Jaime #2
— Las tabletas del producto sin azúcar añadido se agrietan.
Ustedes nos devolvieron nueve mil cuatrocientas el día 11, que es el uno coma diecisiete por ciento de las ochocientas mil servidas, y nosotros las repusimos en cuatro días sin explicarles por qué se partían, porque no lo sabíamos. Ya lo sabemos.
Y lo cuenta con la libreta abierta y los dos análisis encima, señalando con el dedo: la primera tanda partida el 12 de agosto, la marcona que sale del proveedor a cuatro coma nueve y entra por nuestro muelle a seis coma ocho, y el azúcar que en las otras referencias sujeta la pasta y que en esta no está.
Habla dos minutos y medio, no le tiembla la voz y no mira a otra cosa que a los papeles. Así habla la gente que sabe.
— ¿Y la humedad de dónde sale? — dice Palau.
— De la cámara donde se guarda la almendra antes de traerla a Jijona. En septiembre del año pasado se bajó de ocho grados a cuatro y se apagó el deshumidificador, y la humedad relativa de dentro subió de cincuenta y cinco a sesenta y ocho.
— ¿Quién la bajó?
Y Nuria se calla.
Se calla y me mira, y en esa mirada, que dura dos segundos, hay una pregunta que no tiene nada que ver con este expediente.
— La bajé yo — digo —. El once de septiembre de 2025, a las cinco y cuarenta y dos de la tarde, en mi otra empresa, que es el operador logístico de esta.
Treinta y un mil euros al año de ahorro, todos del deshumidificador que apagué.
Lo firmé yo solo, en cuarenta segundos, y no lo consulté con producción, porque entonces la producción de esta casa me parecía una cosa que iba sola.
Saco los cuatro folios del bolsillo interior y los pongo encima de la mesa.
— Y hay una tercera cosa, señora Olcina, y se la voy a dar por escrito antes de que se vaya.
El día 17 yo creé un puesto y cambié un contrato para que el expediente que le acaban de contar no le llegara a usted.
Lo firmé yo. La persona afectada se enteró el día 18 por un tercero. No lo sabía y no lo pidió.
Susana Olcina deja el lápiz encima de la tablet.
— ¿Me está usted diciendo que ha falseado un expediente de un sistema certificado?
— Le estoy diciendo que lo intenté y que se lo estoy contando yo antes de que lo mire usted. Y que el nombre que va en ese papel es el mío.
Héctor Palau, de Grupo Aldán, se pone la chaqueta.
No dice ni una palabra de más, y eso hay que reconocérselo. Coge su carpeta, le da la mano a Loreto, le da la mano a Susana Olcina, y a mí también me la da.
— Voy a informar a mi dirección — dice —. Hoy mismo.
— Lo entiendo.
— Van ustedes a recibir una comunicación.
— Lo entiendo.
Y se va, y por la ventana le vemos los cuatro cruzar el patio y salir del polígono a una velocidad razonable.
La comunicación llega a las siete y veinte de la tarde: cancelación del acuerdo de suministro de marca de distribuidor por pérdida de confianza en el proveedor, con efecto inmediato y sin penalización para las partes, porque el contrato lo permite y porque lo redactaron ellos.
Efecto inmediato quiere decir esto, con las unidades puestas: en la cámara de Jijona hay cuatrocientos palés del «sin» precintados para la reposición de Reyes, con la ficha, el logotipo y el código de barras de Aldán impresos en el estuche: ochocientos veintiocho mil euros que desde las siete y veinte de esta tarde no se le pueden vender a nadie.
Y detrás, el acuerdo marco y la campaña de 2027.
Esto no se recupera, y lo sé mientras lo leo apoyado en un palé del muelle 3: una cadena que retira una marca de distribuidor por pérdida de confianza no la devuelve, y el que diga lo contrario es que le ha vendido a otra clase de cliente. Yo llevo camiones cargados para ellas desde que empecé.
Me llama Óscar Devesa a las siete y media desde el último despacho encendido de la calle del Aljub.
— Por orden. Uno: acabo de leer lo de Aldán.
Dos: siento cómo ha pasado. Y tres, y esto lo digo yo porque no lo va a decir nadie: la marcona nos cuesta seis euros con veinte el kilo, ese producto lleva ciento veintiocho gramos por tableta y se la vendíamos a uno con treinta y ocho.
Súmale mano de obra, envase y porte. En margen, perder ese pedido es la mejor noticia que nos ha dado nadie este año.
Y espera.
Y lo que yo hago con eso es decirle que mañana lo miramos, que se vaya a su casa, que es Nochebuena.
— Que sí — dice —. Buenas fiestas.
Lo demás del día pasa deprisa y sin ceremonia.
Susana Olcina termina a las dos y diez y a las cuatro nos dice lo que va a poner: el certificado se mantiene, con Ximo Sanchis como responsable técnico de producto y Nuria Bellot como responsable de desarrollo, que es el puesto que ocupa de hecho desde hace siete años, y dos no conformidades.
Una mayor a nombre de la dirección, con plan de acción a treinta días, por manipulación documental: con mi nombre y sin el de ella.
Y una menor a nombre de Nuria Bellot, porque el 11 de diciembre entró una devolución por defecto de producto y el registro no se abrió hasta el día 15, y eso se firma el mismo día aunque lo arregles tú sola en cuatro madrugadas.
Nuria la escucha de pie, dice que es correcto y pide el formulario.
Me llama mi banco a las seis menos cuarto, que se ha enterado por el mismo sitio por el que se entera de todo, y tengo veinticinco minutos de conversación con dos personas educadísimas que me piden previsiones actualizadas y una reunión el 7 de enero. Cuelgo sabiendo la clase de reunión que es esa.
Bajo al muelle 3 a las seis y veinte con Amparo, que me lleva por delante sin mirarme y va contando cajas en voz alta, y hago la única llamada del día que me sale barata: mando un técnico con la precintadora nueva del polígono, la que compramos en marzo y está sin usar, y a las siete y media está precintando a doce cajas por minuto.
Amparo la mira funcionar dos ciclos enteros.
— Ya era hora — dice.
Y se va a por el siguiente palé, y a mí me parece exactamente lo que corresponde, porque esa máquina la pidió una sola vez, el día 11, con el rollo de precinto en la mano, y no la ha vuelto a nombrar.
Vuelvo a Alicante a las ocho menos cuarto y subo a por el portátil, con la planta vacía y las luces apagadas menos la de recepción, y me encuentro a la chica y a Iván Cortés abriendo las catorce cajas del lote.
En la cuarta caja, entre el vino y el turrón surtido, envuelto en papel de seda y con polvo de escayola en el envoltorio, está el Niño del belén.
Iván lo saca, le da la vuelta buscando una etiqueta con el precio y lo deja en el mostrador. La chica lo coge, lo pone en el hueco rectangular de la paja, lo cuadra con el dedo y vuelve a lo suyo, y ninguno de los dos dice una palabra de dónde ha estado esa figura desde 2019.
Y yo me quedo apoyado en el mostrador, con el portátil debajo del brazo, mirando un belén de escayola de 1994 al que hoy le han puesto el Niño y a mí me han quitado ochocientos veintiocho mil euros y el año que viene, con la puerta de la calle abierta y ese poniente seco que pone a la gente de mal humor, y pensando que llevo desde las once y veinte sin cruzar una palabra con Nuria Bellot y que mañana es Nochebuena.