Ábrelo en Navidad Jaime
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Jaime

— Punto cuatro punto tres.

— ¿Este año lo verifican?

— Punto cuatro punto tres, apartado b. Antes lo declarábamos. Ahora lo acreditamos.

La tercera planta de la calle del Aljub, un lunes de campaña, suena así: dieciocho teclados, cuatro conversaciones a la vez, la impresora grande de la esquina, que atasca y que alguien golpea cada mañana, y una discusión de fondo sobre si este año va a haber lote de Navidad.

Lleva encendida desde octubre, participan en ella las treinta y cuatro mesas, y en todo ese tiempo se lo ha preguntado a la única persona que puede decidirlo, que soy yo, exactamente cero personas.

Lo que hacen es esto.

Entra Bego Talens a las diez y cuarto a enseñarme el montaje del estuche y, mientras me lo enseña, deja caer que el año que ella entró el lote venía en una caja de cartón kraft que era una preciosidad, y que si algún día alguien decidiera hacer uno, ella ya tiene el nombre puesto.

— ¿Y cuál es?

— No te lo digo, que luego lo decides sin la caja.

Me llama Amparo Server desde Jijona a las diez y media por los partes de mermas y, sin que venga a cuento, me informa de que en 2021 el lote ocupó cuatro palés en el muelle 2 y se montó en dos días entre seis personas. Le pregunto si me está diciendo algo.

— Yo los datos los doy — dice —. Cada uno hace con ellos lo que quiera.

A las once entra Quique Bou y me lee en voz alta la nota que se ha puesto en el móvil.

— «Lote: preguntar a Jaime.» — Levanta la vista —. Y debajo tengo otra que dice «no preguntárselo».

— ¿Y esa quién te la ha dictado?

— Nadie. Me la he puesto yo por si acaso.

A las once y veinte pasa Óscar Devesa por delante del cristal, se para, se lo piensa y sigue.

En esta casa, la cosa que quieren ciento treinta personas y que puede firmar una sola se comunica por un sistema de señales de humo perfeccionado durante veinte años en el que está terminantemente prohibido subir una escalera y preguntar.

Voy a explicar esto una sola vez, porque es la parte del asunto en la que yo tengo razón.

La certificación que tiene Alberola es la que exige Aldán en su pliego de proveedores, y sin ese certificado Aldán no compra: está escrito en el contrato marco que firmamos en septiembre, en la cláusula sexta, y yo lo leí entero antes de firmarlo.

Y la parte gorda está todavía por servir: seiscientas mil tabletas que salen el lunes 28 para la reposición de Reyes, en un pueblo de siete mil habitantes.

Si el certificado se cae, se cae todo eso. Y el certificado se cae si el responsable técnico de proceso no tiene un papel.

Y hay una cosa más, que Loreto no me ha dicho y que yo sé porque me he leído el pliego: Norvalia audita sin avisar, y en campaña le gusta, porque una fábrica de turrón en diciembre enseña en dos horas lo que en marzo tarda dos días.

Bajo con la carpeta a la nevera y me pongo a mirarla con un café que está malísimo y que me tomo igual, como todo el mundo.

Son cinco expedientes. Loreto Pastor, licenciada en Ciencias Químicas, con la copia compulsada y todo en regla.

Ximo Sanchis, sin titulación académica, que figura como maestro turronero con el reconocimiento del consejo regulador y casi cuarenta años de oficio documentado, vía válida que Norvalia acepta desde siempre.

Y dos técnicos de la sala blanca con formación profesional superior, los dos correctos.

Y el de Nuria Bellot Ripoll.

En la primera hoja pone «Responsable de desarrollo de producto y campaña», un puesto que no existe en el organigrama y que se lo he leído yo en cuarenta correos.

En la segunda está la ficha de personal de 2013, y en el campo de formación alguien escribió a máquina «Ingeniería Química — Universitat Politècnica de València».

Y detrás, con una grapa oxidada que ha dejado dos manchas marrones en el papel, está el expediente académico que ella entregó en 2012, al entrar de becaria en el almacén de Jijona.

Ciento veinte créditos de trescientos. Segundo curso completo y tercero empezado.

Media de siete con ocho. El expediente lo aportó ella en 2012, al entrar, y la última convocatoria a la que se presentó es la de junio de 2013, cuando ya llevaba un año trabajando aquí.

Y en la esquina, a bolígrafo, con una letra que no es la suya, una anotación de la jefa de personal de entonces que dice «pendiente de aportar título».

Trece años pendiente de aportar título.

Me quedo con las dos hojas delante en una sala acristalada por la que pasa toda la planta, y hago tres cosas seguidas y muy deprisa.

