Jaime
Llevo veinte minutos recogiendo la sala de reuniones, que es una cosa que en esta empresa no hace jamás el que la ha ensuciado: he apilado contra la pared las once sillas que giran y he tirado tres vasos de plástico con el café a medias.
La duodécima silla, la que no gira, la he dejado donde estaba, porque pesa como un motor pequeño y porque alguien la atrancó hace años.
Nuria llega a las siete y cuatro con el abrigo puesto y una bolsa de papel del restaurante en la mano.
— Cierra la puerta — dice.
— No queda nadie.
— Ciérrala igual.
Cierro la puerta de la sala acristalada, el gesto más absurdo que se puede hacer en este edificio: tiene tres paredes de cristal y desde dentro se ve la planta entera.
Nuria deja la bolsa encima de la mesa larga y se sienta en el canto, no en una silla.
Y yo, que llevo dos horas y media preparando esta conversación, empiezo por donde no había que empezar.
— Norvalia pidió el lunes los expedientes de los responsables técnicos con titulación acreditada — digo —. Es la recertificación de la planta. Loreto me pasó las carpetas el lunes por la mañana y yo abrí la tuya el lunes por la mañana.
— Sigue.
— En tu expediente no hay titulación. Hay dos años y medio de una carrera y hay la casilla de una entrevista de febrero de 2013, rellenada con una letra que no es la tuya, en la que pone «ingeniera química».
Ella no se mueve del borde de la mesa, agarrada al canto con los pies colgando sin llegar al suelo, y por primera vez desde que la conozco parece exactamente lo que es: una mujer de treinta y tres años sentada en una mesa de reuniones a las siete de la tarde de un viernes de diciembre.
— ¿Y qué pasa si sube ese expediente? — dice.
— Que se cae la certificación de la planta.
Y si se cae la certificación, se cae el suministro a Aldán, que son un millón cuatrocientas mil tabletas y un millón novecientos treinta y dos mil euros, el cuarenta y uno por ciento de la campaña.
Y detrás hay cuatrocientos dos contratos de campaña, ciento treinta fijos, y una empresa que compré hace quince meses precisamente porque se estaba cayendo.
— Lo sé.
— Ya sé que lo sabes. Lo sabes mejor que yo.
— Entonces no me lo cuentes como si fuera nuevo.
Si yo fuera otra clase de hombre, aquí me habría callado y habría esperado, pero resulta que tengo una manera de estar seguro de las cosas que es idéntica a la de mi padre y a la que llevo toda la vida buscándole el interruptor.
— Nuria, el problema era real y yo tenía cuatro días — digo —.
Y la solución es limpia: se crea un puesto que no exige titulación, porque para ese puesto no hace falta ninguna, y ese puesto lo ocupas tú, que es exactamente lo que llevas haciendo sin que figure en un solo papel de esta casa.
Con una subida de quinientos ochenta euros netos al mes, que son siete mil al año.
— Seis mil novecientos sesenta.
— ¿Cómo?
— Cuarenta menos. Seis mil novecientos sesenta con doce pagas, ocho mil ciento veinte si son catorce. — Se encoge de hombros —. Perdona. Es la costumbre.
Me quedo callado el tiempo justo para que se me note que me he quedado callado, que es una técnica que a mí me funciona muy bien en las negociaciones y que aquí dentro no vale absolutamente nada.
— Tienes razón en el problema, Jaime — dice —.
Del todo. Si el lunes sube mi carpeta a Norvalia, esta empresa se queda sin certificado y sin campaña, y yo he estado a punto de cargarme el año de cuatrocientas personas por una casilla que no corregí en 2013.
Eso es verdad y lo sé desde mucho antes que tú.
— Entonces no entiendo dónde está el problema.
— Ahí está. En que no lo entiendes.
Se baja de la mesa, va hasta la pared de cristal que da a la planta, se queda mirando las treinta y cuatro mesas vacías con los monitores apagados y me habla de espaldas, que es la única manera que tiene de decir esto sin que se le note en la cara.
