CAPÍTULO 10
Caminaba a paso ligero con una carpeta bajo el brazo, esquivando a tres señores con americana de lino que discutían acaloradamente sobre la viscosidad del aceite de oliva, mientras el sol de la última hora de la tarde pintaba de un naranja chillón toda la cubierta del crucero.
Encontrar paz en este barco era como buscar un billete de cincuenta euros en el capó de un coche en marcha.
Sin embargo, Marcelo lo había conseguido.
Estaba sentado en un sofá de teca, en una esquina resguardada de la cubierta de popa. Tenía la vista fija en una hoja de cálculo gigante. Lucía esa expresión trágica que pone la gente brillante cuando se empeña en procesar cosas que no tienen solución lógica.
Me acerqué despacio, deteniéndome justo a su lado.
—Si sigues mirando ese papel así, vas a conseguir arrugarlo con la mente —dije tranquilamente—. O eso, o estás intentando resolver el hambre mundial con una hoja de cálculo.
Marcelo dio un pequeño brinco. Alzó la vista y la rigidez de su mandíbula se aflojó de golpe. Me dedicó una sonrisa cansada pero genuina.
—Sólo estaba repasando unos informes de la división de logística —explicó, pasándose una mano por el pelo—. Mi padre quiere que los tenga listos mañana.
—Marcelo, son las siete de la tarde —le recordé, cruzándome de brazos—. Y en nuestra casa flotante provisional está terminantemente prohibido trabajar fuera de horario.
Él echó un vistazo a su alrededor, señalando el mar.
—Técnicamente, Jota, no estamos en la suite. Estamos en una zona común del barco.
—Las normas de convivencia se amplían por sentido común —respondí, dándole un golpecito con la carpeta al borde de sus folios—. Estás rompiendo el espíritu del tratado de paz de la Suite 902. Cierra eso.
Él soltó una risa breve, levantando las manos en señal de rendición.
—Es un encargo oficial. Si mi padre se entera de que me has requisado los papeles, te va a bajar el sueldo.
—Tu padre no puede bajarme un sueldo que apenas me da para mantener el tipo frente a señores enfadados con la biotecnología. Además, tienes cara de llevar cuatro horas sin respirar aire limpio. Recoge.
Marcelo contempló la hoja un segundo más, suspiró y la guardó en su maletín de cuero.
—Hecho. ¿Contenta?
—Mucho más. Ahora levántate, que te voy a requisar a ti también.
—¿A dónde me llevas exactamente? —preguntó Marcelo, siguiéndome por un pasillo estrecho de la cubierta inferior.
—A ningún sitio importante. Ese es el truco —contesté sin frenar el paso—. Llevas cuatro días caminando en línea recta entre el salón principal, el restaurante VIP y tu cama. Necesitas desorientarte un poco.
Giré a la izquierda y empujé una puerta metálica disimulada tras un cortinaje pesado. Salimos a una pequeña pasarela de servicio, un rincón técnico suspendido sobre el casco donde solo se oía el rugido del motor y el batir de las olas. No había pasajeros, ni discursos, ni cócteles de bienvenida.
Marcelo se apoyó en la barandilla, mirando las estelas de agua blanca con auténtico asombro.
—¿Cómo has encontrado esto? Llevas aquí los mismos días que yo.
—Tu trabajo consiste en mirar papeles; el mío, en descubrir cómo funciona el lugar donde pisé —dije, sujetándome el pelo rebelde con un bolígrafo de plástico que saqué del bolsillo del chaleco—.
Tú necesitas leer un manual de ochocientas páginas para saber cómo se abre una puerta.
Yo simplemente la empujo a ver qué pasa.
—Al menos yo sé seguir instrucciones sin terminar en zonas restringidas de la tripulación —replicó él con una ceja alzada.
—Eso explica muchas cosas de tu vida, la verdad.
Marcelo soltó una carcajada limpia, sonora, que el viento marino se llevó hacia el horizonte. Fue un sonido tan poco habitual en él que me quedé mirándolo un segundo de más. El peso de las exigencias de Víctor parecía haberse evaporado de sus hombros por primera vez en todo el día.
—Eres insoportable, Jota.
—Soy muy eficiente, que es distinto. Y acabo de conseguir que te rías sin protocolo. Deberían pagarme un extra.
Nos quedamos en silencio durante un largo rato, contemplando cómo el sol tocaba la línea del horizonte, tiñendo el agua de tonos violáceos. La brisa traía el olor salado de la alta mar.
Tenía la mano apoyada en el banco de teca, a apenas un par de centímetros de la mía. Ninguno de los dos la movió, y durante un rato ese espacio diminuto entre sus dedos y los míos ocupó más atención de la que le presté al atardecer entero.
