Ábrelo en Navidad Nuria
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Nuria

El sábado amanece con poniente y a las once de la mañana hay veintitrés grados en la calle. He bajado a Jijona a las siete y he vuelto a la una, y arriba, en el pueblo, había niebla hasta las diez y en el muelle de expedición se veía el aliento.

No lo he abierto y no lo pienso abrir. Sé lo que hay dentro, o me lo imagino, y da lo mismo: un sobre cerrado encima de un asiento pesa más que cualquier cosa que pueda haber escrita en el papel de dentro. Llevo dos días conduciendo con él al lado y mirándolo en cada semáforo.

Meto la primera a las cuatro de la tarde y me voy a Pla de la Vallonga, que está a catorce minutos del centro y que en sábado se hacen en once.

Grado Cero está en la última calle del polígono, con la valla azul y el nombre en unas letras discretas.

Hay dos naves: la grande, con seis muelles, y la primera que tuvo, más pequeña y más vieja, de bloque sin enfoscar y con una escalera exterior de chapa.

Un sábado a las cuatro hay tres coches en el aparcamiento. Uno es el suyo.

En la nave grande están cargando. En diciembre este sitio no para, y la mitad de lo que sale por esos muelles es turrón que hemos hecho nosotros a veinticinco kilómetros de aquí.

Me lo encuentro en la zona de maniobra con un chaleco reflectante encima del jersey y una tablilla en la mano, discutiendo con un conductor sobre un precinto. Cuando me ve le dice que espere y viene hacia mí, y en los diez pasos que da le da tiempo a decidir tres cosas y a descartar dos.

— Nuria.

— Toma.

Le pongo el sobre en la mano. Él lo mira y no lo coge del todo. Lo sostiene en la mano abierta, sin cerrarla, como se sostiene una cosa que te acaban de dar y de la que todavía no sabes si es tuya.

— ¿No lo has abierto?

— No.

— Ábrelo.

— No.

— Nuria, dentro está...

— Me da igual lo que haya dentro.

Y lo digo tranquila. Eso es lo peor. Una cosa dicha a gritos se retira al día siguiente. Una cosa dicha así se queda donde cae.

— Es exactamente lo mismo, Jaime. Tú decides una cosa, la metes en un sobre y me la das. Da igual que esta vez lo que hayas decidido me guste. Lo has vuelto a decidir tú.

Se queda con el sobre a media altura. Detrás de él, el conductor hace como que mira el móvil, apoyado en la aleta del camión, y no se está perdiendo una sola palabra.

— Está bien — dice —. Entonces dime tú qué hago.

— No lo sé.

— Es que si no lo sé, no lo puedo arreglar.

— Es que no todo se arregla.

Y ahí, si yo fuera una persona un poco mejor de lo que soy, me habría dado la vuelta y me habría subido al coche, y este capítulo de mi vida sería otro.

Pero llevo cuarenta y ocho horas con esto dentro. Y tres noches durmiendo cuatro horas. Y catorce años tragándome cosas para que a la gente no le dé por mirarme el papel. Y cuando por fin abro la boca sale lo otro, porque lo que hace daño estaba más arriba y más a mano.

— ¿Sabes qué pasa? — digo —. Que tú y mi padre os parecéis mucho más de lo que te crees.

Los dos me queréis, los dos me arregláis la vida sin preguntarme y los dos estáis convencidos de que eso es quererme bien.

Pero él, por lo menos, no puede pagarlo.

Tú también compras a la gente, Jaime, solo que a ti te sale más barato porque tienes más.

Se hace un silencio en el que se oye el motor del camión al ralentí y una carretilla dentro de la nave.

— Como a Ximo — digo.

Y esto es lo que sobra. Esto es lo que no hay que decir.

— Con la cartera fuera, delante de siete personas, con la mujer ingresada en Alicante. Eso también lo hiciste por él, ¿verdad?

Hay cosas que uno sabe que están mal mientras las está diciendo.

No al día siguiente, ni de camino a casa: mientras.

Yo estoy diciendo esto y a la vez me estoy oyendo decirlo, y una parte de mí me está gritando desde el fondo que pare, que eso no es mío, que eso me lo contó Amparo en un coche y que ni siquiera estaba yo delante.

No paro.

Y Jaime no se defiende, y eso me deja peor todavía. Un hombre que se hubiera defendido me habría dado algo con lo que seguir. Se queda muy quieto, con el chaleco y el sobre en la mano, y tarda unos segundos en contestar.

— Voy a terminar con el camión.

Y se va hacia el camión, y le veo llegar, coger la tablilla y señalar el precinto. Ese hombre acaba de oír la peor frase que le he dicho a nadie en mi vida y se va a terminar un albarán, porque es lo único que sabe hacer cuando se le rompe una cosa que no se arregla con la mano.

