial —dijo Marcelo, intentando mantener un tono sereno pero dejando ver la rigidez en la mandíbula.

—Nadie te pide que firmes una hipoteca a ciegas —replicó Víctor, con un gesto despectivo de la mano—.

Te pido que seas inteligente. La reputación, la continuidad de la empresa y el apellido dependen de las decisiones que tomes ahora.

Necesitas una mujer que sepa estar en un palco, que entienda las reglas de nuestro mundo y que garantice un futuro sólido.

Y, por supuesto, espero que me des un nieto en los próximos años.

Un varón que continúe lo que tu abuelo empezó.

—¿Realmente esperas que me case por conveniencia en pleno siglo veintiuno? —preguntó Marcelo, con un nudo frío instalándosele en el estómago.

Víctor lo miró con ese afecto suyo tan raro, siempre aleado con la severidad, una combinación que siempre había tenido el poder de anular cualquier rebelión en su hijo.

—No hablo de conveniencia, Marcelo. Hablo de responsabilidad. Te he dado la mejor educación posible, te he abierto todas las puertas. Espero que te comportes como un Rodríguez.

La frase quedó flotando en el ambiente pesado del salón, mientras Víctor se giraba de nuevo hacia el ventanal, dando la conversación por concluida.

Salí a la cubierta promenade a respirar un poco de aire fresco.

Tenía un par de horas libres antes de la siguiente sesión de pósteres del simposio y el sol de la tarde pegaba con fuerza sobre la madera de teca.

Encontré a Marcelo de pie junto a la balaustrada, en una esquina resguardada del viento.

Llevaba la chaqueta en la mano y la corbata ligeramente aflojada.

Miraba al mar con los ojos fijos, absorto, como si intentara descifrar algo en el movimiento uniforme de las olas.

Me acerqué despacio, haciendo ruido con los zapatos para no asustarlo.

—Si sigues mirando al agua con esa cara, los peces van a empezar a preocuparse —le dije, bajando la voz.

Él se giró despacio. Intentó esbozar una sonrisa rápida, de compromiso, que no le llegó a los ojos.

—Hola, Jota. No te he oído llegar.

—Normal, ibas camino del trance. —Me apoyé en la barandilla a su lado, rozando sin querer su manga—. ¿Tan mala ha sido la reunión con tu padre?

—Nada fuera de lo común —mintió, mirando de nuevo al horizonte.

—A mí no me vendas esa moto, Marcelo. Te conozco desde hace cuatro días, pero ya sé diferenciar cuándo estás cansado y cuándo te han caído encima diez toneladas de plomo.

Él soltó un suspiro largo, rindiéndose. Apoyó los codos en el pasamanos y se pasó una mano por la cara.

—Quiere que me case. Y que tenga hijos. Pronto.

Pestañeé un par de veces, sorprendida por la contundencia de la noticia.

—Vaya. Directo al grano. ¿Y viene con catálogo o te deja al menos elegir el color de los ojos de las criaturas? ¿O eso también viene estipulado en una cláusula del contrato de fusión?

Marcelo dejó escapar una risa corta, amarga, pero enseguida la sonrisa le desapareció de los labios.

—Ojalá me resultara divertido, Jota. Ha mencionado a dos o tres candidatas de familias conocidas. Habla de patrimonio, de alianzas, de la continuidad del apellido... Como si estuviera planificando la compra de una naviera rival.

—Es un hombre de negocios. Supongo que ve la vida en términos de activos y pasivos —comenté, tratando de quitarle peso al asunto—. Pero la decisión final sigue siendo tuya, ¿no?

—Eso crees tú —respondió con un tono de voz apagado, casi resignado—.

Llevo toda la vida haciendo exactamente lo que él espera de mí.

Estudié la carrera que me dijo que debía estudiar, me fui a Estados Unidos porque era lo mejor para mi currículum, regresé para incorporarme a la empresa...

He cumplido cada casilla del expediente del hijo perfecto.

—Salvo por una cosa —apunté, recordando los cuadernos que guardaba celosamente en su habitación.

Marcelo se quedó en silencio unos segundos. Los nudillos se le pusieron blancos por la presión que ejercía contra la barandilla.

—Pintar. Es lo único que he hecho jamás por mi propia cuenta.

—¿Y por qué no estudiaste Bellas Artes? Tienes un talento increíble, Marcelo. Lo he visto.

—Porque no quería decepcionarlo. Mi padre piensa que el arte es un pasatiempo aceptable para el fin de semana, no una ocupación para un hombre adulto con responsabilidades. Y al final... supongo que acabé convencido de que tenía razón. Que era lo maduro.

