CAPÍTULO 17
Marcelo tenía razón: al día ocho ya nos habíamos quedado sin excusas de trabajo para buscarnos.
El simposio entraba en la fase de resultados, esa en la que los pósters dejaban de ser decoración y se convertían en la razón de todo el crucero.
Víctor me tenía moviéndome de un lado a otro desde las ocho de la mañana, coordinando salas, horarios y una lista de nombres tan larga que ya me la sabía de memoria.
Se me daba bien, y empezaba a notarlo hasta yo misma.
Sabía qué inversor necesitaba estar cerca de la puerta para salir a fumar sin molestar a nadie, qué científico se ponía nervioso si le cambiabas el orden de la agenda, quién necesitaba un café antes de hablar y quién necesitaba que lo dejaran en paz.
A media mañana, mientras esperaba junto a una de las salas de conferencias con una carpeta de horarios en la mano, dos hombres pasaron a mi lado hablando en alemán, bajito, con la cabeza inclinada el uno hacia el otro.
No hice ningún esfuerzo por escuchar. Simplemente entendía lo que decían, como entiendo cualquier idioma que conozco, sin buscarlo.
Al principio era la conversación normal de dos personas de la misma empresa: horarios, una cena, quejas sobre el aire acondicionado del camarote.
Hasta que uno de los dos bajó todavía más la voz.
—...si cambiamos esas cifras antes de la presentación, nadie va a preguntar de dónde salen los resultados nuevos.
El otro contestó algo que no llegué a captar entero, algo sobre que no se notara la diferencia con lo que ya había visto el comité.
Mencionaron el polímero. Mencionaron la palabra “viscosidad”.
Y mencionaron, muy bajito, que los resultados que iban a presentar esa tarde no eran exactamente los mismos que se habían obtenido en el laboratorio.
Se alejaron antes de que pudiera oír nada más. Me quedé de pie con la carpeta contra el pecho, sin saber muy bien qué acababa de escuchar, ni si lo había entendido bien del todo.
Encontré a Marcelo a la hora de la comida, en un pasillo lateral del salón principal, revisando la disposición de una mesa con el ceño fruncido.
—Necesito contarte algo —dije, sin preámbulo.
Se apartó conmigo hacia un rincón, entre dos columnas, donde el ruido de las conversaciones cruzadas nos daba una especie de intimidad prestada.
—Dos hombres, hablando en alemán, esta mañana —empecé—. Trabajan para una de las empresas del simposio. Hablaban de cambiar cifras antes de una presentación. De que los resultados de esta tarde no son los del laboratorio.
Marcelo se cruzó de brazos, con esa expresión suya de quien intenta no dejarse llevar por lo primero que oye.
—Una conversación suelta puede significar cualquier cosa, Jota. A lo mejor hablaban de otro proyecto.
—No —contesté, sin dudar—. Dijeron “el polímero”. Dijeron “cáscara”. Dijeron que no se notara la diferencia con lo que ya había visto el comité.
Algo en su cara cambió. Dejó de mirarme a mí para mirar hacia dentro, como si estuviera repasando datos en su cabeza.
—¿Qué más recuerdas, exactamente? —preguntó, y esta vez sí me hizo preguntas concretas: a qué hora había sido, cómo iban vestidos, si llevaban alguna acreditación visible, si habían dicho el nombre de alguna empresa.
Le contesté cada pregunta sin adornar nada, tal cual lo recordaba. No necesitaba inventar ni suavizar. Tenía la conversación entera guardada en la cabeza, palabra por palabra, como me pasa siempre con lo que oigo en otro idioma.
—Uno llevaba la acreditación azul, la de ponentes —dije—. El otro no la llevaba puesta, o no la vi. Eran las once y cuarto, más o menos, porque acababa de salir de la reunión con tu padre.
Marcelo se quedó callado un momento largo.
—Eso encaja con algo que no me cuadraba desde ayer —dijo por fin.
