CAPÍTULO 26
La puerta del despacho temporal del doctor Kessler estaba entornada cuando llegué con el sobre de acreditaciones que me había pedido esa mañana, y lo que vi sobre su escritorio no tendría que haberme llamado la atención de no ser porque reconocí al instante el membrete del laboratorio de Jaén.
Kessler no estaba. Debía de haber salido un momento, porque el ordenador seguía encendido y dos carpetas descansaban abiertas, una junto a la otra, sobre la mesa de caoba.
No hizo falta acercarme del todo para verlas.
La primera llevaba el sello oficial del laboratorio y mostraba una columna de viscosidad que rondaba el ochenta por ciento.
La segunda, sin sello, mecanografiada en un formato ligeramente distinto, mostraba la misma columna con cifras muy inferiores —y llevaba escrita a mano, en una esquina, la fecha de mañana.
Tragué saliva. No hacía falta ser ingeniera para entender lo que tenía delante: dos versiones del mismo informe, una real y otra fabricada para parecer real, lista para presentarse al día siguiente.
Necesitaba un segundo más para grabarme los números exactos —la memoria no me falla nunca con lo que oigo, pero con las cifras impresas prefería no fiarme solo del primer vistazo— y ese segundo de más fue el que no tenía.
Oí pasos en el pasillo, ya demasiado cerca para fingir que acababa de llegar. Apenas me dio tiempo a soltar el sobre en la bandeja de entrada antes de que la puerta se abriera del todo y Kessler apareciera en el umbral, con las cejas arqueadas al encontrarme allí.
—Señorita... Josefa, ¿verdad? —dijo, mirándome de arriba abajo con una sonrisa que no le llegaba a los ojos—. ¿Puedo ayudarla en algo?
—Le he traído su sobre de acreditaciones, doctor Kessler —contesté, señalando la bandeja con una calma que no sentía ni de lejos, agradeciendo en silencio los tres años de tratar con inversores maleducados—. Ya me iba.
Sus ojos se desviaron un instante hacia las dos carpetas sobre la mesa, y de vuelta a mí. No supe si había alcanzado a ver que yo las había visto.
—Qué eficiente —dijo por fin, apartándose apenas lo justo para dejarme pasar—. Como siempre.
Salí sin apretar el paso, contando cada segundo hasta doblar la esquina antes de dejar que el corazón se me desbocara del todo.
Encontré a Marcelo en el saloncito anexo a la biblioteca del buque, rodeado de carpetas y bocetos a lápiz. La luz del atardecer entraba por el ventanal, tiñendo el mar de un tono cobrizo.
Cerré la puerta a mis espaldas.
—Jota, no deberías estar aquí a esta hora —dijo él sin levantar la vista del todo—. Tu supervisor te va a buscar.
—Da igual mi supervisor, Marcelo. Acabo de ver el despacho de Kessler. Tiene dos versiones del mismo informe, una real y otra falsa, lista para presentarla mañana.
Se detuvo en seco, con el bolígrafo suspendido a un milímetro de una hoja. Me miró fijamente.
—¿Estás segura?
—Segurísima. Las he visto con mis propios ojos, una al lado de la otra sobre su mesa.
Marcelo se pasó la mano por la mandíbula, pensando en voz alta.
—Si su informe dice que el polímero falla, mi padre da el proyecto por perdido y vende la patente a la primera empresa que se la pida. Y adivina quién lleva días detrás de esa patente.
—Biotec Sur.
—Biotec Sur —confirmó él—. Esto encaja con lo que fotografiamos en el archivo hace unos días: los datos reales que vimos allí son justo la prueba que necesitamos. Por eso Kessler ha estado tan encima de todo el simposio.
—Entonces solo hace falta enseñarle a tu padre las fotos antes de que Kessler suba al estrado —dije.
—Si se lo decimos esta noche, Kessler tendrá tiempo de inventarse una excusa, o de convencer a mi padre de que son cosas nuestras —respondió Marcelo—.
Necesitamos que lo vea con sus propios ojos, delante de todo el mundo, en el mismo momento en que Kessler presente sus cifras falsas. Así no habrá manera de disimularlo.
—Mañana, entonces. Antes de que empiece la sesión.
—Y si sale mal —dije, cruzándome de brazos—, si Kessler lo niega todo y tu padre decide que la que se ha inventado un problema para significarse soy yo, ¿qué pasa entonces? Tú sigues siendo el hijo de Víctor Rodríguez pase lo que pase. Yo me quedo sin trabajo y sin referencias en toda la naviera.
—No va a pasar eso.
—No lo sabes. Lo dices porque a ti nunca te ha costado nada equivocarte.
Marcelo se quedó callado un momento, con la mandíbula apretada, como si la frase le hubiera dolido más de lo que esperaba encajar.
—Tienes razón —admitió por fin—. Si esto sale mal, tú pierdes mucho más que yo. Y eso no es justo.
—No, no lo es. Pero lo vamos a hacer igual, porque la alternativa es dejar que Kessler se salga con la suya.
—Si sale mal —dijo él, con una seriedad que no dejaba resquicio para la duda—, te vienes conmigo a Jaén. Trabajo, referencias, lo que haga falta. No te vas a quedar en la calle por esto.
—No necesito que me rescates, Marcelo.
—No te estoy rescatando —contestó—. Te estoy diciendo que si asumes un riesgo por mi familia, mi familia responde por ti. Es distinto.
Marcelo me cogió de las manos, sin soltarlas, mirándome a los ojos.
—Va a ser feo, Jota. Kessler no se va a quedar callado.
—Ya nos ha visto la cara antes —dije, con una sonrisa más valiente de lo que sentía—. Y las fotos no mienten. Mañana a primera hora, tu padre va a tener la verdad encima de la mesa, le guste o no.
Marcelo asintió despacio, apretándome los dedos antes de soltarme.