Crucero puerta con puerta CAPÍTULO 25
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CAPÍTULO 25

La luz que se colaba por las cortinas de la suite VIP no era la luz suave del amanecer, sino ese resplandor blanco, casi cegador, que solo existe en alta mar cuando el sol ya ha subido del todo.

Me quedé inmóvil sobre las sábanas, sintiendo el peso del edredón y el calor brutal del cuerpo que dormía a mi lado. Tenía un brazo de Marcelo rodeándome la cintura, una presión firme, constante, como si hasta dormido necesitara sujetarme para asegurarse de que no me iba a disipar en el aire.

Parpadeé dos veces, con el corazón martilleándome contra las costillas a un ritmo absurdo.

Dios mío. La noche anterior había pasado. De verdad.

Giré la cabeza despacio sobre la almohada para mirarlo. Tenía el pelo negro revuelto sobre la frente y la mandíbula relajada, sin esa tensión constante que solía apretarle los labios durante el día. Parecía más joven, más vulnerable. Bello de una forma dolorosa.

Y entonces, con la claridad helada de la mañana, la espiral de dudas me agarró del estómago.

¿Y si se despertaba y se daba cuenta de que había sido un error?

Llevaba toda la vida viendo cómo las cosas buenas duraban justo lo que tardaban en dejar de ser una novedad.

Un padre que un día hizo la maleta sin avisar demasiado.

Trabajos que se acababan justo cuando empezaba a acostumbrarme a ellos.

Gente que prometía quedarse y que, sin excepción, encontraba la manera de irse.

No tenía ningún motivo real para pensar que Marcelo fuera a ser diferente, salvo la testarudez absurda de querer creer que sí.

Sentí un nudo fino en la garganta. Intenté moverme despacio, milímetro a milímetro, para escurrirme de la cama sin despejarlo.

—Si intentas escapar, voy a tener que perseguirte —murmuró una voz ronca justo al lado de mi oreja.

Me quedé congelada. Marcelo no había abierto los ojos, pero su brazo me apretó un poco más contra su pecho.

—No me estaba escapando —mentí al instante, con la voz un poco tomada—. Solo... calculando cuántos minutos me quedan antes de que el turno de mañana me convierta en chatarra.

Marcelo abrió los ojos. Eran dos pozos oscuros, atentos, sin rastro de sueño.

Me miró fijamente, con una intensidad que me hizo perder el aire, pero de pronto vi una sombra de duda cruzando su cara.

Se incorporó un poco, apoyando el codo en la almohada, y la sábana cayó dejando al descubierto su torso.

—Pensé que estabas arrepentida —soltó él, sin más preámbulo. La voz le sonó rasposa, casi insegura.

Me quedé mirándolo, atónita.

—¿Qué?

—Te has movido como si la cama quemara, Jota —admitió, pasándose la otra mano por la cara en un gesto nervioso que jamás le había visto en público—.

Llevo diez minutos despierto, sin atreverme a moverme, pensando que si te despertaba ibas a poner cara de pánico.

Que ibas a pensar que para mí esto había sido...

no sé, algo rápido. Un impulso por la tormenta.

Lo escuché con la boca ligeramente abierta. El tipo alto, reservado y misterioso estaba igual de aterrorizado que yo.

Solté un bufido que acabó convirtiéndose en una carcajada floja, muerta de risa por la ironía de la situación.

—¿Tú aterrorizado? —pregunté, girándome del todo para quedar de frente a él—. Marcelo, estaba calculando la ruta de escape más rápida al camarote de tripulación para evitar el momento incómodo de “gracias por todo, ya si eso nos vemos en el bufé”.

Marcelo arrugó el entrecejo, pero la tensión de sus hombros cayó de golpe.

—Eres imposible —dijo, aunque una sonrisa leve empezó a dibujársele en la comisura de los labios—. Estaba intentando ser serio y tener una conversación madura.