— Podías haber venido a mi mesa el lunes — dice —.
Once metros. Podías haberte sentado y haber dicho: Nuria, he abierto tu carpeta, no hay título, tenemos cuatro días, ¿qué hacemos?
Y yo te habría contestado lo que hay que hacer, porque llevo desde que entré aquí pensando en qué haría el día que alguien abriera esa carpeta.
Tengo hasta tres versiones distintas preparadas.
Una de ellas se parece bastante a la tuya.
— ¿Y qué diferencia habría?
— Que la habría dicho yo.
Con la puerta cerrada se sigue oyendo el zumbido del transformador del belén, y me pongo a calcular cuánto costaría cambiar esa instalación por una de led, que es la clase de cosa que se me arranca sola en la cabeza cuando lo que tengo delante no lo sé arreglar.
— Es una cuestión de forma — digo, y esa es la frase más cara que he dicho en mi vida.
— No. Es la cuestión entera — dice, y se gira, y levanta una mano y la vuelve a bajar sin haber señalado nada con ella —.
Llevo catorce años en esta casa siendo la que arregla, y arreglar es lo único que sé hacer para que nadie me mire el papel.
Tú has cogido eso, que es lo único que tengo, y has decidido tú solo cómo se llama, cuánto cuesta y de qué me tiene que proteger.
El jueves a las cuatro y cuarenta. Sin preguntarme.
Y el jueves a las cinco y veinte, con el papel firmado en el bolsillo, me hablaste de langostinos.
— Pensaba decírtelo el lunes.
— Se ha enterado Amparo antes que yo.
— Amparo se ha enterado porque Loreto...
— Amparo se ha enterado antes que yo, Jaime.
Delante de cuarenta personas, con la copa levantada y con toda la alegría del mundo, porque para ella era una alegría y las alegrías se dicen en voz alta.
Y yo me he tenido que comer un trozo de turrón sonriendo mientras cuarenta personas con las que trabajo todos los días decidían por su cuenta por qué me han ascendido en mitad de una campaña.
Hay una cosa que llevo haciendo desde los veinticuatro años y que me ha ido razonablemente bien: cuando una operación se tuerce, se deshace. He pagado cincuenta mil euros por deshacer contratos que en tres meses habrían salido bien, y no me tembló la mano.
Así que hago lo de siempre.
— Lo revoco — digo —. El lunes a primera hora llamo al abogado, deshacemos el cambio de puesto, se restituye tu contrato de antes y aquí no ha pasado nada. Y para lo del expediente ya buscaré otra manera.
Y espero, y lo que yo espero, mientras espero, es que se le baje algo de la cara.
Lo que se le baja de la cara es otra cosa completamente distinta, y es esa cosa que pasa en la fábrica cuando alguien le da a un interruptor esperando arrancar una máquina y lo que hace es parar la línea entera. Tres segundos de silencio. Y luego, muy despacio, todo el mundo entendiendo a la vez.
— ¿Lo ves? — dice, muy bajo.
— ¿El qué?
— Que lo acabas de hacer otra vez. Ahora mismo, delante de mí, sin que hayan pasado ni tres minutos. — Se ríe una vez, sin ninguna gracia —. No me has preguntado si quiero que lo revoques. Me has dicho que lo revocas.
Abro la boca para contestar eso y la cierro sin haber contestado nada, que es una cosa que a mí no me pasa.
— A lo mejor quiero el puesto, Jaime. A lo mejor lo quiero desde hace ocho años y no lo he pedido nunca, porque el día que yo pida un puesto alguien va a mirar el papel y se acabó.
A lo mejor quiero el puesto y no lo quiero así.
A lo mejor quiero pensármelo hasta el martes.
Ninguna de esas tres cosas te la has planteado, porque no se te ha ocurrido preguntar: tú resuelves, y cuando la gente se enfada porque has resuelto, resuelves el enfado.
— Lo he hecho por ti.
