Crucero puerta con puerta CAPÍTULO 18
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CAPÍTULO 18

Regresar a la suite después de un día maratoniano entre listas de invitados, llamadas a la oficina central de la naviera y pequeños fuegos apagados al vuelo tenía algo de ritual extraño.

Cerré la puerta tras de mí y dejé caer los zapatos de tacón con un amortiguado impacto contra la alfombra mullida.

Mi primera reacción, instintiva y casi liberadora, fue llevarme las manos a la coronilla para soltarme el recogido improvisado.

Llevaba horas aguantándome la melena con un bolígrafo azul corporativo de plástico barato, el tipo de bolígrafo que te regalan en las ferias y que se dobla si le pones demasiado empeño.

El pelo me cayó sobre los hombros como una cascada espesa y negra, liberando la presión en el cuero cabelludo.

Marcelo entró detrás de mí, quitándose la chaqueta del traje gris con un movimiento pausado, elegante pero cansado. Se aflojó el nudo de la corbata y me miró desde la pequeña entrada de la suite VIP.

—Habíamos dicho que nada de trabajo dentro de esta puerta —dijo él, aunque su tono carecía de firmeza. Había una sonrisa leve curvando la comisura de sus labios.

—Técnicamente, poner un pie aquí no borra que hayamos descubierto que el señor Gómez se había equivocado de formulario al adjuntar la acreditación del simposio —repliqué, encaminándome hacia la pequeña zona de estar con vista al ventanal que daba al Mediterráneo en penumbra—.

Un formulario cruzado lo soluciona cualquiera.

No era una conspiración de la competencia, Marcelo.

Solo un hombre de sesenta años peleándose con el correo electrónico.

—Aún así, lo resolviste en dos minutos —señaló él, acercándose a la mesita donde descansaba una jarra de agua con rodajas de limón—.

La recepcionista de la tercera planta llevaba una hora intentando explicarle el protocolo de seguridad en tres idiomas diferentes y el hombre estaba a punto de pedir que desviaran el barco.

Llegaste tú, le pediste el teléfono, le cambiaste el idioma a la aplicación y listo.

—Sentido común, nada más —me encogí de hombros, sentándome en el extremo del sofá de terciopelo—. Los científicos del polímero olivar sabrán mucho de polímeros y de cadenas moleculares, pero en cuanto les cambias el tamaño de la letra en la pantalla entran en pánico.

Marcelo se sirvió un vaso de agua y me ofreció otro.

Se sentó en el extremo opuesto del sofá, mirándome con una fijeza que empezaba a volverme loca.

No era una mirada dura ni inquisitiva; era la mirada de alguien que intenta memorizar una cara, o quizás de alguien que está reescribiendo lo que pensaba de esa persona.

—No te quites mérito, Jota —dijo suavemente—. Tienes un don para leer a la gente que no se enseña en ninguna facultad. Mi padre estuvo viéndote desde la mesa del restaurante esta tarde.

—¿Tu padre? —arqueé una ceja, sintiendo un leve cosquilleo de alarma—. Espero no haber metido la pata con los tenedores del pescado.

—Todo lo contrario —sonrió Marcelo, descansando los brazos sobre los muslos mientras sostenía el vaso—.

Dijo que era la primera vez en cinco días que veía a alguien calmar a un consejero delegado sin tener que prometerle una subida de presupuesto.

Estaba impresionado. Y créeme, mi padre no se impresiona con facilidad.

—Tu padre impresiona a cualquiera —admití, recordando la voz atronadora de Víctor Rodríguez presidiendo las cenas oficiales—. Tiene ese aire de patrón de finca antigua que te hace querer ponerte recta incluso cuando estás a tres metros de distancia.

—Tiene buen fondo, aunque a veces cueste encontrarlo entre tanto grito —reconoció él con una ligera carcajada que le iluminó los ojos oscuros—. Pero hoy no quiero hablar de mi padre. Ni del aceite de oliva. Ni de la naviera.

