Crucero puerta con puerta CAPÍTULO 23
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CAPÍTULO 23

No dormí bien esa noche. Cada vez que cerraba los ojos volvía la frase de Helga, machacona: «le preste atención», «casi disculpándose».

Me la había tragado entera durante todo el desayuno con Beatriz, sonriendo mientras servía el café, y ahora que por fin estaba sola no conseguía tragármela del todo.

Encontré a Marcelo a primera hora, antes de que empezara su ronda de reuniones, revisando unos papeles en la mesa del salón de la suite.

—¿Sigues teniendo que «prestarle atención» a Beatriz? —solté, sin ningún preámbulo, apoyándome en el marco de la puerta.

Marcelo levantó la vista, genuinamente descolocado.

—¿De dónde ha salido eso?

—Helga me lo contó ayer. Que tu padre lleva días insistiendo, que tú se lo contaste anoche casi disculpándote.

Vi cómo algo se le tensaba en la cara, no hacia mí, sino hacia otra parte.

—Se lo conté a Helga porque necesitaba desahogarme con alguien, no porque estuviera pidiendo permiso para nada —dijo, y el bolígrafo se le escapó de la mano y golpeó la mesa más fuerte de lo que pretendía—.

Y sí, mi padre sigue insistiendo. Por eso hablé con él anoche, después de dejarte en tu puerta.

—¿Hablaste con él?

—Le dije que se olvidara de Beatriz, de la expansión, de la alianza, de todo. Que si quería seguir contando conmigo para el negocio, iba a ser en mis términos, y que mis términos ya no incluían casarme con quien él decidiera para arreglar un balance de cuentas.

Me quedé callada un momento, sintiéndome ridícula y aliviada a partes iguales.

—No hacía falta que fueras a defenderme —dije, aunque no era del todo cierto.

—No te estaba defendiendo a ti —contestó, acercándose—. Me estaba defendiendo a mí. Tú solo resultas ser la razón por la que por fin he encontrado el valor de hacerlo.

Sentí que la desconfianza de la noche anterior se deshacía, un poco avergonzada de mí misma.

• • •

Hay cosas que no se aprenden en los libros, sino en la calle. Por ejemplo, la certeza casi física de que alguien te está mirando la espalda.

Llevaba diez minutos en el pasillo de administración ordenando las acreditaciones para la sesión de la tarde.

El mar estaba algo picado, así que el suelo del crucero crujía con una cadencia pausada, casi hipnótica.

Sin embargo, no fue el barco lo que me hizo detenerme con una carpeta de cartón a medio abrir.

La carpeta azul con los resúmenes del volumen de extracción del polímero no estaba donde la había dejado hacía media hora.

Cambié los folios de sitio. Estaba en el segundo cajón, pero colocada del revés. Alguien la había ojeado con prisas.

Sentí una punzada helada en el estómago.

Llevo toda la vida detectando cuándo alguien ha metido las narices donde no le llaman; es una habilidad que no enseñan en ningún sitio, pero que a mí me ha salvado el pellejo más de una vez.

Alguien sabía que yo había visto los números.

Y lo peor de todo: ese alguien quería que yo supiera que lo sabía.

Encontré a Marcelo cerca del acceso a la cubierta de botes, resguardado del viento tras una de las estructuras de ventilación. Tenía las manos metidas en los bolsillos del pantalón y la cara desencajada por la tensión antes incluso de que le contara nada.

—¿Qué pasa? —preguntó en cuanto me vio llegar.

—Alguien ha tocado mi carpeta —dije, apoyando la espalda contra la pared de teca—. No sé quién, pero sabe que la vi.

Marcelo se acercó, cerrando la distancia entre los dos. Tenía los ojos oscuros cargados de una preocupación que me apretó el pecho.

—Jota, esto ya no es un rumor de científicos aburridos. Si nos hemos equivocado, montamos un escándalo sobre nada. Pero si tenemos razón, hay mucho dinero en juego con la patente. Y esa gente no juega limpio.

—No soy una víctima fácil. Sé cuidarme sola.

—No dudo de tu fuerza —dijo él—. Lo que me da pavor es su falta de escrúpulos. Necesitamos una prueba antes de decírselo a mi padre. Algo que no se pueda discutir.

La oportunidad llegó antes de la cena oficial.

La sala de archivos temporales de la delegación científica estaba vacía mientras todos asistían al cóctel previo, y alguien había dejado la carpeta roja con los ensayos de pureza sobre la mesa, sin cerrar con llave.

