CAPÍTULO 16
—Buenos días —dijo Marcelo desde la puerta de la terraza, con una taza de café en la mano y la voz más formal que le había oído en toda la semana.
—Buenos días —contesté yo, igual de tiesa, como si estuviéramos en una entrevista de trabajo y no en el salón de la suite donde llevaba tres noches durmiendo a diez metros de él.
Ninguno de los dos mencionó el beso. Llevábamos así desde que me desperté, saludándonos con una educación tan exagerada que resultaba casi ridícula, como si los dos hubiéramos olvidado de la noche a la mañana cómo se hablaba con normalidad.
—¿Has dormido bien? —preguntó, y la pregunta sonó tan inocente que casi me hizo gracia, porque los dos sabíamos que ninguno había dormido bien.
—Perfectamente —mentí.
—Yo también —mintió él.
Me serví un café solo para tener algo que hacer con las manos. El salón, que tantas veces me había parecido pequeño y acogedor, esa mañana se sentía enorme, lleno de espacio vacío entre los dos que antes no existía.
—Hoy tengo reunión con los inversores suizos —dijo Marcelo, mirando su agenda con una urgencia que no tenía nada que ver con los inversores.
—Yo tengo el listado de acreditaciones para revisar —contesté, mirando la mía con la misma urgencia.
—Bien.
—Bien.
Nos quedamos callados un segundo de más.
Cualquier frase, hasta la más tonta, parecía tener un doble fondo esa mañana.
Cuando Marcelo se despidió antes de salir, algo tan simple como “que te vaya bien el día” me sonó a otra cosa completamente distinta, aunque no habría sabido explicar el qué.
Cerró la puerta de la suite con más cuidado del habitual, casi como si temiera que un portazo pudiera romper algo entre los dos.
Me quedé sola en el salón, con el café ya frío, pensando que aquello iba a ser un día muy largo.
La jornada, sin embargo, se llenó de él de una manera que no esperaba.
Marcelo apareció en la zona de acreditaciones a media mañana con la excusa de revisar un listado que perfectamente podría haber revisado su asistente.
Volvió a aparecer antes del almuerzo, esta vez con la excusa de preguntar por la disposición de las mesas de la tarde, un dato que ya le habían dado dos veces.
La tercera vez, con la cabeza puesta más en la puerta que en las carpetas, mezclé las tarjetas de sala de la delegación suiza con las de Biotec Sur, y estuve a un pelo de enviar a los inversores helvéticos a una reunión privada que no era la suya, con gente a la que ni siquiera conocían.
Helga se dio cuenta antes de que los sobres salieran de mi mesa.
No dijo nada dramático, no me miró con reproche; simplemente cambió las tarjetas de sitio con dos dedos, tan rápido que nadie más se enteró de que había estado a punto de montar un pequeño incidente diplomático entre dos empresas rivales.
—Vas a levantar sospechas si sigues viniendo tanto —le dijo Helga, mi jefa, sin levantar la vista del portátil, cuando Marcelo se marchó por tercera vez.
—No sé de qué me hablas —contesté, ordenando unas carpetas que ya estaban ordenadas.
Helga sonrió, esa sonrisa suya que significaba que sabía exactamente de qué hablaba y que se iba a divertir un rato sin decirlo directamente.
—Claro que no —dijo, y volvió al portátil con un aire demasiado tranquilo para ser sincero.
Yo también busqué excusas, aunque me costara reconocerlo. Le llevé a Marcelo unos documentos que podían haber esperado a la tarde. Pasé dos veces por la zona donde sabía que tenía reunión, sin ninguna razón de trabajo que lo justificara.
Cada vez que coincidíamos, algo se me encogía por dentro, mitad nervios y mitad ganas, una combinación que no sabía cómo gestionar sin que se me notara en la cara.
Por la tarde me obligué a sentarme un momento y pensar con la cabeza fría.
