Nuria
Huele a lejía.
Y al otro lado de la nave, en la cámara, a dieciocho grados y con la puerta cerrada, hay cuatrocientos palés con el logotipo de otro impreso en el estuche. Ayer valían ochocientos veintiocho mil euros. Hoy nadie ha entrado ahí, y mañana tampoco, y del lunes no habla nadie.
— Nos vamos, mi alma.
— Nos vamos.
— Que este año lo hemos sacado.
— Lo hemos sacado.
A la una menos cuarto quedan doce personas recogiendo con esa prisa educada del último día. Ximo apaga el perol grande, se limpia las manos por última vez este año y me da una cosa envuelta en un paño de cocina, apoyándomela en el brazo igual que se pasa un albarán.
Es un mortero de piedra de los de mano, con el interior gastado y liso de tanto uso y una mano de madera oscurecida por el aceite.
— ¿Y esto?
— Para el de Alicante.
— Ximo.
— Que aprenda con las manos, que con la cabeza ya sabe.
Y se va al vestuario con las manos en los bolsillos del mono. Ese hombre no me ha hecho un regalo en catorce años, y el día que me hace uno es para otro y encima me toca a mí llevarlo.
El sobre lo abro a la una y diez, sentada en el coche, en el aparcamiento vacío de la fábrica, con la calefacción puesta y el mortero envuelto en el asiento de al lado.
Dentro hay dos folios. Contrato de trabajo, técnico administrativo comercial, categoría y salario de siempre. Ni puesto nuevo, ni subida, ni un solo cambio. Y abajo, en la casilla de la firma de la empresa, la fecha.
18 de diciembre.
Lo leo tres veces, y a la tercera me quito el abrigo dentro del coche porque me estoy asando.
El día 18 por la noche, después de que yo le dijera que se aguantara las ganas de arreglar las cosas, después de lo de mi padre y de soltarme de la muñeca y de irme, ese hombre se quedó solo en una planta a oscuras.
Llamó a un abogado a las nueve de la noche de un viernes, imprimió esto, lo firmó y lo dejó en mi cajón.
Y había decidido por su cuenta. Eso sigue siendo verdad y no se arregla porque la fecha me guste.
Pero lo hizo antes de saber si yo se lo iba a perdonar, y no me lo dijo: ni el sábado en el polígono, cuando yo le devolvía el sobre sin abrir y él podía haberme dicho «ábrelo, que ahí dentro está lo que me pediste», ni el domingo, ni el lunes, ni ayer delante de una auditora.
Eso no lo arregla todo y no pienso fingir lo contrario. Arregla una cosa de las que había. Una.
Me quedo en el coche con los dos folios en el regazo hasta la una y media. Cuando arranco tengo que quitar el vaho del parabrisas con la manga.
En casa de mi padre, en Nochebuena, se come a las dos y media y se cena a las nueve, y las dos comidas son la misma, porque él pone la mesa a las dos y no la quita hasta las once. Lleva haciéndolo así desde 2018 y sus dos hijas se han rendido.
Está Mireia con su marido. Está la vecina del principal, que se ha quedado sola este año y a la que mi padre invitó en octubre, con dos meses de antelación, para que no le diera tiempo a inventarse una excusa.
Estoy yo. Y está la mesa, con el mantel bueno, el de 2014, que ya solo se saca este día del año.
Hay gambas, pollo relleno con ciruelas y una fuente de ensaladilla del tamaño de un lavabo que sobra todos los años y que nos comemos el 25 con una tortilla.
Y a mitad de la comida, entre el pollo y el postre, mi padre se levanta a por otra botella de gaseosa, se para detrás de la silla de la vecina con la mano apoyada en el respaldo y dice lo que dice desde febrero de 2013.
— Y esta es mi hija, la ingeniera. La que lleva la fábrica de Jijona.
La vecina hace un ruido de admiración con la boca, de esos que se hacen en las mesas para acompañar. Y yo dejo el tenedor en el plato, encima de la servilleta, y al otro lado de la mesa Mireia deja de masticar.
— No soy ingeniera, papá.
Lo digo bajito. Ni siquiera se enteran los del otro lado de la mesa. Lo digo a la altura de la conversación, con la vecina delante y con la fuente de ensaladilla en medio, y sigo con lo mío.
— Dejé la carrera en tercero. En 2012. Nunca la terminé y nunca te lo dije. Y llevo trece años dejándote decirlo porque me daba miedo cómo te ibas a poner.
Mi padre se queda de pie detrás de la silla, con la mano en el respaldo y la botella vacía en la otra. Cinco segundos. Los cuento porque no sé qué hacer con las manos y porque contar es lo que hago yo cuando no sé qué hacer con las manos.
Mireia se queda con el vaso a medio camino de la boca. Su marido se sirve más pollo, que es su manera de irse de una habitación sin levantarse de la silla. La vecina mira el mantel con muchísimo interés.
Y mi padre dice:
— ¿Y por eso pones esa cara desde hace un mes?
— Papá.
— Que si es por eso, no lo entiendo. — Se rasca la nuca —. Yo lo decía porque tú llevas esa fábrica.
Y se va a por la gaseosa, y vuelve, y sirve a la vecina, y se sienta. Y hablan de la cuesta de enero y de que este año la lotería no ha caído por aquí, y no se vuelve a hablar de esto en toda la comida ni en toda la cena ni en toda mi vida, probablemente.
