Crucero puerta con puerta CAPÍTULO 31
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CAPÍTULO 31

Vero me encontró junto a la barra de vinos a media exposición, con dos copas en la mano y una expresión que no presagiaba nada bueno.

—No mires ahora —murmuró, pasándome una copa—, pero el socio de la galería lleva diez minutos observándome como si yo fuera el cuadro más interesante de la sala.

Miré de reojo hacia donde señalaba con la barbilla. Un hombre de unos treinta y tantos, traje oscuro sin corbata, la mantenía efectivamente en el punto de mira desde el otro extremo del salón, sin ningún disimulo.

—Pues ve a preguntarle qué opina del cuadro entonces.

—Ni loca. Los hombres que miran así solo dan problemas —sentenció Vero, dando un trago generoso de vino sin dejar de mirarlo—. Problemas maravillosos, pero problemas.

No dije nada, pero archivé la escena para más tarde, con la sospecha de que aquello no iba a terminar esa misma noche ni con una sola copa de vino.

• • •

La galería se había quedado casi vacía. Los últimos invitados se despedían junto a la puerta, con una copa de vino a medio terminar en la mano, y los camareros empezaban a recoger las bandejas sin prisa.

Yo seguía delante del cuadro grande, el de la terraza, el que Marcelo había titulado simplemente “Día seis”.

—Todavía no me puedo creer que lo hayas colgado en medio de la sala —dije, sin apartar los ojos del lienzo.

—Es el mejor cuadro que he pintado en mi vida —contestó él, acercándose por detrás y apoyando la barbilla en mi hombro—. Sería absurdo esconderlo en un rincón.

—La primera vez que te vi pensé que eras el tipo más raro y estirado del crucero.

Marcelo se rió, ese sonido bajo que llevaba meses siendo mi favorito.

—Y yo pensé que eras la becaria más insolente que se había cruzado en mi camino en toda su vida.

—No era becaria.

—Ya lo sé. Eso me molestaba todavía más, que encima tuvieras razón en todo lo que decías.

Le di un golpecito con el codo, sin dejar de mirar el cuadro. Costaba creer que aquella chica de espaldas al mar, con el pelo suelto y el hombro descubierto, hubiera sido yo hacía tanto tiempo, en una suite que ya ni recordaba bien del todo.

—¿Sabes lo que más me sorprendió de ti al principio? —preguntó Marcelo.

—¿Que no me impresionara tu apellido?

—Eso también. Pero sobre todo que no tuvieras miedo de discutirme nada. Nadie me discutía nada en aquella época. Ni mis socios, ni mis amigos, ni... —Se detuvo un momento—. Ni mi padre, en realidad, aunque él discutiera conmigo todo el rato.

—Yo tampoco tenía miedo de perder nada contigo —contesté—. Eso ayuda.

Nos quedamos así un rato, apoyados el uno en el otro delante del cuadro, mientras la galería se iba vaciando del todo detrás de nosotros.

—Este cuadro empezó siendo uno de los que dibujaba a escondidas —dijo Marcelo, cuando ya solo quedábamos nosotros y un camarero recogiendo las últimas copas—. Antes de la terraza. Antes de que me pillaras dibujándote.

—¿Cuántos había, en total, de esos que hacías a escondidas?

—Muchos más de los que te voy a confesar nunca.

Sonreí y le di un empujoncito con el hombro.

—¿Cuándo supiste que estabas enamorado de mí?

La pregunta se quedó flotando entre los dos, y Marcelo tardó un momento en contestar, como si de verdad estuviera buscando la respuesta en algún cajón de la memoria.

—No lo sé exactamente —dijo al final—. Creo que fue antes de darme cuenta. Creo que ya estaba enamorado de ti cuando todavía me decía a mí mismo que solo me interesaba dibujarte bien.

—Eso es una excusa muy pobre para un pintor con dos títulos universitarios.

—Ya te lo dije una vez: no todo se explica con títulos.

Me reí, y él aprovechó para pasarme un brazo por la cintura, con esa naturalidad que había tardado meses en construirse entre los dos y que ahora parecía que llevábamos toda la vida teniendo.

