Ábrelo en Navidad Jaime
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Jaime

El papel lleva cuatro días doblado en cuatro en el bolsillo pequeño de la cartera, que es donde guardo las cosas que no sé dónde poner, y esta mañana lo he vuelto a abrir por si durante la noche había cambiado. Pone lo mismo que el lunes, con la letra redonda de Bego: Iván Cortés.

Iván Cortés tiene veintidós años, entró en junio y en seis meses no le he oído una sola frase que no terminara en interrogación, y el tope del amigo invisible son quince euros.

Llevo cuatro días con esa combinación de datos delante sin ser capaz de resolverla, y yo me dedico a resolver combinaciones de datos por bastante más dinero del que gana la mayoría de la gente que va a estar el viernes en esa mesa.

La tercera planta, a las nueve y diez, parece la nave de expediciones en un día de pico: gente que no está en su sitio, tres conversaciones cruzadas por encima de las islas y alguien envolviendo un paquete detrás de un monitor, mal, con las esquinas por fuera y sin cinta suficiente.

— Por orden — dice Óscar Devesa desde la puerta de su despacho, con la persiana a media asta como todos los días —. Uno: el lote. Dos: la comida del viernes. Y tres, si sobra tiempo, la campaña.

— Del lote me encargo yo — digo.

— Del lote se encargaba personal.

— Personal está con la recertificación.

Óscar me sostiene la mirada dos segundos más de los que se la sostiene a cualquiera y se mete en su despacho, y ahí se queda la cosa, porque este hombre lleva desde noviembre teniendo razón en dos asuntos distintos sin que se lo haya reconocido nadie, yo el primero.

El debate del lote de Navidad de esta casa es más antiguo que yo.

Hasta 2019 se daba un lote grande, con turrón de la marca, vino y una lata de espárragos.

En 2020 se sustituyó por una tarjeta regalo y sentó fatal.

En 2021 volvió, más pequeño. Desde entonces la planta se pasa cada diciembre tres semanas preguntándose si hay lote, sin que nadie lo decida oficialmente, hasta que un día aparecen las cajas apiladas en el pasillo y todo el mundo hace como que se acaba de enterar.

— ¿Hay lote? — me pregunta Bego Talens a las nueve y media, dejándome encima de la mesa el montaje del estuche de campaña.

— Quinientos treinta y dos lotes a veintiocho euros son catorce mil ochocientos noventa y seis euros, más el montaje. Sí, hay lote.

— Eso no es una respuesta. Eso es un presupuesto.

— Es lo mismo dicho en un idioma más exacto.

— Le vamos a llamar «la caja del turronero».

Y se va con el montaje debajo del brazo antes de que me dé tiempo a opinar, que es probablemente la razón por la que sus nombres funcionan y los míos no.

Lo que yo esperaba, después de decir que sí, es que la planta siguiera trabajando, y lo que tengo a las diez y cinco son cuatro personas de pie delante de mi mesa, ninguna convocada por mí, y una quinta al teléfono desde el muelle 3.

Bego ha vuelto con una muestra de cartón kraft.

Loreto me informa de que el punto siete punto dos del procedimiento de obsequios exige declarar alérgenos aunque el producto se regale, y de que el turrón surtido lleva trazas de todo lo que existe.

Una chica de administración pregunta, con muchísima educación, qué se le pone al que no bebe.

Quique lee en voz alta la nota que se acaba de escribir: «avisar de que Iván no come turrón».

Y Amparo, por el manos libres, con ruido de carretilla detrás:

— El vino que sea de tapón de rosca, mi alma, que el año que lo pusisteis de corcho hubo que abrir treinta cajas para reponer los rotos.

— Amparo, ¿tú qué pondrías?

— Yo pondría lo del año pasado y me ahorraba esta conversación.

Yo firmo la compra de un camión frigorífico en once minutos, y llevamos cuarenta con esto sin haber cerrado más que el tapón.

— ¿Y si lo decido yo y ya está? — digo.

