Ábrelo en Navidad Epílogo
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Epílogo

El mortero de Ximo Sanchis lleva cinco semanas encima de la mesa de la cocina de la calle de Alcoraya, entre el frutero que no cierra y las hojas de la liquidación de campaña, y en cinco semanas lo único que ha hecho ha sido sujetar papeles y aguantar que lo aparten para cenar.

Y el sistema es este: se echa un puñado en el mortero y se machaca.

— No se machaca.

— Ximo dijo que se hacía con las manos.

— Ximo dijo que aprendieras con las manos.

Aprender no es aporrear. — Nuria está sentada en la otra punta de la mesa, con los pies encima de la silla y un trozo de turrón del bueno en la mano, del que sobró de la campaña —.

El boixet no golpea, Jaime. La maneta sube y baja y va removiendo.

No es un martillo. Es una cuchara con delirios de grandeza.

— Yo estoy removiendo.

— Tú estás dándole.

Le doy. Llevo veinte minutos dándole y tengo el brazo derecho como si hubiera descargado un camión, y lo que hay dentro del mortero es una cosa gris que suelta aceite por un lado, tiene tropezones de almendra por otro y se ha pegado en el fondo en una capa que va a haber que quitar con un cuchillo.

En esa capa, si le pregunto a Ximo, hay una explicación de veinte minutos sobre por qué el aceite no emulsiona cuando la pasta no descansa.

Lo que no tengo es una piedra de trescientos kilos ni treinta y ocho años de oficio, y sí tengo una nave a veintinueve kilómetros de esta cocina que esta tarde no me sirve de nada.

He llamado a Ximo a las cinco y media, un domingo por la tarde, cosa que no se hace, y le he preguntado cuánto rato hay que estar removiendo, y me ha dicho que hasta que la pasta te pida parar, y luego me ha preguntado por su mortero y le he dicho que su mortero está perfectamente.

Ese hombre y yo hablamos idiomas distintos, y ahora estoy aprendiendo el suyo a razón de tres palabras por semana, que al ritmo al que yo aprendo las cosas es una humillación diaria y, según parece, es lo que hay.

— Está saliendo bien — digo.

— Está saliendo espantoso.

— Está saliendo bien para ser el primero.

— Jaime, eso es una desgracia con almendras dentro.

Se ríe con la boca llena, que es una cosa que hace y que no le voy a decir nunca que hace, y coge un poco con el dedo del borde del mortero, y lo prueba, y pone una cara que le dura tres segundos y que le va a durar todo enero del año que viene.

— ¿Está malo?

— Está muy malo.

— ¿Cómo de malo?

— Como para no dárselo a nadie de la fábrica. Y en esa fábrica se comen cualquier cosa.

— Descríbemelo.

— Que no.

— Nuria, esto es control de calidad. Descríbemelo.

— Arenoso, seco, con la almendra sin integrar y con un fondo amargo que no sé de dónde sale. — Se limpia el dedo en una servilleta —. Y encima se pega al paladar. Loreto te lo devolvería con un informe y con el número del punto.

De la campaña, lo que hay que decir es poco y ya está dicho en el cierre que mandó Óscar el 15 de enero. La marca propia cerró un seis por ciento por encima del año anterior, y ese seis por ciento lo sacaron ciento treinta personas y cuatrocientas dos de campaña trabajando hasta el 24.

Lo otro se dice en unidades. En la cámara de Jijona se quedaron cuatrocientos palés con la ficha de un cliente que a las siete y veinte del 23 de diciembre dejó de serlo.

Se ha colocado lo que se ha podido, doscientas veinte mil a operadores de saldo a cuarenta y un céntimos y ciento treinta mil a bancos de alimentos con el estuche tapado con una faja, y el resto sigue ahí a dieciocho grados.

En el plan del banco figura como pérdida, y como pérdida se queda.

Aldán no ha vuelto. Y no va a volver: hay una carta muy educada de su dirección de compras, fechada el 8 de enero, que dice que valoran la transparencia y que no tienen previsto retomar el suministro.

En la reunión del banco del día 7, que fue tan fea como yo esperaba, un señor muy amable me explicó durante cuarenta minutos cosas que yo ya sabía y me pidió un plan a dieciocho meses.

Se lo mandé el día 12 y está aprobado con condiciones. Lo demás es trabajo.

Y de los cuatrocientos dos de campaña, en junio vuelven trescientos cincuenta y uno.