—Yo lo supe en el pasillo de servicio —confesé—. Antes del beso, incluso. Cuando dijiste que no podías apagar la preocupación como si fuera un interruptor. Ahí me diste mucho más miedo que cualquier otra cosa que hubiera pasado en aquel crucero.

—¿Miedo?

—Miedo de que me importaras de verdad. Lo demás sabía manejarlo.

Marcelo me apretó un poco más contra él, y nos quedamos callados un momento, dejando que la sala vacía absorbiera esa confesión sin necesidad de ponerle más palabras encima.

Caminamos hacia la salida despacio, sin prisa por llegar a ningún sitio.

—¿Ha venido tu padre? —pregunté, aunque ya sabía la respuesta, porque lo había visto entrar una hora antes con su copa de vino y su gesto serio de siempre.

—Ha venido y se ha quedado casi cuarenta minutos —contestó Marcelo, con una media sonrisa—. Para él, eso es un discurso de gratitud entero.

—Sigue sin decirte que está orgulloso, ¿no?

—No con esas palabras. Pero se ha quedado delante de tu cuadro un buen rato, sin decir nada, y luego me ha preguntado el precio del marco. —Se encogió de hombros—. En su idioma, eso es un cumplido.

Habíamos hablado mucho, en los últimos meses, de cómo había cambiado la relación entre Marcelo y Víctor. No de un día para otro, ni de forma completa. Víctor seguía siendo el mismo hombre exigente y de carácter fuerte que patrocinaba simposios y discutía cifras a gritos cuando algo no le convencía.

Pero ahora dejaba que Marcelo entrara a las reuniones importantes de la empresa del aceite solo cuando de verdad le interesaba, no como una obligación heredada.

Y había aceptado, aunque le costara reconocerlo en voz alta, que su hijo pintara los fines de semana en un estudio alquilado, sin pedirle explicaciones cada vez que llegaba con las manos manchadas de óleo.

—Ya no espera que sea tú —le dije—. Espera que seas tú, a secas.

—Es un cambio pequeño —contestó Marcelo—. Pero para él, es enorme.

—Para ti también lo es.

Asintió, sin necesidad de decir nada más. Habíamos aprendido los dos que el respeto, cuando llega tarde, no deja de valer por eso. Solo llega distinto.

Salimos a la calle cuando ya había oscurecido del todo. El aire de la noche olía a ciudad, a nada que ver con el mar del crucero, pero algo en la manera en que Marcelo caminaba a mi lado me devolvía siempre a aquella terraza.

—Como vuelvas a dibujarme con un albornoz —dije, señalándolo con un dedo—, te tiro el cuadro al mar. Con marco y todo.

—Ya no necesito dibujarte a escondidas —contestó, parándose en medio de la acera—. Ahora puedo pedírtelo directamente.

—¿Y me lo vas a pedir?

—Puede que esta misma noche.

Me acerqué un paso, y él bajó la cabeza para encontrarme a mitad de camino, como llevaba haciendo desde aquel pasillo de servicio hacía tantos meses. El beso fue distinto a aquel primero, torpe y sorprendido. Este fue lento, seguro, del tipo que ya no teme que nadie interrumpa con un teléfono.

Cuando nos separamos, apoyé la frente en su pecho un momento, escuchando el corazón que ya conocía tan bien.

—No me salvaste, ¿sabes? —dije, casi en un susurro.

—Lo sé —contestó—. Tú tampoco me transformaste en otra persona.

—Solo nos dimos permiso.

—Solo eso —confirmó él, y me besó otra vez, ahí en mitad de la calle, sin galería, sin barco, sin nadie observando salvo las luces de la ciudad.

No hizo falta ninguna palabra más. Los dos lo sabíamos: no nos habíamos rescatado el uno al otro, ni habíamos dejado de ser quienes éramos para encajar mejor en la vida del otro.

Simplemente, cada mañana, seguíamos eligiéndonos.

Y esa noche, con la calle vacía y su mano buscando la mía, supe que iba a seguir siendo así durante mucho tiempo.

Fin.