Lo digo así, y en el mismo momento en que sale de mi boca la frase se me cae encima, porque le cambia la cara de una manera que no le había visto ni el día de la sesión de fotos, con treinta y ocho tabletas partiéndose delante de un fotógrafo.
— ¿Sabes quién dice eso? — dice, muy quieta —.
Mi padre. Se llama Salvador Bellot, tiene sesenta y seis años, fue encargado de mantenimiento en una embotelladora y desde febrero de 2013 me presenta como «mi hija, la ingeniera».
En la boda de mi prima. Al vecino de abajo, que sube a por sal y se queda dos horas. Mi hija, la ingeniera. Trece años.
— Nuria.
— Y yo no le he corregido nunca. Porque le hace ilusión, porque se le pone una cara, y porque el día que le diga que dejé la carrera en tercero se le va a caer una cosa por dentro y yo no quiero estar delante cuando se le caiga.
— Coge aire y lo suelta despacio —. Él también lo hace por mí.
Él también me está protegiendo. Y llevo todo ese tiempo sin poder decir en voz alta lo que soy porque los dos hombres que me quieren han decidido, cada uno por su lado y con muy buena intención, que es mejor que no lo diga.
— No sabía lo de tu padre — digo.
— No. Eso no venía en la carpeta.
Da dos pasos hacia la puerta y yo hago lo único que se me ocurre, que es alargar el brazo y cogerla de la muñeca, sin apretar, como se coge algo que se está cayendo del canto de una mesa.
Y ella se suelta girando el brazo despacio, sin brusquedad ninguna y sin dejar de mirarme, y ese movimiento de muñeca es lo peor que me ha pasado en todo el día.
— El lunes no revoques nada — dice —. No hagas nada el lunes. Ni el martes.
— ¿Y qué hago?
— Esperar. — Se pone la bolsa de papel debajo del brazo —. Prueba a esperar, a ver qué tal se te da.
Y se va, y la oigo cruzar la planta a oscuras, pararse dos segundos en el recibidor y llamar al ascensor, que hoy tarda muchísimo más de lo que tarda siempre. Me quedo en la sala de reuniones hasta las nueve menos veinte sin encender la luz grande, sentado en la silla que no gira.
En esa hora y media repaso la conversación entera buscando el punto exacto en el que se torció, igual que se repasa una ruta de reparto para saber en qué kilómetro se perdió el margen, y encuentro cuatro puntos, y los cuatro son míos.
Y luego me quedo un rato largo pensando en un hombre de sesenta y seis años que yo no conozco de nada, en un bar de Carolinas Bajas, presentando a su hija con una palabra que se inventó otro.
Llamo al abogado a las nueve y diez de un viernes por la noche y le pido el documento de reversión y el contrato antiguo restituido con efectos de hoy.
Me contesta a las diez y veinticinco desde una cena, sin una palabra de más, y lo firmo de pie en el mostrador de recepción, al lado del belén, porque no me apetece volver a entrar en mi despacho.
Dos folios y dos firmas: contrato de técnico administrativo comercial, condiciones de siempre, efectos 18 de diciembre. Todo como estaba: sin subida, sin puesto nuevo y sin una sola cosa regalada por la espalda.
Lo meto en un sobre blanco de los del cajón de recepción, y entonces cojo un rotulador del bote del mostrador y escribo encima, con mi letra, lo mismo que escribí en una caja de muestra el 2 de noviembre:
Ábrelo en Navidad.
Lo leo dos veces. Y ahora no hace gracia.
Cruzo la planta, dejo el sobre en el segundo cajón de su mesa, el de la izquierda, que es donde ella guarda las cosas que no quiere tener delante, y vuelvo sobre mis pasos.
En el recibidor me agacho detrás del mostrador, busco la regleta a tientas entre el polvo y le doy al interruptor con el pulgar, y el belén se apaga de golpe y el transformador deja de zumbar.
Esta casa se queda a oscuras conmigo dentro.