CAPÍTULO 12
Tres horas antes había estado metida en un lío monumental en tierra firme, y ahora fingía que no había pasado nada, enfundada de nuevo en la chaqueta azul marino de Ocean Events.
El suelo firme de Egipto se me había quedado pegado a la suela de los zapatos en forma de una capa fina de polvo amarillo, pero el vaivén del barco me devolvió a la realidad en cuanto pisamos la pasarela.
El crucero seguía oliendo a limpiador con aroma a pino y al café caro que servían en cubierta.
Todo estaba en su sitio: los paneles de biotecnología alineados en el vestíbulo, los congresistas discutiendo sobre cáscaras de aceituna en el bar.
Me sujeté el pelo a toda prisa con un bolígrafo de plástico azul que saqué del bolsillo superior. Necesitaba que mis manos hicieran algo útil y cotidiano para convencer a mi cerebro de que la jornada laboral continuaba.
—¿Has bebido agua? —la voz de Marcelo me sobresaltó por la espalda.
Me giré despacio. Seguía con la camisa algo arrugada por el ajetreo del desembarco, pero traía dos botellas pequeñas en la mano.
—Marcelo, estoy perfectamente —dije, cogiendo una de las botellas solo porque la humedad del ambiente me tenía la garganta seca—. He trabajado turnos de doce horas seguidas en eventos de bodas sin sentarme ni un minuto. Esto no es nada.
—Toma el agua, Jota. No has parado desde que subimos a bordo.
Lo miré de reojo mientras desenroscaba el tapón. Tenía los ojos fijos en mí, con una arruga marcada entre las cejas que no recordaba haberle visto antes. Parecía un radar descalibrado buscando averías donde solo había una empleada intentando colocar una pila de folletos sobre una mesa auxiliar.
—A ver si lo he entendido —solté, esbozando una sonrisa a medias para quitarle hierro al asunto—.
¿El contrato VIP incluía un servicio de guardaespaldas personal o es una atención de la casa?
Porque si vas a seguirme a tres pasos de distancia toda la tarde, voy a tener que pedirle a la naviera que te ponga un chaleco reflectante.
Marcelo no se rio. Solía dar pasos cortos cuando pensaba, pero esta vez se quedó completamente inmóvil frente a mí.
—Después de lo que ha pasado hoy en la excursión, no pienso disculparme por estar pendiente de ti —contestó. Su voz sonó baja, firme, sin el tono reservado que solía usar con los invitados del simposio.
—Sé resolver las cosas sola, Marcelo. He salido de situaciones peores sin que nadie me lleve el agua a la mesa.
—Nunca he dudado de que sepas cuidarte sola —dijo de inmediato. Dio un paso más hacia mí, reduciendo el espacio entre la mesa de los folletos y su postura erguida—. Lo que me asustó fue descubrir cuánto me importaba que tuvieses que hacerlo.
La botella de agua se me quedó a medio camino de la boca.
Me quedé mirándolo, buscando el sarcasmo o la amabilidad educada a la que estaba acostumbrada, pero no encontré nada de eso.
Había una honestidad descarnada en sus ojos que me dejó las palabras atascadas en la garganta.
Marcelo dio media vuelta sin añadir nada más y caminó hacia los ascensores principales.
Encontramos a Helga dos horas más tarde cerca de la zona de almacenamiento de mantelería. Yo estaba revisando las listas de confirmación para la cena del día siguiente, pasando el dedo por los nombres impresos sin enterarme de la mitad.
—Tienes cara de haber visto un fantasma o de haberte tragado un plato de comida cruda —dijo Helga en cuanto me vio entrar en el antecomedor. Se apoyó contra una mesa metálica y me miró por encima de sus gafas de lectura.
—Solo es el cansancio de la escala —mentí, dejando la carpeta sobre la mesa—. En Egipto todo el mundo corría mucho. Marcelo se asustó un poco por el retraso con los autobuses y se ha puesto en plan protector. Una exageración.
Helga soltó un resoplido seco y se quitó las gafas.
—Marcelo Rodríguez no se asusta por un retraso de transporte, niña. He visto a ese chico aguantar discursos de su padre durante tres horas sin pestañear.
