Nuria #2
— ¿En qué estás?
— En un albarán.
— ¿Quieres que pare?
— No.
— ¿Quieres que hable?
Esa sí que no me la esperaba.
— Sí.
— Entonces hablo.
Y habla. Me dice lo que me está haciendo mientras lo hace, en voz baja, en el mismo tono con el que dice los precios en la sala de reuniones.
Sin adornos y sin ponerse tonto. Resulta que un hombre que enumera es un hombre peligroso.
Me dice que me está abriendo con dos dedos.
Me dice que lo que voy a notar ahora es la lengua plana y luego la punta.
Me dice que no me va a meter nada hasta que se lo pida, y que se lo pida con la palabra que me dé la gana, pero que se lo pida.
— Métemelos.
— ¿Cuántos?
— Dos.
Y me los mete despacio, hasta el fondo, y curva, y a partir de ahí el albarán se me va de la cabeza y no vuelve.
Me corro con la mano izquierda agarrada al edredón y la derecha en su pelo, sujetándole, y con las dos piernas cerrándose solas alrededor de sus orejas. Él aguanta ahí, quieto, sin apartarse, hasta que dejo de apretar.
Se levanta un poco. Tiene la boca brillante, el pelo levantado por un lado y una marca roja en el antebrazo que me temo que es mía.
— ¿Sigo o te dejo un minuto?
— Un minuto.
— Un minuto.
Y lo cuenta. Lo cuenta de verdad, con la cabeza apoyada en mi muslo y el ojo en el reloj de la mesilla. A los sesenta segundos exactos dice «se acabó el minuto» y vuelve a bajar. Yo me río y la risa se me corta a la mitad.
La segunda cuesta más y es mejor. El albarán se ha ido.
Estoy en el techo de mi propia casa, en una raja de la pintura que llevo cuatro años mirando desde esta almohada.
En un momento le digo que pare y él para en seco, sin preguntar por qué, y espera.
Le digo que no, que siga. Y sigue. Esa media pausa es lo que me rompe.
Porque en toda mi vida nadie ha parado sin pedirme explicaciones.
Cuando termino tengo la garganta rara y las manos frías. Le empujo la frente con la palma para que se aparte, porque no aguanto ni el aire.
Se sube a la cama. Se tumba de espaldas, con los vaqueros todavía puestos, y se pasa el dorso de la mano por la boca.
— No te toco — le recuerdo, con la voz hecha polvo.
— Lo has dejado muy claro.
— Es que si te toco, se acaba lo mío. Siempre se acaba lo mío.
Se queda callado el rato justo.
— Eso no lo he entendido bien y quiero entenderlo. ¿Te lo pregunto ahora o te lo pregunto mañana?
Y ahí, con el pecho todavía subiendo y bajando, tengo la cosa entera en la punta de la lengua.
La entrevista de febrero de 2013. La jefa de personal leyendo mi currículum en voz alta.
«Ah, ingeniera química.» Y yo diciendo que sí con la cabeza sin decir que sí con la boca.
Mi padre en la barra del Blanquet. Está todo ahí, ordenado, listo para salir.
Sería ahora y sería fácil, porque este hombre acaba de parar en seco solo porque se lo he pedido.
— Mañana — le digo.
— Mañana.
Y me subo encima.
No me lo pienso. Le desabrocho el botón y la cremallera y le bajo los vaqueros hasta la mitad del muslo.
Él levanta las caderas para ayudarme y luego se queda con las manos abiertas sobre el colchón, sin tocarme, porque yo he dicho que no le tocaba y él ha entendido lo contrario de lo que yo había dicho.
— Puedes tocarme.
— ¿Dónde?
— Donde quieras. Pero no me muevas.
Me siento encima despacio y me lo meto yo. Cuando lo tengo entero, me quedo quieta. Del todo. Con las manos apoyadas en su pecho y la respiración a medio camino.
— ¿Así? — dice, con la voz de otro hombre.
— Así. No te muevas.
Y no se mueve. Y seguimos así mucho rato, mucho más del que aguantaría cualquiera, con la luz de la calle de Alcoraya entrando por la persiana mal bajada y la lámpara pequeña encendida y su pulso metiéndose dentro de mí sin que se mueva ni uno de los dos.
Le miro la mandíbula. Le miro el esfuerzo.
Le miro aguantarse. Este hombre no se ha aguantado en su vida y hoy se ha aguantado en el pasillo y se está aguantando aquí, por dos motivos que no tienen nada que ver.
— Nuria.
— Todavía no.
— Llevo cuatro minutos.
— No cuentes.
— Perdón.
Me río, y al reírme me muevo un centímetro, y se le va la cabeza hacia atrás contra la almohada.
Y entonces sí. Entonces me muevo yo, despacio primero y luego como me da la gana.
Me sujeta por las caderas con las dos manos abiertas y me pregunta, con los dientes apretados, si puede apretar.
Le digo que sí. Aprieta. Me deja cuatro marcas que mañana en la ducha me voy a mirar más rato del necesario.
Se corre debajo de mí sin decir una palabra y sin cerrar los ojos, mirándome, y eso me da más vergüenza que todo lo anterior junto.
Luego, el techo. La raja de la pintura. Su brazo, que pesa.
Estamos un rato largo sin hablar, con la lámpara pequeña todavía encendida porque hay que estirarse hasta la mesilla y no se estira ni el guapo, y él tiene el pie derecho fuera del edredón por costumbre de dormir solo en una casa con el mar delante y sin persianas.
Le miro el perfil desde muy cerca, que es una distancia a la que la gente no está pensada para mirarse.
Tiene una cicatriz pequeña encima de la ceja.
Nunca le he preguntado de qué es y esta noche tampoco.
— ¿Mañana bajas a Jijona? — dice.
— A las siete.
— Yo tengo a los de Aldán a las nueve y media y luego la sede.
— Pues llévate el abrigo bueno, que allí arriba estamos a cinco grados a esa hora.
— Vosotros estáis a cinco grados. Yo estoy en Alicante en manga corta comprando polvorones.
— Anda, duérmete.
A las dos menos veinte alguien llama al ascensor desde el bajo.
El motor arranca. El quejido sube por el hueco.
Y se oye el golpe del suelo de la cabina quedándose medio metro por debajo de un rellano cualquiera, y la voz de una señora diciendo por lo bajo lo mismo que dice mi padre y lo mismo que dice este edificio entero desde 1972.
— Habría que decírselo al presidente — digo yo, contra su hombro.
— ¿Cuánto os cuesta una nivelación?
— No lo he mirado en mi vida.
— Ocho mil. Nueve, si hay que tocar la puerta de la cabina.
— No te lo he preguntado.
— No.
— Pero gracias.
Y nos quedamos ahí, con el edredón por la cintura y las mandarinas sin pelar en la cocina y el jersey tirado en el suelo del dormitorio, y yo pensando que mañana se lo cuento antes de que se me pase el valor y sabiendo perfectamente que mañana es jueves de campaña y que un jueves de campaña se lleva por delante todos los valores del mundo, y él dormido a mi lado con la boca abierta y una mano cerrada encima de mi rodilla, igual que se agarra una cosa para algo y luego se olvida uno de para qué.