CAPÍTULO 28
Lo que pasó esa noche en el despacho privado de la suite presidencial me lo contaría Marcelo palabra por palabra, mucho más tarde, apoyado en la barandilla de la cubierta de popa, con la voz todavía temblándole por la tensión acumulada.
La cita era a las once de la noche en el despacho privado de la suite presidencial, una estancia amplia con paredes revestidas de caoba, sofás de cuero oscuro y un ventanal inmenso desde el que solo se veía el mar negro y sereno.
Víctor Rodríguez estaba sentado detrás del escritorio de nogal con una copa de brandy de Jerez en la mano.
La luz suave de la lámpara de mesa iluminaba su perfil cansado, endurecido por los años al frente de la empresa.
Frente a él, Marcelo permanecía de pie, con las manos metidas en los bolsillos del pantalón de vestir y la camisa con el primer botón desabrochado.
—Siéntate, Marcelo —dijo Víctor sin mirarlo, dando un pequeño sorbo a la copa.
—Prefiero estar de pie, padre.
Víctor dejó el vaso sobre la mesa con un golpe seco que resonó en el silencio de la estancia. Levantó los ojos y miró a su hijo con una frialdad meditada, de las que solía usar en las negociaciones más duras de la compañía.
—El asunto de Kessler está zanjado —comenzó Víctor, ya sin rastro de la exaltación de esa mañana—.
Mañana temprano cerraremos la firma de las licencias con la delegación oficial de Madrid.
El polímero de la cáscara de aceituna se queda en casa.
Has actuado bien hoy, Marcelo. Pero eso no cambia lo que vi esta mañana.
Marcelo no pestañeó. Sabía perfectamente a qué se refería.
—La chica de la naviera —continuó el padre, señalando vagamente hacia la puerta con la mano—.
Ha demostrado ser astuta, no te lo niego.
Le debemos una gratificación adecuada por la información.
Una recomendación, un bonus económico por intermediación de seguridad, lo que corresponda por contrato.
Pero tú eres un Rodríguez. No puedes permitirte que se te vincule sentimentalmente con el personal de servicio de un crucero.
—Josefa no es un problema de imagen corporativa, padre —respondió Marcelo con voz tranquila.
—Si decides seguir adelante con esta ocurrencia, Marcelo, no va a haber puestos de dirección para ti en el holding —sentenció Víctor, inclinándose hacia delante sobre la mesa—.
No voy a entregarle la gestión del imperio familiar a un hijo que guía sus decisiones por el impulso de un romance de verano a bordo de un barco.
Tendrás que asumir las consecuencias. Todas.
Marcelo soltó una risa corta, amarga, que tomó a Víctor por sorpresa. Dio un par de pasos hacia el ventanal y se giró para mirar a su padre de frente.
—¿Consecuencias, padre? —preguntó Marcelo, manteniéndole la mirada con una serenidad que nunca antes le había mostrado—. Llevo diez años asumiendo las consecuencias de tus decisiones.
Víctor frunció el ceño, molesto por el giro de la conversación.
—Te he dado la mejor educación que el dinero puede comprar —espetó el viejo empresario—. Un doble grado en Estados Unidos, la mejor posición en la firma, una carrera encarrilada.
—Hice el doble grado en Administración de Empresas y Relaciones Laborales porque tú me lo exigiste —interrumpió Marcelo, sin dejarle terminar—.
Pasé cuatro años en Boston estudiando balances y derecho mercantil que me daban exactamente igual, solo para que tú pudieras presumir de heredero en la junta de accionistas.
Volví a Jaén, me puse los trajes que tú elegiste y me senté en las reuniones que tú marcaste en mi agenda.
Víctor abrió la boca para replicar, pero Marcelo levantó una mano, pidiéndole espacio sin perder el tono calmado.
—No he tenido una sola decisión personal en los últimos diez años que no haya pasado por tu filtro —continuó Marcelo—.
He vivido la vida que tú diseñaste para mí, paso a paso, renunciando a lo que realmente me importaba para no decepcionarte.
Pero eso se ha terminado hoy. No voy a pedirte permiso para decidir a quién quiero a mi lado.