El silencio que siguió a sus palabras fue denso, cargado del rumor sordo del motor del buque cortando el agua en la oscuridad. La suite parecía de pronto mucho más pequeña de lo que era.

—Entonces, ¿de qué hablamos? —pregunté, rompiendo la tensión con una sonrisa pequeña que intentaba ser inocente pero no lo lograba del todo.

Marcelo dejó el vaso sobre la mesa auxiliar. Se giró hacia mí, acortando un poco la distancia que nos separaba en el sofá.

—De nosotros —dijo con la franqueza que siempre me pillaba con la guardia baja—. De lo que pasa cuando no estamos revisando listas de invitados ni fingiendo que solo compartimos este espacio por logística corporativa.

Sentí que el aire se me atascaba un segundo en la garganta.

—Marcelo, sabemos perfectamente lo que hay —empecé a decir, apoyando la espalda contra el cojín para mantener cierta perspectiva—.

Estamos en alta mar. Mañana por la mañana tendré que volver a ponerme la chaqueta azul de Ocean Events, revisar los horarios del auditorio principal y sonreír a doscientos ejecutivos.

Tú tendrás que sentarte a la derecha de Víctor y fingir que te interesa el desarrollo del mercado agroalimentario en Asia.

—Pienso en ti demasiado, Jota —me interrumpió él, sin elevar la voz, pero con una nitidez absoluta—. Todo el tiempo. Durante las ponencias, mientras dibujaba en mi libreta durante el descanso, cuando intento leer antes de dormir. Me descubro buscando tus ojos verdes en cada salón.

Me quedé mirándolo, desarmada por su respuesta. No había rastro de juego ni de coqueteo superficial en sus palabras. Era la confesión llana de un hombre que solía guardarse todo dentro.

—Yo también pienso en ti —admití en un susurro, rindiéndome a la evidencia—. Y me da pánico.

—¿Pánico por qué?

—Porque venimos de mundos totalmente opuestos, Marcelo —dije, señalándonos con un gesto vago de la mano—.

Tú te has criado entre galerías de arte, dobles titulaciones en universidades americanas y fondos de inversión.

Yo aprendí a buscarme la vida antes de tener edad para votar.

No tengo títulos, no tengo un imperio que heredar y mi mayor logro profesional esta semana ha sido reestructurar la reserva de un bufé.

—Nada de eso importa aquí dentro —murmuró él, acercándose un poco más.

—Importa fuera de este barco —insistí, aunque la distancia entre los dos era ya tan ridícula que sentía el calor de su brazo rozando el mío—.

Iniciar algo entre nosotros no es práctico.

Es un desastre potencial para ti, para tu padre y para mi trabajo.

Si la naviera considera que estoy confraternizando con el hijo del patrocinador principal, estoy en la calle antes de llegar a puerto.

—Sé que no es práctico —dijo Marcelo, clavando su mirada en la mía—. He intentado razonarlo cien veces desde que nos subimos a este crucero. He buscado todas las razones lógicas para mantener la distancia. Pero ninguna funciona cuando te tengo cerca.

La sinceridad de su voz hizo que todos mis escudos de sentido común empezaran a agrietarse uno a uno.

No hubo dudas ni vacilaciones esta vez. No hizo falta que la luz se apagara ni que una excusa tonta nos juntara las manos por casualidad.

Marcelo alzó la mano derecha y rozó con sus yemas la línea de mi mandíbula, un gesto suave y pausado que me hizo cerrar los ojos un instante. Cuando los volví a abrir, lo tenía a un suspiro de distancia. Me incliné hacia él, eliminando el último reducto de espacio que nos separaba.

El beso comenzó lento, profundo, con la certeza contenida de dos personas que saben exactamente lo que están haciendo.

No tuvo la urgencia confusa de aquella primera vez a oscuras; fue una elección deliberada.

