Crucero puerta con puerta CAPÍTULO 22
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CAPÍTULO 22

A las cinco de la tarde, la cubierta de popa estaba vacía. El viento soplaba con ganas, trayendo consigo el olor a sal y a humedad. El sol empezaba a bajar lentamente en el horizonte, tiñendo las nubes de un naranja apagado.

Estaba apoyada contra la barandilla de madera, contemplando la estela blanca que dejaba el trasatlántico al cortar el agua. Me había quitado la chaqueta del uniforme y la llevaba doblada sobre el brazo. El pelo se me desmelenaba con las ráfagas de aire.

Escuché sus pasos antes de verlo.

Marcelo caminaba a paso ligero. Llevaba las mangas de la camisa remangadas hasta los codos y el cuello abierto, sin corbata. Se detuvo a dos metros de mí, respirando con cierta agitación, como si me hubiera estado buscando por medio barco.

—Llevo una hora preguntando por ti a las azafatas del pasillo de babor —dijo.

—Estaba revisando los montajes de la gala —contesté sin mirarle, manteniendo los ojos fijos en la espuma del mar—. Hay casi trescientas personas confirmadas.

—Jota, mírame.

No lo hice. Apreté la chaqueta contra mi costado.

—Deberías estar con tu padre y con Beatriz —dije en un tono neutro—. Estabais hablando de cosas importantes. Negocios, distribución, el mercado americano... Parecía una conversación decisiva.

Marcelo dio dos pasos cortos y se colocó a mi lado, apoyando las manos en la barandilla. Sentí su calor corporal romper la brisa fría del mar.

—Beatriz es una mujer estupenda —empezó él.

—Lo sé —interrumpí—. Es elegante, educada y sabe de lo que habla. Tu padre estaba encantado.

—Mi padre estaba haciendo lo que lleva haciendo toda mi vida —dijo Marcelo, girando la cabeza para mirarme de perfil—. Construir una jaula dorada y ponerle un cartel con mi nombre.

—Ella encaja contigo, Marcelo. Sabe cómo funciona tu mundo.

—Ese no es mi mundo, Jota —dijo con voz firme, acentuando cada palabra—. Es el mundo de Víctor Rodríguez. Llevo treinta años viviendo la vida que él diseñó para mí. Estudié la carrera que él quiso, en la universidad que él eligió, y volví para trabajar en la empresa que él levanto.

—Es un buen futuro —musité—. Millones de personas darían lo que fuera por tener una oportunidad así.

—Pero no es mi futuro —replicó él. Se giró por completo hacia mí—.

Esta tarde, mientras Beatriz me explicaba la estrategia de ventas en Nueva York, solo podía pensar en una cosa.

En que si firmaba ese acuerdo, si aceptaba esa vida cómoda que mi padre tiene pensada, estaría vendiendo la poca libertad que me queda.

No pienso casarme con alguien porque a mi padre le convenga en un balance de cuentas. No voy a hacerlo.

Le miré por primera vez. Sus ojos oscuros estaban llenos de una determinación que no le había visto nunca.

—¿Y qué es lo que quieres tú, Marcelo? —le pregunté, sintiendo que la voz me temblaba ligeramente—. Si no quieres la empresa, ni la vida corporativa, ni a alguien como Beatriz... ¿qué quieres?

Marcelo guardó silencio unos segundos. El viento le revolvió el pelo oscuro.

—No lo sé todo todavía —admitió con absoluta sinceridad—. No sé cómo voy a decírselo a mi padre sin que el mundo se caiga a pedazos. No sé si seré capaz de vivir de mi pintura o si tendré que buscarme un trabajo cualquiera en una ciudad lejos de aquí. Todavía no sé cómo voy a reorganizar mi vida.

Hizo una pausa corta, dio un paso más hacia mí y me miró con una intensidad que me cortó la respiración.

—No sé nada de todo eso, Jota. Pero sí sé una cosa con total certeza.

—¿El qué?

—Sé con quién quiero estar mientras lo averiguo. Llevo media vida mirando composiciones sin encontrar nunca el centro. Contigo lo tengo clarísimo. Quiero estar contigo.

El corazón me dio un vuelco salvaje contra las costillas. El murmullo del viento y el rugido de los motores parecieron desvanecerse por completo, dejando solo el espacio mínimo que nos separaba.

—Marcelo... —empecé a decir, pero me faltaron las palabras.

—No me pidas que sea sensato —me interrumpió suavemente, esbozando una pequeña sonrisa torcida, esa sonrisa que solo sacaba a la luz cuando estábamos a solas—. He sido sensato toda mi vida y no me ha servido de nada.

—Esto es complicado —logré articular, aunque la firmeza de mi escudo se desmoronaba por momentos—. Yo soy una azafata temporal. En tres días este crucero termina, tú volverás a tus asuntos y yo tendré que buscarme la vida en otra parte. No pertenecemos al mismo sitio.

—Me da igual el sitio —respondió él sin dudarlo—. Me importa la persona.