—Estaba nervioso, nada más. Se siente responsable porque su familia organiza parte del evento.
—¿Y por eso te persigue por los pasillos con botellas de agua y cara de pocos amigos? —Helga entornó los ojos sin apartarlos de mí—. ¿Por qué te molesta tanto que se preocupe por ti, Jota?
—No me molesta —protesté, cruzándome de brazos—.
Es solo que no tiene sentido. Él es el hijo de Víctor Rodríguez.
Pertenece al piso de arriba, a las suites con terraza y a las reuniones donde se decide el precio de toneladas de aceite.
Yo llevo tres días con este uniforme y mi trabajo es lograr que las servilletas estén dobladas en triángulo.
Si la gente empieza a notar cosas rar...
—No te he preguntado por su padre ni por tu contrato —me interrumpió Helga con una calma que resultaba casi más intimidante que un grito—. Te he preguntado por qué te afecta a ti verlo sufrir por ti.
Me quedé en silencio. El zumbido constante de los motores del barco llenó el hueco entre las dos. Intenté buscar una respuesta rápida, una de esas frases ingeniosas que me salían solas cuando quería salir del paso, pero me descubrí mordiéndome el labio inferior.
—Es complicado —murmuré finalmente.
—No es complicado —replicó ella, recogiendo sus planillas—. Es bastante sencillo, pero da mucho miedo.
En ese momento, la puerta vaivén del antecomedor se abrió. Marcelo asomó la cabeza sujetando una carpeta azul con el logotipo de la naviera.
—Jota, tu jefe pide la confirmación de la mesa del doctor Arnaldi —dijo, usando un tono formal que sonó descaradamente forzado.
—Está en la carpeta de la entrada, señor Rodríguez —respondí, manteniendo la distancia.
Él asintió lentamente, me miró un segundo más de lo necesario y volvió a salir. Helga lo siguió con la mirada hasta que la puerta se cerró del todo. Se giró hacia mí con una pequeña sonrisa contenida que no presagiaba nada bueno.
La noche cayó sobre el Mediterráneo con una rapidez silenciosa. Para cuando terminé el turno de supervisión en el comedor secundario, el barco parecía haber entrado en una tregua. Los congresistas se habían retirado a sus camarotes y los pasillos olían a moqueta limpia y a salitre.
Terminé en la terraza privada de la Suite 902 casi por inercia.
Era el único lugar del crucero donde el viento no daba de lleno y donde el sonido del agua al ser cortada por el casco sonaba como un susurro constante.
Marcelo ya estaba allí, apoyado en la barandilla de teca, contemplando la negrura del mar.
—Pensé que estabas durmiendo —dijo sin girarse cuando oyó mis pasos sobre la madera.
—Y yo pensé que estabas revisando informes de biotecnología —contesté, acercándome hasta quedar a un metro de él.
El aire de la noche era fresco. Me abroché la chaqueta del uniforme hasta el último botón. Marcelo se giró ligeramente para mirarme.
—Sigo pensando en lo que pasó hoy en el puerto —admitió. Su voz era apenas un murmullo que se llevaba el viento.
—Ya ha pasado, Marcelo. Estamos a bordo, el barco navega y mañana habrá otra conferencia sobre polímeros. No le des más vueltas.
—No puedo evitarlo —insistió. Se separó de la barandilla y se acercó—. Nunca me había sentido así. No estoy acostumbrado a sentir una angustia que no puedo controlar con lógica o con trabajo. No me gusta la sensación de no saber si vas a estar bien.
Me quedé mirándolo. La luz tenue de los apliques exteriores le iluminaba solo un lado del rostro, dejando el otro en sombras.
—Cuando vi que habías bajado del autobús a buscarme... yo también me asusté —confesé en voz muy baja, dejando caer la coraza por primera vez en todo el día.
—¿Tuviste miedo por la situación? —preguntó él.
—Tuve miedo por ti —corregí, mirándolo fijamente a los ojos—. Porque eres tan cabeza dura como para meterte en un problema solo para comprobar si yo estaba bien.
Un silencio denso y pesado se instaló entre los dos.