Me subo al coche y salgo del polígono. En la rotonda me equivoco de carril y un señor me pita, y le hago con la mano un gesto que no le he hecho a nadie en toda mi vida. Luego conduzco hasta Benalúa sin poner la radio.

El domingo me despierto a las ocho sin despertador. A las nueve menos cuarto le mando un mensaje: lo escribo cuatro veces, lo dejo en dos líneas y lo mando antes de arrepentirme.

Lo de Ximo sobraba y lo sabía mientras lo estaba diciendo. Perdona. Lo demás lo sigo pensando igual.

Lo lee a las nueve y dos. No contesta hasta la una y media, y lo que contesta es: gracias por lo primero.

Y ya está. Yo me quedo con el móvil en la mano esperando la parte en la que uno de los dos arregla esto, y esa parte no llega. Sigo enfadada. Estoy enfadada y avergonzada al mismo tiempo, y las dos cosas se pisan y las dos caben enteras.

Por la tarde bajo al súper de la esquina a por leche y me quedo dieciocho minutos dentro.

Es el último domingo antes de Nochebuena, están las cinco cajas abiertas y por los altavoces suena una versión de villancicos en la que alguien ha decidido meter saxofón, y no un saxofón discreto.

Delante de las tabletas de la marca blanca de Aldán hay una señora con abrigo de entretiempo cogiendo una, mirándole el precio, dejándola otra vez.

Esa tableta es nuestra. La ha amasado Ximo, la ha envasado la gente de Amparo y la he metido yo en ese lineal con una llamada de octubre y cuatro correos.

La señora coge dos, las compara y se lleva la del sin azúcar, que es la que se parte y la que se está comiendo mi año.

Y a mí se me pone una cosa rara en la garganta en mitad del pasillo, con el brik de leche en una mano y el saxofón por encima de la cabeza.

Me voy a la caja antes de que se me note.

De cena, turrón blando de la marca propia y dos mandarinas de las que trajo él el miércoles, que se me van a poner malas antes de que me las coma. Ceno de pie, mirando el patio: en este edificio hay ocho cocinas que dan a él y a esta hora están las ocho encendidas.

Y al ir a dejar el plato en el aparador me encuentro una de las dos ovejas del belén en el suelo, contra el rodapié, partida por la pata trasera, limpiamente, con polvo por encima de llevar ahí un rato.

Me agacho a recogerla. Y me quedo sentada en el suelo con ella en la mano bastante más tiempo del que le corresponde a una oveja de barro de nueve centímetros.

Las cosas se rompen por donde son finas. Eso lo sabe cualquiera que haya trabajado con masa: no se rompe por donde tú le das, se rompe por donde ya estaba.

A las nueve y veinte me llama Mireia.

— ¿Qué tal?

— Bien.

— «Bien» lo dices tú de cuatro maneras distintas y esta es la mala.

Se lo cuento entero, desde la carretera del 31 de octubre hasta el sobre del asiento del copiloto, y es la primera vez que le cuento algo entero a mi hermana desde que murió mamá.

Tardo veintidós minutos y ella no me interrumpe ni una vez, cosa que en esta familia es un récord, y cuando termino dice lo que dice ella, que llega tarde y llega a tiempo.

— ¿Y a papá cuándo?

— Mireia, no empieces.

— Es que es la misma conversación, y tú lo sabes. Te has enfadado con él porque ha decidido por ti sin preguntarte, y llevas media vida dejando que papá decida delante del barrio entero quién eres tú.

— Eso es distinto.

— Es peor. Porque a papá se lo estás dejando hacer tú.

Silencio. En su casa se oye la tele de fondo y un niño que no es suyo.

— Te dije una cosa en la cocina el día 6 — dice —. No hace falta que te la repita.

— No hace falta.

— Pues eso. Y come algo que no sea turrón.

El lunes bajo a Jijona a las seis y media y sostengo la campaña yo sola. Es lo que sé hacer, y es lo único en lo que soy buena sin discusión posible.

Reviso el plan de la última semana entera.

Cierro con Ximo el orden de las tandas del 22 y del 23, las que terminan de llenar la cámara con las seiscientas mil de Aldán que salen el lunes 28, y es la conversación más corta del día, porque él contesta en peroles y yo he aprendido a preguntar en peroles.

Consigo que el transportista nos meta dos servicios más el miércoles, cosa que en diciembre es casi imposible.

Y a media mañana pasa lo de los calcetines.

Loreto Pastor ha bajado a la fábrica con los calcetines del amigo invisible puestos: fondo rojo y turrones dibujados, con la almendra pintada a puntitos. Loreto lleva veinte años bajando aquí con pantalón de pinza y zapato cerrado. Esta casa tarda hora y media en atreverse a decirle nada.

