CAPÍTULO 11
La bocina del navío retumbó en mi pecho a las siete en punto de la mañana.
Sobre la costa egipcia, el sol no amanecía; irrumpía, como un portazo de luz amarilla, mientras el puerto de Alejandría abría sus brazos de hormigón.
Desde la cubierta principal, el puerto parecía un hervidero de autobuses alineados, puestos de especias y aire denso con olor a sal, diésel y carbón quemado.
El Simposio Internacional del Polímero Olivar pisaba tierra firme por primera y única vez en los doce días de crucero.
—A ver, gente, organizamos filas —murmuré para mí ajustando la solapa de mi chaqueta azul marino.
El protocolo corporativo exigía puntualidad suiza para noventa científicos y magnates del aceite. Tenía la lista de los tres autobuses privados pegada a la tablilla de carpetas. A mi lado, Helga ajustaba su sombrero de ala ancha con una sonrisa irónica.
—Pareces una pastora de ovejas multimillonarias, Jota —bromeó Helga, dándome un suave golpe de codo.
—Ovejas muy caras, Helga. Como pierda a un catedrático alemán en las pirámides, Víctor me descuenta el billete de vuelta del sueldo.
—Naciste para controlar a esta gente. Tienes esa mezcla de sargento y niñera que los vuelve dóciles.
Me reí mientras indicaba con la mano el camino hacia la escala Real al primer grupo de inversores.
Entre la multitud de trajes claros y sombreros de lino, vi bajar a la familia Rodríguez.
Víctor iba delante, discutiendo por teléfono sobre las cotizaciones del barril en la bolsa de Rotterdam.
Detrás, Marcelo caminaba con las manos en los bolsillos de un pantalón beige, luciendo una camisa blanca de manga recogida.
Su mirada barrió la pasarela hasta dar conmigo. No sonrió, pero su rostro se relajó visiblemente al verme con el cronograma en la mano. Cuando pasó por mi lado, se detuvo un segundo.
—¿Soportarás ocho horas de excursión privada con esta fauna? —preguntó con voz baja, lo bastante cerca para que sintiera el calor de su brazo.
—Tengo un bolígrafo clavado en el pelo que sirve como arma de defensa personal si alguien vuelve a preguntarme por los derivados del fenol —respondí en un susurro, tocándome el moño improvisado.
Marcelo dejó escapar una leve sonrisa, de esas que solo duraban un suspiro antes de recordar quién era su padre.
—Avísame si necesitas un rescate. Mi padre planea hablar de biotecnología durante todo el trayecto en autobús.
—Trabajo son amores, señor Rodríguez. Circule, que entorpece la fila.
Él negó con la cabeza, manteniendo esa chispa de complicidad en los ojos oscuros antes de subir al vehículo prioritario. Elena me echó una mano verificando los tickets de acceso.
—Todo en orden en el coche dos —dijo Elena, pasándome un agua.
El contraste entre el mármol reluciente del barco y el polvo cálido del muelle era brutal. Pero el grupo estaba embarcado y los motores arrancaban.
• • •
La primera parada del itinerario, antes incluso de las ruinas, era un establo turístico a las afueras de la ciudad donde un grupo de guías locales esperaba con una hilera de camellos enjaezados con borlas rojas y campanillas.
Víctor lo había aprobado personalmente: una experiencia fotográfica «auténtica» para los inversores extranjeros, quince minutos de paseo en fila india por un sendero de arena marcada.
—Dime que no vas a subirte a uno de esos animales con esa falda de tubo —me dijo Marcelo, apareciendo a mi lado mientras yo repartía cascos de sol entre los científicos más veteranos.
—Alguien tiene que ir detrás por si Henderson decide bautizar al camello con nombre propio —contesté, subiéndome ya la falda lo justo para pasar la pierna por encima de la montura que un guía sujetaba con paciencia—. Es parte del trabajo.
El camello se levantó en dos sacudidas bruscas, primero las patas traseras y luego las delanteras, y estuve a punto de salir despedida hacia delante antes de agarrarme al pomo de la silla con las dos manos. Marcelo, dos animales por detrás de mí, soltó una carcajada que no se molestó en disimular.
—No te rías, Rodríguez, que el tuyo también se va a levantar en cualquier momento.
El sendero avanzaba a un ritmo lento y pesado, con un balanceo lateral constante que al principio me pareció simplemente incómodo.
Sujeta al pomo, con la falda subida y la tela del uniforme rozándome de una forma que en ningún manual de protocolo se contemplaba, tardé un par de minutos en darme cuenta de que aquel vaivén insistente, marcado y rítmico, me estaba afectando de una manera absolutamente inoportuna.
Intenté cambiar de postura. Empeoró. Intenté pensar en otra cosa —en la lista de acreditaciones, en el aceite de oliva, en cualquier cosa que no fuera el balanceo—, y no sirvió de nada. Se me escapó un jadeo corto que disfracé, fatal, como si me hubiera atragantado con el polvo del desierto.
—¿Estás bien? —preguntó Marcelo, adelantando su camello hasta ponerse casi a mi altura.