El agua chocaba contra el casco varios metros más abajo, pero en la terraza el tiempo parecía haberse detenido.
Marcelo no se movió, pero la distancia entre nosotros se volvió de pronto insignificante.
Estábamos hablando de algo que ninguno de los dos había planeado, algo que se salía de cualquier protocolo o lógica profesional.
—¿Qué habrías hecho si no llego a encontrarte? —preguntó él con una amargura suave.
—Habría vuelto por mis propios medios y te habría llamado idiota en cuanto te viera por haber bajado a buscarme —dije, intentando recuperar un hilo de humor.
Marcelo sonrió por primera vez en muchas horas. Una sonrisa cansada pero genuina que le suavizó la expresión por completo.
—Lo habría aceptado de buen grado —respondió.
La sonrisa se le quedó un momento más de lo esperado, con algo más rondándole la cabeza detrás de los ojos.
—Por cierto —añadió, carraspeando—. Lo del camello. Esta tarde.
Sentí que la cara se me incendiaba otra vez, con la misma intensidad que el desierto entero.
—Te dije que no dijeras nada.
—No he podido dejar de pensar en ello en todo el día —confesó, con una honestidad que no tenía ninguna intención de disculparse—. Y no por las razones que un caballero debería admitir en voz alta.
—Marcelo Rodríguez, herede usted un imperio o no, es usted un pervertido.
—Culpable —admitió, sin el más mínimo arrepentimiento en la voz.
Nos quedamos tan cerca que podía notar el calor que desprendía su cuerpo en medio del aire frío de la noche.
Marcelo dio un paso más. Ahora solo nos separaban un par de dedos.
Levantó la mano derecha muy despacio, como si temiera romper el equilibrio del momento, y la mantuvo suspendida en el aire, a la altura de mi mejilla, sin llegar a tocarme la piel.
Se me revolvió el estómago. El corazón me latía tan fuerte que me preocupó que pudiera oírlo por encima del sonido del mar.
—¿Qué ibas a hacer? —pregunté en un susurro casi inaudible.
—No lo sé —contestó él, con los ojos fijos en mis labios.
—Sí lo sabes —dije yo, sintiendo que el aire se me escapaba de los pulmones.
Estaba ahí. La intención flotaba entre los dos con una claridad aplastante. Marcelo se inclinó un par de centímetros hacia abajo, rozando casi mi aliento con el suyo. Tenía los ojos entreabiertos y la respiración pausada. Todo en su postura indicaba que el paso definitivo estaba a punto de ocurrir.
Un escalofrío me recorrió la espalda. El pánico y una electricidad extraña me golpearon al mismo tiempo. Si eso pasaba, ya no habría forma de volver a ser la empleada eficiente y el hijo del patrocinador.
—Deberíamos... deberíamos ir a dormir —solté, dando un paso atrás tan rápido que casi tropiezo con el marco de la puerta corredera—. Mañana la jornada empieza a las seis y tu padre va a querer los informes a primera hora.
Marcelo se quedó con la mano a medio camino.
Parpadeó despacio, asimilando el tirón de freno que acababa de meterle a la escena.
No se enfadó. Tampoco insistió. Bajo la mano despacio y la guardó en el bolsillo del pantalón, dedicándome una mirada llena de una lucidez resignada.
Sabía perfectamente que me había asustado.
—Tienes razón —dijo con voz serena, aunque en sus ojos quedaba el rastro de la frustración—. Es tarde.
Nos separamos con una lentitud casi dolorosa. Él dio un par de pasos hacia la entrada de su habitación y yo me quedé junto al marco de la mía.
—Buenas noches, Jota —dijo antes de atravesar el umbral.
—Buenas noches, Marcelo —respondí.
En cuanto crucé la puerta de mi estancia y el pestillo hizo clic, me dejé caer de espaldas contra la madera.
Cerré los ojos y me llevé las dos manos al pecho, intentando calmar el ritmo desenfrenado de mi respiración.
Al otro lado del tabique, escuché el sonido sordo de Marcelo apoyándose contra su propia puerta.
El beso no había ocurrido, pero la certeza de que ya no podíamos fingir que no existía se quedó flotando en el aire del camarote durante toda la noche.