Ábrelo en Navidad Nuria
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Nuria

Entro en el polígono del Rabosí a las seis y cinco con los faros barriendo la niebla, que aquí arriba está a la altura de las rodillas y parece agua.

En el muelle hay un camión que no debería estar: un trailer de cortina con la lona de un transportista que no es el nuestro, aparcado del revés en la dársena cuatro y con el conductor fumando fuera.

Y Amparo Server en la puerta de la nave, con el listado en la mano y esa cara que se le pone cuando algo va a costar el día entero.

— Buenos días, mi alma.

— ¿Qué es eso?

— Eso es de Aldán.

— ¿Cómo que es de Aldán?

— Que nos lo devuelven.

— ¿Todo?

— Todo no. Veintidós palés.

— Amparo, ¿desde cuándo lo sabes?

— Desde las cinco menos diez, que me ha llamado el hombre desde la rotonda preguntando por dónde se entra. — Se ajusta el forro polar. — Le he dicho que por donde entran todos y me ha dicho que su navegador le manda por el camino de las balsas. Ese camino no lo arregla ni Dios.

— ¿Y traes albarán?

— Traigo albarán, traigo dos hojas de incidencia y traigo un hombre que quiere irse a las nueve porque tiene otra carga en Almussafes.

Devolución. La palabra que en una fábrica de alimentación no se dice en voz alta antes del café.

Yo he vivido dos devoluciones aquí dentro: una de ochenta cajas por una etiqueta con el lote mal impreso y otra de un palé por un formato equivocado. Las dos se arreglaron en una mañana y las dos fueron culpa de un papel.

Esta no es de papel.

Bajamos veintidós palés en hora y cuarto: Iván y otro chico del turno de mañana con las dos carretillas, el conductor ayudando porque tiene prisa, y Amparo delante con el listado, contando, apuntando, sin quejarse ni una vez.

Los palés vienen de las entregas del 13 y el 20 de noviembre, las tabletas que llevan más días fuera de casa.

El conductor no dice ni una palabra en hora y cuarto, salvo para avisar de que a la carretilla de la izquierda le falta presión en una rueda.

Amparo le saca un café de la máquina y él se lo bebe entero y sin hacer gestos, y luego dobla el vaso por la mitad y se lo guarda en el bolsillo para tirarlo en la gasolinera.

Abrimos. Yo abro la primera caja con la navaja pequeña, corto el precinto y levanto la solapa, y dentro hay veinticinco tabletas del sin puestas de canto, cada una en su estuche, y saco la primera y la muevo un poco.

Suena.

Suena como suena una cosa que está partida por dentro y todavía entera por fuera, un ruido muy pequeño y muy claro de pieza suelta dentro de un envoltorio.

Abro. Está en tres trozos. La segunda, en dos.

La tercera está entera y me dura tres segundos la alegría.

La cuarta y la quinta, en dos. La sexta se me rompe al sacarla del estuche, con las manos, sin apretar.

Ximo baja del obrador a las ocho y media con el mono puesto y las manos limpias, que en él es raro, y se queda mirando el palé abierto sin acercarse mucho, con el aire de haber visto esto ya otras veces.

Coge una tableta partida y la parte un poco más, con los dedos, para ver el corte por dentro. Se lleva un trozo a la boca, lo mastica y lo escupe en el papel, que es una cosa que a la gente de fuera le parece muy fea y que aquí es lo que hay que hacer.

— Esto no ha ligado.

— Ya lo sé, Ximo. Lo sé.

— Es que esto no ha ligado en el remesat. Esto sale de la mesa así y luego lo cortas y hace lo que le da la gana.

— ¿Y cuándo empezó?

— Yo lo llevo diciendo desde tres tandas antes del verano. Y aquí cada vez que lo digo alguien saca un papel y me lee un número.

Y se va al obrador, porque tiene el perol puesto, y me deja con media tableta escupida encima de un papel y con una frase que no me cabe hoy en la cabeza.

La hoja de incidencia de Aldán trae la cifra puesta: nueve mil cuatrocientas. Amparo no se fía de un porcentaje que no haya contado ella con los dedos, así que a las nueve y veinte hemos vaciado tres palés caja por caja y la proporción sale clavada.

Nueve mil cuatrocientas.

Nueve mil cuatrocientas de las ochocientas mil de las dos primeras entregas, que da un uno con diecisiete por ciento.

