Crucero puerta con puerta CAPÍTULO 14
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CAPÍTULO 14

Cuando cerré la puerta del camarote, el cuerpo me pesaba como si hubiera cargado el día entero a la espalda.

Una pareja de científicos había discutido en el almuerzo por un sitio en la mesa, y yo había pasado la tarde cambiando tarjetas de protocolo como si jugara al ajedrez con el orgullo ajeno.

Necesitaba agua caliente y silencio, en ese orden.

Me duché despacio. Dejé que el vapor me llenara la cabeza de nada, sin horarios ni discursos, solo el agua golpeando las baldosas. Cuando salí, me envolví en el albornoz blanco de la suite, grueso y suave, y el pelo mojado me dejó un rastro frío en los hombros.

Abrí la puerta de la terraza porque necesitaba mar.

Siempre lo necesito cuando el día se me queda pequeño dentro del pecho.

Fuera, la noche empezaba a caer sobre el agua con esos colores que nadie sabría pintar del todo bien: un azul que ya no era azul, un naranja que se apagaba despacio en el horizonte.

Me apoyé en la barandilla y me quedé quieta. No sé cuánto tiempo. El viento me movía el pelo suelto —esa noche no llevaba ningún bolígrafo sujetándolo, solo la humedad de la ducha pegándomelo a la nuca— y el sonido del mar contra el casco tenía algo que casi era una nana.

No oí a Marcelo salir del baño de la suite. No oí nada, en realidad, hasta que noté que alguien me miraba.

Me giré lo justo para verlo por el rabillo del ojo. Estaba de pie junto al sofá, con el cuaderno de dibujo en una mano y el carboncillo en la otra, paralizado, sorprendido de sí mismo. No dijo nada. Yo tampoco.

Le vi los ojos bajar hasta el cuaderno y volver a subir. Reconocí ese gesto. Lo había visto antes, en la cubierta, cuando dibujaba las gaviotas sin que nadie se diera cuenta. Solo que esta vez las gaviotas era yo.

—Puedes dibujarme —dije, sin darle tiempo a preguntar.

Se quedó parado un segundo, como si hubiera esperado que le pillara con las manos en la masa y le echara la bronca, no que le diera permiso. Asintió con la cabeza, despacio, y se sentó en el borde del sillón más cercano a la puerta de la terraza.

Volví a mirar al mar. Me aparté el cuello del albornoz, dejando un hombro al descubierto.

El aire de la noche me tocó la piel y sentí un escalofrío que no tenía nada que ver con el frío.

Detrás de mí, oí el primer trazo del carboncillo sobre el papel, un sonido seco y suave a la vez, como una uña rascando tela.

No me moví. Sabía que me estaba mirando. Lo sabía en la nuca, en la espalda, en el hombro desnudo que le había ofrecido sin que él lo pidiera. Era una sensación extraña, estar quieta y sentirme observada con una atención tan minuciosa que cada centímetro de mi postura parecía importar.

Marcelo llevaba dibujando gente toda la vida, o eso me contaría después, pero nunca le había resultado tan fácil como esa noche.

Empezó por los hombros, la línea que bajaba desde mi nuca hasta el borde del albornoz.

Luego el pelo, oscuro y mojado, pegado en unos sitios y suelto en otros, como si el viento no terminara de decidir qué hacer con él.

El carboncillo se movía rápido sobre el papel, y él apenas se daba cuenta de la velocidad con la que trabajaba.

Lo difícil no era captar la postura. Lo difícil era no perder la concentración cada vez que yo cambiaba el peso de un pie a otro, o cuando el aire me movía un mechón y yo lo dejaba estar, sin recogerlo.

Marcelo se sorprendió pensando que llevaba media vida dibujando cuadros de fruta y jarrones sin vida, y que ahora, por primera vez, entendía por qué los grandes retratistas hablaban de capturar algo más que una cara.

No estaba dibujando solo mi cuerpo apoyado en la barandilla. Estaba dibujando la sensación de estar solo frente al mar sin sentirse solo del todo, esa calma que yo llevaba puesta como quien lleva un vestido, y que él llevaba años sin saber nombrar en sí mismo.

Trazó la línea de mi espalda dos veces, la borró y volvió a empezar.

No porque estuviera mal. Porque quería que quedara bien, y esa diferencia era nueva para él.

Nunca antes había querido que un dibujo quedara bien para otra persona que no fuera su padre, y esta vez ni siquiera pensaba enseñárselo a nadie.

Levantó la vista más veces de las necesarias. Cada vez que lo hacía, se decía que era para comprobar las proporciones, la luz, el ángulo del hombro. Sabía que se mentía. Apartar la mirada de mí le costaba un esfuerzo que no recordaba haber hecho nunca frente a un lienzo.

Cuando terminó el tercer boceto, se dio cuenta de que llevaba casi media hora sin pensar en su padre, ni en los inversores, ni en el simposio. Solo había pensado en el trazo justo para una nuca, y en mí.

Volví al salón cuando empecé a tener frío. Marcelo cerró el cuaderno tan rápido que estuvo a punto de arrancar una hoja, pero yo ya había visto lo suficiente.

—¿Puedo mirar? —pregunté, aunque ya estaba tendiendo la mano.

Dudó un segundo y me lo dio. Pasé las páginas despacio.

Había tres dibujos, todos de mí, todos desde ángulos ligeramente distintos, como si hubiera girado alrededor sin que yo me diera cuenta.

En el último, el que más trabajado estaba, se me veía de espaldas, con el hombro descubierto y la cabeza ladeada hacia el mar, y algo en la línea de los hombros transmitía una soledad que yo ni siquiera sabía que se me notaba tanto.