Estiró la mano y me tocó la cara con los dedos. Su piel estaba tibia contra la mía, helada por la brisa marina. Con un gesto delicado, me retiró un mechón de pelo negro que el viento me había pegado a la mejilla.

—Llevo diez días viéndote trabajar —continuó, hablando despacio, con un tono bajo y sereno que me calmaba el alma—.

Te he visto resolver los problemas de medio barco sin perder la sonrisa, tratar a todo el mundo con un respeto enorme y mantener la dignidad en situaciones ridículas.

Eres la persona más libre, más lista y más auténtica que he conocido jamás.

Me das luz, Jota. Al lado tuyo siento que puedo ser yo mismo sin pedir perdón.

Tragué saliva, sintiendo que los ojos se me llenaban de humedad.

—No soy perfecta, Marcelo. Tengo mucho temperamento y no sé callarme las cosas.

—Por eso mismo —sonrió él.

Se inclinó despacio hacia mí. No fue un movimiento brusco ni desesperado, sino una petición en firme, un gesto cargado de respeto y de verdad. Cortó la distancia entre nuestros rostros y me besó.

Fue un beso breve, suave y cálido. Un contacto firme que sellaba una promesa sin necesidad de discursos grandilocuentes.

Sentí el sabor salado del aire marítimo en sus labios y el temblor ligero de su respiración.

Durante esos tres o cuatro segundos, el peso del barco, de la familia Rodríguez y del simposio entero desapareció.

Cuando se separó apenas unos centímetros, mantuvo su frente pegada a la mía.

—No va a ser fácil —murmuró él, mirándome a los ojos a escasa distancia—. Mi padre no lo va a entender a la primera y habrá tormenta. Pero no me importa. Esta vez la decisión es mía.

Una parte de mí seguía dándole vueltas a la frase de Helga —«le preste atención», «casi disculpándose»— aunque no era el momento de decírselo. Asentí, más por costumbre que por haber terminado de procesar lo que me estaba pidiendo.

—Está bien —dije, esbozando una sonrisa contenida, sintiendo un escalofrío a medio camino entre el miedo y el alivio—. Pero si hay tormenta, más vale que lleves impermeable.

Marcelo soltó una carcajada limpia, la primera carcajada real que le escuchaba en todo el viaje. Me tomó la mano con fuerza y la apretó entre las suyas.

La risa se le fue apagando poco a poco, pero no me soltó la mano. Tiró de mí, despacio, hasta que volví a quedar pegada a su pecho, y esta vez el beso no tuvo nada de breve.

Retrocedí un paso, arrastrándolo conmigo, hasta que la espalda me chocó contra la pared curva de uno de los botes salvavidas, fuera del alcance de las luces de cubierta.

Era una idea pésima —a quince metros de la fiesta, con media junta directiva paseando por ahí cerca— y aun así no se me ocurrió apartarme ni por un segundo.

—Aquí no —murmuré contra su boca, sin ninguna intención real de moverme.

—Aquí no —repitió él, de acuerdo, mientras sus manos decían exactamente lo contrario.

No sé cuánto tiempo pasó. El suficiente para que se me olvidara el frío, el simposio, el apellido Rodríguez y cualquier otra cosa que no fuera su boca bajándome por el cuello y sus dedos encontrando el hueco entre la tela de mi blusa y la piel.

Solté un sonido que no había planeado soltar, y él sonrió contra mi garganta, con esa media sonrisa suya que ya no intentaba disimular nada.

—Marcelo —susurré, con la voz hecha un desastre—, como alguien nos vea aquí...

—Que nos vean —contestó, aunque bajó igualmente la voz.

Fanfarrón hasta el final, pensé, justo antes de que unas voces y el repiqueteo de tacones sobre la cubierta de madera nos devolvieran de golpe al mundo real.

Nos separamos tan rápido que me golpeé la cabeza contra el bote salvavidas, y Marcelo tuvo que morderse un quejido de risa mientras yo intentaba, con más pánico que elegancia, recolocarme la blusa y fingir que llevaba diez minutos allí contemplando el mar.

Dos camareros pasaron de largo sin mirarnos siquiera, cargados de bandejas vacías, ajenos por completo al desastre que acababan de evitar por trece segundos. Cuando se perdieron de vista, Marcelo soltó una carcajada que intentó ahogar contra mi hombro, sin conseguirlo del todo.

—Esto —dijo, todavía riéndose— es exactamente el tipo de cosa que mi padre no puede enterarse jamás de que ha pasado.

—Tu padre no se entera ni de que existo la mitad de las veces —contesté, todavía con el corazón a mil por hora y una sonrisa que no me cabía en la cara—. Estamos a salvo.

—Por ahora —dijo él, cogiéndome de nuevo la mano, esta vez para caminar, no para quedarnos quietos.

Aún quedaban días de navegación, discursos que escuchar y batallas que librar con Víctor Rodríguez, pero en esa cubierta solitaria, mientras el sol terminaba de esconderse bajo el mar, supe que aquello era mucho más que una tormenta de verano.

El resto —las dudas pequeñas, las frases mal digeridas de gente bienintencionada— tendría que esperar a la mañana siguiente.