Crucero puerta con puerta CAPÍTULO 27
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CAPÍTULO 27

Cuando llegué al pasillo de servicio del salón VIP a las seis y media, mi supervisor me estaba esperando con una cara que no presagiaba nada bueno.

—Cambio de planes, Josefa —dijo, sin mirarme del todo a los ojos—. Hoy te quedas en el comedor secundario. El doctor Kessler ha presentado una queja formal esta madrugada. Dice que hay indicios de que has estado curioseando en documentación confidencial de la delegación científica.

Sentí que el suelo se movía bajo mis pies de una forma que no tenía nada que ver con el balanceo del barco.

—Eso es mentira.

—No me corresponde a mí decidir si es mentira o no —contestó él, incómodo—. Me corresponde seguir instrucciones, y la instrucción de esta mañana es que no te acerques al salón VIP.

Me quedé plantada en el pasillo, con la carpeta de horarios apretada contra el pecho, calculando a toda velocidad.

Kessler se había movido antes que nosotros.

Puede que hubiera visto algo en mi cara la tarde anterior, o que simplemente se cubriera las espaldas por pura costumbre, pero el resultado era el mismo: si no conseguía entrar en esa sala antes de las siete, todo lo que Marcelo tenía preparado para enseñarle a su padre iba a sonar a la palabra de un hijo contra la de un consultor de prestigio, sin nadie más que pudiera confirmar lo que yo había visto con mis propios ojos.

Encontré a Marcelo en el pasillo de la suite VIP, todavía con el nudo de la corbata a medio hacer.

—Kessler te ha sacado del tablero —le dije, sin preámbulo—. Ha puesto una queja. No me dejan entrar en la sala.

Algo se le endureció en la cara.

—Eso no va a quedarse así.

—Marcelo, no hace falta que...

—Sí hace falta —me cortó, ya caminando hacia el despacho de mi supervisor—. Tú eres el testigo, Jota. Sin ti ahí dentro, esto es mi palabra contra la de Kessler, y mi padre lleva quince años confiando más en Kessler que en mí. Te necesito en esa sala.

No discutí. Por primera vez en el crucero, dejé que fuera él quien peleara esa batalla por mí, y verlo hacerlo, con una determinación tranquila que no le había visto ni siquiera la noche anterior, me dio más confianza que cualquier plan que hubiéramos preparado entre los dos.

Diez minutos después, mi supervisor volvió al pasillo con una expresión mucho menos hostil.

—Cambio de planes, otra vez —murmuró, sin mirar a nadie en particular—. Al final sí que te necesitan en el salón VIP.

• • •

El gran salón VIP olía, a las siete en punto, a café recién hecho, bollería caliente y al barniz recién pulido de la mesa presidencial. El sol todavía no había terminado de despuntar en el horizonte, tiñendo el ventanal panorámico de un naranja tenue.

Gesticulé hacia los camareros de apoyo para que terminaran de colocar las carpetas corporativas en cada asiento.

Llevaba el uniforme azul marino impecablemente abotonado y, para mantener el pelo recogido durante el ajetreo, me lo había sujetado a toda prisa con un bolígrafo de plástico justo detrás de la nuca.

Marcelo entró en el salón cinco minutos antes de la hora acordada, acompañado por don Víctor y tres de los directivos principales del patronato. Mi jefe no estaba. Nadie de la naviera prestaba atención a una simple auxiliar de eventos colocando blocs de notas.

—Padre, necesito que veas esto antes de que Kessler se suba a ese estrado —dijo Marcelo, deteniéndose ante Víctor. Su voz sonaba serena, pero firme.

Víctor resopló, ajustándose el nudo de la corbata. Tenía cara de cansancio acumulado.

—Marcelo, la sesión empieza en quince minutos. Kessler va a presentar el informe definitivo. Ya hay bastante lío como para que ahora tú también me des la lata.

—El informe de Kessler es falso, padre —dijo Marcelo, sacando el móvil y mostrándole las fotografías que habíamos tomado en el archivo—. Estas son las cifras reales del laboratorio de Jaén. El polímero funciona. Kessler va a presentarte otras, peores, para que vendas la patente barata a Biotec Sur.

Víctor se quedó mirando la pantalla un segundo de más de lo habitual en él.

—¿De dónde has sacado esto?

—De mí —intervine yo, dando un paso al frente—. Ayer por la tarde entré en el despacho del doctor Kessler a dejar un sobre y vi, con mis propios ojos, dos versiones distintas del mismo informe sobre su mesa. Sabía perfectamente lo que iba a presentarte hoy. Y sabía que era mentira.

Víctor me miró de arriba abajo, desconcertado y sin disimular el desagrado. Para él, yo seguía siendo la chica que servía el café.

—¿Y qué hace la camarera hablándome de auditorías? —espetó, mirando a su hijo—. Marcelo, ¿se puede saber qué broma es esta?

—Escúchala, padre —dijo Marcelo sin perder la calma—. Escúchala antes de cometer el error de firmar cualquier cosa.

No tardaron ni cinco minutos en llegar los demás. El doctor Kessler entró en la sala con la barbilla alta y esa sonrisa de suficiencia que tanto le había visto en los cócteles.

—Buenos días, don Víctor —saludó, con su tono paternalista de siempre—. Aquí tiene el informe definitivo. Me temo que las noticias no son buenas.

Víctor no lo cogió. Se quedó de pie junto a la mesa presidencial, con los ojos clavados en el teléfono de su hijo.

