CAPÍTULO 24
El aire de la noche en alta mar olía a sal, a metal frío y a esa calma engañosa que sucede a las tormentas.
Apenas una hora antes, el pulso me retumbaba en las sienes como el motor del barco; ahora, sentada en la tumbona de la terraza privada, la brisa nocturna intentaba en vano enfriarme las mejillas.
Marcelo salió del interior de la suite sosteniendo dos vasos de agua.
Llevaba una camiseta gris desgastada y el pantalón del chándal, descalzo, con los mechones oscuros cayéndole sobre la frente sin ningún tipo de orden.
Me ofreció uno de los vasos y se sentó a mi lado, en el filo de la madera teñida de teca. Las luces tenues del suelo proyectaban sombras suavemente azuladas sobre su rostro.
—Bébete esto —dijo con la voz rasgada por el cansancio—. Tienes las manos heladas, Jota.
Le cogí el vaso, sintiendo el roce de sus dedos. Tenía razón. Estaba temblando, pero no de frío, sino por el poso de adrenalina que se negaba a abandonar mis músculos.
—Sigo esperando a que venga tu padre a gritarme que he roto el protocolo —murmuré, intentando una sonrisa que se quedó a medio camino—. O que mi jefe me firme el finiquito en una servilleta.
Marcelo soltó una carcajada corta, limpia, de esas que me erizaban la piel porque eran rarísimas en él.
—Mi padre está en su camarote intentando asimilar que la mitad de los inversores no han huido despavoridos. De hecho, está convencido de que tu metedura de pata organizativa salvó la presentación.
—No fue una metedura de pata —protesté entornando los ojos—. Fue una reestructuración improvisada de la agenda por causas de fuerza mayor. Una genialidad logística.
—Una locura, eso es lo que fue —corrigió él, mirándome fijamente—. Pero funcionó. Tú siempre haces que las cosas funcionen, no sé muy bien cómo.
Apoyé la espalda contra el respaldo y contemplé el horizonte. La negrura del océano parecía infinita, interrumpiéndose solo por la espuma blanca que abría el casco a nuestro paso.
—Instinto de supervivencia, supongo —dije en voz baja—. Cuando aprendes de pequeña que la gente que se supone que se queda, a veces no se queda, te acostumbras a leer las situaciones antes de que te aplasten. A veces sale bien, a veces te cae una bronca corporativa.
Marcelo guardó silencio unos segundos. El rumor constante del agua llenaba el espacio entre los dos.
—¿Quién no se quedó? —preguntó él con suavidad, sin apartar los ojos de mí.
Dudé un segundo de más.
—Es una larga historia para una noche de barco tranquila. Otro día, quizá.
—No se trata solo de sobrevivir, Jota —dijo, bajando el tono—.
Tienes una fuerza extraña. Haces que todo el mundo a tu alrededor parezca más real, menos artificial.
Llevo años rodeado de gente que mide cada palabra por miedo a perder una posición, un contacto o una herencia.
Contigo... es distinto. Nunca me he sentido tan libre con alguien como me siento cuando estoy a tu lado.
Aquella declaración me atrapó con la guardia baja. Giré la cabeza para mirarle. Su mirada era honesta, desnuda de la rigidez habitual con la que solía protegerse ante el mundo.
—Marcelo... —empecé, pero la voz me tembló.
—Es la verdad —insistió el joven, buscando mi mano para entrelazar sus dedos con los míos—. En este barco, rodeado de cuadros de mierda, ponencias sobre polímeros y ejecutivos estresados, la única constante que me mantiene cuerdo eres tú.
• • •
El tacto de su piel caliente me recorrió el brazo como una corriente eléctrica.
Deslicé los dedos entre los suyos, disfrutando de la firmeza de su agarre, pero el peso de la realidad no tardó en colarse en mi pecho.
Quedaban pocos días para que el crucero llegase a su puerto final. El hechizo tenía fecha de caducidad.
—Tengo miedo, Marcelo —confesé, dejando caer la cabeza hacia atrás para mirar el cielo despejado, cuajado de estrellas distantes.
