Nuria
El Timonel está en el muelle de Levante, en los bajos de un edificio de una planta con las ventanas al agua: un comedor largo de azulejo blanco hasta media altura, doce mesas juntas en fila para nosotros y un tresillo de mimbre en el que no se sienta ni el que espera.
Hace veintiún grados y en la terraza comen dos mesas en manga corta.
Es diciembre. Aquí eso lo mira solo el que viene de fuera.
— Los de fábrica en la punta — dice Amparo Server, que ha bajado con el coche de expediciones y con el bolso grande de siempre —. Que los de fábrica hablamos alto y os molestamos.
— Los de fábrica en el medio — dice Bego —, que si no se me queda la foto descompensada.
— ¿Hay foto?
— Hay foto.
— Yo me pongo donde me pongan — dice Loreto Pastor —, pero que conste que el año pasado me tocó al lado del ventilador.
— En diciembre no hay ventilador.
— El año pasado lo había.
Ese es el nivel: cuarenta y una personas discutiendo veinte minutos en una acera del puerto una cosa que se resuelve sola en cuanto entren, porque llevamos años sentándonos en los mismos sitios.
Amparo en la esquina, de espaldas a la ventana, con el bolso colgado del respaldo, y Loreto a su lado.
Iván Cortés lo más lejos posible de cualquiera que pueda dirigirle la palabra.
Óscar hacia la cabecera. Yo, a mitad de mesa por el lado de la ventana, entre dos personas que hablan con otras dos y por lo tanto tranquila.
Jaime se sienta en la otra punta, a nueve sillas de mí. Lo cuento sin querer. Es lo primero que hago al sentarme y es una tontería.
Empiezan los langostinos.
Aquí hay que explicar una cosa. Los langostinos del Timonel los saca la casa en fuentes, para toda la mesa, antes de que se siente la gente.
Se acaban los de arriba mucho antes que los de abajo, porque en la mitad de arriba está la fábrica y en la fábrica se come deprisa desde que el mundo es mundo.
A los diez minutos Amparo levanta una fuente vacía por encima de su cabeza y el camarero se la sustituye sin que ninguno de los dos abra la boca.
— Nuria, mi alma, come algo — me dice, y me pasa la fuente por delante de tres personas.
— Estoy comiendo.
— Estás mirando el móvil.
— Estoy mirando el móvil y comiendo.
— Hoy no. Hoy los camiones que se paren.
Se paran los camiones. Hoy se paran de verdad: por primera vez desde septiembre no hay nada que me pueda estallar entre las dos y las cinco. Dejo el móvil boca abajo, me como cuatro langostinos seguidos con las manos, me chupo los dedos como una salvaje y por un rato soy una persona en una comida.
Después del langostino viene el arroz, y con el arroz la conversación del arroz: los de Jijona sostienen que aquí se pasa dos minutos y los de la sede sostenemos que lo que pasa es que en Jijona no hay mar.
Dura hasta los cafés y a estas alturas no la defiende ni el que la empezó: la defendemos porque es nuestra.
— Es que el punto es el punto — dice Amparo —. Igual que el turrón.
— Amparo, esto es arroz.
— Todo es lo mismo, mi alma. Todo va de cuándo apagas.
En la punta de fábrica se echa de menos a Ximo, que no baja a estas comidas. Alguien lo dice en voz alta y otro contesta que estará amasando, y los dos tienen razón: a esta hora está amasando, y además no bajaría aunque tuviera el perol parado.
Óscar Devesa se levanta con la copa a las tres.
— Por orden — dice, y la mesa entera se ríe antes de que empiece, porque lleva doce años empezando así —.
Uno: gracias. Dos: gracias a los de campaña, que se van el 31 y que este año han sacado adelante una barbaridad.
Y tres. — Se para. Mira la copa —. Este año lo del «sin» no ha sido un problema técnico. Ha sido un aviso.
Silencio de tres segundos. Y luego el ruido de cuarenta y una personas decidiendo a la vez que eso no lo han oído.
— ¡Que hable el amo! — grita alguien de la punta de fábrica.
Jaime levanta la copa desde su silla, sin ponerse de pie, y dice cuatro frases seguidas de las que solo se le entienden bien dos, porque este hombre sabe hablarle a un banco y no sabe hablarle a una mesa.
Dice que gracias, dice una cifra de toneladas que a media mesa le da igual y a la otra media le encanta, y se sienta.
— Ha estado bien — dice Loreto.
— Ha estado corto — dice Amparo —. Corto está bien.
La rifa la organiza Bego con un bombo de plástico que compró ella con su dinero y que guarda en su casa el resto del año. Es el momento en el que esta empresa se convierte en algo que no se parece a una empresa.
Los premios los pone la casa: una cesta, un jamón, dos cajas de turrón surtido, un juego de tres cucharas de madera y un cheque de cincuenta euros para la tienda de fábrica.
El jamón lo gana todos los años alguien que no come jamón, y este año le toca a una chica que lleva desde marzo sin comer carne y que se lo pasa a su cuñado por teléfono ahí mismo.
— El jamón se queda en la familia — dice Bego, sacando la papeleta siguiente —. Como en las novelas.
