Crucero puerta con puerta CAPÍTULO 11 #2
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CAPÍTULO 11 #2

—No —dijo Marcelo, y su voz sonó tan cortante que el guía dio un paso atrás—. No se ha despistado. Voy a buscarla.

Marcelo no esperó a la seguridad del barco. Se adentró en el laberinto de calles estrechas ignorando las llamadas de su padre desde la ventanilla del autobús. La compostura que siempre lo acompañaba, esa armadura de tipo educado y controlado, se desintegró a cada metro que avanzaba sobre el polvo.

El miedo no razona; empuja. Marcelo caminaba a paso rápido, apartando a los transeúntes con la mirada desencajada, el pulso latiéndole en las sienes. Apretó los puños. Imaginó mil escenarios absurdos y peligrosos en cuestión de segundos.

—¡Jota! —gritó al girar una esquina llena de escombros de obra.

En la callejuela trasera, dos vendedores ambulantes bastante insistentes me cortaban el paso, intentando venderme bisutería de latón mientras sujetaban la correa de mi bolso corporativo para que no me marchara.

No había violencia explícita, pero la presión era agobiante y la vía estaba bloqueada por tablas de madera de la obra.

—No, gracias. No, thank you —repetía yo, intentando soltar el asa sin perder la calma.

Entonces escuché sus pasos ruidosos sobre la grava.

Marcelo apareció al fondo del callejón. Venía despeinado, con la camisa abierta en el cuello y la respiración agitada.

Al verme, su rostro cambió de la rabia al puro alivio, pero no se detuvo.

Apartó de un empujón seco al comerciante que sujetaba mi bolso, colocándose justo delante de mí, cubriéndome con su cuerpo.

—Se acabó —dijo él en un inglés duro, mirando al hombre con una dureza en los ojos que no le había visto jamás.

Los vendedores, al ver a un tipo de metro ochenta y cinco fuera de sí, dieron dos pasos atrás alzando las manos. Marcelo me agarró del antebrazo con una fuerza firme, casi desesperada, y me arrastró fuera del callejón sin mirar atrás.

Caminó rápido, sin soltarme la mano ni un solo segundo mientras cruzábamos las calles de vuelta hacia la avenida principal. Sentía la palma de su mano sudada y helada al mismo tiempo. Le temblaban los dedos.

—Marcelo, despacio —musité, intentando seguir su zancada—. Ya estamos en la calle principal.

Él no respondió hasta que cruzamos la barrera de seguridad del puerto y el autobús quedó a la vista.

Llegamos a la sombra del autobús de apoyo. Los guardias de seguridad nos vieron y avisaron por radio, pero Marcelo me llevó detrás del vehículo, lejos de los ojos curiosos de los científicos y de su padre.

Traté de soltarme suavemente el brazo para arreglarme la chaqueta.

—Madre mía —dije, buscando mi tono habitual, rápido y ligero—. Menudo paseo. Creo que prefiero organizar tres simposios seguidos antes que volver a hacer de guía en este barrio. Ya tenía pensado el titular de mañana: “Asistente del polímero perdida en la cuna de los faraones”.

Esperaba una réplica ácida, o una sonrisa aliviada. Marcelo no se movió. Se quedó plantado frente a mí, con los hombros rígidos y el pecho subiendo y bajando a un ritmo acelerado. Tenía las mandíbulas tan apretadas que se le marcaba el hueso.

—¿Te parece gracioso? —preguntó. Su voz no era fuerte, pero sonó tan rasgada que me tragué la siguiente broma.

—Marcelo, solo me despisté por sacar a Henderson de allí...

—¡Pudiste haberte metido en un problema serio! —interrumpió, dando un paso hacia mí. Su mirada era pura tormenta—. ¡Te fuiste sola! Sin aviso, sin teléfono, en una ciudad que no conoces.

—Es mi trabajo —respondí, sorprendida por su violencia contenida—. Tengo que cuidar de los invitados. No estaba haciendo ninguna locura.

—¡Me da igual el trabajo! —casi gritó, antes de bajar el tono drásticamente al darse cuenta de dónde estábamos—. Me da igual el simposio, Henderson y los autobuses.

Se hizo un silencio pesado entre los dos.

El ruido del motor del autobús sonaba de fondo, lejano, ahogado por el aire caliente de la tarde.

Lo miré con detalle: la camisa arrugada, el pelo desordenado por el viento del puerto, y esos ojos oscuros que me miraban como si fuera lo único en pie en medio de un naufragio.

No estaba enfadado conmigo. Estaba aterrorizado.

—He tenido miedo —dijo directamente, mirándome a los ojos sin parpadear, sin el escudo del heredero, sin la distancia del señor Rodríguez.

La frase se quedó flotando entre nosotros. No me salió ninguna respuesta ingeniosa. Ninguna gracia sobre el uniforme o el calor. Se me secó la garganta. La ligereza habitual con la que esquivaba las cosas se evaporó por completo.

—Estoy bien —musité, dando un paso pequeño hacia él, bajando la voz al mínimo—. De verdad. Marcelo, estoy bien.

Él me miró durante tres segundos eternos. Desvió la vista hacia mi mano, pero no la tocó.

—Eso es lo único que me importa —contestó con voz baja y firme.

Dio media vuelta y empezó a caminar hacia la puerta del coche para subir.

Yo me ajusté la carpeta de documentos contra el pecho, sentí el peso del bolígrafo de plástico sujetándome el pelo y eché a andar a su lado.

No dijimos nada más durante todo el trayecto de vuelta.

Pero mientras el vehículo avanzaba por la carretera del puerto, la distancia entre nuestros asientos se sintió completamente distinta.