Crucero puerta con puerta CAPÍTULO 21
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CAPÍTULO 21

Media hora antes de que empezara el desayuno oficial, Helga me encontró revisando las tarjetas de mesa del Gran Salón Babor y me hizo un gesto para que me acercara.

—Un aviso, antes de que te pille por sorpresa —dijo, bajando la voz—. Hoy desayuna con nosotros la heredera Montalbán. Víctor lleva días insistiendo a Marcelo para que le preste atención; algo de una expansión en Estados Unidos. Me lo contó él mismo anoche, casi disculpándose.

No supe qué contestar. Helga no tenía mala intención —nunca la tenía—, pero la frase se me instaló en algún sitio incómodo del pecho y no hubo manera de sacudírmela en toda la mañana.

«Le preste atención.» «Casi disculpándose.

» Como si a estas alturas Marcelo todavía necesitara buscarme una explicación para complacer a su padre.

Había lirios frescos, café recién molido y esa clase de ambición que se perfuma con marcas caras flotando por todo el Gran Salón Babor.

Eran las diez de la mañana del décimo día de navegación.

Los paneles de roble macizo y los ventanales panorámicos, que devolvían un mar azul y plano como un espejo, enmarcaban la mesa redonda del rincón.

Allí estaba Víctor Rodríguez. Erguido, con la corbata de seda ajustada al milímetro y la compostura de quien posee media industria olivarera del país. A su lado se sentaba Marcelo. Llevaba una camisa azul claro, impecable, aunque se tocaba el cuello cada dos minutos como si le faltara el aire.

Y junto a ellos estaba Beatriz.

Beatriz Montalbán. Veintiocho años, melena castaña peinada con ondas suaves, traje de chaqueta en tono crema y una sonrisa de esas que no se despeinan jamás.

Era la heredera de una de las mayores distribuidoras agrícolas del sur de Europa.

Además, tenía un máster en finanzas por la Universidad de Columbia y hablaba de la volatilidad del mercado del aceite con una elegancia apabullante.

—Marcelo estaba comentándome precisamente eso ayer, Beatriz —decía Víctor, inclinándose hacia delante mientras cortaba un trozo de tostada—. La expansión en la costa este de Estados Unidos necesita una visión más fresca. Alguien que entienda los dos lados del atlántico.

—Totalmente de acuerdo, Víctor —respondió ella, dirigiendo a Marcelo una mirada cálida, brillante y franca—. El mercado americano es implacable si no entras con el socio adecuado. Pero tú estudiaste allí, ¿verdad, Marcelo? En Boston.

—Sí —asintió Marcelo. Sonrió con educación, manteniendo el tono amable pero distante—. Pasé cinco años entre la carrera y el posgrado. Es una buena ciudad para aprender a trabajar bajo presión.

—Un lugar fantástico —añadió ella, dando un sorbo a su zumo de naranja—. Mis padres tienen una casa cerca de Cape Cod. Quizá coincidimos en alguna gala de la fundación.

—Es muy probable.

Yo observaba la escena desde la estación de servicio del pasillo central, a unos seis metros de distancia.

Sostenía la bandeja metálica contra mi pecho como si fuera un escudo.

Llevaba el uniforme azul marino de la naviera, la chaqueta azul marino de hombreras rígidas que me hacía parecer un paje de boda veneciano.

Tenía el pelo recogido de cualquier manera, sujetado a toda prisa con un bolígrafo de plástico transparente que amenazaba con desmontarse con cada movimiento de cabeza.

Beatriz era maravillosa. No había en ella ni un ápice de arrogancia.

Escuchaba a Marcelo con atención real, se reía con una risa suave y modulada, y dominaba el protocolo de cubiertos con una naturalidad pasmosa.

Era refinada, inteligente y educada. Era la pieza que encajaba en el puzle de los Rodríguez sin necesidad de limar ni una sola esquina.

Víctor miraba a su hijo y luego a Beatriz con una satisfacción contenida, la misma cara que pone un ajedrecista cuando ve una jugada maestra a cuatro turnos vista.

Marcelo respondía a todas las preguntas.

Hablaba de logística, de proyecciones a cinco años y de retornos de inversión. Lo hacía bien, con soltura y elegancia.

Pero sus ojos estaban apagados. No había ni rastro del hombre que pintaba lienzos con las manos manchadas de óleo a las tres de la madrugada en la cubierta inferior.

—Deberíais revisar juntos el borrador de los acuerdos de distribución esta tarde —propuso Víctor, dando un golpe seco a la mesa con los nudillos—. Marcelo tiene el documento en su camarote.