Lo he calculado tres veces en el móvil apoyado en un palé, y las tres he pensado que uno con diecisiete es un número pequeñísimo hasta que lo ves puesto en veintidós palés en mitad de un muelle.

— ¿Y los mandan otra vez? — dice Iván.

— No lo sé.

— ¿Y si los mandan otra vez tenemos sitio?

— Tampoco lo sé.

— ¿Y esto ha pasado antes?

— Iván, hijo, deja de preguntar y coge la carretilla — dice Amparo.

Amparo apunta las cifras con un bolígrafo de cuatro colores, cada tanda de un color, y las suma detrás de una hoja de incidencia.

Yo las sumo en el móvil y nos sale lo mismo.

Y ella dice, mirando el muelle entero, que eso son once cajas de problema puestas encima de la mesa de alguien, y que el alguien todavía no sabe que las tiene.

Bego llega a las diez con el portátil debajo del brazo y las gafas de sol puestas en un día que no las pide. Ha bajado porque el estuche es suyo y porque en Aldán han dicho la palabra «presentación», y esa palabra a Bego le quita el sueño.

Se planta delante de los veintidós palés y se queda callada un rato que se hace largo para una persona que habla tanto.

Bego Talens le pone nombre comercial a todo. Al belén de recepción le puso «el Belén Heritage». Al café de la máquina lo llama «el Elixir». A mí me llama «la Central Nuclear» desde marzo y a Loreto le dice «la Norma».

— Venga — digo. — Ponle nombre.

— ¿A qué?

— A esto.

Bego mira los palés. Se quita las gafas de sol. Abre la boca. La cierra.

— No se me ocurre nada.

Y se pone a fotografiar cajas con el móvil, una detrás de otra, agachada, y en toda la mañana no vuelve a bautizar absolutamente nada.

A media mañana llama Quique desde la sede para preguntar una tontería de un albarán y se da cuenta de que hay ruido de carretillas donde no debería haberlo.

— ¿Estáis descargando?

— Estamos moviendo cosas.

— Ah. — Pausa. — Nota: preguntar a Nuria qué están moviendo.

— Quique, que te oigo.

— Es que la nota es para mí.

Bajamos al muelle 3 a las once a preparar el sitio para el reetiquetado, porque hay que sacar las tabletas buenas, ponerles etiqueta nueva y volverlas a encajar, y eso hay que hacerlo en una zona limpia y con una precintadora.

La precintadora del muelle 3 se para cada catorce o quince cajas: hay que abrir la tapa, sacar el rollo, recolocarlo a mano y volver a cerrar.

Cuarenta segundos. En una jornada de mil cajas son sesenta y siete paradas y cuarenta y cuatro minutos de gente de pie mirando una máquina, y en las cuatro madrugadas que tengo por delante, tres horas.

Amparo la abre, saca el rollo, lo recoloca, la cierra. La máquina hace tres cajas. Se para. Amparo la abre otra vez.

— Nuria.

— Dime.

— Cambiadla.

Y ya está. No dice nada más. No dice cuánto lleva pidiéndolo, ni desde cuándo está así, ni lo que cuesta, ni que se lo dijo al anterior, ni que lo puso por escrito en marzo. Dice «cambiadla», con el rollo en la mano, y vuelve a lo suyo.

Yo digo que sí, que lo miro. Y lo apunto en la libreta debajo de otras nueve cosas, entre «pedir presupuesto de etiqueta adhesiva» y «dar de alta al fotógrafo». Ahí queda anotada la única cosa que Amparo Server me ha pedido a mí en toda mi vida.

— ¿Y esto lo tenemos que llamar de alguna manera para el informe? — dice Bego, desde el otro lado del palé, sin levantar la vista del móvil.

— «Incidencia de calidad en producto terminado».

— Eso no lo he dicho yo.

— Eso lo dice Loreto.

— Pues que lo diga ella.

A la una y media se va el camión vacío y nos quedamos con veintidós palés en medio del muelle y con un problema que no cabe en un parte.

Y aquí es donde hago lo que hago.

Podría llamar a Óscar, que es director comercial y a quien le corresponde saber que un cliente ha devuelto mercancía, y que además me lo va a echar en cara durante seis meses y va a tener razón.

Podría llamar a Loreto y abrir una no conformidad con su número y su punto del manual, y entonces esto existe, y si existe hay que comunicárselo a Aldán por escrito y meterlo en el expediente de la recertificación de enero.

Podría llamar a Jaime, que es el dueño, y me lo soluciona en cuarenta minutos comprando un turno en otra planta, igual que compró el del día 9.