Marcelo era el hijo de Víctor Rodríguez, heredero de un imperio de aceite de oliva, con un doble grado cursado en Estados Unidos.
Yo era la chica del uniforme mal favorecedor que se recogía el pelo con un bolígrafo porque no tenía tiempo ni ganas de más.
Vivíamos en mundos que no se cruzaban en ningún sitio, salvo en ese crucero, salvo en esa suite, salvo en ese pasillo de servicio donde todo había cambiado el día anterior.
No iba a funcionar. Me lo repetí varias veces mientras ordenaba tarjetas de mesa, como si repetirlo lo suficiente pudiera convertirlo en verdad.
Víctor nos vio hablar esa tarde junto a la mesa de acreditaciones, un momento breve, nada comprometedor: Marcelo señalando un nombre en una lista, yo asintiendo. Pero Víctor tenía la mirada entrenada de quien lleva toda la vida detectando qué transacciones son solo trabajo y cuáles no.
Se acercó cuando Marcelo ya se había ido, con esa manera suya de moverse que ocupaba más espacio del que en realidad ocupaba su cuerpo.
—Josefa —dijo, usando mi nombre completo, algo que casi nadie hacía—. Mi hijo pasa mucho tiempo por esta zona.
—Hay mucho trabajo de coordinación estos días —contesté, con la voz más firme de lo que sentía por dentro.
—Ya veo. —Se quedó mirándome un segundo de más, esperando que añadiera algo que delatara más de lo que ya había dicho—. Es un chico disperso. Le distraen las cosas con facilidad.
No supe si aquello era una advertencia o solo un comentario suelto, pero se me quedó clavado en el estómago de todas formas. Bajé la vista hacia las carpetas, sin encontrar ninguna respuesta que sonara natural.
Marcelo volvió en ese momento, con dos cafés en la mano, uno para mí. Vio la escena, vio mi cara, y se colocó a mi lado sin decir nada dramático, solo con la presencia justa para que la conversación cambiara de rumbo.
—Padre, ¿ya has hablado con los suizos de la ampliación del acuerdo? —preguntó, con un tono tan tranquilo que nadie hubiera dicho que acababa de intervenir en algo.
Víctor lo miró, calculando, y finalmente asintió, dejando el tema de las distracciones sin cerrar del todo.
—Luego hablamos, hijo —dijo, y se alejó por el pasillo con ese paso que siempre parecía llevar prisa.
Marcelo me tendió el café sin comentar nada más, pero la mano le tembló un poco al dármelo, lo justo para que yo lo notara.
Esa noche volvimos a coincidir en la terraza, como si el barco entero conspirara para juntarnos siempre en el mismo sitio a la misma hora. Nos sentamos uno junto al otro, sin hablar, mirando un mar que esa noche estaba especialmente quieto.
—¿Te arrepientes? —preguntó Marcelo, al cabo de un rato, sin mirarme, con la vista fija en el horizonte.
No hizo falta que aclarara de qué hablaba.
—No —contesté, y me sorprendió lo segura que sonó mi voz—. ¿Y tú?
—No.
Se hizo un silencio distinto a los de la mañana, un silencio que ya no incomodaba tanto.
Le miré de reojo, la línea de la mandíbula, las manos apoyadas en las rodillas, y sentí que la distancia entre los dos, apenas unos centímetros, pesaba más que cualquier otra distancia que hubiéramos tenido antes.
Marcelo giró la cabeza y me sostuvo la mirada un rato largo. Ninguno se movió hacia el otro. No hacía falta repetir el beso esa noche para saber que el problema ya no era si sentíamos algo, sino qué íbamos a hacer con ello.
—Buenas noches, Jota —dijo al final, con una sonrisa pequeña.
—Buenas noches —contesté, y me quedé un rato más en la terraza después de que él entrara, con el corazón todavía revuelto, pensando que fingir normalidad había sido, con diferencia, la parte más difícil del día.