CAPÍTULO 30
Seis meses después, la moqueta del centro de convenciones de Madrid no olía a salitre ni retumbaba con el ruido lejano de los motores de un buque.
Olía a café recién molido, a lirios frescos en los jarrones de la entrada y al ajetreo constante del personal de organización que ultimaba los últimos detalles antes de la apertura de puertas del Simposio Europeo de Logística Marítima.
Caminaba por el vestíbulo principal revisando la escaleta del día en mi libreta de papel.
Llevaba un traje de chaqueta azul marino, de corte moderno y ajustado a mi medida, muy diferente de aquel uniforme rígido y mal tallado que me asignaron en la naviera.
El moño bajo con el que había salido de casa esa mañana ya amenazaba con soltarse por un lado, así que me saqué el bolígrafo de plástico azul con el que apuntaba las variaciones de horario, me recogí el pelo de nuevo con un gesto rápido detrás de la nuca y lo clavé con firmeza para seguir caminando sin perder tiempo.
—Señorita Josefa, los delegados de la comitiva alemana están exigiendo un cambio de sala para la conferencia magistral —me indicó una de las auxiliares de recepción, acercándose a mí con cara de apuro.
—Diles que la sala cuatro ya está acondicionada con la traducción simultánea en bávaro que solicitaron —respondí con una sonrisa serena, hablando sin alterar el paso—. Me encargo yo misma de darles la bienvenida en su idioma en cuanto bajen del autobús corporativo.
Vero, la auxiliar de recepción que en cuatro meses se había convertido en la primera amiga de verdad que tenía en Madrid, se dejó caer a mi lado con dos cafés y una mueca de resignación.
—Como esos alemanes protesten una vez más, les cambio yo la traducción a búlgaro por rencor —murmuró, pasándome uno de los vasos.
Ayer por la tarde, la dirección del grupo internacional de eventos me había presentado una propuesta formal para asumir la jefatura de protocolo de la delegación en el sur de Europa.
No me había hecho falta ningún título universitario de postgrado ni fingir que era una experta en logística para conseguir la oferta; bastó mi memoria para acordarme de las caras, la fluidez para pasar del inglés al alemán sin pestañear y esa sensatez aprendida en la calle que me permitía resolver cualquier imprevisto sin perder la calma ni hacer sentir mal a nadie.
El aumento de sueldo que venía con el ascenso también significaba, por fin, que había podido comprarle a mi hermano una transmisión nueva de verdad, en vez de otro parche de taller de barrio, y que había dejado de contestar sus llamadas con el corazón en la garganta esperando una desgracia.
Ahora, cuando me llamaba, casi siempre era solo para contarme una tontería.
En Jaén, las cosas también habían tomado un rumbo muy distinto en los últimos seis meses. Marcelo había asumido la dirección de la división de desarrollo sostenible del grupo Rodríguez Olives, imponiendo sus propios horarios y sus criterios de trabajo desde el primer día.
Hablaba con él todas las noches por teléfono cuando terminaba mi jornada en Madrid o cuando él salía de las oficinas centrales en Andalucía.
La relación con su padre seguía siendo un terreno complejo, lleno de asperezas y conversaciones profesionales de tono distante, pero la dinámica de poder había cambiado para siempre.
Víctor Rodríguez ya no le dictaba las órdenes a su hijo sobre una mesa de despacho; ahora tenía que escuchar sus propuestas de viabilidad económica como las de cualquier otro directivo de la compañía.
Hubo algo que no supe hasta pasados casi tres meses del desembarque, cuando Helga, ya de vuelta en tierra, me llamó para ponerme al día de los cotilleos de la naviera.
De paso me contó que Beatriz Montalbán se había prometido con un banquero suizo antes de Navidad, y que la alianza comercial que tanto le interesaba a Víctor se había cerrado igualmente, solo que sin boda de por medio.
Pero lo que de verdad me dejó pensando fue lo otro: que Víctor Rodríguez había llamado personalmente a los responsables de dos de las empresas cuyos representantes habían corrido el rumor sobre mí durante el crucero, y les había retirado, sin dar explicaciones, la invitación al simposio del año siguiente.
No lo había hecho por mí, exactamente —nunca me llamó para decírmelo, ni lo mencionó jamás delante de Marcelo—; lo había hecho, según sus propias palabras a un tercero, «porque no toleraba que se hablase así de nadie que trabajara para su empresa, y menos con esa falta de pruebas».
Nadie se había enterado del motivo real salvo la persona que hizo la llamada.
Víctor no había ganado nada con ello, ni había buscado que se supiera.
