Nuria
— Ábreme, que llevo las manos ocupadas.
Son las diez y dos de la noche de un miércoles de diciembre.
Por el telefonillo se oye un roce de cartón contra la pared del portal.
Aprieto el botón sin preguntar qué trae y luego me quedo mirando la puerta y me arrepiento.
En esta casa las sorpresas ocupan sitio, y el sitio es lo único que no me sobra.
Llevo desde las siete de la mañana con la segunda vuelta y tengo la mesa de la cocina sepultada debajo de las hojas de reetiquetado, que es lo único que he sacado en limpio de un día en el que he subido y bajado de Jijona para arreglar un asunto de doce minutos.
Me he traído el trabajo a casa porque en la tercera planta a partir de las seis se pone todo el mundo a hablar de la rifa.
Aquí, por lo menos, la única que me interrumpe soy yo.
El ascensor sube con el ruido de siempre. Es un quejido que empieza en el segundo y termina cuando llega. Para, se abre, y se oye el golpe seco de un hombre de metro noventa descubriendo por sexta vez que el suelo de la cabina se queda medio metro por debajo del rellano.
— Un día me vais a matar con esto — dice Jaime desde dentro, con una caja larga en vertical y una bolsa colgada del brazo.
— Hay un escalón. Lleva ahí desde antes que tú.
— Hay un escalón que no está en ningún sitio. No hay luz, no hay señal, no hay una raya amarilla. Sube uno con las manos llenas y se abre la cabeza.
— Y así llevamos cincuenta y cuatro años.
Sale de la cabina y me pone la bolsa en las manos. Dentro hay pan, dos latas de berberechos, medio kilo de mandarinas y una tarrina de aceitunas partidas. Lo de la cena lo hace bien. Es lo otro lo que hace regular.
La caja mide metro sesenta. La deja apoyada en el marco antes de quitarse el abrigo.
— ¿Y eso?
— Un perchero.
— Tengo perchero.
— Tienes una cosa de tres patas que se cae si le cuelgas dos abrigos.
Eso no es un perchero. Eso es una trampa.
— Se agacha, corta el precinto con la llave del coche y saca una barra de acero con cinco ganchos y un sobre de tacos y tornillos —.
Este va a la pared. Ciento doce euros con los tacos. Y traigo taladro en el coche.
Dejo la bolsa en la encimera. Saco las mandarinas y las voy poniendo en el frutero de una en una. Es lo que hago siempre que quiero decir algo y todavía no sé por dónde cogerlo.
— Jaime.
— Está de oferta hasta el domingo, si es por eso.
— No es por eso.
Se queda de pie en mitad del pasillo con la barra de acero en las manos y el abrigo puesto. Esa estampa me daría risa si no me diera otra cosa. Cierro el frutero, que no cierra, porque es un cesto.
— Es mi entrada — le digo —. Es mi pared. Y yo no te he pedido un perchero.
— Se cae.
— Se cae desde 2019 y me apaño. El día que deje de apañarme, lo cambio yo. O te digo que me eches una mano y me la echas. Pero pregunta antes. Aunque sea una tontería. Aunque sea una barra de metal de ciento doce euros.
Baja la barra y la apoya en el rodapié, y el acero contra el suelo suena a razón cambiándose de sitio en una habitación pequeña.
— Lo he hecho por ti.
— Lo sé. Por eso te lo digo así y no de la otra manera.
Se lo piensa. Se lo piensa con toda la cara y sin mover un músculo. Y me acuerdo de la primera noche, cuando le dije que no me dijera cómo se llamaba: tardó cuatro segundos en contestar y luego contestó bien.
— ¿Y si te lo pregunto ahora?
— Ahora es tarde. La caja está abierta.
— La caja se cierra. Tengo cinta en el coche.
— Tú tienes de todo en el coche.
— Tengo un coche con doscientos cuarenta mil kilómetros y una caja de herramientas que cuesta más que el coche.
Se ríe él solo, con la boca cerrada, y se quita por fin el abrigo. Va a colgarlo en el perchero de tres patas, me lo pienso mejor, le quito el abrigo de la mano y lo tiro encima del sofá. Él mira el sofá. Mira el perchero. Y se calla. Esa es la primera cosa buena de la noche.
Cenamos de pie en la cocina, porque la mesa está ocupada con las hojas de la segunda vuelta.
Berberechos, pan, aceitunas. Le cuento lo del camión que salió a las cinco y media con el albarán mal grapado y cómo lo arreglamos por teléfono desde el paso a nivel.
Él me cuenta que Rafa Berná le ha mandado un correo de cuatro folios llevándole la contraria por escrito, y que se lo ha leído entero.
— ¿Y le has contestado?
— No.
— Contéstale.
— Le contesto en enero.
— Rafa Berná escribe cuatro folios en diciembre y tú le contestas en enero. Eso son tres semanas de un hombre mirando la bandeja de entrada.
— Tres semanas y dos días.
— Peor.
Se mete una aceituna en la boca y hace un gesto raro. Las aceitunas partidas de mi barrio llevan hueso y él no se lo esperaba. Tiene que buscar dónde ponerlo y acaba dejándolo en la palma de la mano, sujeto como un tornillo que no sabe de dónde ha salido.
— Plato — le digo, y le acerco uno.
— Gracias.
— De nada.
— ¿Al final hay lote o no hay lote?
— No hay noticias del lote.