—Perfectamente —respondí con una voz que me salió una octava más aguda de lo normal, agarrándome al pomo con los nudillos blancos—. Es el polvo. Alergia. Cosas del desierto.
Él frunció el ceño, genuinamente preocupado, y eso solo empeoró las cosas, porque cada vez que fruncía el ceño así de cerca de mí yo perdía la mitad de mi capacidad de raciocinio incluso sin la ayuda de un camello.
El animal dio un paso más pronunciado sobre una duna y me mordí el labio con tanta fuerza que noté el sabor metálico de la sangre.
Marcelo dejó de fruncir el ceño. Algo en mi cara —o en la forma en que tenía los ojos cerrados y la mandíbula apretada— debió de delatarme, porque le vi recorrer el camino desde la preocupación hasta la comprensión total en cuestión de dos segundos, con las orejas poniéndosele coloradas.
—Ah —dijo, simplemente.
—No digas nada —le advertí entre dientes, sin abrir apenas la boca—. Ni una palabra, Marcelo Rodríguez.
—No iba a decir nada —contestó él, con una voz extrañamente ronca, con los ojos clavados de repente en el horizonte, estudiando las pirámides con un interés tan intenso como sospechoso.
Los quince minutos de paseo se me hicieron los más largos de mi vida profesional.
Cuando por fin desmontamos, tuve que fingir un interés desproporcionado por las fotografías del grupo mientras se me pasaba el rubor de la cara, y Marcelo se alejó a hablar con su padre a un paso tan rápido que solo podía significar que necesitaba, con urgencia, poner distancia física entre los dos.
El resto de la mañana lo pasé sin terminar de aterrizar del todo.
Repasaba mentalmente cada segundo de aquel paseo con una mezcla de vergüenza y algo mucho más peligroso: la distracción.
Yo, que normalmente no perdía detalle de nada —ni una cara, ni una acreditación, ni una salida de emergencia—, llevaba dos horas subiendo y bajando de autobuses sin registrar ni la mitad de lo que pasaba a mi alrededor.
Dos horas después, la caravana hizo una parada estratégica cerca de las ruinas romancas de Kom el Dikka, antes de continuar hacia el yacimiento principal.
El calor apretaba de firme. Los científicos se desperdigaban tomando fotos a columnas rotas mientras los guías locales intentaban mantener el perímetro.
El señor Henderson, un inversor tejano de ochenta años con la próstata delicada y cero sentido de la orientación, se deslizó hacia un callejón lateral buscando sombra. Lo vi de reojo un segundo tarde —otro más, esa mañana ya había perdido la cuenta— y tardé un instante de más en reaccionar.
—Elena, quédate con el autobús dos. Voy a por Henderson antes de que se lo trague el mercado —le dije a mi compañera.
Me adentré por el callejón de piedra. El tejano caminaba rápido para su edad, atraído por un puesto de alfombras. Me apuré, esquivando un carro tirado por un burro y varios vendedores que ofrecían estatuillas de alabastro.
—¡Señor Henderson! —llamé en inglés, manteniendo la voz firme pero amable—. La ruta hacia el autobús es hacia la izquierda.
El hombre se giró, despistado. Le indiqué el camino de vuelta y lo acompañé hasta la esquina principal, asegurándome de que volvía con el grupo.
Pero al darme la vuelta para regresar yo misma, me di cuenta de algo desagradable: la puerta de madera del pasaje se había cerrado para dar paso a un convoy de furgonetas de carga.
Un grupo de comerciantes locales comenzaba a montar el mercado diario en la calle transversal, bloqueando el acceso por el que había entrado.
Me metí por una callejuela paralela sin fijarme en las esquinas ni en el camino de vuelta, todavía con medio cerebro puesto en otra parte.
Error. El entramado de la medina era un laberinto de paredes de adobe, ropa colgada y giros sin salida.
Mi teléfono corporativo no tenía cobertura entre aquellas paredes gruesas.
Un par de hombres jóvenes sentados junto a una puerta de hierro me miraron con curiosidad excesiva.
Aceleré el paso, pero salí a una plaza trasera vacía, cerrada por obras de restauración, sin salida hacia la avenida principal.
Mientras yo seguía atrapada sin encontrar la salida, en el punto de encuentro —según me contaría Marcelo mucho después, la única vez que accedió a hablar de ello con detalle— la caravana se preparaba para arrancar. Él había bajado del coche a buscar una botella de agua. Miró alrededor.
—¿Dónde está Jota? —preguntó a Elena.
—Fue a buscar a Henderson hace diez minutos —respondió Elena, mirando el reloj—. Henderson ya está arriba, pero ella no ha vuelto.
Marcelo frunció el ceño. Se acercó a Helga, que aguardaba bajo un parasol.
—¿Has visto a Jota?
—Pensé que estaba contigo, querido —contestó Helga, perdiendo la compostura habitual.
Marcelo sintió un nudo frío en el estómago. Cruzó el cordón de seguridad y habló con el jefe del operativo local.
—Una de las organizadoras no ha regresado. Una chica joven, pelo negro, uniforme oscuro.
El encargado se encogió de hombros con calma exasperante.
—A veces se despistan. Hay mucha gente hoy. Esperemos diez minutos.