Y se hace un silencio de esos en los que cuatro personas se miran entre ellas y ninguna mira al que ha hablado, hasta que Bego dice, con mucho cariño:

— Eso es lo que hacía el anterior.

En el recibidor, esperando el ascensor, me quedo mirando el belén de escayola que ocupa el mostrador desde noviembre: figuras pintadas a mano y un poco desconchadas, un río de papel de plata y un molino que ya no gira, y en el centro, sobre la paja, un hueco perfectamente rectangular.

— Falta el Niño — le digo a la chica de recepción.

— Desde 2019.

— ¿Y dónde está?

— Eso lo llevamos preguntando siete años.

— ¿Cuánto cuesta una figura suelta? Porque un Niño de escayola de ese tamaño no pasa de diez o doce euros, y hay una tienda en la avenida de Alfonso el Sabio que las tiene.

Ella me mira con la paciencia que se le tiene al que llega tarde a una conversación de siete años y la quiere ordenar, y se pone a coger el teléfono, que estaba sonando desde antes.

A las once entra Quique Bou y me lee en voz alta, sin levantar la vista de la pantalla, las tres cosas que se ha apuntado: que Aldán confirma la recepción del reetiquetado, que el transportista quiere la factura antes del 31 y que su madre le ha dicho que no se le olvide el amigo invisible.

Las tres con el mismo tono, y luego se queda de pie esperando instrucciones sobre las tres.

— La factura, con administración. Lo de Aldán lo veo yo. Y lo de tu madre, tu madre.

— Entendido.

A mediodía bajo a la calle a comprar el regalo, y ahí es donde se ve la clase de problema que tengo con las personas, aunque yo entonces esté mirando escaparates y no me esté viendo a mí.

Me planto en Maisonnave a las dos menos cuarto, con la ciudad llena y todo el mundo cargado de bolsas menos yo, y sé perfectamente lo que le compraría a Iván Cortés si el tope fueran cuatrocientos euros. Por quince, no tengo ni idea.

Así que hago lo único que sé hacer, que es convertirlo en un problema resoluble: qué le hace falta.

Y lo que le hace falta a Iván Cortés, según mis datos, son unos guantes térmicos de manipulación en frío, porque entra y sale de la cámara ocho o nueve veces por turno con unos de algodón que se le mojan y porque el mes pasado le vi soplarse los dedos en el muelle 3.

Los compro por catorce euros con noventa: talla L, forro interior, puño largo, la mejor referencia que tienen. El de la tienda me pregunta si le pongo tarjeta y le digo que no hace falta, porque en el amigo invisible las tarjetas sobran.

Salgo con el paquete debajo del brazo razonablemente satisfecho conmigo mismo, que es una sensación en la que llevo instalado desde crío y que últimamente me dura bastante menos.

Entra el correo del abogado a las cuatro y veinte con los dos documentos y una nota de dos líneas: que es limpio, que es legal, que no hay que justificar más que la reorganización del área durante la campaña, y que si quiero se lo manda él a personal desde su cuenta o se lo mando yo desde la mía.

Llevo tres días con esto encima de la mesa, y tres días, para mí, son una eternidad.

La solución, escrita con mi letra en la libreta que uso para lo que no va al ordenador, es de una limpieza que casi ofende.

Se crea un puesto nuevo, responsable de planificación de campaña, que no exige titulación porque no la necesita, y se traslada a Nuria a ese puesto con una subida de quinientos ochenta euros netos al mes.

Se pone a Loreto Pastor como responsable técnica interina para el expediente. Y la carpeta de 2013 se archiva.

Le quito un peso de encima que lleva media vida cargando sola. Le subo el sueldo un treinta y uno por ciento. Le pongo por fin un nombre a lo que hace. Y esa carpeta no vuelve a abrirla ni Dios.

Firmo a las cuatro y cuarenta.

Hay una cosa que no le he contado a nadie, y es que llevo desde el lunes durmiendo cuatro horas por esto, cuando no he perdido una sola noche por una operación de dos millones.

