CAPÍTULO 19
De la conversación que sigue no presencié ni el principio: solo até cabos mucho después, con lo poco que alcancé a oír aquella tarde y con lo que Marcelo, ya reconciliados, terminó por contarme con pelos y señales.
Un sonido sordo, pesado, casi rítmico —el mar rugiendo al otro lado del ventanal de la cubierta superior— acompañaba la rigidez del despacho privado que Víctor Rodríguez había instalado en la suite VIP.
La madera de caoba relucía bajo una luz cálida y cenital.
Sobre la mesa, apenas dos carpetas de cuero y una copa de vino fino que el hombre ni siquiera había probado.
Víctor cerró la puerta él mismo en cuanto Marcelo cruzó el umbral, algo que nunca hacía: dejaba siempre que otros abrieran y cerraran puertas por él. Se quedó de pie junto al escritorio, sin rodearlo, con las manos cruzadas a la espalda, como si estuviera pasando revista antes de una inspección.
—Vengo de repasar los informes de la delegación de Andalucía —dijo, sin preámbulo—. Mañana firmamos el acuerdo marco sobre las patentes del polímero. Es un paso crítico para la familia.
—Lo sé. El equipo legal tiene todo listo.
—El equipo legal hace su trabajo. Lo que me preocupa es el tuyo.
—Víctor dio un par de pasos lentos alrededor del escritorio, sin llegar a rodearlo del todo.
Sus ojos oscuros clavaron la mirada en su hijo, y luego bajaron un instante hacia el cuaderno de bocetos que Marcelo había dejado sobre el sofá esa misma mañana—. Llevas tres días despistado.
—No he descuidado nada del simposio, padre.
—No hablo del simposio. Hablo de esto —Víctor señaló el cuaderno con un gesto seco, casi de asco—. Un hombre de tu posición dibujando gaviotas como un estudiante de instituto. Espero que al menos tengas la decencia de guardarlo antes de que entre algún inversor a esta suite.
Algo se tensó en la mandíbula de Marcelo, algo distinto de la resignación con la que solía encajar los golpes de su padre.
—El cuaderno no es asunto tuyo.
—Todo lo que haces es asunto mío mientras lleves mi apellido —replicó Víctor, sin alterar el tono—. Pero no he venido a hablar de acuarelas. Hablo de algo bastante más burdo.
Marcelo apretó la mandíbula. Mantuvo la barbilla alzada, sosteniendo la mirada firme.
—No sé de qué hablas.
—Sabes perfectamente de qué hablo. Este simposio nos ha costado dos millones de euros.
Hay representantes de cuatro multinacionales a bordo.
No he traído a la prensa económica para que el heredero de la firma pase las noches rondando por las cubiertas de servicio con una empleada del personal de apoyo.
La palabra «empleada» resonó con una frialdad calculada en el despacho. Marcelo no pestañeó, aunque el color de su rostro mutó sensiblemente.
—Su nombre es Josefa. Y no es un asunto que afecte a la firma.
—Todo lo que haces afecta a la firma —sentenció Víctor sin elevar el tono—. Tu apellido no es un adorno. Es un patrimonio que incluye tierras, fábricas, tres mil puestos de trabajo y una reputación intachable. El prestigio no se hereda para arrastrarlo por los pasillos de un barco.
—Nadie está arrastrando nada.
—Por favor, Marcelo —Víctor suspiró, mostrando una paciencia ensayada que resultaba aún más intimidante que sus gritos habituales—.
No soy ciego. Os he visto hablar en el cóctel de bienvenida.
Os he visto en la terraza de estribor. Es una chica espabilada, no lo niego.
Tiene presencia. Pero las dinámicas de estos viajes son viejas como el mundo.
Tú te aburres, ella ve una oportunidad o un capricho, y ambos jugáis a algo que no tiene recorrido.
—No es un juego.
—Claro que lo es. Y se acaba aquí.
Marcelo dio dos pasos hacia la mesa. Apoyó la mano libre en el respaldo de una silla de cuero, sujetándola con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos.