—Pinto desde que tenía seis años —soltó Marcelo de pronto, sin mirar hacia mí.
No interrumpió la calma. Era un dato que dejaba caer con cuidado, como quien apoya una pieza de cristal sobre una mesa.
—¿Y tu padre? —pregunté suavemente.
—Mi padre pensaba que era una pérdida de tiempo. Un pasatiempo bonito para los domingos, nada más. Cuando tuve que elegir carrera, me matriculó en la universidad de Estados Unidos antes de que pudiera abrir la boca.
—Y no dijiste nada.
—Estaba acostumbrado a pensar que él sabía lo que era mejor para mí —admitió, apretando ligeramente los puños sobre la barra de metal—. Si hubiera dicho que no, lo habría decepcionado.
Le miré de perfil. La luz del atardecer le marcaba las facciones firmes, pulidas por la disciplina.
—Marcelo, has pasado treinta años intentando no decepcionarle. ¿Alguien se ha parado a preguntarte si tú eras feliz?
Él se quedó inmóvil. La pregunta flotó entre nosotros con la fuerza de un golpe seco. Pasaron unos segundos pesados en los que solo se escuchaba la espuma del agua contra el casco.
—No —contestó finalmente, con la voz muy baja—. Ni siquiera yo me lo he preguntado. Y la verdad es que ni siquiera sé cómo se hace eso a estas alturas.
—Pues vas a tener que aprender —dije con sencillez, encogiéndome de hombros—. Igual que aprendiste la tabla del siete o la logística del aceite. Tampoco tienes que solucionar tu existencia esta noche. Basta con que empieces a averiguar qué te gusta a ti.
Marcelo me miró. Había una vulnerabilidad en su mirada que no tenía nada que ver con la timidez, sino con el alivio de haber soltado un peso enorme.
—Tengo un hambre que me muero —anuncié dos horas después, rompiendo la calma cuando regresamos a la Suite 902.
—Podemos bajar al comedor principal —sugirió él, revisando su reloj—. Llegamos a tiempo para el segundo turno de la cena del simposio.
—Ni de broma. Si me vuelven a explicar el proceso de extracción en frío mientras intento tragar un trozo de merluza, me tiro por la borda. Acuérdate de la regla de la suite: comida a domicilio sin explicaciones.
Treinta minutos más tarde, el salón de la suite parecía el escenario de un banquete clandestino. Habíamos pedido raciones dobles de hamburguesas, patatas fritas, empanadillas y dos tipos de tarta a través del servicio de habitaciones.
Marcelo, que aún llevaba la camisa clara y el pantalón de vestir de la tarde, terminó descalzo, sentado en el suelo con la espalda apoyada contra el sofá. Yo estaba despatarrada en el otro extremo, comiendo directamente de la caja de cartón.
—Eres un sacrilegio para el protocolo de los Rodríguez —le dije, señalándole con una patata frita.
—Cállate y pásame la salsa —se rio él, quitándose el reloj de pulsera y dejándolo sobre la mesa baja—. Hacía años que no comía así.
—Pues es un pecado. La comida grasienta en caja sabe mejor si no usas cubiertos de plata.
Estuvimos hablando durante horas de cosas ridículas. Le conté que odiaba el pimiento verde con toda mi alma y él me confesó que le fascinaban las películas de ciencia ficción de serie B de los años ochenta.
—Si tuvieras dinero ilimitado durante un año y ninguna responsabilidad, ¿qué harías? —me preguntó él, apoyando la cabeza en el borde del asiento.
—Me compraría una furgoneta destartalada, la llenaría de libros y recorrería todas las carreteras secundarias del sur de Europa parando en pueblos sin cobertura —respondí sin dudarlo—. ¿Y tú?
—Me iría a un pueblo costero de Italia. Donde nadie me conociera. Alquilaría un estudio con luz natural y me pasaría doce horas al día manchándome las manos de pintura.
—No necesitas un año entero ni dinero ilimitado para hacer eso, Marcelo —dije mirándole fijamente.
Se hizo un silencio absoluto en la estancia.
La televisión estaba apagada y solo se oía el zumbido suave del aire acondicionado.
Marcelo se me quedó mirando con un destello en los ojos que me aceleró el pulso de un modo inesperado.
No hubo ademán de acercarse ni contacto físico, pero la distancia entre nosotros pareció reducirse a cero.
—No sé por qué te cuento todo esto a ti —murmuró él, con una sonrisa pequeña.
—Porque soy la única persona a bordo que no te está preguntando qué espera tu padre de ti.
Marcelo sostuvo mi mirada durante unos segundos más, asintiendo despacio. La conversación continuó hasta muy entrada la noche, entre bromas breves y largos silencios en los que ninguno de los dos sintió la necesidad de decir nada más.