Jaime
— No ha subido. Baja los miércoles a las seis y media.
Anoche no dormí: estuve hasta las dos en la terraza de mi casa ordenando el problema en columnas, que es lo que hago yo cuando algo no me sale, y a las dos de la mañana la única columna que no sabía rellenar era la de lo que hay que decir y a quién, porque he aprendido a decirlo todo menos una cosa que me deje a mí por debajo.
— Mañana antes de las dos.
Y se vuelve a su despacho con su taza, y yo me quedo en mitad de la planta con cuatro folios en la mano y la sensación exacta de haber dejado sin contestar la tercera cosa importante de esta semana.
A las ocho y cincuenta y dos me llama Loreto Pastor.
— Están aquí.
— ¿Quién está ahí?
— Susana Olcina, de Norvalia, con un técnico. Han entrado por la puerta de visitas a las ocho y cuarenta y cinco y han pedido el libro de firmas. — Se oye ruido de muelle detrás —. Recertificación no anunciada. Y hay otra cosa.
— Dime.
— Que Héctor Palau ha llegado a las ocho y media, con cita, para la visita de cierre de campaña de Aldán. Los tengo a los dos en la oficina de fábrica tomando café en el mismo metro cuadrado.
Salgo del aparcamiento a las ocho y cincuenta y siete y hago los veintinueve kilómetros en treinta y tres minutos, con la niebla ya levantada y el sol dándome de frente en el retrovisor.
En esos treinta y tres minutos hago lo que sé hacer, que es calcular.
Salida uno: el expediente sube tal y como está, con Loreto de responsable técnica interina, combinación legal, limpia y aburrida que aguanta esta auditoría y las diez siguientes. Coste: cero.
Salida dos: error administrativo en una casilla de 2013, se corrige y se piden disculpas por escrito, y se lo cree cualquiera porque lo cometió alguien que ya ni trabaja aquí. Coste: cero.
Salida tres: contarlo. Y el coste de la tres, calculado a ojo en una curva de la CV-800, es el certificado en el aire, Aldán en el aire y cuatrocientos palés en el aire, con un beneficio que yo, que le pongo números a todo, soy incapaz de medir.
Llego a las nueve y media y aparco torcido, ocupando dos plazas, cosa que no había hecho jamás.
En la oficina de fábrica hay cinco personas de pie, dos más de las que caben.
Susana Olcina lleva un chaleco acolchado encima de la bata y una tablet en la que va marcando cosas, su técnico enchufa un portátil y Héctor Palau tiene la chaqueta doblada en el brazo y la expresión educadísima del que acaba de entrar en una habitación pequeña con una auditoría dentro.
Loreto está a un lado con la carpeta contra el pecho.
Y Nuria está apoyada en el marco de la puerta, con el mono de sala blanca abierto por delante y su libreta debajo del brazo, y lleva ahí desde las seis y media.
Nuria y yo nos miramos exactamente un segundo, ni uno más, y en ese segundo cabe cero de lo que yo traía preparado desde las siete menos cuarto de la mañana.
— Buenos días — digo.
— Buenos días — dice Susana Olcina —. Estamos haciendo el recorrido de línea y luego revisamos documentación. Con la señora Bellot ya hemos visto tostadero, molienda y remesat.
— Van bien — dice Nuria.
— Van bien — dice la auditora, y no lo dice por amabilidad: lo dice leyendo un dato.
El recorrido dura una hora y cuarenta minutos y se mira todo: peroles, temperaturas de los cajones, trazabilidad de los lotes, sala blanca y registro de incidencias del muelle.
Héctor Palau viene detrás en silencio, porque a un comprador que va a poner tu producto en dos mil cuatrocientos lineales la auditoría le interesa lo mismo que a ti.
Hacia las diez y media, delante de los moldes escurriendo encima del papel secante, Susana Olcina le pregunta a Nuria por qué en el «sin» se alargó el moldeado tres horas, y Nuria se lo explica sin abrir un papel, con las manos, en dos frases.
Y Héctor Palau, que lleva cuarenta minutos callado detrás de nosotros, se acerca medio paso para oírla mejor.
A las once y veinte volvemos a la oficina y Susana Olcina abre la carpeta de personal.
— Responsables técnicos con titulación acreditada — dice —. Necesito el expediente del responsable técnico de producto para las referencias de campaña, incluida la marca de distribuidor.
Loreto mira la carpeta y no cita nada. Levanta la vista y me mira a mí.
— Eso lo tiene que contestar Jaime — dice.
Y ahí está el momento.
Tengo el expediente nuevo en la carpeta, a treinta centímetros de la mano de la auditora, y aguanta.
Tengo la versión del error administrativo de 2013 en la boca, y aguanta mejor.
Y tengo, en el marco de la puerta, a una mujer a la que le he decidido la vida yo solo dos días distintos de esta misma semana y que me dijo el viernes que probara a esperar, a ver qué tal se me daba.
Y entonces hago la única cosa que no he hecho en treinta y nueve años de vida, en quince años de empresa y en quince meses de dueño de esta fábrica, que es no elegir yo. Me giro hacia la puerta.
— Nuria. Es tuyo. ¿Qué quieres hacer?
Y me callo.