Nos sentamos en un rincón tranquilo de la cubierta de servicio, con dos cafés que ninguno de los dos tocó, y Marcelo sacó su tablet.
—Ayer vi el resumen preliminar de resultados de una de las empresas participantes —explicó—. Los números de viscosidad del polímero eran buenos. Muy buenos, en realidad, mejores de lo que se esperaba en esta fase.
—¿Y eso es malo?
—No, si son reales. —Giró la pantalla hacia mí, aunque yo no entendía del todo las tablas—.
El problema es que esta mañana, antes de que tú me contaras nada, ya había una versión distinta de esos mismos números circulando entre el comité técnico.
Ligeramente distinta. Lo suficiente como para que nadie se fijara si no comparaba las dos versiones línea por línea.
Hasta ese momento no había encontrado la relación, pero con lo que yo le había contado, todo empezaba a encajar de otra manera.
—Si han cambiado las cifras entre la primera versión y la que van a presentar esta tarde, y lo han hecho para que nadie note la diferencia con lo que ya vio el comité... —dijo, pensando en voz alta—. Eso no es un error de laboratorio, Jota. Eso es una decisión.
—¿Vamos a decírselo a tu padre?
Marcelo negó con la cabeza, despacio.
—Todavía no. Si nos equivocamos, montamos un escándalo sobre nada. Necesito comparar los datos con calma antes de mover un dedo.
—¿Y cómo lo hacemos sin que nadie se dé cuenta?
Me miró con algo parecido a un principio de sonrisa, la primera desde que le había contado lo del alemán.
—Tú tienes memoria perfecta para lo que oyes. Yo sé leer estas tablas mejor que nadie en este barco. Entre los dos, podemos reconstruir esto sin preguntarle a nadie más.
Esa noche trabajamos en la mesa del salón de la suite, con la tablet de Marcelo entre los dos y una libreta donde yo iba anotando, palabra por palabra, todo lo que recordaba de la conversación en alemán.
—Repite la última frase otra vez —pidió Marcelo, sin levantar la vista de la pantalla.
—“Que no se note la diferencia con lo que ya han visto los del comité” —recité, sin dudar ni una palabra.
—Eso confirma la fecha —dijo, señalando una columna—. Cambiaron los datos después de que el comité viera la primera versión, no antes.
Nos pasamos así casi dos horas, comparando cifras con lo que yo había oído, tachando posibilidades, encontrando encajes que ninguno de los dos habría visto por separado.
Era agradable trabajar así con él, sin protocolo, sin la tensión rara de los últimos días, solo los dos concentrados en resolver algo juntos.
—¿Sabes que es raro? —dijo Marcelo en un momento, mirándome de reojo—. Tengo dos títulos universitarios y llevo media hora aprendiendo más de ti que de cualquier informe que haya leído en mi vida.
—No hace falta que suenes como un profesor de universidad —contesté, sin levantar la vista de la libreta—. Solo tengo buena memoria. No es magia.
—Es más que memoria. Es saber qué detalle importa y cuál no.
Le lancé una mirada, medio en broma, medio en serio.
—Cuidado, que como sigas así te voy a tener que cobrar clases particulares de alemán.
Se rió, un sonido bajo y sincero que me gustó más de lo que estaba dispuesta a admitir. Por un segundo, inclinado sobre la tablet, con la manga de la camisa remangada y el pelo un poco revuelto de pasarse la mano por él, sentí el mismo tirón que había sentido en la terraza dos noches antes.
No hicimos nada al respecto. Los dos volvimos a las cifras, a la libreta, al trabajo que teníamos entre manos, y esa disciplina compartida, esa capacidad de aparcar lo que sentíamos para concentrarnos en lo importante, dijo de nosotros algo que ninguno se atrevió a comentar en voz alta.
—Mañana seguimos —dijo Marcelo, cerrando la tablet ya de madrugada—. Necesitamos una prueba más antes de hablar con mi padre.
—Mañana seguimos —repetí yo, y me fui a mi cuarto con la sensación extraña —y nueva— de formar parte de un equipo.