—Me encantaría —dijo Beatriz, mirando a Marcelo—. Si tienes tiempo, claro.

—Por supuesto —contestó él, dibujando una sonrisa perfecta y vacía—. Sacaré un hueco después del almuerzo.

Me di la vuelta despacio y caminé hacia la cocina. Me dolía la garganta. No porque alguien me hubiera tratado mal, sino por todo lo contrario. Por darme cuenta de que el mundo real no necesita malvados para aplastarte; le basta con poner la pieza correcta en el sitio adecuado.

El pasillo del puente de servicio olió siempre a suavizante industrial y a metal frío. A las doce y media, el crucero avanzaba a velocidad constante, meciéndose de manera casi imperceptible. Yo me dediqué a organizar los cuadrantes de las azafatas para la cena de gala de la noche.

Escribía con vehemencia en la tabla con pinza.

Alineaba los nombres, marcaba los turnos con rotulador rojo y revisaba las alergias alimentarias de la mesa presidencial.

Necesitaba mantener las manos ocupadas. Necesitaba que mi cabeza pensara en horarios, en servilletas de hilo y en copas de cristal de bohemia.

—Vas a atravesar el papel si sigues apretando así el bolígrafo, Josefa.

La voz de Helga resonó a mi espalda. La gobernanta general avanzaba por el pasillo con su paso firme, los brazos cruzados tras la espalda y el pelo blanco recogido en un moño tirante que no permitía que se escapara ni un solo hilo.

—Estoy comprobando las reservas del Salón Babor —dije sin levantar la vista del papel—. Había una discrepancia entre la lista de la mesa cuatro y la mesa seis.

—Ya me he ocupado de la mesa seis hace media hora —dijo ella, deteniéndose a mi lado—. Y tú no estás pensando en el protocolo de la cena.

Me detuve. Mantuve la vista fija en la hoja.

—Tengo mucho trabajo, Helga.

—Te he visto en el salón principal antes —comentó con su habitual tono seco, aunque sus ojos azules me observaron con una pizca de suavidad—. La señorita Montalbán es una excelente clienta. Su familia lleva años reservando suites en nuestra línea.

—Es muy maja —musité, tratando de sonar neutral—. Y culta. Y muy guapa.

—Lo es —asintió Helga—. Encaja en esa mesa. Tiene el tono de voz adecuado, los apellidos adecuados y la cuenta bancaria adecuada.

Tragué saliva. La sinceridad de Helga dolía, pero era mil veces preferible a una compasión fingida.

—Yo no pinto nada ahí, Helga —solté por fin, dejando caer los brazos a los lados—.

Mírame. Llevo la chaqueta que le pertenecía a una chica dos tallas más grande, recojo mi pelo con un bolígrafo de plástico de propaganda y si me preguntan por la bolsa de Nueva York lo único que sé decir es que allí hay rascacielos.

—Nadie te ha pedido que des una conferencia sobre finanzas, niña.

—No se trata de eso —protesté, girándome hacia ella—.

Marcelo tiene un camino marcado. Su padre ha construido un imperio y necesita a alguien a su lado que sepa cómo manejarlo.

Beatriz le ofrece estabilidad, alianzas y paz.

Yo solo le ofrezco complicarme la vida. Si me meto ahí, solo voy a entorpecerlo.

Lo mejor es que me mantenga al margen y haga mi trabajo.

Helga dio un paso adelante. Estiró la mano y, con un gesto adusto pero extrañamente maternal, me recolocó el cuello descolocado de la chaqueta.

—Cometes un error muy grave, Josefa —dijo sin dejar lugar a la duda.

—¿El qué? ¿Ser realista?

—No. Decidir por los demás —sentenció, mirándome fijamente—. Te estás retirando antes de que empiece la partida porque has decidido tú sola lo que Marcelo necesita. Le estás quitando el derecho a equivocarse, a elegir o a pelear. Le estás tratando como a un niño mimado que no sabe lo que quiere.

Me quedé helada. Esas palabras se me clavaron justo en el pecho.

—Él sabe muy bien lo que su padre espera de él —murmuré.

—Una cosa es lo que esperan de ti y otra muy distinta lo que tú eliges ser —respondió Helga, dándose la vuelta para seguir su camino por el pasillo—. No seas cobarde, Jota. Si vas a hacerte a un lado, hazlo porque él te lo pida, no porque te dé miedo no estar a la altura.

Se alejó a paso firme, dejándome sola con la tabla de madera entre las manos y las palabras dándome vueltas en la cabeza. No seas cobarde. Todavía no sabía si iba a hacerle caso, pero antes de que terminara mi turno iba a tener que decidirlo.