— Es que si hay lote, hay que decidirlo esta semana. Ciento treinta lotes son dos días de alguien montándolos.
— Quinientos treinta y dos. Los cuatrocientos dos de campaña también cuentan.
Se queda con el pan a medio camino de la boca.
— Quinientos treinta y dos por veintiocho euros son catorce mil ochocientos noventa y seis.
Lo apunta en el móvil, ahí de pie, con una mano. Y a mí eso, según el día, me hace gracia o me da un poco de miedo. Hoy me hace gracia.
Por el patio sube la televisión de la del segundo, que tiene setenta y ocho años y la pone a un volumen con el que se enteran hasta en la calle de Alcoraya de lo que va a pasar en el sorteo del día 22, y esta semana la cosa está peor porque le ha entrado la fiebre de la lotería y se ha comprado tres décimos de tres administraciones distintas para repartir el riesgo.
Nos quedamos los dos escuchando sin querer, con el pan en la mano, cómo un señor de la radio explica que el año pasado el gordo cayó en un pueblo que no es este.
— Un día de estos me la presentas — dice Jaime.
— Ni de broma.
— Es que si juega en tres administraciones distintas, tiene un criterio.
Ahí se equivoca poco, la verdad. En este edificio el único criterio que hay es el suyo.
En el aparador, encima del tapete, está el belén de barro: las doce figuras que monté el día 2.
Una de ellas lleva desde entonces mirando a la pared, porque no cabe de otra manera y porque llevo dos semanas sin ponerme a ello.
Jaime lo ha mirado tres veces esta noche y no me ha preguntado.
En esta casa las cosas importantes se agradecen así, sin decirlo.
A las once y media recogemos. A las doce menos cuarto me alcanza en el pasillo, camino del dormitorio, y me pone una mano en la cadera. Ahí es donde normalmente empieza todo. Ahí es donde normalmente yo dejo que empiece.
Esta vez, no.
Le paro con la mano abierta en el pecho. No fuerte. Lo justo para que se quede quieto y me mire.
— Espera. Quiero pedirte una cosa.
— Dime.
Y aquí está el problema. Llevo la vida entera sin pedir nada en voz alta.
En el trabajo pido cosas todo el día, pero eso no es pedir: eso es organizar, y organizar es pedir por otros.
Esto es distinto. Esto es un pasillo de un metro diez de ancho, con la luz de la cocina encendida detrás de mí, y un hombre esperando.
Trago, y lo digo con la voz de todos los días, que es la que menos me sale.
— Quiero que me la comas hasta que me corra. Y luego otra vez. Y no quiero hacerte nada a ti. Ni después, ni luego, ni mañana. Esta noche no te toco.
No se mueve.
— ¿Puedes decirlo otra vez?
— ¿Qué?
— Que lo digas otra vez. No te estoy vacilando.
Y lo peor es que sé perfectamente por qué me lo pide, y no es por lo que parece.
— Que me la comas — le digo, más despacio, y esta vez sin bajar la voz al final —. Dos veces. Y que no me dejes devolvértelo.
Jaime tiene una manera de asentir que es más bien un cálculo. Y entonces, en vez de hacer lo que lleva haciendo desde la primera noche, que es ejecutar, hace otra cosa.
— Vamos a la cama o te quedas contra la pared.
— ¿Es una pregunta?
— Es una pregunta. Estoy preguntando.
Y espera. Espera de verdad, con el pasillo en silencio, el frigorífico arrancando en la cocina y yo sin saber qué hacer con las manos.
— La cama — digo.
— La cama.
En el dormitorio hace ese frío de piso viejo que sube del patio y que en realidad es humedad.
Enciende la lámpara pequeña de la mesilla en lugar de la del techo, y eso también me lo apunto.
Me quita el jersey con las dos manos, entero, sin tirones.
Luego se queda con el jersey colgando del brazo, buscando dónde ponerlo. Me río. Lo tira al suelo.
— ¿Los vaqueros los quieres puestos o quitados?
— Quitados.
— ¿Te los quito yo?
— Sí.
Me los quita sentada yo en el borde de la cama, con las dos perneras a la vez y un tirón feo al final que casi me lleva por delante. Nos reímos los dos. Le agarro del pelo para que suba a mi altura, me lo pienso mejor y le empujo hacia abajo.
— No — le digo —. Ahí.
Se pone de rodillas en el suelo, entre mis piernas. Y ahí ya no hay nada gracioso. Me pone las manos en las rodillas y me las abre. Y me mira desde abajo. Estoy a punto de decirle que no me mire así, que me da vergüenza, y no lo digo, porque hoy he decidido que hoy pido y no me disculpo.
— ¿Te tiro hacia el borde?
— Sí.
Me coge por debajo de los muslos y tira. Me quedo con los hombros en el colchón y el culo en el filo. La primera vez que su boca me toca es despacio y por encima de la ropa interior, y el sonido que hago no lo he elegido yo.
— Quítamelas.
Y me las quita. Y no hace ninguna broma, que es exactamente lo que necesito y él no tiene manera de saberlo.
Empieza plano y ancho, sin prisa, igual que se busca el punto de una masa antes de meter la mano del todo.
Yo tardo en soltarme, porque siempre tardo.
Tengo la cabeza en la segunda vuelta, en el albarán mal grapado y en que mañana a las siete salgo para Jijona.
Y él lo nota. Para. Sube y apoya la barbilla en mi ingle.