Ábrelo en Navidad Nuria #2
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Nuria #2

Le quito el mortero de en medio y lo dejo en el suelo.

— Ven aquí.

— ¿Dónde es aquí?

— Aquí.

Y aquí no hay protocolo, ni orden, ni una voz diciendo por adelantado lo que va a pasar. Nos desnudamos mal y a medias, sentados, riéndonos de la manta, que huele a cerrado y acaba en el suelo a los dos minutos. Se me engancha el jersey en el pelo, él tira de la manga, me hace daño en una oreja.

— Estate quieto.

— Estoy quieto.

— No estás quieto.

Y me río tanto que hay que parar, y luego ya no me río.

Me tumba, o me tumbo. La luz de la farola le da a él en media cara y a mí en el hombro, y no hay más luz que esa en toda la casa.

Me busca con la mano y con la boca y yo le busco a él, y el reparto de papeles se ha quedado en la puerta: se sube encima quien puede, se para el que necesita parar y el otro espera.

En un momento estoy yo arriba y me para él, cogiéndome de las caderas con las dos manos, sin decir por qué.

— ¿Te espero?

— Sí.

Y me quedo quieta y le miro la mandíbula y cuento hasta veinte, y no lo cuento en voz alta.

— Ahora.

En otro momento estoy yo mordiéndole el hombro para no hacer ruido, y me acuerdo, en mitad de todo, de que estamos encima de una nave con dos vigilantes abajo, y se lo digo.

— Están en la garita de la otra punta.

— ¿Seguro?

— Los pago yo.

Habla poco y bien. Me dice al oído, muy bajo, que le gusta cómo me pongo cuando dejo de pensar, y le pregunto que cómo me pongo, y me dice que callada, y luego que callada y con prisa, y me río con él dentro, y eso también cabe.

Se corre antes que yo, y le da rabia, y me lo dice con la cara pegada a mi cuello.

Luego se queda entre mis piernas mucho rato, sin preguntarme nada, hasta que dejo de agarrarle el pelo y le empujo la frente con la palma, y entonces sube, se tumba de espaldas y se ríe él solo de algo que no me cuenta.

Después, en la penumbra, con el radiador arrancando y parando cada pocos minutos, me pide que se lo diga otra vez.

— Eso se dice una vez.

— Ya lo sé.

— Pues no me lo pidas.

Y se queda callado. Y yo, que sí sé lo que me está pidiendo, se lo doy en lo único que tengo para dar que no sean esas palabras.

— Mañana no me levanto a las cinco y media — le digo, contra el hombro —. Ni pasado. Y llevo levantándome a esa hora desde los diecinueve años.

Se ríe muy bajo y no me vuelve a pedir nada. Y luego dice tres cosas seguidas, mirando al techo, como quien descarga un camión por orden de bultos.

— La caja que te dejé en la mesa el 2 de noviembre era una prueba. Te dejé un ensayo con el resultado dentro para ver si me decías la verdad el día que el resultado no te conviniera. Eso lo hice el segundo día.

No digo nada. Es lo mejor que se me ocurre hacer.

— Y lo del sábado en el polígono, lo que me dijiste. Era verdad.

— Jaime.

— Que te pido perdón.

Y ya está. No añade nada, no lo explica y no me pregunta si vale. Eso es lo que hay que hacer y lo que no había hecho hasta hoy.

Hay otra cosa que no le digo esta noche y que voy a hacer yo sola el lunes: borrar del escritorio del portátil un documento que se llama «carta».

Y no porque él esté aquí, sino porque anteayer, delante de una auditora y de un cliente, dije en voz alta lo que soy, y una carta que se escribió para no tener que decirlo ya no sirve para nada.

Nos dormimos a las dos y media, o a las tres, encima de un colchón sin sábana.

Dormimos fatal. Nos estorbamos. Él ocupa demasiado.

Yo tengo frío por un lado y calor por el otro: duermo entre un radiador de 1998 y un hombre de metro noventa.

Me despierto tres veces: una por el frío, otra porque él se mueve y la tercera a las cinco menos algo, sin ningún motivo.

Fuera todavía es de noche y ya es 25 de diciembre.

Mi bolso está en el suelo, a un palmo de mi cara. Dentro está la caja de muestras que él me dejó en la mesa el 2 de noviembre y que yo bajé del cajón la noche del viernes 18, cuando volví a la sede a por el cargador.

La saco. Me siento en el filo del colchón, de espaldas, y la abro con la uña por donde está pegada, despacio, porque estas cosas se hacen sin ruido.

Dentro hay dos tabletas del «sin» en su estuche y un papel doblado con la fecha de envasado, el número de tanda y la hora, escritos a mano. La fecha es el veintitrés de octubre.

Las dos tabletas están enteras.

Las saco y las tengo una en cada mano y las muevo un poco, y no suenan.

Del 2 de noviembre al 24 de diciembre hay cincuenta y dos días, y esa cuenta la hice yo el primer día, en mi mesa, con la caja todavía cerrada, porque yo esas cuentas las hago sin querer.

Hoy es 25: un día más de los que él contó, y las dos siguen enteras.

La tanda del veintitrés de octubre la tengo apuntada en la libreta con una raya y sin ninguna palabra al lado.

Así apunto yo las que salen bien, y es la única que salió entera este otoño.

De ahí las cogió: cogió lo mejor que tenía, porque eso es lo que hace uno cuando monta una prueba para quedarse tranquilo.

Y si ayer la hubiera abierto él solo, como pensaba, habría encontrado dos tabletas perfectas a los cincuenta y dos días, habría concluido que la fórmula aguanta y que lo que falla es la línea de corte, y a estas horas estaría pidiendo presupuesto de una cortadora nueva.

Vuelvo a meterlas en el estuche. Doblo el papel por la misma raya, lo meto dentro y cierro la caja apretando la solapa con el pulgar hasta que se queda, que no se queda.

La dejo en el suelo, entre el bolso y su camisa.

Y me vuelvo a tumbar, y él se mueve y me pone un brazo encima sin despertarse, y la solapa de la caja se abre sola otra vez, despacio, ahí abajo, y así se queda.