Comprobar la fecha del campo, porque lo rellenó otra persona y eso es un hecho verificable y no una acusación.

Comprobar si Nuria ha firmado algún documento donde declare tener el título, y no lo ha firmado, y eso me quita un peso que no sabía que llevaba.

Y levantar la cabeza y buscarla al otro lado del cristal.

Está en su mesa, con la misma chaqueta del viernes y una cara de haber dormido cuatro horas tres días seguidos, discutiendo por teléfono sobre etiquetas adhesivas, con un gesto de la mano que quiere decir «espera» a Quique, que está esperando, y otro con la barbilla a Bego, que también está esperando.

Y esa mujer, que un lunes de campaña tiene a dos personas haciendo cola en su mesa y a un proveedor al teléfono, es, en el papel que tengo aquí delante, técnico administrativo comercial.

Cierro la carpeta y me la llevo al despacho, cuando lo que tendría que hacer es cruzar la planta, decirle que salga un momento y preguntarle hoy qué pasa con esto, porque son cuarenta segundos de conversación incómoda y se acabó.

Y lo que hago es meter la carpeta en el cajón de arriba, girar la llave, que es una cosa que en cinco semanas no he hecho ni una vez, y ponerme con los partes de mermas de noviembre igual que cualquier otro lunes.

Porque yo eso no lo sé hacer. Llevo desde los veinticuatro años enterándome de los problemas de la gente por otra vía y resolviéndolos por debajo, que es exactamente lo que hizo conmigo mi padre cuando me pagó la matrícula de una carrera que yo no quería y no me preguntó por qué la dejé en enero.

Pasa por delante del cristal a las doce menos veinte con una caja de etiquetas en la cadera y la puerta abierta con el pie, y me ve, y me hace un gesto con la cabeza, y sigue.

A las doce y cuarto entra en mi despacho con el informe de mermas de noviembre y me lo deja encima de la mesa, encima de la carpeta de Loreto, sin saber lo que hay debajo.

— Firma la última hoja y la del anexo.

— ¿Qué tal el fin de semana?

— Tranquilo.

— ¿Tranquilo?

— Tranquilo. — Me pasa el bolígrafo. — La del anexo también.

Y tiene ojeras hasta la mitad de la cara, y las manos con esa sequedad de haber manipulado cartón durante horas, y yo tengo debajo de su informe de mermas una carpeta con su expediente académico de 2013, y en esos dos minutos no le pregunta el uno al otro absolutamente nada, y los dos nos vamos de esa conversación tan tranquilos, en un despacho con la puerta abierta y la planta entera al otro lado del cristal.

Óscar Devesa entra en mi despacho sin llamar a la una y veinte, con dos folios en la mano y esa manera suya de quedarse de pie a un metro de la mesa, ni dentro ni fuera, que desde que yo entré aquí no ha cambiado ni un centímetro.

— Por orden. Uno, la previsión de enero está hecha con el precio de octubre y no vale.

Dos, si Aldán repite pedido el año que viene al mismo precio, ese volumen nos come la fábrica cinco meses y nos deja el margen de un alquiler, y con ese margen yo no cierro el año.

Y tres, ¿alguien me va a contar lo del viernes en Jijona?

— ¿Qué pasó el viernes en Jijona?

Óscar me mira y se toma un segundo largo, de los que en una conversación de trabajo se notan mucho, y en ese segundo decide algo.

— Nada. Cosas del muelle.

— Óscar.

— Que si es nada, es nada. — Deja los dos folios encima de la mesa. — Mírate la previsión.

Y se va a su despacho, y baja la persiana a media asta, que la tiene siempre así, y a mí la cabeza se me queda enganchada dos minutos en el viernes de Jijona y luego vuelve donde estaba, que es en el cajón de arriba.

Por la tarde firmo cuatro cosas, hablo con Rafa Berná, que me manda tres objeciones numeradas al calendario de camiones de enero y que jamás me diría ninguna por teléfono, y contesto a Héctor Palau un correo de dos líneas en el que hay una frase que me deja pensando media hora: «pendientes de cerrar incidencias de producto de la semana pasada».

Le pregunto a Quique si hay alguna incidencia abierta, y Quique lee en voz alta su propia nota, que dice «Palau: estamos con ello», y me dice que eso es de Nuria.

A las seis y media apago el ordenador, cojo la chaqueta del respaldo y salgo a andar sin intención concreta, que es una cosa que hago dos o tres veces al año y siempre por el mismo motivo.

Salgo por la calle del Aljub, bajo por la avenida de Elche y me meto en el centro sin decidirlo, y acabo en la Explanada.

Hace veinte grados el 14 de diciembre, con la gente en manga corta y el suelo de ondas de mármol lleno de puestos de bisutería.