—La conversación madura de las ocho de la mañana es un mito corporativo —repliqué, señalándolo con el dedo—. Especialmente cuando ambos tenemos cara de no haber dormido lo suficiente y tú pareces un pintor romántico atormentado.

—Soy un pintor atormentado —corrigió él, acercándose un poco más. Su mano subió hasta mi mejilla, con los dedos acariciándome la piel con una suavidad que me desmontó por completo—. Y me importa lo que pasó anoche, Jota. Mucho. No quiero que pienses ni por un segundo que fue un desliz.

Tragué saliva. La calidez de su mano me templó la sangre.

—No lo pienso —murmuré, perdiendo parte del tono descarado—. Pero tampoco sé qué se supone que hacemos ahora. Quiero decir... tú eres tú. Y yo soy la chica que organiza el protocolo de las mesas para que los científicos no se tiren las servilletas a la cabeza.

—No me importa tu puesto en el barco —contestó de inmediato, firme—.

Me importas tú. Llevo semanas intentando mezclar el color exacto de cómo miras el mundo y no existe, no lo he encontrado en ninguna paleta.

Me importa eso. Y cómo me haces reír cuando todo a mi alrededor parece un circo insoportable.

—Eso suena precioso, Rodríguez —dije, sintiendo un calor bonito en el pecho—, pero ¿qué somos exactamente? ¿Una aventura en alta mar? ¿Un romance de camarote?

Marcelo se quedó en silencio un segundo, mirando el techo de la suite mientras sopesaba las palabras.

—No lo sé —reconoció, con una honestidad que no esperaba de él—. No se me dan bien las etiquetas. Nunca se me han dado bien. Solo sé que no quiero que esto se termine cuando desembarquemos.

—Acepto el no saber —dije, esbozando una sonrisa ligera—. De hecho, me quita bastante presión. Vamos a dejar las etiquetas para los frascos de aceite de tu padre.

—Me parece un trato justo —asintió él, sonriendo de verdad por primera vez esa mañana.

El resto del día fue un ejercicio absoluto de contención y profesionalidad.

A las diez de la mañana yo ya llevaba puesto mi uniforme azul marino corporativo, perfectamente abotonado, y me había recogido la melena negra de cualquier manera, sujetándola con un bolígrafo de plástico azul que encontré sobre el escritorio.

La transformación de la mujer que había dormido en la suite VIP a la empleada eficiente de Ocean Events fue instantánea.

El gran salón de convenciones estaba abarrotado. El Simposio Internacional del Polímero Olivar encaraba su recta final y la tensión entre los inversores era palpable. El aire olía a café cargado, moqueta limpia y nerviosismo ejecutivo.

—Jota, necesito los listados de la mesa presidencial para el almuerzo —me dijo mi supervisor cruzando el pasillo a paso ligero, con la carpeta bajo el brazo.

—Están impresos y revisados sobre su mesa desde hace veinte minutos, señor —respondí sin dudar, cruzando las manos a la espalda.

—Excelente. Eres un reloj suizo.

Sonreí con modestia y continué mi marcha hacia el salón principal. Mientras ajustaba los identificadores de la mesa tres, vi a Marcelo entrar por la puerta grande junto a su padre.

Víctor Rodríguez caminaba gesticulando de forma vehemente, hablando acaloradamente sobre las cuotas de exportación con un grupo de científicos alemanes.

Marcelo iba a su lado, vistiendo un traje impecable gris oscuro, escuchando con esa compostura educada y distante que solía llevar como una armadura.

En un momento dado, mientras su padre se enzarzaba en un debate sobre la densidad del polímero, la mirada de Marcelo buscó la mía al otro lado del salón.

No hubo sonrisas exageradas ni gestos delatadores. Fue apenas un segundo. Un parpadeo largo, un ligero ajuste de sus hombros y la curva casi imperceptible de su boca.

Se me aceleró el pulso detrás del cuello.