Nos bastaron cinco minutos: la columna de viscosidad del documento original marcaba una resistencia del ochenta por ciento por tonelada de cáscara; en la copia firmada por el laboratorio antes del manipulado, no llegaba al cuarenta. La mitad.

—Han duplicado las cifras en la propuesta de inversión para inflar la valoración de la patente —dijo Marcelo, apretando la mandíbula, mientras fotografiaba con el móvil las páginas firmadas por el director del laboratorio—.

Mi padre va a inyectar diez millones de euros en una tecnología que no es viable a gran escala.

Salimos de allí con el corazón en el puño, conscientes de que acabábamos de cruzar una línea sin retorno.

La noche cayó sobre el mar con una oscuridad densa y sin estrellas.

La tensión acumulada durante todo el día me pesaba en los hombros como si llevara una armadura de plomo.

Salí de mi turno a las once, pero la idea de volver a mi pequeño camarote de tripulación me producía una claustrofobia insoportable.

Marcelo me esperaba en el pasillo de la zona VIP. Sin decir una palabra, abrió la puerta de su suite y me hizo una seña para que entrara.

El espacio era amplio y silencioso, iluminado solo por la luz tenue de los paneles del techo y el reflejo del océano a través del gran ventanal. El contraste entre el lujo de la estancia y el peligro sordo que nos acechaba fuera pesaba más de lo que quería admitir.

—¿Estás bien? —preguntó él, cerrando la puerta con seguro.

—Tengo las piernas como si fueran de flan —admití, dejándome caer en el extremo del sofá de piel—. Creo que hasta ahora no me había dado cuenta de lo seria que es esta situación. Si esa gente se entera de lo que tenemos en el teléfono...

Marcelo se acercó y se sentó a mi lado. Se quitó la chaqueta y se remangó la camisa blanca, mostrando los antebrazos. Había algo profundamente reconfortante en su presencia, una solidez que disipaba el miedo a empujones.

—No van a hacerte nada, Jota. Te lo prometo —dijo, con una sinceridad que no dejaba resquicio para la duda—. Mañana a primera hora le enseñaré las fotos a mi padre en privado. Se acabaron los juegos.

—¿Y si no te cree? Víctor confía ciegamente en este proyecto.

—Me creerá. Porque tú y yo sabemos la verdad, y los números no mienten.

Se inclinó hacia mí y me tomó las manos.

Tenía los dedos fríos, pero su contacto me envió una descarga eléctrica que me recorrió la espalda.

Le miré a los ojos, verde contra oscuros, y vi reflejada en ellos la misma necesidad urgente que me quemaba a mí por dentro.

La amenaza exterior, en lugar de distanciarnos, había destruido cualquier barrera que nos quedara.

—Tengo miedo, Marcelo —confesé en un susurro casi inaudible—. Pero no por mí. Por lo que pueda pasar con todo esto... con nosotros.

—A mí solo me importa lo que pase contigo —contestó.

Sin esperar más, me rodeó la cintura con los brazos y me atrajo hacia él. Me pegué a su pecho, buscando su calor, su aliento, la certeza de que estábamos juntos en esto. Su boca buscó la mía con una ternura que no lograba disimular la desesperación de fondo.

El beso empezó suave, un roce de labios dubitativo que rápidamente se volvió más intenso, más profundo.

Le pasé las manos por la nuca, enredando mis dedos en su pelo suave, sintiendo cómo se le aceleraba el pulso al ritmo del mío.

Nos abrazamos con fuerza, como si el mundo fuera a hundirse al otro lado de la puerta y la única plataforma segura fuera el cuerpo del otro.

Marcelo me acarició la mejilla con el pulgar, deteniendo el beso a escasos milímetros de mi boca.

Nos quedamos así, respirando el mismo aire, mirándonos en la penumbra.

Los dos sabíamos que queríamos ir más lejos, que la atracción entre nosotros había dejado de ser un chispazo para convertirse en un incendio.

Pero también sabíamos que no era el momento.

El peligro seguía ahí fuera, rondando el barco, y la tormenta estallaría al día siguiente.

—Quédate conmigo esta noche —pidió en voz baja, apoyando su frente contra la mía—. Solo a dormir. Necesito saber que estás a salvo.

—Me quedo —respondí sin dudarlo.

Nos acomodamos en la cama grande, vestidos, abrazados debajo del nórdico.

No dejaba de repasar el plan para la mañana siguiente —enseñarle las fotos a Víctor antes de que Kessler subiera al estrado—, y en algún momento, sin terminar de resolverlo del todo, el sueño me venció contra el pecho de Marcelo.