—Doctor Kessler —dijo con voz áspera—. Antes de nada, me gustaría que me explicara una pequeña discrepancia en los datos de viscosidad del polímero.

Kessler arqueó una ceja, manteniendo la compostura.

—Señor Rodríguez, los datos son los que arrojó el laboratorio central de Jaén. El material se degrada. Es un fallo de formulación.

—No —intervine, dando un paso al frente ante la mirada atónita de la sala—.

Los datos de Jaén dicen que el polímero resiste perfectamente.

Los tengo aquí, fotografiados, con la firma del propio laboratorio.

Y ayer vi con mis propios ojos, sobre su propia mesa, la versión falsificada que pensaba presentar hoy.

Kessler se giró hacia mí, soltando una risita corta y despectiva.

—¿Y usted quién es para opinar sobre esto? Que alguien saque a esta empleada del salón.

—Antes de que me saquen de la sala —dije, sin moverme ni un centímetro—, hay un dato más que quizá le interese al patronato.

El día que le hice la acreditación para este simposio, sus gastos de viaje y alojamiento ya venían abonados.

Y no por Rodríguez Olives, doctor Kessler.

Los pagó Biotec Sur, desde antes incluso de que empezáramos a navegar.

Lo comprobé yo misma, de mi puño y letra, el primer día de este crucero, cuando nadie sospechaba nada todavía.

—Ella es la persona que le oyó ayer, doctor —dijo Marcelo, poniéndose a mi lado—. Y la que se acordó de comparar sus cifras con las reales cuando a nadie más se le ocurrió hacerlo.

El rostro de Kessler perdió todo el color. Balbuceó algo sobre difamaciones, pero ya nadie en la sala lo estaba mirando a él, sino a Víctor.

Víctor Rodríguez cogió los folios que Marcelo había impreso, los comparó con el informe que Kessler traía bajo el brazo y los dejó caer sobre la mesa con un golpe seco.

—Se acabó, doctor —dijo simplemente—. Recoja sus cosas. Y no se le ocurra bajar de este barco sin que alguien de seguridad le acompañe.

Dos miembros de la tripulación acompañaron a Kessler fuera de la sala. El murmullo entre los directivos de Rodríguez Olives era atronador.

Víctor se dejó caer en el sillón de la presidencia, frotándose la cara con ambas manos. Parecía haber envejecido cinco años en diez minutos, pero la tensión en sus hombros había desaparecido por completo.

Uno de los vocales del patronato, un hombre maduro que siempre me había pedido el café con tono condescendiente, se acercó mirándome con curiosidad.

—Sigo sin entender cómo se ha dado cuenta usted de todo esto antes que ninguno de nosotros —comentó, mirando a Víctor.

Me erguí, ajustándome la chaqueta con naturalidad.

—No hizo falta nada complicado, señor —expliqué con voz tranquila—. Solo estar en el sitio correcto en el momento correcto, entender lo que se dice en otro idioma cuando nadie espera que lo entiendas, y acordarme de una cara y de un número cuando hace falta.

El vocal se quedó mirándome con la boca ligeramente abierta, incapaz de replicar. Las mismas personas que durante días me habían tratado como si fuera invisible no tenían más remedio que escucharme con respeto.

—Ha sido cuestión de suerte —dijo Víctor de pronto, dirigiéndose al vocal más que a mí, con un resto de orgullo agarrándose a lo que quedaba de la conversación—. Cualquiera con acceso a los listados de embarque habría podido cruzar esos nombres.

—Y encima ya no tenemos el acuerdo con los Montalbán —añadió Víctor, casi para sí mismo, frotándose la sien—. Entre Kessler y tu numerito de anoche con Beatriz, esta semana se me ha caído media estrategia de expansión.

—Con respeto, padre —intervino Marcelo, sin alzar la voz pero sin ceder terreno—, ninguno de tus auditores tuvo acceso a esos listados esta mañana. Solo ella lo pensó. Deja de restarle mérito a lo único que ha salvado la empresa hoy.

Víctor no contestó de inmediato. El vocal del patronato carraspeó, incómodo, sin atreverse a mediar.

Víctor permaneció en silencio un largo minuto, mirando la mesa. Luego se puso de pie, se abotonó la chaqueta y caminó despacio hacia donde estábamos Marcelo y yo.

Se detuvo a un metro de mí. Sus ojos oscuros me examinaron de arriba abajo, sin prisa y sin piedad. No había calidez en su expresión, pero sí una consideración completamente nueva.

—Señorita Josefa —dijo con esa voz grave y seca tan suya—. Tengo que reconocer que cometí un error de apreciación con usted.

Sostuve su mirada sin pestañear.

—Pensaba que su presencia aquí era solo una distracción para mi hijo —continuó—. Me equivoqué. Le debo la continuidad de mi empresa.

No hubo petición de perdón formal ni efusividad verbal, pero viniendo de Víctor Rodríguez, aquello equivalía a una medalla al mérito.

—Solo hacía mi trabajo, don Víctor —respondí con una inclinación de cabeza serena.

Miré de reojo a Marcelo. Estaba apoyado contra el borde de la mesa, con los brazos cruzados sobre el pecho y una sonrisa leve pero inconfundible.

No había hecho ademán de hablar por mí en ningún momento; sabía perfectamente que yo sola me bastaba para poner a cada uno en su sitio.

Lo que no sabía era que, esa misma noche, Víctor iba a pedirle a su hijo algo mucho más difícil de aceptar que un reconocimiento delante del patronato.