Eso es todo. Trece años cargando una cosa que pesaba tanto que ni podía levantarla, resuelto en cinco segundos entre el pollo y el postre, delante de una vecina que este año se ha quedado sola. Y no me siento ligera, ni libre, ni nada de eso que dicen. Me siento tonta. Un rato después, ya no.
En la cocina, fregando, mi hermana me pasa un trapo y no me mira.
— ¿Ves? — dice.
— Cállate.
— No he dicho nada.
Y seguimos fregando. En un momento me pasa una fuente mal aclarada y se la devuelvo, y se ríe con la mano metida en el agua.
Le mando un mensaje a las siete de la tarde. Le pongo: ¿estás en tu casa? Y me contesta a los dos minutos: estoy en el polígono. Le pongo: ¿en la nave? Y me contesta: encima.
Pla de la Vallonga en Nochebuena a las nueve de la noche es el sitio más vacío de la provincia de Alicante.
No hay un coche en toda la calle, ni una persiana subida, y la mitad de las naves tienen puesta la luz verde de emergencia encima de la puerta de peatones.
Hay veinte grados y, muy lejos hacia el norte, alguien tirando cohetes con tres horas de adelanto.
He venido por una avenida vacía y al llegar me he quedado cuarenta segundos dentro del coche decidiendo una cosa que ya tenía decidida a la una y diez.
La escalera exterior es de chapa, de las que suenan, y sube pegada a la fachada hasta una puerta metálica de la primera planta, con un descansillo a la mitad.
Está sentado en el descansillo.
Y yo subo seis escalones con el mortero de Ximo debajo del brazo, y me paro delante de él, y él levanta la cabeza, y no encendemos la luz.
Y lo que pasa a partir de aquí no lo decide ni él ni yo.
Me coge por la cintura desde abajo y me apoya la frente en el estómago, y así estamos un rato.
La chapa está fría y se oye un cohete lejísimos, hacia San Vicente.
Luego levanta la cara, y yo me agacho, y le beso yo, o me besa él, que es una de esas veces en las que no se sabe y además no hace falta saberlo.
Y se me cae el mortero de Ximo. Da dos escalones de tumbo, hace un ruido de piedra contra hierro que se oye en toda la calle y se queda parado en el rellano de abajo. Ninguno de los dos baja a por él.
Subimos los seis escalones que quedan sin separarnos, mal, chocando con la barandilla. Él abre con una llave que lleva en el bolsillo del pantalón. Entramos.
Y enciende el radiador.
— Espera — dice —. Este trasto huele a quemado los tres primeros minutos. Que no te asustes, que no se está incendiando el edificio.
— Jaime, tienes un radiador de mil novecientos noventa y ocho.
— Tengo un radiador que calienta cuarenta metros en once minutos. Lo he medido.
El piso son cuarenta metros: un colchón en el suelo con una manta doblada a los pies, una silla, una caja de herramientas grande, una bombilla desnuda que no enciende y el radiador con las resistencias a la vista.
Aquí vivió de 2011 a 2019, encima de su primera nave, mientras compraba camiones, y hasta esta noche yo no sabía ni que existía este sitio.
Huele a quemado, efectivamente. Huele a polvo quemándose en una resistencia, que es un olor de invierno de casa pobre y que yo conozco muy bien de la mía de pequeña.
Nos sentamos en el colchón, en la penumbra, con la luz de la farola de fuera entrando por la ventana.
— He abierto el sobre — digo.
— Lo sé. Me lo has dicho subiendo.
— No te lo he dicho subiendo.
— Pues me lo ha dicho otra cosa.
Y aquí es donde lo digo. No lo tenía preparado. Lo he tenido preparado tres veces esta semana, con discurso y con orden, y las tres se me ha caído por el camino. Lo digo así, mirando el radiador, con la voz de todos los días y sin nada delante ni detrás.
— Te quiero.
Y ya está. Lo he dicho una vez y en voz normal, sin discurso, sin preámbulo y sin nada detrás, y no lo pienso repetir esta noche ni mañana.
Jaime no dice «yo también».
Se queda muy quieto, con los codos en las rodillas, mirándose las manos con la cabeza en otro sitio. Está callado tanto rato que a otra le daría tiempo a arrepentirse. A mí me da tiempo a pensar tres cosas. Las tres son mías y aquí no las pongo.
Luego se levanta. Sale al descansillo, baja al rellano, sube con el mortero de Ximo en la mano y me lo pone delante, en el colchón, entre los dos.
— Enséñame a hacerlo — dice —. No sé hacerlo y quiero saber hacerlo, y no hay manera de comprarlo.
— ¿El turrón?
— El turrón.
— Jaime, el turrón se hace en cinco días y con una nave.
— Pues enséñame la parte que se pueda hacer con esto.
Y ahí está. En un piso de cuarenta metros encima de una nave de frío, con un mortero de piedra en medio de un colchón y un radiador oliendo a polvo quemado.
Este hombre, que arregla la vida de la gente con dinero porque es lo único que le enseñaron a hacer en su casa, acaba de pedirle ayuda a alguien por primera vez desde que tiene uso de razón.
No ha dicho «te quiero». Ha dicho «enséñame». Y en su idioma eso es más largo.
Y yo, que llevo media vida sin pedir nada, sé perfectamente lo que le ha costado.