—No sabes nada sobre ella —dijo Marcelo, con un tono pausado que pugnaba por no temblar—. No es una chica oportunista. Tiene más dignidad e inteligencia que la mitad de los ponentes que has invitado a este crucero.
Víctor dejó ir una risita seca, casi condolida.
—Inteligencia. ¿Qué formación tiene, Marcelo? ¿Dónde ha estudiado? No tiene títulos, no tiene posición social, no tiene un contexto que encaje en nuestra vida. Está aquí para entregar acreditaciones y coordinar equipajes.
—Aprende más rápido que cualquiera de tus directivos. Habla tres idiomas sin haber pisado una universidad privada. Es capaz de leer a la gente en dos minutos y resolver un problema antes de que tú te des cuenta de que existe.
—Y aun así, mañana volverá a su piso de alquiler cuando este barco atraque —replicó Víctor, sin un resquicio de duda en la voz—. Aterriza. La vida real no funciona con arranques románticos. Tú tienes una responsabilidad con tu familia y con tu futuro.
—¿Herederos? —Marcelo negó con la cabeza, esbozando una sonrisa amarga—. ¿De eso se trata? ¿De planificar mi vida como si fuera una fusión de empresas?
—Se trata de ser un adulto responsable. Siempre te he dejado espacio para tus pinturas y tus aficiones. Jamás me interpuse en tus estudios de arte mientras cumplías con la carrera. Pero esto sobrepasa un límite.
—No estoy destruyendo nada. Por primera vez en años siento que elijo algo por mí mismo.
Víctor se acercó un paso más. Era un hombre más bajo que su hijo, pero su presencia llenaba el espacio por completo.
—Esa chica no pertenece a tu mundo, Marcelo. Y si no le pones freno tú hoy mismo, me encargaré yo de que la naviera rescinda su contrato antes de que acabe el día.
Marcelo clavó la mirada en su padre. La distancia entre ambos nunca había sido tan infranqueable.
—Si la tocas o le quitas el trabajo, me bajo del proyecto del polímero en cuanto pisemos tierra. Se acabó el heredero perfecto.
Víctor no parpadeó, aunque un destello de sorpresa cruzó sus ojos.
—No te atreverás.
—Pruébame.
A cincuenta metros de allí, en el pasillo lateral de la cubierta de recepción, yo apretaba una carpeta corporativa contra el pecho.
Llevaba la chaqueta azul marino de la naviera abotonada hasta arriba y el pelo recogido de cualquier manera con un bolígrafo de plástico azul que amenazaba con saltar a la mínima que moviese la cabeza con brusquedad.
La puerta de la suite VIP no estaba del todo cerrada.
El marco de teca dejaba una rendija de apenas un par de centímetros por la que se filtraba el rumor de la disputa.
Yo no pretendía escuchar. Había subido a entregar el desglose de horarios de las ponencias de la tarde, pero el tono de voz de Víctor Rodríguez me había congelado los pies en la alfombra pesada del pasillo.
No oí cada palabra con nitidez, pero escuché lo suficiente. Escuché «empleada». Escuché «falta de posición». Escuché cómo se tasaba mi valor en función de mis títulos académicos y de la cuenta corriente de mis padres.
Un nudo frío se me instaló en el estómago.
Ese era mi verdadero lugar. El de la chica que solucionaba los líos con las maletas, la que sonreía en la recepción y llevaba el uniforme que picaba en el cuello.
Había dejado que Marcelo entrase en mi espacio, pensando que aquello era un paréntesis al margen del mundo real. Qué estupidez.
Unos pasos pesados resonaron dentro de la estancia. Me eché hacia atrás a toda prisa, taconeando sobre la alfombra para simular que acababa de llegar.
La puerta se abrió de golpe y Marcelo salió al pasillo. Tenía el rostro desencajado, los puños cerrados a los lados del cuerpo y la respiración agitada. Al verme allí, se frenó en seco. Sus ojos tropezaron con los míos y vi cómo el pánico cruzaba su mirada al darse cuenta de mi posición.
—Jota —dijo, dando un paso hacia mí—. ¿Cuánto tiempo llevas ahí?
Traté de poner mi mejor cara de profesional impecable, la misma que ponía cuando un congresista protestaba por el café frío.