Su boca buscó la mía con una ternura firme, probando, reconociendo el terreno y encontrando un ritmo compartido.

Sentí sus dedos colarse por entre mi pelo suelto, sujetándome la nuca con suavidad pero sin dejarme escapar.

Un calor dulce se me extendió desde el pecho hasta las extremidades.

Mis manos terminaron de forma natural en sus hombros, sintiendo la tela suave de su camisa de vestir y la tensión acumulada de sus músculos cediendo al contacto.

El sabor a menta y agua fresca de Marcelo me envolvió por completo, ahogando cualquier pensamiento crítico, cualquier lista de pros y contras que mi cerebro intentara elaborar a toda prisa.

Nos besamos como si el barco fuera el único lugar firme en mitad del océano, ignorando por unos minutos las reglas del evento, las expectativas de su padre y las consecuencias del día siguiente.

Cuando el beso se volvió más intenso, Marcelo suspiró contra mis labios, un sonido bajo que me erizó la piel por completo.

Me pegué un poco más a él, respondiendo a la presión de sus labios con la misma intensidad. No había marcha atrás. Si lo del otro día había dejado una rendija abierta a la duda, este segundo beso acababa de tirar la puerta abajo con estrépito.

Nos separamos muy poco a poco, con las respiraciones acompasadas y las frentes apoyadas la una contra la otra. Sus ojos oscuros brillaban a centímetros de los míos, cargados de una emoción contenida que amenazaba con desbordarse.

—Esto no ha sido un accidente —murmuré, intentando recuperar el aliento mientras sentía el latido acelerado de mi propio corazón.

—No —sonrió Marcelo, rozando con el pulgar mi labio inferior antes de dejar caer la mano sobre sus rodillas—. Esto ha sido la decisión más consciente que he tomado en meses.

Me eché un poco hacia atrás, reajustándome la blusa corporativa con un gesto involuntario mientras buscaba ordenar las ideas en mi cabeza.

—Pero sigue sin cambiar la realidad, Marcelo —dije, mirándolo con una felicidad que no me quitaba el vértigo de encima—. Mañana el simposio continúa. No podemos salir de aquí cogidos de la mano ni actuar como si no pasara nada.

—Lo sé —asintió él con serenidad—. No te estoy pidiendo que firmemos una promesa que ninguno pueda mantener ahora mismo. Tampoco quiero poner en peligro tu trabajo ni tu tranquilidad.

—¿Y entonces qué hacemos? —pregunté.

—Ir despacio —respondió, tomándome la mano y entrelazando sus dedos con los míos sobre el sofá—. Reconocer lo que hay sin forzar las cosas. Saber que cuando volvamos a esta suite, el resto del mundo se queda fuera.

Miré nuestras manos unidas. La calidez de su piel me transmitía una seguridad extraña, una calma que contrastaba fuertemente con el miedo a lo desconocido que me rondaba la mente.

Sabía que habíamos cruzado una frontera invisible, un punto de no retorno del que ya no se podía regresar a la simple relación profesional de criada y huésped o de empleada y cliente.

—Despacio me parece un buen plan —admití con una leve sonrisa—. Aunque me da la sensación de que despacio en este barco significa ir a mil por hora.

Marcelo soltó una carcajada suave, inclinándose para darme un beso corto y dulce en la mejilla antes de ponerse en pie.

—Descansa, Jota. Mañana nos espera un día largo de ponencias y diplomacia.

Lo vi alejarse hacia su zona del dormitorio.

Me quedé un rato más sentada en el sofá, observando las luces lejanas de algún buque de carga en el horizonte.

Una felicidad enorme se mezclaba en mi pecho con una pizca inevitable de miedo.

Habíamos cruzado la línea. No sabía exactamente adónde nos llevaría ese camino, pero por primera vez en mucho tiempo no tenía ninguna prisa por averiguarlo.