El que se atreve es un chico de campaña de la sala blanca, y lo hace con la delicadeza de un carretillero.

— Loreto, que se te ven los turrones.

— Que se te ven de lejos.

— Punto seis punto uno del procedimiento de vestuario: bata, calzado de seguridad y cofia. — Loreto no levanta la vista de la hoja de turnos —. El calcetín no viene.

Y sigue con lo suyo.

Hay cuatro personas discutiendo si el calcetín viene o no viene en el punto seis punto uno. A las doce baja Amparo del muelle, le mira los pies tres segundos largos y dictamina para toda la nave:

— Eso son dos cajas de turrón por pie, mi alma. En una bata blanca eso es mucho turrón.

Y a mí me da la risa. Me da la risa de verdad, la primera en tres días, apoyada en el marco del vestuario con la libreta debajo del brazo. Me dura once segundos. Luego me acuerdo del viernes y se me va igual que se va el calor de una masa que has sacado antes de tiempo.

A mediodía como en el comedor de operarios, debajo del reloj que va once minutos adelantado. Hay dos mesas de campaña hablando de la lotería y una chica que me pregunta si el día 24 se sale a las dos o a las tres. Le digo que a las dos y me lo agradece con una alegría que me dura toda la tarde.

Y a las doce, en la sede, Quique saca el listado de personal.

Me lo dice él mismo por mensaje, a las doce y dos minutos: sale igual que siempre, sin ningún cambio. Técnico administrativo comercial. Lo leo dos veces, sentada en el cubículo de la oficina de fábrica, con el ruido del amasado al otro lado del ventanuco.

Así que el viernes por la noche, después de que yo le dijera con estas palabras que no hiciera nada, él hizo algo. Otra vez. Y da exactamente igual en qué dirección lo hiciera: lo hizo.

El eco me llega por el otro lado a la una y media, porque aquí las cosas llegan siempre por el otro lado.

Bego me escribe: «oye, ¿al final lo tuyo se ha quedado en agua de borrajas?

». Y una chica de administración pone en el grupo del departamento un mensaje que empieza con «no me quiero meter donde no me llaman», que significa siempre lo contrario de lo que dice.

El viernes me ascendieron delante de cuarenta y una personas. El lunes, delante de las mismas cuarenta y una personas, ya no.

A las siete de la tarde, en la oficina de fábrica, abro un documento en blanco y escribo: «Estimados señores. Por la presente les comunico».

Y me paro. Escribo dos líneas y las borro.

Escribo tres más y las dejo, y son bastante buenas, porque de escribir cosas administrativas sé un rato.

Por el ventanuco veo a Ximo meter la mano en la masa, sacarla, frotarse la yema del pulgar con los dedos y volver a meterla, y no decirle una palabra a nadie.

Lo que estoy escribiendo tiene una lógica preciosa, y esa es la trampa.

Si yo me voy, esto se acaba: se queda el contrato de siempre, se acaba el puesto inventado y se acaba una empresa entera mirando de reojo a su jefe en la comida de Navidad.

Y de paso me voy antes de que a alguien le dé por pedírmelo.

Guardo el documento sin terminar con el nombre «carta». No en una carpeta: en el escritorio, a la vista, donde lo veo cada vez que enciendo el portátil. Eso también dice algo de mí y prefiero no mirarlo esta noche.

Luego apago el flexo, cierro la oficina de fábrica y salgo por el muelle. Son las ocho y cuarto, hace cuatro grados y huele a almendra tostada. Jijona huele así desde julio y hasta después de Reyes. A estas alturas ese olor ya no me parece Navidad. Me parece el trabajo.

Me llama Amparo desde su casa a las nueve menos veinte, con la televisión de fondo y el ruido de un plato.

— ¿Sigues abajo, mi alma?

— Estoy cerrando.

— Vete a tu casa.

— Ya voy.

Y entonces, no sé por qué, porque son las nueve menos veinte de un lunes y porque llevo tres días hablando solo de trabajo, se lo digo. Se lo digo en el tono con el que se dicen las cosas para que parezcan una broma y se puedan recoger a tiempo.

— Amparo, ¿tú qué harías si yo lo dejara?

Se hace un silencio de tres segundos con una televisión dentro.

— Yo, nada. Yo aguantaría hasta septiembre y me jubilaría igual, que a mí ya me queda poco. — La oigo bajar el volumen del todo —. Pero te voy a decir una cosa y luego cuelgo, porque yo estas cosas las digo mal y por teléfono peor.

— Dila.

— Tú no te quieres ir. Tú te quieres ir para que esto no le cueste un disgusto a nadie. Y eso lo llevas haciendo desde que entraste con diecinueve años en el almacén, mi alma. A mí no me lo vendas por generosidad.