—Acabo de llegar —mentí con voz firme, sosteniendo la carpeta con más fuerza de la necesaria—. Venía a dejar los horarios de las mesas redondas para tu padre.
—Jota, por favor...
—Están aquí —insistí, dando un paso atrás para distanciarme de él—. Los dejo en la mesa de entrada de la suite. No quiero interrumpir nada.
—Has oído algo —afirmó él. No era una pregunta. Su voz sonó rota.
—He oído lo que necesitaba oír, Marcelo. Y no pasa nada. Tu padre tiene razón en una cosa: esto es un barco de trabajo y yo tengo un turno que terminar.
Me di la vuelta sobre mis talones antes de que pudiera tocarme el brazo. Caminé a paso ligero hacia la escalera de servicio, sintiendo que los ojos me escocían, no por pena, sino por rabia hacia mí misma por haberme permitido olvidar quién era en ese tablero de juego.
Me refugié en la cubierta posterior de la popa, donde el viento soplaba con fuerza constante y el estruendo de los motores ahogaba cualquier otro ruido.
Me apoyé en la barandilla de metal, respirando hondo el aire frío de alta mar.
Me quité el bolígrafo del pelo para rehacerme el moño con torpeza, necesitando ocupar las manos en algo práctico.
—Sabía que te encontraría aquí.
La voz de Marcelo sonó a mi espalda, sofocada por el viento. Se acercó despacio, sin prisa, como si temiese que yo me fuera a correr si daba un paso en falso. Se colocó a mi lado, apoyando ambos antebrazos en la barandilla de hierro.
—No deberías estar aquí —dije sin mirarlo, fijando la vista en la estela blanca que dejaba el crucero al cortar el agua—. Tu padre puede mandar a alguien a buscarte en cualquier momento. Mañana es la firma del acuerdo.
—Me da igual el acuerdo —respondió él tajante—. Y me da igual quién venga a buscarme. Lo que ha dicho mi padre...
—Lo que ha dicho tu padre es la verdad —le interrumpí, girándome para mirarlo de frente—.
Marcelo, mírame. Llevo un uniforme corporativo que ni siquiera es de mi talla.
No tengo un grado universitario. Mi trabajo consiste en asegurarme de que cien científicos coman a su hora y no pierdan sus acreditaciones.
Cuando desembarquemos, tú volverás a tus galerías y a tus empresas, y yo iré a buscar otra sustitución en la naviera.
—Eso no cambia quién eres —dijo él, dando un paso más hacia mí—. Ni cambia lo que pasa entre nosotros cuando estamos solos.
—Sí lo cambia —dije, bajando la voz, aunque sentí una punzada en el pecho—. Porque no estamos solos. Nunca lo hemos estado. Estás en este barco para asumir un legado. Yo no voy a ser la razón por la que te enfrentes a tu padre o por la que pongas en peligro tu futuro.
Marcelo me miró fijamente. Sus ojos oscuros brillaban, mitad enfado, mitad frustración contenida.
—Tú no eres el problema, Jota —dijo con voz baja y pausada—. El problema es que mi padre lleva treinta años decidiendo qué debo comer, qué debo estudiar, a quién debo escuchar y a quién debo querer. El problema es que hasta que te conocí a ti, yo pensaba que eso era lo normal.
Las palabras se quedaron flotando en el aire entre el rugido del viento y el motor. Quise tocarle el rostro, quise decirle que lo entendía, pero di un paso atrás de forma deliberada.
—Lo siento, Marcelo —murmuré, sujetando la carpeta contra mi costado—. Pero no puedo jugar a esto. Tengo demasiado que perder si me despiden de este trabajo.
Él apretó los labios, comprendiendo el mensaje implícito.
—Entendido —dijo con un gesto seco de cabeza, apenas un centímetro, dando un paso atrás—. Pero esto no se ha acabado porque mi padre lo diga.
Se giró y caminó hacia el interior del barco, dejándome sola con la estela blanca del mar y la brisa helada pegándome en el rostro. Me ajusté la chaqueta azul marino y me tragué el nudo de la garganta. Tenía un turno que terminar en la sala de conferencias.