Luego, el amigo invisible. Cuarenta y un paquetes, quince euros de tope, y una regla no escrita según la cual el que se pasa queda retratado y el que se queda corto también.
Sale un cortavientos. Sale una botella de mistela.
Salen unos calcetines con turrones dibujados que Loreto anuncia que se va a poner el lunes para bajar a la fábrica.
Y sale una taza con un nombre que no es el de quien la recibe y que lleva circulando desde 2021.
Iván Cortés abre el suyo el penúltimo, con cuarenta personas mirándole porque es el más joven y porque en esta casa al más joven se le mira todo. Rompe el papel. Saca unos guantes.
Guantes de trabajo. De los de cámara, con el puño largo y el forro por dentro. Buenos. Caros para el tope.
Iván los mira. Mira hacia la punta de la mesa donde está Jaime, que le está mirando a él y esperando el resultado de una operación que le ha salido bien.
— ¿Son para la cámara? — dice Iván.
— Son para lo que tú quieras — dice Jaime.
— Gracias.
Y los deja encima de la mesa, al lado del plato.
Y la rifa sigue. Y a mí se me queda una cosa pequeña atravesada en el pecho, porque acabo de ver a un hombre regalarle a un chaval de veintidós años, en la comida de Navidad, una parte de su puesto de trabajo, convencido de que le estaba haciendo un favor.
A mí me toca un juego de tres cucharas de madera. Me hace más ilusión de la que debería.
Llegan los postres a las cuatro y veinte: turrón nuestro servido en un plato del restaurante, escena que todos los años nos parece igual de graciosa, y polvorones de una marca que no es la nuestra, un escándalo que a Amparo le dura treinta y nueve diciembres.
Y entonces pasa.
Amparo se echa hacia delante en la silla, con la copa en la mano y los ojos brillantes de dos vinos. Y lo dice en voz alta, con toda la buena fe del mundo, para que se entere la mesa entera, porque para ella es una alegría y las alegrías se dicen en voz alta:
— ¡Y la enhorabuena por lo tuyo, mi alma! ¿Al final ha sido por lo del máster o por lo otro?
El comedor no se calla del todo. Eso es lo peor.
Se callan primero los seis de al lado y luego la mitad de la mesa.
Los de la punta tardan cuatro o cinco segundos en enterarse de que hay algo de lo que enterarse, así que la frase se queda flotando por encima de los platos mientras alguien, al fondo, todavía se ríe de otra cosa.
Cuarenta caras girándose. No todas a la vez. En cascada.
Yo tengo un trozo de turrón en la mano.
— ¿Lo mío? — digo.
— Lo del puesto nuevo, criatura. Que me lo dijo Loreto ayer por la tarde.
— Amparo levanta la copa hacia mí, feliz, y le habla a la mesa entera —.
Que a esta le han puesto por fin lo suyo en un papel.
¡Responsable de planificación de campaña!
Que llevo treinta y nueve años en esta casa y es la primera vez que veo cambiarle el puesto a una persona en mitad de una campaña.
Loreto Pastor ha cerrado los ojos.
Y ahí, en ese medio segundo, con el turrón en la mano, hago la cuenta entera. Es una cuenta rápida y sale sola. Lunes 14: Norvalia pide los expedientes. Loreto le pasa la carpeta. Jueves 17: sale un papel con un puesto que no existía el miércoles. Y a mí me lo cuenta Amparo.
Y en la otra punta de la mesa hay un hombre que ayer, a las cinco y veinte, delante de la máquina de café, con el papel firmado en el bolsillo, me habló de langostinos.
No le miro. Eso es lo único que hago bien en toda la tarde: no le miro.
— Por lo otro, Amparo — digo.
— ¿Por lo otro?
— Por lo otro.
Y sonrío con la boca cerrada y me como el turrón.
Cuarenta personas acaban de entender a la vez que aquí hay una cosa que no les han contado, y cada una está decidiendo por su cuenta cuál es, y todas se están equivocando de la misma manera.
La mesa vuelve a hablar a un volumen que no es el de antes.
— ¿He metido la pata? — dice Amparo, en voz baja, tres segundos tarde.
— No.
— Mi alma, que yo...
— Que no, Amparo. De verdad.
Y le cojo la mano por encima del mantel, porque esta mujer me ha cubierto las espaldas cuatro campañas seguidas y porque el problema no está en esta esquina de la mesa. Se le pone una cara que no le conocía. Y se le queda.
Bego se sienta en una silla que ha quedado libre, me pone la mano en el brazo y me dice que qué bien, que ya era hora, y que si el puesto tiene nombre bonito porque si no se lo cambiamos.
Y lo dice de corazón. Un chico de campaña, uno de los cuatrocientos dos que se van el 31, me dice desde tres sillas más allá que a ver si consigo que les cambien las taquillas.
Y por debajo del ruido empieza a moverse la otra conversación. No la oigo. Se ve. Se ve en que dos personas que hablaban de frente se ponen a hablar de lado, y en que alguien mira hacia la punta donde está Jaime y luego me mira a mí y luego mira el mantel.
Yo llevo catorce años en esta casa y he sostenido esta campaña seis. Y esta tarde, en veinte minutos y sin una palabra dicha en voz alta, me he convertido en otra cosa para cuarenta personas.