Cuando Helga me lo contó, me quedé un rato en silencio, reordenando en mi cabeza al hombre que me había llamado «la camarera» delante de todo un salón de juntas.
—Mi padre intentó colgarme esta mañana la supervisión de la auditoría de exportaciones —me había contado Marcelo entre risas la noche anterior—.
Le dije sencillamente que los jueves por la tarde mi agenda estaba cerrada por motivos personales.
Estuvo diez segundos en silencio buscando qué decirme, pero acabó aceptando el calendario sin rechistar.
Los jueves por la tarde eran el espacio sagrado que Marcelo había reservado para el estudio de pintura que había alquilado en las afueras de la ciudad.
Ya no pintaba de noche a escondidas en el camarote de un barco para huir del estrés de las finanzas familiares; pintaba con luz natural, rodeado de lienzos de gran formato, caballetes de madera de pino y frascos de aguarrás.
Se había tomado en serio su vocación sin renunciar a su patrimonio, encontrando por fin el equilibrio entre la responsabilidad del grupo empresarial y su verdadera pasión.
La galería de arte del barrio de Justicia en Madrid olía a pintura fresca, madera pulida y al murmullo discreto de los invitados que recorrían la sala con copas de vino blanco en la mano. Era la primera exposición colectiva en la que Marcelo participaba con cuatro de sus obras de gran formato.
Llegué justo al terminar mi turno en el centro de convenciones, quitándome la chaqueta del traje al cruzar la puerta de cristal para quedarme en mangas de camisa.
Marcelo estaba en el otro extremo del pasillo principal, hablando con un crítico de arte maduro.
Vestía un traje oscuro impecable, pero llevaba el cuello de la camisa abierto y la sonrisa tranquila de quien no tiene nada que demostrar a nadie.
Me mantuve a cierta distancia para no interrumpirlo y dediqué diez minutos a contemplar sus lienzos.
Los cuadros que había pintado meses atrás en el barco eran obras rígidas, oscuras, cargadas de una tensión contenida que reflejaba su encierro mental.
Las telas expuestas aquí, en cambio, eran completamente distintas.
Había luz en las pinceladas, trazos largos de azul, cobrizo y blanco marfil que transmitían una libertad absoluta, un movimiento vibrante que parecía respirar sobre el lino.
Varias personas se detenían ante sus cuadros con evidente admiración. Nadie en esa sala lo conocía como el heredero del imperio del aceite de oliva ni como el ejecutivo de Administración de Empresas; allí era sencillamente un pintor con una voz propia y madura.
Caminé hacia el fondo de la sala, donde una pared pequeña con iluminación cenital albergaba la última de sus obras. Me detuve en seco al verla.
El lienzo mostraba la cubierta de un barco al atardecer, bañada por esa luz cobriza y dorada que solo se ve en alta mar.
En el centro de la composición, apoyada sobre una barandilla de teca que miraba hacia un horizonte infinito, había una mujer de espalda.
Tenía el pelo negro recogido de forma improvisada, del que sobresalía el trazo fino y azul de un bolígrafo de plástico.
Llevaba una chaqueta azul marino que no le encajaba del todo, pero la postura de sus hombros y la curva de su cuello transmitían una fuerza, una calidez y una dignidad que llenaban toda la escena.
No era un retrato fidedigno de mi cara, pero era yo de una forma tan clara y profunda que se me encogió el estómago.
—Pensaba que te habías quedado atrapada en el centro de convenciones —dijo una voz grave a mi espalda.
Me giré despacio. Marcelo estaba de pie a medio metro de mí, con las manos metidas en los bolsillos del pantalón y esa mirada atenta que me conocía de memoria.
—Llegué hace diez minutos —contesté, volviendo la vista hacia el cuadro—. Veo que has encontrado un uso bastante artístico para los suministros de papelería de la naviera.
Marcelo sonrió suavemente, dando un paso al frente para ponerse a mi lado. Miró el lienzo durante unos segundos antes de buscar mi mano para entrelazar sus dedos con los míos.
—Ese cuadro no está en venta, por si te lo estabas preguntando —murmuró con voz baja y cálida.
—Menos mal, porque me habría tocado pedir un anticipo en el trabajo para comprártelo —bromeé, recostando la cabeza sobre su hombro con una sensación de paz inmensa.
El crucero había quedado atrás hacía meses, con sus tensiones, sus salones de lujo y las miradas de reojo de la alta sociedad.
La vida real fuera del barco no había sido perfecta ni sencilla.
Pero esa noche, en una galería del barrio de Justicia, iba a descubrir hasta qué punto había merecido la pena.