Hay una banda tocando en la concha, con un corro de gente mayor delante, sentada, con las sillas puestas del revés.

Yo, que me crié a veintiocho minutos de aquí, no venía a la Explanada de noche en diciembre desde hace por lo menos ocho años.

La bajo entera, esquivando cochecitos y a un grupo de catorce personas paradas en mitad del paseo escuchando a un hombre que toca el acordeón fatal y con un entusiasmo que compensa exactamente el resto.

En la Rambla, en la esquina de la calle que sube al Casco Antiguo, hay un hombre con un maletín de madera abierto vendiendo lotería. No dice el número. No dice «llévese la suerte». Lo que hace es leer en voz alta, muy despacio y muy serio, la lista entera de todo lo que no es su lotería.

— Aquí no hay participaciones, señora, ni papelitos de peña, ni cosas de esas que salen por la tele. Aquí hay décimos, con su número y con su serie. Y si toca, toca en esta esquina.

Me paro. Yo no juego a la lotería, y no por ninguna teoría sobre el azar, sino porque me sé la esperanza matemática de memoria desde el instituto y me parece una manera cara de comprar diez días de conversación.

Me quedo tres minutos, en los que el hombre repite el discurso entero con las mismas pausas y la misma entonación, y le compran cuatro personas.

Le compro uno. Veinte euros. Me lo meto en el bolsillo interior y sigo andando, y en el paseo de los Mártires me siento en un banco delante del puerto, con el edificio de la consignataria de mi padre a doscientos metros a la izquierda y la placa de 1948 en la puerta.

Y aquí, sentado, con el ruido del agua contra el muelle y una farola detrás, hago lo que llevo haciendo toda la vida: cojo el problema, le quito todo lo que no se puede medir y lo convierto en un problema que tenga solución.

Y el problema, planteado bien, es este: el 8 de enero hay que mandar cinco expedientes; en uno de ellos hay un campo rellenado por una persona que se jubiló en 2017 y un papel que no ha pedido nadie desde 2013; y si eso llega a la mesa de Susana Olcina tal como está, Norvalia abre una no conformidad mayor, y eso en diciembre es la campaña entera.

Y el problema, puestos a ponerle dueño, lo tiene la empresa, que es mía.

Esa frialdad es la que me permitió comprar una empresa de ciento treinta personas ya redactada para el concurso de acreedores, leyendo un balance en una tarde de agosto y firmando en septiembre sin consultarlo con nadie de mi familia.

Salidas hay tres.

Una: mandarlo tal cual y esperar que no lo miren. Descartada, porque este año lo verifican y porque yo no juego a eso.

Dos: que lo diga ella, por escrito, y que la empresa lo comunique y asuma lo que venga.

Y aquí es donde se me va el pie del freno, y lo escribo tal como me pasó por la cabeza en ese banco: si lo cuenta ella, lo cuenta delante de Loreto, de personal, de Óscar y de una auditora, y en esta planta eso se sabe en cuarenta minutos, y a partir de ahí Nuria Bellot es la que puso ingeniera en una ficha.

Todo lo que ha hecho aquí va a ser eso. No lo voy a permitir.

Tres: que el responsable técnico de proceso sea otra persona con titulación acreditada, y que el puesto de Nuria pase a llamarse una cosa que no exija título y que describa exactamente lo que hace, con su sueldo arreglado, que ya me dirás qué tiene de malo, porque además cobra mil ochocientos setenta euros netos por hacer el trabajo de dos.

La tres es limpia, la tres es legal si se hace bien y la tres se firma en una tarde con dos papeles y una llamada a personal.

Y la tres no se la he preguntado a la única persona a la que le importa.

Estoy sentado en un banco del puerto de mi ciudad a las ocho menos veinte de la tarde de un lunes de diciembre, con un décimo de lotería en el bolsillo, sabiendo perfectamente que a doscientos metros hay un edificio donde a mí me enseñaron que querer a alguien es arreglarle las cosas sin que se entere, y estoy a punto de hacer exactamente eso, y me parece una idea excelente.

Marco a las ocho y media, desde el banco, a un abogado laboralista que me lleva los asuntos de personal de Grado Cero desde 2014, que cobra doscientos veinte euros la hora y que me coge el teléfono a las ocho y media de un lunes porque le pago para eso.

— Jaime.

— Perdona la hora.

— Estoy en el coche, saliendo de Elche. Dime.

— Necesito crear un puesto nuevo en la turronera y mover a una persona a ese puesto sin que le cambie ni una condición a peor, esta semana, y necesito saber qué pasa con un expediente antiguo que tiene un dato mal en un campo de 2013.