Nuria #2
Óscar Devesa pasa por detrás de mi silla camino de la puerta, se para, y me dice al oído una cosa que no me esperaba:
— Si el lunes quieres el organigrama de campaña actualizado, lo actualizo yo y lo firmo yo.
— Gracias.
— Es que el organigrama está mal desde noviembre.
Y se va a fumar. Y ese hombre acaba de tener razón por tercera vez en seis semanas y no se lo he dicho tampoco.
Quique Bou da la vuelta entera a la mesa larga y se agacha a mi lado. Trae el móvil en la mano, pero por una vez no lo mira: lo deja boca abajo encima del mantel y me habla de frente.
— El listado de personal lo saco yo los lunes — dice —. A las nueve o a las doce, como tú quieras. Si me dices a las doce, lo saco a las doce y no me lo va a preguntar ni personal.
— ¿Cuánta gente lo lee?
— Todos. — Se lo piensa —. Todos, Nuria.
— A las doce, entonces.
— A las doce.
Y se vuelve a su sitio, y ese chaval me acaba de dar tres horas de la única manera que tenía de dármelas.
A las cinco menos cuarto empieza a levantarse la gente. En la puerta se organiza el grupo de los que se van a tomar algo por el casco antiguo, catorce este año, que empiezan a discutir el sitio antes de salir. Bego hace la foto. Sale fatal, como todos los años.
Yo cojo el abrigo y me voy hacia el aparcamiento con Amparo, que quiere subir a Jijona antes de que se le eche encima la tarde.
El aparcamiento del muelle está a cielo abierto, con la grúa parada al fondo y el agua muy quieta y muy sucia entre los pantalanes. Amparo abre el maletero de su coche, mete el bolso, lo vuelve a sacar, se pone a buscar las llaves dentro.
— Espera, mi alma, que te doy una cosa.
— ¿El qué?
— Un albarán que recogí del suelo del muelle 3 el día 11 y que se me quedó en el bolso.
— Saca un papel doblado en cuatro, arrugado por la parte de abajo, con el borde izquierdo rasgado de haberlo arrancado de un libro —.
No sé de quién es. Como está escrito a dos letras, digo yo que será de alguno de los tuyos.
Lo cojo.
Es papel grueso, con los renglones para el nombre, la empresa y la hora de entrada, y encima de ellos, escritas a bolígrafo por dos manos que se van turnando, hay cinco líneas.
La primera es mía y pone una condición. La segunda es suya y se la salta. La tercera lleva dentro una palabra que no es de trabajo, que es «retírate». Y la quinta la escribí yo en la oficina de fábrica, el lunes 16 de noviembre, y es la que a mí me pareció graciosísima aquella tarde.
Los nombres no están. No pone quiénes somos. Pero está la letra de él, que la conoce media empresa porque firma los partes de Grado Cero, y está la mía, que la conoce la otra media porque llevo desde el primer día poniendo notas a mano en todas las cajas de esta casa.
— ¿Es un albarán? — dice Amparo.
— Sí.
— Pues guárdalo, que si es del muelle 3 me lo van a estar reclamando.
— Lo guardo.
Me lo meto en el bolsillo del abrigo y aguanto ahí, con el puño cerrado alrededor del papel, mientras Amparo se sube al coche, me dice que descanse este fin de semana, arranca y se va con el intermitente puesto los primeros cuarenta metros.
Y me quedo sola en el aparcamiento del muelle de Levante a las cinco y diez de la tarde de un viernes de diciembre, con las cucharas de madera en una bolsa y un pacto de clandestinidad hecho una bola en el bolsillo.
Jaime sale por la puerta del Timonel dos minutos después. Le veo buscar con la cabeza. Le veo encontrarme.
Cruza el aparcamiento.
— Nuria.
— Aquí no.
— Déjame que te lo explique.
— Aquí no, Jaime.
— ¿Dónde?
Y hay algo en la manera en la que lo pregunta, con las manos abiertas y sin una sola cifra en la boca, que casi me lo estropea todo.
— En la sede. A las siete. Cuando se hayan ido todos.
— Te llevo.
— Voy andando.
Son treinta y cinco minutos desde el muelle hasta la calle del Aljub. Hoy los hago en cincuenta.
La Explanada a las cinco y media de un viernes de diciembre está imposible: hay mercadillo y la gente va despacio y en grupo, con bolsas y sin abrigo. Yo voy con el abrigo puesto y la mano dentro del bolsillo.
Paso por delante de la cola del belén de la plaza del Ayuntamiento, que da la vuelta a la esquina. Un padre le explica a una niña que ahí dentro hay un río de verdad, con agua.
Y yo voy pensando una cosa, y la cosa es esta: que en toda la comida no he pensado ni una vez en el título. Ni cuando Amparo lo dijo, ni cuando la mesa se giró. He pensado en el papel del contrato, en la letra de él y en la mía, y en cuarenta caras.
Y el título es lo único que hay debajo de todo esto. Es la razón por la que él firmó ese papel. Y yo llevo siete semanas acostándome con un hombre al que no se lo he contado, y él lleva cuatro días sabiéndolo y tampoco me ha dicho nada.
Los dos hemos hecho lo mismo. Él lo ha hecho más caro.
Sigo andando. A mitad de camino hay un hombre subido a una escalera de aluminio delante de una tienda de electrodomésticos, con dos tornillos en la boca, peleándose con una guirnalda que se le ha caído por un lado.
Y me quedo mirándole desde la acera de enfrente cómo estira el brazo, y estira, y no llega.