Crucero puerta con puerta CAPÍTULO 13
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CAPÍTULO 13

—¿De verdad has dormido bien? —preguntó Marcelo por tercera vez en menos de diez minutos.

Estaba apoyado contra el marco de la puerta de la sala de estar de la suite, luciendo esa ligera arruga entre las cejas que ponía cada vez que intentaba fingir que no le preocupaba nada. Llevaba una camiseta gris algo holgada y el pelo revuelto.

—Marcelo, si me lo preguntas una vez más, voy a pensar que me estás haciendo un estudio de mercado sobre la calidad del colchón —respondí sin levantar la vista del listado de la jornada. Se lo solté con una sonrisa floja para restarle gravedad.

—Es una pregunta sencilla, Jota.

—Y te he dado una respuesta sencilla las dos primeras veces: sí, he dormido estupendamente. El barco flota, la cama no se mueve y mis párpados se cerraron en cuanto toqué la almohada.

Eso era mentira, por supuesto. Mi cabeza había estado dando vueltas en bucle a lo que había pasado la noche anterior.

A la brisa tibia de Alejandría, a la cubierta a oscuras, a la forma en que se había acercado tanto que casi podía contar sus pestañas.

Al casi beso que se había quedado flotando en el aire entre los dos.

Pero ni mu. Ni una sola palabra sobre eso.

—No quiero que sientas que te estoy agobiando —añadió él, dando un paso hacia el centro de la estancia—. Ayer fue un día largo en Egipto y hoy la agenda del simposio vuelve a apretar. Si necesitas que te libere de algún compromiso por la mañana, puedo decírselo a mi padre.

Solté una carcajada corta y me giré para mirarlo de frente.

—Ni se te ocurra. Mi jefe oficial es la naviera y mi jefa real es mi propia profesionalidad. Además, si tu padre me ve de brazos cruzados, es capaz de mandarme a pulir la grifería de la cubierta inferior.

Marcelo sonrió por fin. Una sonrisa pequeña, de esas que solo enseñaba cuando bajaba la guardia.

—Víctor no es tan fiero.

—Víctor desayuna brasas y café solo, Marcelo. No me la juegues.

Se pasó una mano por la nuca, un gesto que se le estaba volviendo habitual cuando dudaba sobre qué decir. Había una cercanía nueva entre nosotros desde lo de anoche, una especie de complicidad suave que no necesitaba palabras grandilocuentes, pero que llenaba el espacio con una electricidad sutil.

—Está bien. Pero si necesitas cualquier cosa, avísame. Voy a darme una ducha rápida antes de la primera ponencia sobre el polímero. Mi padre quiere que esté allí a primera hora.

—Ve a ducharte, andarín —le dije, haciendo un gesto con la mano para ahuyentarlo—. Yo tengo que terminar de revisar las notas de prensa para los inversores extranjeros.

Me dio una última mirada entornada, mezcla de diversión y resignación, y se internó hacia su dormitorio.

Me quedé a solas con el rumor suave de los motores del barco y la carpeta bajo el brazo.

Me pasé la mano por el cuello. Necesitaba sujetarme el pelo antes de que el sudor de la mañana me lo pegara a la cara, así que eché mano al bolsillo de mi chaqueta azul corporativa, saqué un bolígrafo de plástico azul y me lo enrosqué en el moño rápido con la pericia que da la costumbre.

El agua de la ducha empezó a sonar al fondo del pasillo. Respiré hondo, centrando la vista en los folletos de la conferencia. Todo bajo control. Una jornada normal de trabajo.

• • •

Terminé de clasificar la última pila de carpetas en la mesa auxiliar de la entrada y me di cuenta de que me había dejado el sello oficial de la naviera en el pequeño escritorio que había junto a la puerta del dormitorio de Marcelo.

Era una bobada, pero sin ese cuño no podía validar los pases de prensa.

Pensé que Marcelo seguiría encerrado en el baño principal. El ruido del agua se había detenido hacía solo un par de minutos, así que supuse que estaría secándose en el cuarto adyacente.

Crucé el pequeño pasillo con pasos rápidos y silenciosos, concentrada en coger el sello y salir pitando hacia la cubierta tres.

—Marcelo, cojo el sello de la mesa y me voy a...

La frase se me congeló en la garganta.

Marcelo acababa de salir del cuarto de baño hacia el dormitorio. Estaba de espaldas a mí. Y no llevaba absolutamente nada encima. Ni una toalla alrededor de la cintura, ni un pantalón de chándal, ni un triste calzoncillo. Nada.

Me quedé clavada en el sitio, como si alguien hubiera tirado del freno de mano de mi cerebro.