Y no llamo a ninguno de los tres.

Me siento en un palé del muelle 3 con la libreta encima de las rodillas y hago el plan yo sola.

Esto lo sé hacer. Es lo único que llevo haciendo aquí desde los diecinueve años.

Es por lo que esta casa funciona los diez días malos del año.

Sacamos las buenas, reetiquetamos y hacemos una segunda vuelta de las enteras y dudosas para el lineal de la marca propia, que no lleva la ficha de Aldán y aguanta un formato distinto.

Son cuatro madrugadas mías, del sábado al martes, entrando a las cinco.

Cuatro madrugadas y esto no existe.

Cuatro madrugadas y el lunes nadie tiene que decirle nada a nadie.

Se lo digo a Amparo. Se va a enterar igual, porque el muelle es suyo.

— ¿Y arriba lo saben?

— Arriba lo sabrán el martes, cuando esté arreglado.

Amparo me mira. Coge el rollo de precinto, lo deja encima de la máquina y se limpia las manos en la bata.

— Tú sabrás.

Y se agacha.

Se agacha porque en el suelo del muelle, entre la pata del palé y el zócalo, hay un papel doblado en cuatro, medio pisado, con la huella de una carretilla en una esquina.

Lo recoge, lo abre a medias y lo mira torciendo la cabeza, porque son renglones escritos a mano y a Amparo la letra pequeña le pide gafas y las gafas están arriba.

— Esto es de la oficina.

Y lo dobla otra vez y se lo mete en el bolso, el bolso grande de asas cortas que deja siempre encima del archivador, para subirlo cuando suba.

Y esto no lo hago porque sea valiente. Lo hago porque el martes, cuando esté resuelto, la conversación va a ser «hubo una devolución y ya está arreglada», y esa dura noventa segundos.

La de hoy, la de un viernes a la una y media con veintidós palés en el suelo y sin plan, dura tres días, la abre Óscar y la cierra Jaime comprándole a alguien un turno de envasado.

Y hay una parte que tampoco me apetece escribir. Si esto lo arreglo yo, esto lo he arreglado yo. Y el martes por la mañana, cuando lo cuente, seré otra vez la que sabe cómo se hacen las cosas en esta casa, y no la que no vio venir nueve mil cuatrocientas tabletas partidas.

Amparo se pone el bolso en el hombro a las dos y media para bajar a comer a Casa Rita y me pregunta si voy, y le digo que no, que como aquí.

Me dice que hay lentejas. Le digo que llevo lentejas.

Me mira las manos, que las tengo llenas de polvo de cartón, y se va sin decirme lo que estaba a punto de decirme.

Subo al comedor a las tres y media a comerme las lentejas de mi hermana en un táper, debajo del reloj que va once minutos adelantado.

Delante tengo el tablón de los turnos, con la hoja de diciembre escrita a mano en cuatro colores de bolígrafo, dos nombres tachados y uno añadido en el margen con una flecha.

Llamo a Quique y le digo que si Palau pregunta le diga que estamos con ello, sin más, y Quique me lee en voz alta la nota que se pone en el móvil mientras la escribe: «Palau: estamos con ello. No decir devolución.» Le digo que la segunda parte no la escriba. Me dice que ya está escrita.

Me llega un mensaje de Jaime desde Alicante preguntando si bajo mañana. Le contesto que no, que mañana es sábado. Me pone un signo de interrogación. Le pongo que estoy liada. Deja de escribir.

Me quedo un minuto largo con el móvil en la mano y el pulgar encima del teclado. Y no escribo lo que tendría que escribir, que son diez palabras: «Aldán ha devuelto veintidós palés y lo estoy arreglando yo.»

A las siete menos cuarto se va el turno y me quedo en la oficina de fábrica con el flexo encendido, preparando las etiquetas del sábado. Alguien del turno de tarde ha dejado la radio puesta en el comedor y se oye un villancico de esos con campanillas a través de dos puertas y un pasillo.

A las ocho apago el flexo, cierro la oficina de fábrica, dejo la llave en el clavo de siempre y bajo al coche por el muelle vacío, con las luces de emergencia encendidas y veintidós palés esperándome el sábado a las cinco.

Devolución de Aldán, once de diciembre. Cajas por abrir: mil trescientas veinte. Cajas nuevas de producto sano: novecientas cuarenta y cuatro. Turnos: sábado, domingo, lunes y martes, entrada a las cinco. Personas informadas en la sede: ninguna.