Antes de firmar releo el segundo documento línea por línea buscando el punto por donde esto pueda salir mal, y no aparece, porque no lo hay: en el papel está todo cuadrado y todo a favor de ella.

Las dos firmas y el escaneo me llevan menos de cuatro minutos, y mando el correo a Loreto y a personal, sin copia oculta a nadie, con el asunto redactado en el mismo tono con el que redacto las compras de flota: reorganización del área de campaña, efectos 1 de enero.

A las cinco y veinte coincido con Nuria delante de la máquina de café del office, con Bego a un lado esperando el suyo y dos de administración discutiendo detrás si el viernes hay que ir en coche o en taxi.

De esa máquina se toma la planta entera cuatro veces al día un café objetivamente malo, y hay una lista de espera informal para ser el que la rellena.

— La segunda vuelta está cerrada — me dice, sin mirarme, mirando el chorro —.

Nueve mil cuatrocientas repuestas y etiquetadas.

Las sanas que volvieron fueron al lineal de la marca propia, y las nuevas las he sacado de la tanda del lunes, que era para la entrega del veintiocho.

Se recupera con dos turnos de sábado. Aldán lo ha dado por bueno esta mañana.

— ¿Con qué coste?

— Alto. Si lo quieres en dinero, se lo pides a administración y te lo sacan en un rato. Yo no te lo voy a sacar.

— Te lo he preguntado mal.

— Me lo has preguntado como lo preguntas siempre.

Bego coge su café y se aparta un paso, con la cara de quien ha decidido tardar muchísimo en echarle el azúcar, porque en esta casa las cosas se saben en la cola de la máquina mucho antes que en la sala de reuniones.

Y ahí lo tengo, a menos de un metro, con un vaso de plástico en la mano y el pelo recogido con un boli, y sería tan fácil como decir «oye, he firmado una cosa hace media hora y quiero contártela antes de que la veas escrita». Diecisiete palabras, y tengo el papel escaneado en el bolsillo.

Lo que digo es:

— El viernes en el Timonel hay langostinos.

— Hay langostinos desde 2014.

Y a ella no se lo mando.

Eso también lo decido, y lo decido a las seis menos veinte de un jueves, con el despacho a oscuras salvo el flexo, y me lo cuento así: mañana es la comida de Navidad y una comida de Navidad no es sitio para hablar de un contrato; el sábado ella baja a la fábrica desde las siete; el lunes por la mañana, con el papel delante y las cuentas hechas, se lo enseño y se acabó.

Un lunes es el mejor día de la semana para dar una noticia buena, porque la gente tiene cinco días por delante para acostumbrarse a ella.

Desde mi mesa, si levanto la cabeza por encima del monitor, veo la nuca de Nuria Bellot en la última isla del fondo, con dos pantallas y cuatro cajas de muestras debajo de la mesa que usa de reposapiés, y lleva ahí desde las ocho menos cuarto.

Está hablando por teléfono con la fábrica y a la vez tachando líneas en una hoja a mano, y cada dos frases dice un número, y el número es siempre el que es.

La miro nueve o diez segundos.

Entre su mesa y mi puerta hay tres islas, once metros y catorce pasos, y es la distancia más corta que he tenido en mi vida hasta un problema y también la única que no he sabido recorrer.

Suena el teléfono a las seis y media: Loreto Pastor, desde Jijona, con el ruido del muelle detrás.

— He recibido tu correo.

— ¿Tienes algún problema con lo de interina?

— Con lo mío, ninguno. Firmo lo que haya que firmar y lo firmo bien.

— Pasa una carretilla y ella se aparta del ruido, y se le oye respirar —.

Punto cuatro coma dos del procedimiento de personal: los cambios de puesto se comunican al interesado antes de que salgan en ningún listado.

Y esto sale en el listado del lunes, Jaime, porque personal saca el listado los lunes.

— Se lo digo yo el lunes a primera hora.

— ¿Y si se entera antes?

— No se va a enterar antes. Esto lo sabemos cuatro personas.

— Mañana comemos juntas cuarenta y una.