Tenía la piel todavía húmeda, con pequeñas gotas brillando bajo la luz cálida de la lámpara del pasillo.

La espalda era ancha, marcada por una musculatura definida pero natural, nada de gimnasio de postureo.

Las escápulas se movían con soltura mientras se pasaba una toalla pequeña por el cuello para secarse el pelo.

La línea de la columna descendía firme hasta una cadera estrecha y dos hoyuelos marcados justo encima de las nalgas.

Tenía una pequeña cicatriz clara en el costado derecho, casi a la altura de las costillas. Nunca se la había visto.

Mi cerebro tardó un tiempo récord en procesar tres cosas a la vez.

La primera: debía darme la vuelta inmediatamente por pura cortesía.

La segunda: mis pies se habían convertido en dos bloques de hormigón.

La tercera: la atracción que sentía por él había dejado de ser una cuestión abstracta de miradas compartidas.

Marcelo giró ligeramente la cabeza hacia un lado para alcanzar la camiseta que tenía sobre la cama, sin haber notado aún mi presencia. El perfil de su torso, el abdomen plano, la sombra de la cadera... Era una imagen directa, limpia, de las que se quedan grabadas más tiempo del que una quisiera.

—¿Decías algo, Jota? —preguntó él con tono distendido, al alargar la mano hacia el mueble.

Fue el sonido de su voz lo que me sacó del trance.

Dio medio paso más de giro y, de repente, sus ojos tropezaron con los míos.

Durante medio segundo eterno, el tiempo se detuvo. Su mano se quedó a mitad de camino hacia la camiseta. Mis ojos saltaron de su rostro a su torso y de vuelta a sus ojos en una fracción de segundo que se sintió ridículamente larga.

—¡Ah! —exclamé, dando un brinco hacia atrás tan torpe que casi tropiezo con mis propios pies.

Me di la vuelta sobre los talones a la velocidad de la luz, dándole la espalda por completo y pegándome a la pared del pasillo con el corazón latiéndome en las orejas como un tambor de guerra.

—¡Perdón! ¡Lo siento! ¡Pensaba que estabas en el baño! —atropellé las palabras, notando cómo me subía un hervor ardiente desde el cuello hasta las orejas.

• • •

Oí un movimiento brusco a mis espaldas, seguido del choque metálico de una percha contra el armario y el sonido apresurado de una tela al desplegarse.

—No... no pasa nada —respondió Marcelo. Su voz sonó dos tonos más aguda de lo normal, rota por una vacilación inédita en él—. Ya me he puesto el pantalón.

Esperé dos segundos de seguridad, respirando por la boca para intentar sofocar la llamarada que me quemaba las mejillas. Me giré despacio, asegurándome bien antes de fijar la vista.

Marcelo ya llevaba puesto un pantalón corto deportivo de color oscuro y se estaba pasando una camiseta negra por la cabeza.

Cuando la camiseta terminó de caer, su rostro apareció con un rubor encendido que le cubría las mejillas y llegaba hasta la punta de las orejas. Nunca lo había visto sonrojarse así.

—No sabía que estabas dentro todavía —dijo él, ajustándose el cuello de la camiseta con dedos un poco torpes. Evitaba mirarme directamente a los ojos, clavando la vista en el suelo.

—Tenía que coger el sello —explicé. Mi voz sonó extrañamente seca, corta, como si se me hubiera agotado el aire en los pulmones—. Estaba en la mesa. No pretendía... en fin. Ya me voy.

—Jota, de verdad, no te preocupes, ha sido un despiste mío por no cerrar la puerta interior...

—No, da igual. Tengo prisa. La recepción de los ponentes alemanes empieza en diez minutos y tengo que repartir las acreditaciones.

Ni siquiera me detuve a coger el dichoso sello. Di media vuelta y salí de la suite a pasos agigantados, dejando la puerta abierta tras de mí.

Caminé por el pasillo de servicio a toda prisa, ignorando el saludo de uno de los camareros de la cubierta ejecutiva. Llegué a mi pequeño camarote de tripulación en la planta inferior, entré, cerré la puerta de golpe y me apoyé contra la madera con los ojos cerrados.

Tenía las palmas de las manos frías y las mejillas ardiendo.

—Madre mía —murmuré para mí misma en la penumbra del camarote.

Hasta ese momento, lo de Marcelo había sido una especie de juego sutil. Un tira y afloja elegante, un refugio nocturno en las terrazas, unos ojos oscuros que me miraban con atención y ese casi beso en Alejandría que me había dejado con la miel en los labios. Era romántico, era idealizado.