—¿Miedo a qué? ¿A mi padre?
—No —sonreí levemente, sacudiendo la cabeza—. A tu padre puedo manejarlo con un par de frases bien colocadas y un café solo sin azúcar. Tengo miedo a lo que pase cuando desembarquemos.
Él no respondió inmediatamente. Apretó la mano con un poco más de fuerza, escuchando.
—Aquí todo es desmesurado —continué, midiendo mis palabras para no sonar cobarde—.
La suite VIP, el Océano Atlántico, las galas, la presión.
Vivimos en una burbuja de alta mar donde las reglas normales no se aplican.
Pero este barco va a atracar. Tú volverás a tu imperio, a tus reuniones de la directiva, a tus lienzos en el estudio de Boston o Madrid.
Y yo... yo volveré a mi uniforme azul corporativo, a buscar el siguiente contrato temporal, a mi vida normal y corriente.
—Esta no es una vida corriente —intervino él, tajante—. Y tú no eres una mujer corriente.
—Sabes a qué me refiero —insistí, incorporándome un poco para mirarle fijamente a sus ojos oscuros—.
No quiero que esto sea un paréntesis romántico en tu biografía.
No quiero ser la anécdota divertida del simposio de biotecnología, la chica de recepción que te hizo sonreír durante doce días en alta mar.
Marcelo se giró hacia mí, apoyando una rodilla en la teca. Su expresión se volvió seria, casi adusta, llena de una determinación que pocas veces le había visto.
—Escúchame bien, Jota —dijo, sujetándome la barbilla con suave firmeza—. No me importa lo que vaya a pasar con el simposio, ni lo que diga mi padre, ni el imperio del aceite. Si crees que te he estado buscando estas noches solo para pasar el rato, no me conoces en absoluto.
—Marcelo...
—No quiero que el barco sea simplemente un paréntesis —afirmó con voz baja pero firme, recortada contra la brisa marina—.
Lo que ha pasado entre nosotros no se queda en la cubierta cuando pisemos tierra firme.
No voy a dejar que te vayas a ninguna parte sin mí.
Esto es real, me da igual el uniforme que lleves puesto o dónde hayas estudiado. Me importas tú.
Un nudo dulce y apretado se deshizo en mi garganta. Ver la convicción en sus rasgos borró de golpe la mitad de mis dudas. Quería creerle, y en ese momento, bajo el firmamento infinito del Atlántico, su verdad era la única guía que necesitaba.
• • •
El jacuzzi, encajado en la esquina de la terraza protegida del viento, echaba una nube fina de vapor hacia la noche, con ese gorgoteo de burbujas tan ridículo como relajante.
Decidí que los pensamientos sobre el futuro podían esperar a que se me arrugaran los dedos.
Me hice un moño rápido y volví a clavarme el bolígrafo de plástico azul, porque una tiene sus prioridades hasta para lo importante.
Me descalcé y me acerqué al borde del agua. Marcelo me observaba desde dentro, con los brazos apoyados en el borde de fibra de vidrio y el pelo mojado pegado a la frente. Parecía sacado de un anuncio de colonia cara, y él lo sabía perfectamente.
—¿Te vas a quedar ahí fuera pasando frío? —preguntó con una sonrisa pausada.
No contesté. Me quité la ropa quedándome en la bata corta de satén que la tripulación dejaba siempre en el baño —una prenda que, hasta ese momento, jamás me había parecido gran cosa— y me deslicé en el agua caliente.
El alivio fue instantáneo. Los hombros, agarrotados de horas de protocolo, se me deshicieron como azúcar.
Nadé despacio hacia su lado. El agua nos cubría hasta el pecho. Marcelo no se movió ni un centímetro, pero sus ojos me siguieron todo el trayecto con una atención que no tenía nada de casual.
—Has dejado el bolígrafo en el pelo —murmuró, rozando con la yema del dedo la esquina de mi sien.
—Es mi sello personal —susurré, con la boca ya a un suspiro de la suya—. La elegancia de Ocean Events en estado puro.
