CAPÍTULO 29
El sol del mediodía caía a plomo sobre las cubiertas superiores del buque mientras las sirenas de maniobra anunciaban la llegada a la última terminal del itinerario.
El barco, que durante doce días había sido un microclima cerrado de congresistas, directivos y biólogos marinos, se había convertido de pronto en un hormiguero de maletas de piel, carpetas ejecutivas y prisas de última hora.
De pie junto a la escalinata principal del hall central, yo sostenía mi libreta con el listado de desembarque de la tripulación de apoyo.
Llevaba la chaqueta azul marino perfectamente abotonada para el protocolo final, aunque el calor húmedo del puerto hacía que la tela pesara el doble.
Con las prisas de la mañana me había recogido el pelo a la carrera, sujetándolo en la nuca con un bolígrafo que amenazaba con soltarse en cuanto diera tres pasos rápidos.
—Señorita Josefa, asegúrese de que el equipaje del sector VIP baje en la primera barcaza —me indicó mi supervisor al pasar a mi lado, revisando un radioteléfono que no paraba de emitir ruidos estáticos.
—Todo el sector VIP está etiquetado y en bodega desde las diez, señor —respondí de inmediato, manteniéndome firme en mi puesto.
Ver a los pasajeros desfilar hacia las pasarelas con sus abrigos ligeros y sus gafas de sol me producía una sensación extraña, casi irreal.
Los doce días de simposio llegaban a su fin.
Los contratos se habían firmado, las patentes estaban a salvo y la rutina de alta mar se disolvía a medida que el ruido del tráfico portuario ahogaba el murmullo de los motores del barco.
Volvía a ser la chica del uniforme corporativo, la que coordinaba la salida de los invitados sin aparecer en las fotografías oficiales.
Sin embargo, por dentro, sentía que nada en mí volvía a ser igual que doce días atrás.
A primera hora de la mañana, mientras los directivos ultimaban sus equipajes en los camarotes de la cubierta superior, me habían citado en la oficina de coordinación de la naviera en la tercera planta.
La directora de recursos humanos de Ocean Events, una mujer de aspecto pulcro y gesto analítico que apenas me había dirigido la palabra durante el trayecto, me invitó a sentarme al otro lado de su escritorio de cristal.
—Hemos recibido un informe extraordinario sobre su desempeño durante la travesía, Josefa —comenzó la mujer, ajustándose las gafas mientras leía un documento oficial—.
No solo por la gestión del protocolo en las cenas de gala, sino por su capacidad para resolver situaciones críticas de comunicación con delegaciones internacionales.
Sostuve la carpeta sobre mis rodillas, escuchándola en silencio.
—La compañía va a reestructurar el equipo de atención a clientes ejecutivos para la temporada de otoño en la sede central de la naviera —continuó la directora—.
Es un puesto de representación directa, con base en tierra, que incluye la gestión de eventos corporativos de alto nivel.
Su dominio del inglés y del alemán, sumado a su intuición para el trato con invitados VIP, la convierten en la candidata ideal.
Si acepta, el contrato entra en vigor el mes que viene.
La propuesta era una oportunidad laboral tremenda, algo que jamás habría imaginado conseguir al subir a bordo, meses atrás, con mi única maleta de tripulante.
Casi al mismo tiempo, en el otro extremo de la cubierta principal, Marcelo mantenía la última reunión de trabajo con su padre.
Desde la galería alta pude verlos a lo lejos: Víctor escuchaba a su hijo mientras este le entregaba el borrador impreso de la nueva propuesta para la división de desarrollo sostenible.
No hubo gestos afectuosos, pero Víctor firmó el documento sin discutir un solo punto. Marcelo había conseguido su espacio.
Nos encontramos una hora antes del desembarque definitivo en la cubierta de popa, el único rincón del buque que permanecía en silencio mientras los altavoces anunciaban los turnos de salida. El aire traía el olor a sal y a combustible de los remolcadores del puerto.
Marcelo estaba apoyado en la barandilla de madera, vistiendo una camisa blanca sin corbata y con las mangas remangadas hasta los antebrazos. Al oír mis pasos, se giró despacio y me miró con una intensidad que me hizo detener el aliento un segundo.
—He oído lo de tu propuesta de trabajo en la sede de la naviera —dijo él, esbozando una sonrisa suave mientras me acercaba a la barandilla.
—Se han enterado rápido en la cubierta superior —respondí con una leve sonrisa, apoyando los brazos sobre el borde de teca—. Parece que dar la nota con el alemán al final sirve para algo más que para evitar sabotajes empresariales.
—Te lo mereces, Jota. Nadie en este barco ha trabajado más que tú ni ha demostrado más cabeza.
Nos quedamos en silencio unos instantes, contemplando el perfil de la ciudad portuaria que se extendía al otro lado del muelle.
El barco ya no era ese refugio aislado en mitad del océano donde los horarios de servicio y las reuniones clandestinas marcaban nuestro ritmo.
La ciudad real, con sus distancias, sus compromisos y sus rutinas diarias, nos esperaba al bajar de la pasarela.
—Esto va a ser distinto fuera, ¿sabes? —murmuré, mirándolo de perfil—. En Jaén o en Madrid no hay pasillos de servicio ni cubiertas vacías a medianoche. Tú tienes tu empresa, tus compromisos con la junta, y yo tengo un trabajo que empezar desde cero.
—Lo sé —contestó Marcelo, girándose del todo para quedar frente a mí y cogiéndome las dos manos entre las suyas—.
No te voy a prometer que vaya a ser fácil ni que todo esté resuelto desde el primer día.
Mi vida sigue siendo complicada y mi padre va a tardar tiempo en encajar las cosas.
Pero no quiero que esto se quede en una historia de alta mar.
—¿Y qué quieres entonces? —pregunté, sintiendo un nudo firme pero cálido en la garganta.
—Quiero intentarlo en serio, Jota. Con todo lo que venga.
La sirena del buque dio el último aviso de desembarque para el personal de apoyo. Era el momento de bajar.
Marcelo me miró a los ojos, dio un paso hacia delante y me rodeó la cintura con las manos, pegándome suavemente hacia él.
Sin importar los pasajeros que apuraban sus fotos desde la cubierta superior ni los camareros que recogían las tumbonas de madera, me besó con una lentitud y una firmeza que hicieron que todo el ruido del puerto desapareciera por completo.
Fue un beso largo, sin las prisas ni la tensión de las noches anteriores, con todo el peso de lo que habíamos construido a bordo.
—Te llamo en cuanto llegue al hotel —murmuró contra mis labios antes de soltarme despacio.
—Más te vale —sonreí, intentando mantener la voz firme mientras me arreglaba la chaqueta del uniforme.
Lo vi alejarse por la pasarela principal con su maleta de mano, caminando con ese paso tranquilo y erguido que se le había quedado desde que decidió plantarle cara a su padre.
A mitad del recorrido se detuvo un segundo, se giró hacia la cubierta y me buscó con la mirada.
Me saludó con una leve inclinación de cabeza antes de desaparecer entre la multitud de la terminal.
Me quedé sola en la cubierta de popa durante un par de minutos, respirando el aire cálido de la costa.
Me saqué el bolígrafo de plástico de la nuca para dejar que el pelo me cayera suelto sobre los hombros, y me lo guardé en el bolsillo de la chaqueta.
Tenía miedo de lo que vendría a partir de mañana en tierra firme —de verdad, no el miedo bonito de las películas— y caminé hacia la escala de tripulación de todos modos, sin tener ni idea de lo que me esperaba al otro lado de la pasarela.