Esto no tenía nada de idealizado.

Había visto a un hombre real, de carne y hueso, con músculos firmes, gotas de agua recorriéndole la espalda y una presencia física que me había dejado sin respiración, más contundente que cualquier discurso.

La barrera invisible entre el aprecio mutuo y el deseo físico puro se había hecho pedazos en menos de tres segundos.

Me llevé las manos a la cara. La imagen de su espalda y de la curva de su cadera seguía grabada a fuego detrás de mis párpados.

—Céntrate, Josefa —me dije en voz alta, dándome un par de palmaditas suaves en las mejillas—. Céntrate que tienes cuatrocientas acreditaciones por entregar y hoy el jefe de protocolo está de un humor de perros.

• • •

A última hora de la tarde, el gran salón principal del crucero era un hormiguero de trajes oscuros, copas de vino blanco y conversaciones cruzadas sobre viscosidad, polímeros y rendimientos de extracción.

Yo estaba junto a la mesa del servicio de bebidas, comprobando que las bandejas salieran a tiempo, cuando vi a Marcelo acercarse desde el ala oeste del salón.

Llevaba un traje azul marino pulcro, pero sin corbata, con el primer botón de la camisa desabrochado. Se abría paso entre dos catedráticos italianos con la cortesía justa.

Cuando me vio, cambió ligeramente el rumbo y caminó directo hacia mí.

Sentí un pequeño pellizco en el estómago. Intenté erguirme, poner cara de empleada del mes y no soltar la carpeta ni loca.

—Jota —dijo al llegar a mi lado. Su tono era suave, buscando la intimidad dentro del barullo del evento.

—Señor Rodríguez —respondí con una inclinación de cabeza exagerada, mitad en broma, mitad para marcar una distancia de seguridad.

Él arqueó una ceja.

—¿Seguimos con el protocolo formal? Pensaba que lo habíamos dejado en el puerto de Alejandría.

—Depende del volumen de clientes alrededor —dije, señalando con la mirada a un grupo de ejecutivos que hablaban a medio metro de nosotros—. Aquí soy la asistente de Ocean Events.

Marcelo guardó silencio unos segundos. Me observó con detenimiento, como si estuviera analizando cada arruga de mi uniforme o la tensión en mis hombros.

—Estás extraña desde esta mañana —soltó al fin en voz baja—. Si te ha molestado lo de... lo del pasillo, o si te has sentido incómoda de alguna manera, te pido disculpas. Debería haber tenido más cuidado.

Me quedé mirándolo. Tenía esa expresión seria y honesta que ponía cuando quería solucionar algo, sin un gramo de arrogancia. Pensar que creía haber hecho algo malo cuando el único problema era que a mí se me salía el corazón del pecho me pareció casi tierno.

—Marcelo —dije, bajando la voz y acercándome un paso a él—, no me ha molestado nada. Ha sido una tontería. Un malentendido de horarios.

—Te fuiste corriendo como si hubieras visto un fantasma.

—Es que me di cuenta de que llegaba tarde a la entrega de acreditaciones. De verdad. No le des más vueltas.

Él no apartó los ojos de mí ni un segundo más de lo normal. Luego, de forma muy lenta, una pequeña sonrisa de medio lado le dibujó la comisura de los labios.

—Un fantasma no sé, pero al menos podrías disimular que te asusté.

—No me asusté —protesté de inmediato, frunciendo el ceño—. Simplemente apliqué el protocolo de rescate ante personal sin uniformar.

Marcelo soltó una risa baja, un sonido cálido que pareció disolver al instante el resto de la tensión que flotaba en el aire.

—Protocolo de rescate. Me gusta.

—Es muy riguroso —añadí, no pudiendo evitar sonreír yo también—. Incluye retirada estratégica y amnesia selectiva.

—Espero que la amnesia no sea del todo efectiva —murmuró él, bajando aún más el tono de voz, de modo que solo yo pudiera oírlo.

El comentario me dio de lleno en la línea de flotación. No aparté los ojos de los suyos durante dos segundos eternos antes de que un ejecutivo maduro interrumpiera la escena llamando a Marcelo por su nombre para presentarle a un inversor.

—Te buscan —dije rápidamente, dando un paso atrás.

—Hablamos luego —asintió él antes de girarse hacia los invitados.

Lo vi alejarse entre la multitud. Me quedé allí de pie, con la carpeta apretada contra el pecho y una rabia sorda conmigo misma.

No podía dejar de pensar en él. La frontera entre la simpatía que nos unía y el deseo físico ardiente se había vuelto tan fina que temía dar un solo paso en falso y caer de lleno al otro lado.