Crucero puerta con puerta CAPÍTULO 20
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CAPÍTULO 20

Ni el salitre de la mañana, con ese olor limpio y punzante que solía espabilarme al instante, lograba esta vez quitarme el mal sabor de boca.

Caminaba por el pasillo de la cubierta tres, con un montón de carpetas corporativas apretadas contra el pecho y el piloto automático encendido.

Quedaban tres días de simposio. Tres días para seguir haciendo malabares entre listas de asistentes, peticiones absurdas de ejecutivos y miradas de soslayo.

Al doblar la esquina hacia el almacén de material, me crucé con Helga.

Venía con el paso firme de siempre, el mentón alzado y una libreta de notas de tapa dura bajo el brazo.

Al verme, frenó en seco. Sus ojos azules, habitualmente gélidos, me examinaron con una extraña mezcla de cautela y severidad.

—Josefa —dijo, usando mi nombre completo con ese acento germánico tan marcado—. Detente un momento.

—Dime, Helga. Si es por las acreditaciones de la mesa cuatro, ya están impresas.

—No es por las acreditaciones —repuso ella, bajando la voz y acercándose medio paso—. Es sobre los rumores que circulan desde la fiesta del cóctel.

Sentí una punzada incómoda en el estómago, pero mantuve la vista fija en la suya.

—Los rumores son eso, rumores. La gente habla porque no tiene otra cosa que hacer entre ponencia y ponencia.

—No te equivocas en eso —admitió Helga, manteniendo el tono neutro—.

Pero hay algo que debes saber. Ayer por la tarde, el señor Víctor Rodríguez estuvo presente cuando dos inversores alemanes comentaron abiertamente que la nueva asistente del señorito Marcelo parecía una acompañante contratada para la ocasión.

Me quedé helada. Se me apretaron los dedos contra el cartón de las carpetas.

—¿Y qué pasó? —pregunté, intentando que no me temblara la voz.

—Nada. Eso es lo preocupante. El señor Rodríguez no los corrigió. De hecho, sonrió de forma vaga, cambió de tema y dejó que la suposición quedara en el aire como si fuera una verdad incómoda que prefería ignorar.

El golpe me llegó directo al pecho. No me dolía la estupidez de los inversores. Estaba acostumbrada a que la gente asumiera lo que no sabía antes de molestarse en preguntar. Lo que realmente me escoció como una quemadura de sal fue la absoluta indiferencia de Víctor.

Había pasado días intentando facilitarle la vida al viejo, buscando sus medicamentos a tiempo, coordinando su agenda sin un solo error y aguantando sus brotes de mal genio con una sonrisa y una salida ingeniosa.

Pensaba que, bajo esa coraza de magnate exigente, había cierto respeto mutuo.

Pero no. Para él, mi reputación valía menos que la incomodidad de corregir a un par de hombres con traje.

—Entiendo —dije, tragando saliva con dificultad y obligándome a sostenerle la mirada a Helga.

—No me gusta el juego sucio, Josefa —añadió ella, cruzándose de brazos—. Eres eficiente. Trabajas bien. No mereces que usen tu nombre de escudo.

—Gracias por decírmelo, Helga. En serio.

Ella asintió rígidamente y siguió su camino por el pasillo.

Me quedé allí sola, apoyada contra la pared de acero del barco, escuchando el zumbido constante de los motores.

Me picaron los ojos, pero apreté los dientes y respiré hondo tres veces.

No iba a llorar. Menos por un viejo millonario que prefería el silencio cobarde antes que dar la cara por alguien de su equipo.

Todavía estaba allí cuando oí sus pasos. No hizo falta que dijera nada: la cara de Marcelo, en cuanto dobló la esquina, ya me dijo que también se había enterado.

—Me lo ha contado Helga —dijo, deteniéndose delante de mí, sin la elegancia estudiada de costumbre, con la corbata torcida y un mechón de pelo fuera de sitio, como si hubiera venido corriendo—. Lo de los inversores. Lo de mi padre.

—No hace falta que digas nada —contesté, encogiéndome de hombros con más entereza de la que sentía—. No es la primera vez que alguien me confunde con algo que no soy. Se me pasará.

—A mí no se me va a pasar —replicó él, y había una aspereza poco habitual en su voz que me hizo levantar la vista—. Voy a hablar con mi padre ahora mismo.

—No lo hagas —le pedí, sujetándole del brazo antes de que diera media vuelta—. No quiero que montes un numerito por mí delante de los alemanes. Ya bastante rara es la situación.

—Entonces qué quieres que haga, Jota —preguntó, y no sonó a reproche, sonó a una pregunta de verdad—. ¿Que finja que no ha pasado nada? ¿Que deje que mi padre te deje caer para no incomodar a un par de tipos con billetera gruesa?

Me quedé callada un momento, buscando la respuesta profesional, la frase de manual que solía sacarme de estos aprietos. No la encontré.

—Quiero que no te la juegues por mí —admití por fin, con la voz más pequeña de lo que me hubiera gustado—. Necesito este trabajo, Marcelo. Y tú necesitas seguir siendo el hijo que puede sentarse a esa mesa mañana y firmar lo que haya que firmar.

—Tú no eres el problema —dijo, dando un paso hacia mí—. El problema es que mi padre lleva treinta años decidiendo qué debo comer, qué debo estudiar, a quién debo escuchar y a quién debo querer. Y hasta que te conocí a ti, yo pensaba que eso era lo normal.

Las palabras se quedaron flotando en el pasillo, mezcladas con el rumor lejano del motor. Sentí que el aire se me escapaba de los pulmones.

—Marcelo...

—No tienes que disculparte por estar enfadada —añadió él, con la voz mucho más suave—. Pero no me pidas que me quede callado cuando te hacen daño. No puedo hacerlo.

Toda la armadura que me había construido desde que subí a este barco, todo ese sarcasmo defensivo y la costumbre de resolver los problemas a base de orgullo y cabeza fría, se desmoronó de golpe.

Estaba cansada. Cansada de disimular, de sonreír a desconocidos que me miraban por encima del hombro y de fingir que las zarpadas de la gente estirada no me escocían la piel.

—Es que da rabia —murmuré, mirando al suelo mientras la vista se me nublaba por fin—. Da rabia matarte a trabajar y que para ellos solo seas... aire. O algo peor.

—Lo sé —dijo Marcelo.

Dio el último paso que nos separaba y me rodeó con los brazos.

Fue un movimiento lento, sin dudarlo, envolviéndome en un abrazo cálido y firme.

Al principio me quedé rígida por la sorpresa, con los brazos pegados al cuerpo, pero el aroma a limpio, a papel seco y a pintura que desprendía me rodeó como un refugio.

Apoyé la frente contra su hombro, entre la solapa de su chaqueta y su cuello, y dejé caer todo el peso de mi cansancio sobre él.

Marcelo no dijo nada más. No hubo frases hechas, ni promesas vacías, ni ningún intento de adornar la realidad. Simplemente apretó el agarre, sujetándome con una fuerza constante que me hacía sentir profundamente a salvo.

El abrazo se alargó en el silencio del pasillo, ajeno a los discursos sobre biotecnología, a los cócteles de negocios y a la inmensidad del océano que nos rodeaba por todas partes.

Podía intentar ocultarme del resto del barco, podía seguir jugando a la empleada eficiente e inalcanzable ante los científicos y los ejecutivos.

Con Marcelo, sin embargo, ya no sabía cuánto más iba a poder seguir fingiendo que aquello era manejable. Y en tres días llegábamos a puerto.