Crucero puerta con puerta CAPÍTULO 15
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CAPÍTULO 15

Tenía que llevar una carpeta de acreditaciones al otro extremo del barco, cruzando la zona de mantenimiento que normalmente estaba cerrada al pasaje, en una mañana que había empezado ya con una lista de recados imposible y un pasillo de servicio que olía a pintura fresca.

Nadie me avisó de que también estaba cerrada, esa mañana, a la mitad del personal de cubierta por una avería.

Llegué igual. Entregué la carpeta, esquivé dos carritos y un cubo de fregona, y volví por donde había venido sin pensar que aquello mereciera un comentario. Hasta que me encontré a Marcelo esperándome junto al ascensor de servicio, con los brazos cruzados y una cara que no había visto antes.

—¿Se puede saber qué hacías ahí sola? —preguntó, sin saludar siquiera.

—Mi trabajo —contesté, todavía con la carpeta vacía bajo el brazo.

—Esa zona estaba cerrada.

—Estaba cerrada para el pasaje. Yo no soy pasaje.

Marcelo apretó la mandíbula. Tenía el gesto de alguien que llevaba un rato ensayando la frase antes de decirla, y eso me molestó más que la frase en sí.

—Podrías habérselo pedido a otra persona —dijo—. O haber avisado a alguien de que ibas sola.

—¿Avisar a quién? ¿A ti? —Solté una risa corta, sin gracia—. Llevo tres días trabajando aquí antes de que tú aparecieras en mi vida, Marcelo. Sé moverme por un barco.

—No es eso.

—Entonces qué es.

Se quedó callado un segundo de más. El ascensor de servicio hizo un ruido metálico al fondo del pasillo y ninguno de los dos se movió hacia él.

—Es que después de Egipto no puedo evitarlo —dijo por fin, más bajo—. No puedo verte desaparecer por un pasillo vacío sin pensar en... —No terminó la frase. No hacía falta.

Sentí que el estómago se me encogía, no de rabia esta vez, sino de otra cosa que no supe nombrar todavía.

—No necesito que nadie me proteja —dije, y la voz me salió más dura de lo que pretendía—. Llevo protegiéndome sola desde que tengo memoria, Marcelo. Sé cuándo hay peligro de verdad y cuándo no lo hay.

—Nunca he dudado de eso —contestó, dando un paso hacia mí—. Nunca he pensado que no supieras cuidarte. Es solo que no puedo apagar la preocupación como si fuera un interruptor.

—Pues tendrás que aprender, porque yo no voy a cambiar cómo hago mi trabajo por lo que a ti te asuste.

—No te pido que cambies nada.

—Entonces qué me pides.

Se acercó otro paso. El pasillo de servicio era estrecho, con tuberías pintadas de gris a un lado y el suave zumbido de la maquinaria del barco de fondo, y de pronto me pareció mucho más estrecho de lo que era en realidad.

—No te pido nada —dijo—. Solo... déjame preocuparme un poco. Aunque no sirva de nada. Aunque tú no lo necesites.

No supe qué contestar a eso. Le miré la cara de cerca, la tensión en la mandíbula, los ojos que no se apartaban de los míos ni un segundo, y me di cuenta de que ya no estábamos discutiendo.

Llevábamos un rato sin discutir, en realidad, solo mirándonos con la respiración un poco más alta de lo normal.

—Marcelo —empecé, sin saber muy bien qué iba a decir después de su nombre.

—Lo sé —dijo él, y no sonaba a que supiera nada, sonaba a que estaba tan perdido como yo.

El silencio se instaló entre los dos como algo físico, algo que se podía tocar si extendías la mano. Ninguno retrocedió. Ninguno dio ningún paso más, tampoco. Nos quedamos así, muy cerca, respirando el mismo aire cargado de pintura fresca y de todo lo que no nos habíamos dicho desde Egipto.

No sé quién se movió primero. Puede que los dos a la vez, que sería la explicación más justa. Marcelo bajó la cabeza un poco y yo subí la cara sin pensarlo, y de repente sus labios estaban sobre los míos y el pasillo entero dejó de existir.

Fue torpe al principio, como todos los besos que nadie planea.

Nuestras narices se rozaron mal antes de encontrar el ángulo correcto, y solté una respiración contra su boca que no supe si era risa o nervios.

Él me puso una mano en la mejilla, con cuidado, como si yo pudiera romperme o desaparecer si apretaba demasiado.

El beso duró poco. Segundos, tal vez diez, tal vez menos. Pero en esos segundos algo cambió de sitio dentro de mí, algo que llevaba días acomodado en un rincón y que de pronto ocupaba todo el espacio disponible.

Nos separamos casi a la vez, como si un resorte invisible nos hubiera empujado hacia atrás al mismo tiempo. Marcelo me miró con los ojos muy abiertos, la mano todavía a medio camino entre los dos, sin saber si dejarla caer o no.

Yo tampoco supe qué hacer con las mías. Las cerré en puños, sin apretar, solo para tenerlas ocupadas en algo.

Ninguno dijo nada. El pasillo de servicio, tan estrecho un minuto antes, parecía ahora enorme y silencioso, con ese zumbido de fondo que de pronto sonaba demasiado alto.

—Bueno —dije, buscando un tono ligero que no me salió del todo—. Al menos ya no discutimos.

Marcelo no sonrió. Seguía mirándome, con esa cara de estar intentando resolver algo que se le escapaba.

—Jota.

—¿Qué?

—¿Estás bien?

Quise decir que sí sin pensarlo, la respuesta automática de siempre, pero la verdad es que no sabía qué contestar. Estaba bien y no lo estaba a la vez. El corazón me iba tan rápido que lo sentía en la garganta, y no tenía ni idea de qué hacer con eso.

—Sí —dije al final, aunque la voz me delató un poco—. Estoy bien.

Él asintió, despacio, sin creerse del todo mi respuesta y sin insistir tampoco. Se quedó ahí, con las manos ahora metidas en los bolsillos, buscando algo más que decir y sin encontrarlo.

—Tengo que volver al trabajo —dije, dando un paso hacia el ascensor.

—Jota.

Me paré, sin girarme del todo.

—Esto no cambia nada de lo que dije antes —añadió—. Voy a seguir preocupándome.

Casi sonreí, a pesar de todo.

—Ya veremos —contesté, y me metí en el ascensor antes de que se me notara demasiado en la cara lo que estaba sintiendo.

Cuando las puertas se cerraron, me apoyé en la pared metálica y me llevé una mano a los labios, necesitando comprobar con los dedos que aquello había pasado de verdad. El corazón no se me calmó en todo el trayecto hasta mi camarote.

Marcelo se quedó solo en el pasillo un buen rato, según me confesaría más tarde.

Se pasó la mano por la cara, se apoyó en la pared donde habíamos estado un minuto antes y repitió el beso entero en su cabeza, una vez, y otra, intentando entender cómo una discusión sobre horarios y pasillos cerrados había terminado así.

Ninguno de los dos lo dijo en voz alta esa noche, pero los dos lo pensamos al quedarnos dormidos: ya no había manera de fingir que aquello era solo amistad.