Continué colocando los carteles de papel sobre los manteles blancos, pero la dinámica había cambiado del todo. Ya no era la espectadora solitaria en un mundo de ricos y científicos. Ahora había un hilo invisible que me unía a la persona que estaba en el centro de aquel escenario.

A mediodía, un pequeño malentendido amenazó con arruinar el protocolo: dos congresistas franceses habían sido asignados a la misma silla por un duplicado en la lista de papel. Se miraban con altivez, a punto de armar un escándalo.

Me acerqué con mi mejor sonrisa diplomática.

—Messieurs, disculpen la confusión —dije en un francés fluido y pausado—. Hemos preparado una mesa reservada junto al ventanal principal con vistas al océano para que puedan discutir sus ponencias con mayor tranquilidad. Acompáñenme, por favor.

En diez segundos, el problema estaba resuelto. Cuando me giré para volver a mi puesto, vi a Marcelo observándome desde la distancia, con los ojos brillando entre la admiración y la diversión. Me guiñó un ojo, tan rápido que nadie más pudo notarlo.

La jornada laboral terminó bien pasadas las nueve de la noche. Tras asegurarme de que los salones quedaban despejados para la limpieza nocturna, subí en el ascensor de servicio y me dirigí a la suite VIP.

Llamé con dos toques suaves. Marcelo abrió casi de inmediato.

Se había quitado la chaqueta y la corbata, llevaba las mangas de la camisa blanca remangadas hasta los antebrazos y olía a agua de colonia limpia y a madera.

—Has sobrevivido al turno —dijo, haciéndose a un lado para dejarme pasar.

—Y tú has sobrevivido a las ponencias sobre la extracción de bioplásticos —respondí, dejándome caer en el sofá de piel con un suspiro cansado pero feliz—. Creo que mi mérito es mayor.

Marcelo caminó hacia la pequeña barra y sirvió dos vasos de agua con hielo, acercándose para entregarme uno. Se sentó a mi lado, lo suficientemente cerca como para que nuestras rodillas se rozaran.

—He estado pensando en lo que dijiste esta mañana —empezó a decir, mirando el hielo flotar en su vaso—. Sobre lo difícil que es esto. El barco, los mundos distintos, mi padre.

Lo miré en silencio, escuchando la firmeza de su tono.

—No va a ser fácil cuando lleguemos a puerto —continuó, mirándome directamente a los ojos—. Mi vida suele ser un caos de compromisos y la tuya tiene tus propios planes. Pero quiero intentarlo, Jota. De verdad. No quiero que esto se quede aquí, encerrado en este barco, como si nunca hubiera pasado.

Sentí una calidez profunda extendiéndose por mi pecho. La duda que me había acompañado durante días se disipó como la niebla al sol.

—Yo tampoco quiero dejarlo aquí —admití suavemente—. Pero vas a tener que acostumbrarte a mi ritmo. Y a que no sé nada de protocolo financiero.

—A Dios gracias —dijo él, soltando una risa baja que me derritió por dentro.

Se inclinó y me besó. Fue un beso lento, dulce, sin la prisa ni la urgencia de la noche anterior. Un beso que sabía a promesa y a rutina compartida.

Cuando nos separamos, me quité el bolígrafo de plástico del pelo y dejé que la melena me cayera sobre los hombros. Marcelo sonrió, cogió el bolígrafo de mi mano y lo dejó con cuidado sobre la mesa auxiliar, como si fuera un objeto valioso.

—Mañana hay escala de trabajo en cubierta —murmuré, apoyando la cabeza en su hombro.

—Mañana resolveremos lo que venga —respondió él, rodeándome con sus brazos—. Hoy solo estamos aquí.

Nos quedamos en silencio un rato, escuchando el rumor del mar contra el casco.

Pero incluso mientras me dejaba llevar por esa calma, no podía dejar de preguntarme cómo iba a reaccionar Víctor al día siguiente, cuando Marcelo le enseñara las fotografías del archivo.

Todavía no lo sabíamos, pero esa reunión lo iba a cambiar todo.