Los cincuenta y uno que faltan son los que no vuelven ningún año, que se colocan en otra cosa o se jubilan.

El año pasado no volvieron cuarenta y ocho.

Esa cifra la he preguntado yo, y no la he preguntado por educación.

A Rafa Berná le contesté el 7 de enero, por escrito, los cuatro correos de una vez y por orden, empezando por uno de septiembre del año pasado. Me ha contestado él a mí, también por escrito, y su respuesta entera son dos palabras y su nombre con los dos apellidos.

Nuria tiene desde el 11 de enero un contrato nuevo con un puesto que existe de verdad, responsable de desarrollo de producto y planificación de campaña, que aparece en el organigrama en un recuadro y no en una nota a pie de página, y cuyo perfil redactó ella entero y me dio a firmar cuando lo tuvo.

Yo lo leí, lo firmé y no cambié ni una coma, cosa que me costó bastante más de lo que parece.

Óscar Devesa sigue en su despacho con la persiana a media asta.

Tenía razón en lo del margen del «sin» y tenía razón en lo del pedido de Aldán, y en la reunión de cierre del 15 de enero empezó diciendo «por orden» y siguió con otras cosas, y yo tampoco se lo reconocí ese día.

Habrá que hacerlo alguna vez, y lo voy a hacer mal, y lo voy a hacer.

En mi casa del Cabo de las Huertas siguen las once cajas de la mudanza en el cuarto de atrás, con el rotulador borrado, y la televisión sigue apoyada en el suelo contra la pared.

Ahí las he dejado y ahí se van a quedar, porque cada vez que paso por delante de esa puerta las abro otro día, y llevo siete años con el mismo otro día y con la misma tranquilidad.

Aquí, en cambio, las cosas están todas a la vista y todas a medias, y esa manera de vivir me pone nervioso y me estoy acostumbrando a ella.

El perchero de acero de ciento doce euros sigue apoyado en el rodapié del pasillo, sin colgar, exactamente donde lo dejé el 16 de diciembre, y los dos abrigos siguen encima del viejo de tres patas, que aguanta de milagro con una pata calzada con un cartón.

En el aparador está el belén de doce figuras, que ella monta el 2 de diciembre y no recoge hasta febrero, así que le quedan tres días, y una de las ovejas tiene la pata trasera pegada con un pegamento que se nota.

Y en el rellano hay un escalón de medio metro que llevo cinco semanas subiendo con cuidado y que no he vuelto a mencionar en voz alta, aunque tengo el presupuesto de la nivelación en el correo desde el 8 de enero.

La señora del segundo, la de la televisión, no ganó la lotería. Me lo contó ella misma en el portal el día 9, con detalle, y desde entonces me para siempre. Vamos por la cuarta conversación, y la última duró dieciocho minutos y fue sobre la humedad de este edificio.

— ¿Le echo más miel?

— No.

— Es que está seco.

— Está seco porque le has metido la almendra caliente. Y porque no ha reposado. Y porque le estás dando con un mortero de mano a una cosa que necesita una piedra de trescientos kilos.

— Entonces esto no se puede hacer en una cocina.

— Claro que no.

— ¿Y por qué me has dejado empezar?

— Porque llevabas cinco semanas mirando el mortero.

Me quedo con la mano de madera en el aire.

— Y porque quería ver cómo se te daba una cosa que no te sale a la primera — dice, y se mete otro trozo de turrón en la boca, del bueno, del que ha hecho Ximo —. Que eso, en tu vida, no ha pasado.

A las siete y media la cocina está hecha un desastre.

Hay almendra por el suelo, una capa gris pegada en el fondo del mortero, una sartén que no he usado y no sé por qué está sucia, y en un plato una cosa aplastada con forma de nada que hemos decidido llamar tableta porque le hemos dado forma cuadrada con las manos y se ha quedado quieta.

Nuria abre la ventana, porque en esta casa se abre la ventana en enero igual que en agosto, y entra el ruido de la calle de Alcoraya y un frío que aquí no llega a frío, y yo me quedo con las manos pegadas dentro del mortero mirando una cosa que no se parece a nada de lo que sale de mi fábrica, y ella me pregunta desde la ventana cuánto me ha costado la almendra, y le digo que no lo sé, y me dice que lo apunte, y no lo apunto, y la casa entera huele a almendra tostada con el horno apagado desde hace media hora.