Me quedé mirando ese dibujo más tiempo del que hubiera querido reconocer. No era solo que se pareciera a mí. Era que había capturado algo de mí que ni yo tenía del todo localizado, esa mezcla de estar bien sola y desear, aun así, que alguien mirara.

—Es muy bueno —dije, y me salió más bajito de lo que pretendía.

—Solo estaba dibujando —contestó él, demasiado rápido, con las manos metidas en los bolsillos del pantalón como si necesitara sujetarlas ahí—. Llevaba el cuaderno a mano y tú estabas...

No terminó la frase. Yo tampoco le ayudé a terminarla.

—¿Por qué yo? —pregunté.

Se pasó una mano por el pelo. Lo vi buscar una respuesta técnica, algo sobre la luz o la composición, algo que sonara a clase de bellas artes y no a lo que fuera que le estaba pasando de verdad.

—No lo sé —dijo al final, y sonó más sincero que cualquier otra cosa que le hubiera oído decir en esos seis días—. Simplemente no podía dejar de mirarte.

El salón se quedó en silencio después de eso. Un silencio distinto a los otros silencios que habíamos compartido, más cargado, distinto a los anteriores.

—¿Te parezco bonita? —pregunté.

No sé de dónde saqué el valor. Quizá del albornoz, que me hacía sentir menos protegida y más yo al mismo tiempo. Marcelo me miró, visiblemente descolocado por la pregunta, aunque llevaba media hora demostrando la respuesta con carboncillo.

—Sí —dijo, sin dudar, sin adornos—. Me pareces muy bonita.

La palabra se quedó flotando entre los dos. No era la primera vez que alguien me lo decía, pero sí era la primera vez que me hacía tanto ruido por dentro. Di un paso, no sé si hacia él o solo hacia delante, y de pronto estábamos muy cerca, más de lo que ninguna excusa de trabajo podría justificar.

Le miré la boca sin querer. Él me miró a mí de la misma manera, con esa concentración de quien está calculando un riesgo y ya sabe que va a asumirlo. Nadie se movió. El aire olía a carboncillo y a jabón de la ducha, una mezcla absurda que sé que no voy a olvidar en mucho tiempo.

Un golpe de teléfono, el suyo, rompió el silencio como una piedra en un cristal. Marcelo cerró los ojos un instante, como si le costara volver, y dio un paso atrás para sacarlo del bolsillo.

—Es mi padre —dijo, mirando la pantalla, la voz todavía ronca.

No contestó. Se quedó con el teléfono en la mano y la vista clavada en mí, todavía procesando que aquello hubiera sido real.

—Deberías cogerlo —dije, aunque no era lo que quería decir.

Asintió, salió a la terraza para hablar, y yo me quedé de pie en mitad del salón, con el corazón todavía deshecho por la pregunta que no había llegado a hacerme del todo: qué habría pasado si el teléfono no hubiera sonado.

Recogí el cuaderno de la mesa antes de irme a mi cuarto. No para curiosear. Para tener una razón de volver a abrirlo.

• • •

Cerré la puerta de mi camarote y me dejé caer contra ella un segundo, con el corazón portándose como un adolescente en su primera cita.

El cuaderno seguía en mis manos, abierto por el último boceto: yo de espaldas, con el hombro al descubierto, y una soledad en la línea de los hombros que él había sabido ver antes que yo misma.

Lo dejé sobre la mesilla —no para curiosear más tarde, me repetí, aunque los dos sabíamos que era mentira— y me desaté el albornoz, que cayó sobre la silla. El aire de la habitación me erizó la piel de una manera que no tenía nada que ver con la temperatura.

No podía dejar de pensar en su mirada. En cómo se me había quedado el hombro más sensible de tanto sentirme observada, como si el carboncillo hubiera dejado un rastro invisible por donde había pasado su atención.

En la voz ronca diciendo «me pareces muy bonita» sin ningún adorno, sin ninguna intención de quedar bien.

Me tumbé en la cama, todavía con el pelo húmedo extendido sobre la almohada, y cerré los ojos.

Era ridículo, pensé, mientras mi propia mano bajaba despacio por el cuello, siguiendo el mismo camino que él había dibujado con el carboncillo.

Ridículo y bastante patético, en realidad: seis días de crucero y estar a punto de perder la cabeza por un heredero del aceite de oliva que ni siquiera me había besado del todo.

Pero el cuerpo tiene una lógica que no le pide permiso a la cabeza.

Pensé en sus dedos sujetando el carboncillo. Pensé en cómo se le había puesto la voz cuando dijo que no podía dejar de mirarme. Pensé, sobre todo, en esos segundos justo antes de que sonara el teléfono, cuando estábamos tan cerca que respirar se había vuelto un acto casi imprudente.

Nadie me esperaba, nadie iba a llamar a mi puerta, y por una vez no tenía ningún horario que cumplir.

Dejé que la escena terminara como debería haber terminado en el salón, con su boca y sus manos —esas manos que sabían capturar una postura entera en tres trazos— encontrando otras líneas que dibujar.

Cuando terminé, me quedé mirando el techo del camarote, la respiración todavía irregular y una sonrisa un poco tonta que no me molesté en borrarme de la cara.

—Esto es ridículo, Jota —le dije al techo, como si el techo tuviera alguna opinión al respecto—. Seis días. Llevas aquí seis días.

El techo, sensatamente, no contestó.

Los dos sabíamos, sin decirlo, que la próxima vez que estuviéramos así de cerca, ninguno de los dos iba a tener ganas de que sonara ningún teléfono.