Lo miré de perfil. La luz dorada del atardecer le marcaba las facciones, acentuando la sombra de cansancio bajo los ojos. Sentí una punzada de compasión, pero sobre todo de frustración por él.

—Sabes qué creo, Marcelo —dije, midiendo las palabras para no sonar insolente—, que una persona puede pasarse tantos años obedeciendo que al final confunde la vida que le han elegido con la vida que realmente quería vivir.

La frase cayó entre los dos con el peso de una verdad incómoda. Marcelo se giró a mirarme, congelado, como si le hubiera dado una bofetada sin levantar la mano.

El silencio se prolongó entre los dos, roto únicamente por el rumor constante de los motores del buque y el golpe suave de la brisa marina.

Marcelo no apartaba la mirada. Había una chispa de sorpresa en sus ojos, mezclada con algo más profundo y vulnerable que me hizo dar un paso invisible hacia atrás en mi cabeza.

—¿Y tú? —preguntó de pronto, con la voz más baja—. ¿Tú siempre has hecho lo que has querido?

Solté una carcajada corta, sincera, rompiendo la densidad del momento.

—¿Yo? ¡Qué va! Ojalá. Lo mío no ha sido cuestión de elegir entre grandes opciones, sino de ir esquivando los baches como podía.

Dejé los estudios porque me aburría estar sentada en un aula escuchando a alguien hablar de cosas que no me interesaban.

Preferí buscarme la vida trabajando en lo que saliera.

—Pero hablas tres idiomas fluidos —señaló él, extrañado—. Eso requiere disciplina y estudio.

—No del tipo tradicional —sonreí, recordando—.

El alemán lo aprendí porque mi padre trabajó años allí y en casa se hablaba a ratos.

El inglés... bueno, tuve un novio inglés que no tenía ninguna intención de aprender español, así que no me quedó más remedio si quería discutir con él.

Y el francés lo saqué adelante en una época en la que me dio por obsesionarme con el cine clásico francés.

Veía las películas diez veces seguidas hasta que las frases me salían solas.

Si algo me llama la atención, me lo trago entero. Pero a mi manera.

Marcelo me miró, a medio camino entre la fascinación y la incredulidad.

—¿Aprendiste un idioma entero solo viendo películas?

—No sé aprender de otra manera que no sea por pura curiosidad o necesidad —me encogí de hombros—. Las aulas me dan alergia.

—¿Y qué habrías estudiado si te hubieras visto obligada a elegir una carrera universitaria?

—Ni idea —admití, soltando un bufido divertido—. Un año habría querido ser botánica, al siguiente criminóloga y al tercero probablemente me habría cansado de las dos cosas. Me aburro demasiado rápido de lo que no me apasiona.

Una pequeña sonrisa sincera volvió a asomar a la cara de Marcelo. Noté cómo la tensión de los hombros se le relajaba visiblemente.

—Quizá deberías probar a hacer lo mismo —añadí, inclinando un poco la cabeza hacia él—. Probar a pintar algo, o a hacer algo en tu vida, simplemente porque te da la gana. Sin preguntarte si sirve para dirigir una empresa o si va a encajar en la junta de accionistas.

Marcelo se me quedó mirando fijamente durante unos segundos que se me hicieron infinitamente largos.

No había nada predatorio en su gesto; era una mirada profundamente agradecida, limpia, cargada de una intimidad que no necesitaba tocarse para sentirse.

Me entró un ardor repentino en las mejillas y me apresuré a romper el encantamiento antes de que la cosa se volviera demasiado seria.

—Bueno, basta de filosofía barata por hoy —dije, dando un paso atrás y señalando la carpeta de cuero que llevaba bajo el brazo—. Veo que traes tu cuaderno de pintura. ¿Piensas dibujar esta noche o vas a seguir amargándote con la lista de bodas de tu padre?

Marcelo miró el cuaderno y luego a mí, recuperando el tono ágil.

—Quizá pinte un rato antes de cenar.

—Espero que no vuelvas a dibujarme sin mi permiso —advertí con falso tono amenazante, empezando a caminar hacia la puerta de acceso a los camarotes.

Él caminó a mi lado, ajustando su paso al mío, con una sonrisa enigmática dibujada en los labios.

—No prometo nada, Jota.

Llegamos a la suite 902. Abrí la puerta de mi habitación y me giré un segundo para despedirme.

Marcelo se había quedado en el centro del salón, sostenido solo por la luz tibia de las lámparas de pie, observándome en silencio.

Le dediqué una última sonrisa antes de cerrar la puerta tras de mí.

Ya me ocuparía mañana de analizar el cosquilleo que se me había instalado en el estómago.