—Eres la mujer más bonita de este barco —dijo, eliminando cualquier rastro de broma en su tono.
Se acercó del todo. Sentí su calor antes que sus manos: primero en el aire entre los dos, luego de verdad, cuando deslizó los dedos por mi espalda, despacio, como si estuviera memorizando el trayecto. Se me escapó un suspiro que no tenía nada de sutil.
—Marcelo —dije, mirándole a los ojos para asegurarme de que los dos estábamos en el mismo punto—. ¿Estás seguro de esto?
—Nunca he estado tan seguro de nada en mi vida —respondió sin dudar un solo segundo. Su pulgar me acarició el pómulo con infinita ternura—. Te quiero a ti, Jota. Aquí y ahora. Si tú quieres.
—Quiero —contesté en un murmullo firme—. Quiero estar aquí contigo.
Nos besamos sin prisa, con la certeza tranquila de dos personas que llevan días postergando lo inevitable.
Le rodeé el cuello con los brazos, sentí el agua caliente lamiéndonos la piel, y pensé, con una claridad casi cómica, que aquello iba a estropearme el peinado del día siguiente y que no me importaba lo más mínimo.
• • •
No hubo torpezas de primera vez, aunque los dos fingimos después que sí las había habido.
Salimos del jacuzzi dejando un rastro de agua por todo el suelo de teca que alguien de la limpieza iba a maldecir a la mañana siguiente, y llegamos a la cama todavía mojados, riéndonos de lo poco elegante que resulta quitarse una bata empapada sin caerse de morros.
Después ya no hubo risas, o las hubo de otro tipo: bajas, entrecortadas, pegadas a la piel del otro.
Marcelo me tocaba como si llevara memorizando el mapa desde el primer día del crucero, con una paciencia que a esas alturas ya no me sorprendía de él, y yo dejé de pensar en protocolos, en su padre y en el bolígrafo, que por una vez en su vida acabó tirado en el suelo.
No fue perfecto, en el sentido de las películas: hubo un codazo contra el cabecero y una carcajada a media frase que no rompió nada, todo lo contrario.
Fue real, torpe a ratos, honesto siempre, y cuando por fin nos quedamos quietos, con los corazones todavía a destiempo, supe que aquello no iba a quedarse en un rincón cualquiera de mi memoria, dijera lo que dijera el calendario del desembarque.
Cuando el ritmo de nuestra respiración volvió a tranquilizarse, nos quedamos abrazados en el agua durante un largo rato. Su barbilla descansaba sobre mi cabeza, mientras sus dedos trazaban círculos invisibles sobre la piel de mi hombro.
—No te vas a arrepentir de esto mañana, ¿verdad? —pregunté suavemente, rompiendo la calma reconfortante que nos rodeaba.
Marcelo besó el remolino de mi pelo antes de responder.
—Ni una sola célula de mi cuerpo se arrepiente, Jota. Y no va a hacerlo mañana tampoco.
Salimos del jacuzzi envueltos en las toallas grandes y nos fuimos a la cama de la suite. Las sábanas de hilo blanco estaban frescas, pero el calor de nuestros cuerpos mantuvo la intimidad encendida. Permanecimos tumbados de lado, mirándonos a la cara a la luz tenue que entraba por el ventanal.
—Mi padre se va a dar cuenta por la mañana —dijo él con una media sonrisa tranquila, acomodando un mechón de mi pelo detrás de la oreja.
—Que se dé cuenta —respondí devolviéndole la sonrisa, dejando caer la cabeza sobre su pecho—. Sabré gestionarlo.
—Lo sé —murmuró Marcelo rodeándome con sus brazos—. Lo gestionaremos juntos.
Me quedé escuchando el latido constante y firme de su corazón bajo mi mejilla.
El crucero seguía navegando hacia su destino, surcando las aguas oscuras del Atlántico, pero dentro de aquella habitación el tiempo parecía haberse detenido.
Ambos éramos conscientes de que las cosas se complicarían al salir el sol, pero por primera vez en mi vida, no tenía ninguna prisa por resolver el mañana.