Y aquí hay que contar bien lo que pasa, porque lo que pasa es que no pasa nada durante mucho tiempo.
Susana Olcina levanta la cabeza de la tablet. Es la primera vez en dos horas que deja de escribir. Mira a Nuria, y luego me mira a mí, y luego vuelve a mirar a Nuria, y baja el lápiz.
Héctor Palau se cambia la chaqueta de brazo.
Loreto Pastor sigue con la carpeta contra el pecho y no la abre.
El técnico de Norvalia, que es el único de los cinco que no tiene ni idea de lo que está pasando aquí dentro, teclea, levanta la cabeza y para.
Por el ventanuco entra el ruido del amasado, que a esta hora es el perol grande y una carretilla, y ese ruido de repente se oye mucho más de lo que se oía hace veinte segundos.
Yo no digo nada más. No añado un dato. No propongo una salida.
No me adelanto a la respuesta, no la ayudo, no le hago un gesto con la cabeza para indicarle qué contestar.
Tengo las dos manos quietas y estoy mirándola a la cara, y ella me está mirando a mí, y me está mirando de una manera que no me había mirado nunca, porque está buscando la trampa.
Y no la encuentra, porque no la hay.
Nueve segundos, o doce, o los que sean, porque no los estoy contando y esa es la novedad de mi vida: yo cuento siempre, cuento los minutos de una descarga y los segundos de un semáforo, y aquí dentro me he quedado sin contar.
En una habitación de cuatro metros por tres con cinco personas de pie, ese silencio dura una cantidad de tiempo indecente.
Se oye respirar a Loreto. A mí no se me oye, porque no estoy respirando.
Nuria se separa del marco de la puerta.
— Yo no soy ingeniera — dice.
Lo dice en voz normal. Ni alta ni baja. La misma voz con la que le pide a Amparo un albarán.
— En mi expediente de 2013 hay una casilla que dice «ingeniera química» y esa casilla la rellenó otra persona en una entrevista, y yo no la corregí.
Estudié Ingeniería Química dos años y medio y no la terminé.
Llevo catorce años en esta empresa. Empecé en el almacén de esta nave con diecinueve años, en prácticas.
Desde 2019 decido de hecho qué se fabrica, cuánto y en qué orden, y no tengo ningún título que respalde una responsabilidad técnica.
El puesto de responsable técnico de producto no lo puedo firmar yo. Ni ahora ni en 2013.
Y yo me quedo mirándole la nuca a una mujer que acaba de contar delante de una auditora, de un cliente y de su jefe una cosa que llevaba trece años sin decirle a su padre, y la ha contado mejor de lo que la habría contado yo con mis tres minutos ensayados en el coche.
Susana Olcina escribe una línea entera en la tablet, sin levantar la cabeza, y tarda en escribirla más de lo que se tarda en escribir una línea.
— ¿Y quién lo firma? — dice.
— Déme diez minutos.
Y sale sin esperar a que nadie le diga que sí, y yo salgo detrás.
El amasado a las once y veinticinco son cuatro peroles puestos y un ruido que obliga a hablar más alto de lo que hoy le apetece a nadie. Ximo está en el segundo, con la pala girando y la mano metida en la masa de la mesa de al lado.
Nuria se lo pregunta entero y sin adornarlo: que hay una auditora arriba, que el responsable técnico de producto tiene que ser él, que eso quiere decir firmar lo que sale por esa puerta también los días que sale mal, y que si dice que no, no pasa nada y ella lo cuenta igual.
Ximo saca la mano de la masa. Se frota la yema del pulgar con los dedos. Mira la pala.
— ¿Y esto quién lo ha pensado?
— Yo. Ahora mismo, bajando la escalera.
— ¿Y él?
— Él ha preguntado.
Ximo se limpia las manos en el trapo, lo dobla por la mitad y lo vuelve a doblar, y tarda en contestar lo que tarda un perol en dar cuatro vueltas.
— Yo llevo firmando lo que hago desde el año ochenta y ocho — dice —. Si ese papel dice lo que hago, lo firmo. Y el día que diga otra cosa, lo quitáis.
— Va a decir lo que haces.
— Pues ya está. — Y le hace un gesto con la barbilla al de la compuerta —. Súbeme eso, que se me pasa.
Volvemos los dos a la oficina sin hablar, y a las once y media de la mañana del 23 de diciembre el responsable técnico de producto de esta casa es un hombre que no ha soltado la pala.
— Ximo Sanchis — dice Nuria desde la puerta —.
Maestro turronero, formación en industria alimentaria y el hombre que decide el punto de todo lo que sale por esa puerta.
Yo puedo firmar desarrollo de producto y planificación, que es mi trabajo real, y para eso no se exige titulación técnica.
Está en su norma. Loreto lo tiene mirado.
— Lo tengo mirado — dice Loreto.
Y entonces Nuria pone la libreta encima de la mesa de la oficina de fábrica, al lado de la tablet de la auditora y del café frío de Héctor Palau, y la abre por la mitad del verano con el pulgar, sin buscar, porque sabe exactamente por dónde se abre.
— Y ya que estamos con las referencias de campaña, hay una segunda cosa, y esta le interesa más al señor Palau que a usted.
Héctor Palau se endereza.