Nuria Bellot lleva catorce años sacando adelante la campaña de Navidad de una fábrica de turrón de Jijona.

Decide cuánto se fabrica, en qué orden y a qué hora sale cada camión, y en el organigrama su nombre aparece en cuerpo ocho, en una nota a pie de página, debajo de la palabra «apoyo».

La noche del sábado 31 de octubre se le rompe la correa del alternador en una carretera sin arcén, a doce kilómetros de ningún sitio. Para un coche. Y ella, que lleva media vida arreglándole los problemas a todo el mundo, decide que por una noche no va a arreglar nada:

—No me digas cómo te llamas. Porque si me lo dices, el lunes te busco.

El lunes no hace falta que le busque. El lunes 2 de noviembre, a las diez y veinte de la mañana, el hombre que la llevó a casa sube por primera vez en catorce meses a la tercera planta y se presenta delante de veintidós personas como lo que es: el dueño.

Quedan cincuenta y dos días para Nochebuena.

Un millón cuatrocientas mil tabletas comprometidas con un cliente que no perdona un día de retraso.

Cuatrocientos dos contratos de campaña en un pueblo de siete mil habitantes.

Y un producto nuevo que se está partiendo en el envasado sin que nadie sepa por qué.

Él resuelve a las personas con dinero, porque nunca ha sabido hacerlo de otra manera. Ella nunca pide nada, porque cree que así no se le puede caer nada encima. Y en algún momento de diciembre, uno de los dos va a hacer algo por el otro sin preguntárselo antes.

Comedia romántica de oficina con banter que quema, dos protagonistas que discuten de verdad, una fábrica que huele a almendra tostada desde julio y una Navidad alicantina de veinte grados y manga corta.

Contenido sexual explícito. +18. Final feliz.

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