—Estás tirando tu futuro por la borda por una chica que conoces hace doce días —dijo Víctor, apretando los dientes.
—No estoy tirando nada. Estoy decidiendo por mí mismo por primera vez en mi vida.
Víctor se puso de pie despacio, apoyando las palmas de las manos sobre el escritorio. Su figura seguía imponiendo respeto, pero en sus ojos había una grieta de desorientación.
—¿Y qué pretendes hacer entonces? ¿Convertirte en un pintor muerto de hambre en un estudio de París? —preguntó con sarcasmo cortante—. ¿Vas a renunciar a todo el negocio de la familia?
—No voy a renunciar al negocio —respondió Marcelo sin dudar—.
Sé cómo funciona la empresa. Conozco las plantas de Jaén, conozco los contratos de exportación y hoy he demostrado que puedo proteger la firma tan bien como tú o mejor.
El negocio del aceite también es mi patrimonio, y no tengo ninguna intención de regalárselo a nadie.
Víctor lo escuchaba en silencio, sorprendido de que su hijo no hubiera dudado ni un segundo.
—Pero no voy a trabajar bajo tus chantajes —añadió Marcelo, dando un paso hacia el escritorio—.
Si sigo en Rodríguez Olives, será para dirigir la división de desarrollo sostenible bajo mis propias condiciones.
Tendré mi horario, mi espacio y mi vida privada intacta.
Y voy a seguir pintando. Los cuadros no son un pasatiempo vergonzoso que deba esconder en un trastero para que tus socios no se rían.
—Eso es inadmisible en la estructura de la directiva —murmuró Víctor, aunque la contundencia de su voz había perdido fuerza.
—Es lo que hay, padre —concluyó Marcelo—. Tienes dos opciones: aceptarme como un socio adulto que tiene su propia vida y sus propios criterios, o buscarte a otro ejecutivo para que te firme las actas. Pero no vas a volver a dictarme con quién hablo, a quién amo ni qué hago con mi tiempo libre.
Víctor Rodríguez permaneció inmóvil detrás del escritorio durante casi un minuto.
La tensión en la estancia se podía cortar con un cuchillo.
Miró a su hijo como si estuviera contemplando a un desconocido, pero por primera vez no había desprecio en su mirada, sino la amarga aceptación de quien reconoce que ha perdido el control absoluto.
—Eres igual de cabezón que tu madre —murmuró Víctor, dejándose caer de nuevo en la silla con un suspiro pesado—. La junta de accionistas se reúne a las nueve. Si vas a asumir la división de desarrollo, quiero la propuesta sobre mi mesa a las ocho.
No hubo abrazo ni apretón de manos afectuoso, pero la conversación había cambiado las reglas del juego para siempre. Víctor no había bendecido la relación, pero había entendido que Marcelo ya no era un muchacho manejable.
Marcelo salió de la suite presidencial y caminó por los pasillos silenciosos del buque hasta llegar a la cubierta de popa.
La brisa marina de la medianoche era fresca y limpia.
Allí estaba yo, apoyada contra la barandilla de teca, mirando el rastro de espuma blanca que dejaba el barco al avanzar en la noche.
Me escuchó acercarme pero no se giró de golpe. Llevaba la chaqueta del uniforme sobre los hombros para protegerse del aire nocturno.
—¿Ha sido muy duro? —pregunté suavemente cuando se colocó a mi lado.
Marcelo me miró a los ojos. Había un cansancio enorme en su rostro, pero también una ligereza que nunca le había visto desde que subió a este barco. Sonrió despacio, cogiéndome la mano para entrelazar sus dedos con los míos, sin prisa.
—He hablado con mi padre —dijo sencillamente, mirando el horizonte oscuro—. Le he dejado claro cómo van a ser las cosas a partir de ahora.
—¿Y bien?
—He elegido lo que quiero, Jota —respondió, mirándome con una serenidad absoluta que me encogió el corazón—.
Llevo toda la vida retocando cuadros que ya estaban terminados, solo porque no me atrevía a dejarlos así.
Contigo no pienso retocar nada. Te he elegido a ti.
Y esta vez no hay quien me haga cambiar de idea.